jueves, 19 de enero de 2012

Okupando a Góngora

 

Varias veces les he hablado en esta página del barrio de las letras de Madrid, donde hace tres siglos se cruzaban cada mañana, camino de comprar el pan, los periódicos o lo que se comprase entonces, Quevedo, Lope de Vega, Calderón de la Barca, Góngora y el buen don Miguel de Cervantes, entre otros. Cada cual, como españoles de fina casta que eran, con sus fobias, envidias, desprecios y descalificaciones mutuas a punto de nieve. También comenté en alguna ocasión que si un barrio con semejante pedigrí hubiera estado en Londres o París, todo el lugar sería hoy un inmenso museo al aire libre cuajado de bibliotecas, placas conmemorativas, monumentos y autobuses con turistas. Pero donde está es en Madrid, a ver si me entienden. Capital de España, o de lo que sea este puticlub de carretera. Así que pueden imaginar la diferencia.
Una de esas diferencias ocurrió hace unos días. Y lo más simpático no es la anécdota, sino su desarrollo y posterior tratamiento mediático. Un grupo de okupas se había instalado, mediante el procedimiento tradicional de patada a la puerta y de aquí no me saca ni Kristo bendito, en una casa de la calle Huertas en la que vivió Góngora después de que su enemigo mortal Francisco de Quevedo comprase su anterior vivienda, a fin de darse el gustazo de echarlo a la calle. La casa —ya hemos precisado que hablamos de Madrid— estaba hecha una piltrafa, decrépita y llena de escombros. Así que los okupas se instalaron tan ricamente con su parafernalia habitual, también llamada ajuar perroflauta de toda la vida. Con la seguridad, por otra parte, que a cualquier okupa bien informado le da saber con certeza absoluta que en España, líder mundial en libertades y derechos del hombre y la mujer, si te metes por el morro en una casa ajena, es seguro que entre el hecho, la demanda del propietario, la decisión judicial y la ejecución de la sentencia de desalojo, si llega a producirse, y dependiendo de que el juez sea compañero de carrera o colega de universidad del abogado de una parte o de la otra, pueden transcurrir veinte años. O más.
El caso es que esos inquilinos por la kara estaban instalados en la antaño gongorina y ahora ruinosa morada, gozando de pleno derecho las innumerables facilidades que la Justicia española en general y el Ayuntamiento de Madrid en particular prestan a esta suerte de bonitas iniciativas populares. Pero siempre hay un pelo en la sopa. En ésas, algún propietario desesperado, impaciente, y si rascamos un poco seguro que fascista, racista, machista, violento, homófobo y misógino —etiquetas que en España suelen atribuirse en bloque a cualquiera que no se baje los calzones y ofrezca el ojete sin rechistar— debió decidir que aquella situación la solucionaba él a título personal, por el artículo catorce. Así que cuatro individuos fornidos tiraron la puerta, cogieron a los okupas en brazos y los sacaron a la calle. Acto reprobable, éste, que acogiéndome a la retórica al uso me apresuro a calificar —conste en acta para que no haya dudas sobre mi punto de vista ético— de terrorismo urbano. Incluso de genocidio perroflauta. De mi opinión debieron ser también los desalojados; pues en seguida pidieron apoyo a través de las redes sociales, y al poco se congregaron tres docenas de presuntos representantes del 15-M exigiendo reparación aún más indignados si cabe; pues la policía, que acabó presentándose, no actuó contra los malvados desalojadores ni devolvió las cosas al statu quo ante. Como si no estuviera clarísimo y consagrado por el uso hispano que, entre patada a la puerta de un okupa y patada a la puerta de un propietario, el segundo es quien actúa al margen de la ley, y el primero es la verdadera víctima del asunto. Por favor. A estas alturas.
Por cierto: escalofriante testimonio sobre la demencial pesadilla sufrida por los desalojados —algunos periodistas parecían compartir su asombro y justa indignación— fue el de una joven que afirmó, aún nerviosa del soponcio, que lo había pasado muy mal al verse sacada así a la calle, de sopetón, y que lo que había hecho el propietario de la casa era una infamia social de las que no tenían nombre, ni apellidos. Tras cuyo pertinente telediario, supongo, el Ayuntamiento y la Comunidad de Madrid enviaron con suma urgencia un equipo de psicólogos y psicólogas para aliviarle el trauma. Eso me lleva a sugerir sin reservas que en las próximas okupaciones, tanto si son en las casas ruinosas de Góngora, Quevedo o Cervantes como en la del Payaso Fofó —que también tiene calles en España, y posiblemente en mayor número y con la placa más grande—, la policía abandone esa vergonzosa pasividad que me atrevo a calificar de filonazi y proteja de propietarios y otros energúmenos a quienes debe proteger. Que para eso cobra, la muy perra.

