jueves, 8 de enero de 2015

Lee esto antes del botellón de este finde


Si lee esto algún botellonero (los que sepan leer y escribir, claro está), me imagino que argumentará que lo que tienen que hacer los dueños de los perros es sacarlos a pasear a otra hora o en otro parque que no sea «territorio botellón», o que los servicios de limpieza (SUS servicios de limpieza) deberían ser más rápidos y eficientes recogiendo los restos de la fiestuqui, que para eso papá les paga el sueldo con sus impuestos (aunque cada vez sea más común que los hay-untamientos privaticen este servicio).


Miles de adolescentes hacen botellón cada fin de semana en los parques de toda España. Disfrutan de su ocio en un lugar público. Esto no es noticia. Los jóvenes llevan décadas haciéndolo. Lo que sí es una costumbre reciente y peligrosa es lo que hacen con esas botellas de vidrio que se beben: romperlas. Seguramente nunca les ha dado por pensar que con esos cristales rotos no luchan contra ningún orden establecido, ni ligan más, ni se convierten en las estrellas de su grupo de amigos. Sólo hieren a miles de perros que pasean al día siguiente por ese mismo parque.
Su segundo de incomprensible gloria destructiva causará enormes rajas en las patas de los perros. Estoy segura de que a la mayoría de los adolescentes les gustan los animales y no saben lo que acarrea su comportamiento. Esto es el día después, que ellos no ven, de su botellón. Coco ha estado este año a punto de quedarse cojo. Es un pastor alemán mestizo, de 6 años. Y lo que más le gusta es correr detrás de las pelotas de tenis, las suyas y las ajenas. Por poco no puede hacerlo más. Un cristal roto le causó una raja de siete centímetros muy cerca de un tendón. «Ha tenido suerte», me dice la veterinaria después de darle ocho o nueve puntos. «Pues menos mal que esto es suerte», pienso yo.


El perro, esclavizado con una campana isabelina 18 horas al día, con la que no sabe ni andar ni sentarse porque no tiene visión lateral. El primer día consigue quitársela y se come todos los puntos. Y ya no se los pueden coger de nuevo, no hay carne suficiente. «Bueno, tardará más en cerrarse y quedará más feo, pero cerrará. Cuidado con que no se le infecte». Un mes y medio con curas, vendas... Todo por un cristal de una botella de whisky que un joven rompió. Pero Coco no es ni mucho menos un caso único. Cualquier perro que salga habitualmente a pasear por parques donde se celebran botellones, se corta una media de una o dos veces al año.


Si tienen mala pata, como Gordon, más. Este año van tres, porque es un galgo y le gusta mucho correr. En tres carreras Gordon recorre el parque y también la estúpida geografía de las botellas partidas. Su dueño se indigna al contar la de veces que ha acabado en el veterinario por esta inútil práctica. Si le tienen que poner puntos, hay hasta que anestesiarlo. Riesgo, dolor, dinero tirado... «Y como sea fin de semana, te han arruinado el mes. Hay que llevarlo a urgencias. Mínimo, 300 euros».
Estos días pasa por esta mala experiencia también una pastora alemana de seis meses, Kokó. Hace mucho calor y se metió en un estanque a refrescarse. Al salir llevaba la pata ensangrentada. Alguien había arrojado una botella de alcohol al agua y se había partido dentro. Lo malo es que es una cachorra y no para de correr, a pesar del dolor. La herida no cierra.
Lo cierto es que en estos casos los perjudicados son los perros, por los que ninguna autoridad se moviliza, pero también podrían ser niños o alguna pareja que se tumbara en el césped. La policía local, que pone multas por hacer botellón, raramente lo hace por arrojar botellas «porque es muy difícil pillarlos in fraganti», explica una portavoz del ayuntamiento de Madrid. ¿Qué hacer entonces?
Cobrar por reciclar.
El reciclaje de las botellas podría ser una solución, como ocurre en otros países europeos. Si devuelves la botella de cristal vacía, recuperas parte del dinero. Y esto puede ser un aliciente para jóvenes que miden al céntimo su propina. Se hace también con el plástico y con las latas. Hay máquinas clasificadoras en las que introduces la botella y te devuelve el dinero. Mínimo, 25 céntimos. Si no reciclas, lo pierdes. Quien contamina, paga más cara su bebida. En Alemania se recuperan así al año 16 000 millones de envases.
Concienciar.
Pero mientras la Administración no estimule sistemas ecológicos como éste, sólo queda concienciar. Yo lo intento cada tarde del fin de semana en mi parque. Cada vez que veo un grupo de chavales aún no del todo «perjudicados», me acerco.
¿A vosotros os gustan los perros? Les digo sonriendo. Están medio borrachos ya a las 8 de la tarde. Apuran una botella de ron y otra de whisky.
Sí, claro, claro... Contestan, pensando: «a ver por dónde nos va a salir ésta».
¿Os puedo pedir un favor? No partáis las botellas en el suelo, porque los perros se cortan las patas.
Ah, claro, claro, no se preocupe...
A la mañana siguiente vuelvo a pasar por el sitio, la botella está partida. Como puedo recojo los trozos preguntándome ¿por qué? El día que haya una huelga de limpieza de parques y se lastimen con sus propios cristales rotos igual evalúan el daño que siembran al alfombrar de miles de cristalinos cuchillos el césped de nuestros parques.