lunes, 16 de enero de 2012

Miembras


Ahora que nos disponemos a entrar en el “Año Mariano”, me gustaría recordar lo que para mí fue uno de los momentos más memorables de la “Era ZP”.


A mediados de 2008, la “menestra” Bibiana Aído (pueden consultar su apabullante curriculum haciendo clic —perdón, cliqueando— en su nombre) realizaba su primera comparecencia para anunciar la puesta en marcha del teléfono gratuito de atención a víctimas del maltrato 016, la Ley de Igualdad de Trato, el Plan Integral de Lucha contra la Trata de Seres Humanos con fines de explotación sexual y otros muchos avances para la igualdad real en nuestro país. Sin embargo, todo ello quedó eclipsado por su referencia a “los miembros y miembras de esta comisión”, quizás en un intento sin mala intención de subrayar el origen de su Ministerio. Al día siguiente, en el programa Los desayunos de TVE, explicó que se había debido a “un lapsus”, pero que no descartaba que dicho término pudiera llegar a incluirse próximamente en el diccionario. Esgrimiendo el sempiterno argumento de que «el idioma es reflejo de una sociedad machista,» se quejaba la ilustre señora de que «palabras como guay o fistro (sic) no tuvieron tanta dificultad para ser incorporadas al diccionario». Desconozco cuál es el diccionario de cabecera de esta “fistra”, pero por más que busco no encuentro el palabro en ningún diccionario. Adujo asimismo que su “lapsus” se debía a su reciente viaje a Iberoamérica, donde, según ella, se emplea dicho palabro; nada más lejos de la realidad.


No tardaron en llegar por doquier aluviones de críticas, alabanzas, discusiones y comentarios de todo tipo; incluso se creó una bitácora ad hoc.
Quienes estaban a favor argumentaban que, del mismo modo que la profesión de “modista” dio lugar al término “modisto” al comenzar a ser desempeñada por hombres (yo la verdad no lo había oído antes, y tampoco “sastra”, aunque sí que conocía otros como “diseñador/a”, “creador/a” o “costurero/a”). Sin embargo, el razonamiento se queda un poco cojo: si lo trasladamos a otras profesiones, deberíamos concluir que el fútbol era una profesión inicialmente practicada por mujeres (“futbolistas”), y que más adelante se hizo también popular entre los hombres, a los cuales deberíamos denominar “futbolistos”; del mismo modo, las “policías” se dedicaban a la protección y seguridad de los ciudadanos, aunque más adelante pasó a ser una profesión mayoritariamente masculina (“policíos”), y lo mismo ocurre en el caso de las “dentistas” y “dentistos”, “anestesistas” y “anestesistos”, “pediatras” y “pediatros”, “electricistas” y “electricistos”, “jirafas” y “jirafos”, “víctimas” y “víctimos”, “pensionistas” y “pensionistos”, “poetas” y “poetos”, “sindicalistas” y “sindicalistos”, “pianistas” y “pianistos”, “golfistas” y “golfistos”, “funambulistas” y “funambulistos”, “turistas” y “turistos”, “telefonistas” y “telefonistos”, “masajistas” y “masajistos”, “trompetistas” y “trompetistos”, “artistas” y “artistos”, “taxidermistas” y “taxidermistos”, “paisajistas” y “paisajistos”, “taxistas” y “taxistos”, “violinistas” y “violinistos”, “espías” y “espíos”, “guardaespaldas” y “guardaespaldos”, “personas” y “personos”, “curas” y “curos”, “cantamañanas” y “cantamañanos”, e incluso “machistas” y “machistos”. En el caso de las “piernas”, ¿deberían llamarse “piernos” cuando se trate de las extremidades de un hombre?
Siguiendo la misma lógica, “jineta” sería el femenino de “jinete”, “paja” el de “paje”, “gerenta” el de “gerente”, “titana” el de “titán”, “jóvena” el de “joven”, “sera” el de “ser” (“la mujer es una sera viva”), como indicativos de que la animadversión no va dirigida exclusivamente a palabras acabadas en o, sino que es mucho más amplia. La solución a este guirigay se encuentra en nuestra desconocida gramática. Veamos de qué se trata:
Los sustantivos en español pueden ser masculinos o femeninos. Cuando el sustantivo designa seres animados, lo más habitual es que exista una forma específica para cada uno de los dos géneros gramaticales, en correspondencia con la distinción biológica de sexos, bien por el uso de desinencias o sufijos distintivos de género añadidos a una misma raíz, como ocurre en gato/gata, profesor/profesora, nene/nena, conde/condesa, zar/zarina; bien por el uso de palabras de distinta raíz según el sexo del referente (heteronimia), como ocurre en hombre/mujer, caballo/yegua, yerno/nuera; no obstante, son muchos los casos en que existe una forma única, válida para referirse a seres de uno u otro sexo: es el caso de los llamados “sustantivos comunes en cuanto al género” y de los llamados “sustantivos epicenos”. Si el referente del sustantivo es inanimado, lo normal es que sea sólo masculino (cuadro, césped, día) o sólo femenino (mesa, pared, libido), aunque existe un grupo de sustantivos que poseen ambos géneros, los denominados tradicionalmente “sustantivos ambiguos en cuanto al género”.
Sustantivos comunes en cuanto al género son los que, designando seres animados, tienen una sola forma, la misma para los dos géneros gramaticales. En cada enunciado concreto, el género del sustantivo, que se corresponde con el sexo del referente, lo señalan los determinantes y adjetivos con variación genérica: el/la pianista; ese/esa psiquiatra; un buen/una buena profesional. Los sustantivos comunes se comportan, en este sentido, de forma análoga a los adjetivos de una sola terminación, como feliz, dócil, afable, etc., que se aplican, sin cambiar de forma, a sustantivos tanto masculinos como femeninos: un padre/una madre feliz, un perro/una perra dócil.
Sustantivos epicenos son los que, designando seres animados, tienen una forma única, a la que corresponde un solo género gramatical, para referirse, indistintamente, a individuos de uno u otro sexo. En este caso, el género gramatical es independiente del sexo del referente. Hay epicenos masculinos (personaje, vástago, tiburón, lince) y epicenos femeninos (persona, víctima, hormiga, perdiz, ratio). La concordancia debe establecerse siempre en función del género gramatical del sustantivo epiceno, y no en función del sexo del referente; así, debe decirse «La víctima, un hombre joven, fue trasladada al hospital más cercano», y no «La víctima, un hombre joven, fue trasladado al hospital más cercano». En el caso de los epicenos de animal, se añade la especificación macho o hembra cuando se desea hacer explícito el sexo del referente: «La orca macho permanece cerca de la rompiente zarandeada por las aguas de color verdoso».
Sustantivos ambiguos en cuanto al género son los que, designando normalmente seres inanimados, admiten su uso en uno u otro género, sin que ello implique cambios de significado: el/la armazón, el/la dracma, el/la mar, el/la vodka. Normalmente la elección de uno u otro género va asociada a diferencias de registro o de nivel de lengua, o tiene que ver con preferencias dialectales, sectoriales o personales. No deben confundirse los sustantivos ambiguos en cuanto al género con los casos en que el empleo de una misma palabra en masculino o en femenino implica cambios de significado: el cólera (‘enfermedad’) o la cólera (‘ira’); el editorial (‘artículo de fondo no firmado’) o la editorial (‘casa editora’). De entre los sustantivos ambiguos, tan sólo “ánade” y “cobaya” designan seres animados.
En los sustantivos que designan seres animados, el masculino gramatical no solo se emplea para referirse a los individuos de sexo masculino, sino también para designar la clase, esto es, a todos los individuos de la especie, sin distinción de sexos: “El hombre es el único animal racional”; “El gato es un buen animal de compañía”. Consecuentemente, los nombres apelativos masculinos, cuando se emplean en plural, pueden incluir en su designación a seres de uno y otro sexo: “Los hombres prehistóricos se vestían con pieles de animales”; “En mi barrio hay muchos gatos” (de la referencia no quedan excluidas ni las mujeres prehistóricas ni las gatas). Así, con la expresión “los alumnos” podemos referirnos a un colectivo formado exclusivamente por alumnos varones, pero también a un colectivo mixto, formado por chicos y chicas. A pesar de ello, en los últimos tiempos, por razones de corrección política, que no de corrección lingüística, se está extendiendo la costumbre de hacer explícita en estos casos la alusión a ambos sexos: «Decidió luchar ella, y ayudar a sus compañeros y compañeras». Se olvida que en la lengua está prevista la posibilidad de referirse a colectivos mixtos a través del género gramatical masculino, posibilidad en la que no debe verse intención discriminatoria alguna, sino la aplicación de la ley lingüística de la economía expresiva; así pues, en el ejemplo citado pudo —y debió— decirse, simplemente, “ayudar a sus compañeros”. Solo cuando la oposición de sexos es un factor relevante en el contexto, es necesaria la presencia explícita de ambos géneros: “La proporción de alumnos y alumnas en las aulas se ha ido invirtiendo progresivamente”; “En las actividades deportivas deberán participar por igual alumnos y alumnas”. Por otra parte, el afán por evitar esa supuesta discriminación lingüística, unido al deseo de mitigar la pesadez en la expresión provocada por tales repeticiones, ha suscitado la creación de soluciones artificiosas que contravienen las normas de la gramática: “las y los ciudadanos”.
Para evitar las engorrosas repeticiones a que da lugar la reciente e innecesaria costumbre de hacer siempre explícita la alusión a los dos sexos (los niños y las niñas, los ciudadanos y ciudadanas, etc.), ha comenzado a usarse en carteles y circulares el símbolo de la arroba (@) como recurso gráfico para integrar en una sola palabra las formas masculina y femenina del sustantivo, ya que este signo parece incluir en su trazo las vocales a y o: “l@s niñ@s”. Debe tenerse en cuenta que la arroba no es un signo lingüístico y, por ello, su uso en estos casos es inadmisible desde el punto de vista normativo; a esto se añade la imposibilidad de aplicar esta fórmula integradora en muchos casos sin dar lugar a graves inconsistencias, como ocurre en “Día del niñ@”, donde la contracción sólo es válida para el masculino “niño”.
Por otra parte, en castellano existen los participios activos como derivado de los tiempos verbales. El participio activo del verbo atacar es “atacante”; el de salir es “saliente”; el de cantar es “cantante” y el de existir, “existente”. ¿Cuál es el del verbo ser? Es “ente”, que significa “el que tiene entidad”, en definitiva “el que es”. Por ello, cuando queremos nombrar a la persona que denota capacidad de ejercer la acción que expresa el verbo, se añade a este la terminación “-nte”. Así, al que preside, se le llama “presidente” y nunca “presidenta”, independientemente del sexo (masculino o femenino) del que realiza la acción. De manera análoga, se dice “capilla ardiente”, no “ardienta”; se dice “estudiante”, no “estudianta”; se dice “independiente” y no “independienta”; “paciente”, no “pacienta”; “dirigente”, no dirigenta”; “residente”, no “residenta”.
Es cierto que el sistema morfológico del idioma permite la creación de femeninos (y masculinos), por lo que podrían aplicarse las reglas correspondientes para ese fin, pero analizando siempre cada caso particular y no generalizando sin razón, es decir, sin incurrir en el error de extender o generalizar las marcas morfológicas de género (-o para el masculino y -a para el femenino) a cualquier palabra. Efectivamente, estos dos morfemas sirven para marcar esos géneros en muchísimas palabras, pero de esto no puede deducirse que todas las palabras que terminan en -o deberán tener una opción en -a cuando se refieran a mujeres, ni tampoco que todas las palabras que terminan en -a deberán tener una opción en -o cuando se refieran a varones.
Si se consulta Google, se encuentran ejemplos del femenino “ídola”, como “Tú eres una ídola” para referirse a una cantante. La forma que registran los diccionarios es “ídolo”, cuya primera acepción es ‘imagen de una deidad objeto de culto’, es decir, se aplica a cosas (y los sustantivos referidos a cosas —incluidos los usos figurados, como las metáforas— generalmente no cambian de género cuando se aplican a personas); la segunda acepción que proporciona el DRAE es ‘persona o cosa amada o admirada con exaltación’. Los usuarios de “ídola” seguramente se limitan a pensar que, si “ídolo” termina en o, solo puede referirse a varones, por lo cual deben emplear un femenino que acabe en a cuando se refiere a mujeres. Si este análisis fuera correcto, también, para referirse a una mujer, deberían decir Tú eres una “ícona” o Tú eres una “mita” en vez de Tú eres un ícono o Tú eres un mito. Esto es tan poco lógico como decir Juan es el “glorio” del equipo o Juan es un “fábulo” en vez de Juan es la gloria del equipo o Juan es una fábula.
Uno no puede cambiar el género de la palabra “mesa” porque le dé la gana. ¿Por qué “la mesa” o “la mano” (que acaba en o) son femeninas? No hay una razón semántica primaria que lo explique. A lo mejor la hubo, milenios atrás, pero nadie la recuerda. La mayor parte de las palabras son femeninas o masculinas porque lo son, igual que hay verbos de la primera y de la segunda conjugación. Y no hay que buscarle más explicación. Los hablantes pueden proponer innovaciones lingüísticas y estas ser aceptadas. Pero otras veces se quedan en ocurrencias individuales. Los hablantes tienen el derecho de hacer innovaciones lingüísticas y propaganda de ellas; cada quien que diga lo que quiera, “miembra” o lo que sea, pero no se puede pretender que la RAE lo sancione, porque no es un uso real.
A veces se aduce que este tipo de formaciones sirven para aclarar un contexto, como un titular que diga “Fernández, excelente miembro del grupo, triunfó anoche”. Obviamente, no se puede saber si Fernández es el apellido de una mujer o de un varón. Pero decir que eso se resuelve con emplear “miembra” en caso de referirse a una mujer sería como decir que también se desambiguaría si, en vez de “Fernández, excelente cantante [o integrante] del grupo, triunfó anoche”, se empleara “cantanta” o “integranta”. El problema es la redacción del titular, no el sustantivo empleado. La lengua no es siempre diáfana. Hay muchísimas ambigüedades que solo los contextos aclaran.
Las palabras son masculinas o femeninas por el artículo que las encabeza, no por su terminación. Por eso, cuando alguien dice “la miembro”, esa palabra es femenina. No se puede regular el lenguaje desde arriba, porque es un acto colectivo. Si quisiéramos poner una concordancia en los nombres y decir “la miembra”, ¿por qué no llevarlo más allá y extenderlo al verbo y decir “la miembra ha venida de París”? En francés y en italiano se hace. Sería posible en castellano, pero también absurdo. ¿Es que el español es más machista por tener un participio invariable? Es inapropiado pretender solucionar problemas sociales por la vía del lenguaje.
Incluso a veces se pierden usos que antes existían. El DRAE todavía recoge “culebro”, sustantivo masculino, aunque lo marca como “desusado”. Los propios hablantes han preferido solamente la forma femenina para referirse también a los machos de estos animales: “la culebra hembra”, “la culebra macho”.
En el caso de la palabra “miembro”, procede del latín membrum, -i, sustantivo de género neutro que se usaba primeramente para referirse a cosas con el sentido de ‘parte’. Lo mismo sucedió en español. La primera acepción de “miembro” que proporciona el DRAE es ‘cada una de las extremidades del hombre o de los animales articuladas con el tronco’, y la segunda es ‘pene’ (antes “miembro viril”, igual que en latín: “membrum virile”). Las acepciones tercera, cuarta, quinta y sexta se refieren a las partes de algo. Y la última acepción, la séptima, es la única que se refiere a personas y se define como ‘individuo que forma parte de un conjunto, comunidad o cuerpo moral’.
Otra palabra que se aplicaba originalmente a cosas es “parte”; si consultamos el DRAE, vemos que las acepciones octava y novena se refieren a personas: ‘cada una de las personas que contratan entre sí o que tienen participación o interés en un mismo negocio’ y ‘cada una de las personas o de los grupos de ellas que contienden, discuten o dialogan’. Por eso, cuando se habla de “las partes de un contrato”, nos referimos a las personas que participan en él, independientemente de si son mujeres o varones. Incluso podrían ser dos varones y se hablaría de “ambas partes”. Del mismo modo, se puede hablar de “los dos pilares de este proyecto” y referirse a dos mujeres, o de “las dos estrellas del concierto” y referirse a dos varones. En ninguno de los dos casos mencionados es necesario cambiar el género gramatical de “pilar” o de “estrella”; tampoco si decimos que “Mariano es una maravilla” o que “Bibiana es un desastre”.
Y ahora, la pregunta: nuestros políticos y muchos periodistas (hombres y mujeres, que los hombres que ejercen el periodismo no son “periodistos”), ¿hacen mal uso de la lengua por motivos ideológicos o por ignorancia de la Gramática de la Lengua Española? Creo que por las dos razones. Es más, creo que la ignorancia les lleva a aplicar patrones ideológicos y la misma aplicación automática de esos patrones ideológicos los hace más ignorantes (a ellos y a sus seguidores). En ocasiones incluso se les ve el plumero de su falsedad, doble moral y demagogia, como a aquel sindicalista que exclamó desde el púlpito eso de «¡Trabajadores y trabajadoras! ¡Médicos y enfermeras!», dejando claro que no iba a dejar de subirse al lucrativo carro del “lenguaje inclusivo”, mientras que en su fuero interno seguía convencido de que la medicina era trabajo para hombres, mientras que las mujeres debían limitarse a ayudarlos desde su puesto de enfermera.
Queda claro entonces que la lengua no es sexista; lo es en todo caso la sociedad. No se puede cambiar la lengua por decreto, pero sí se puede apoyar el cambio positivo de la sociedad. El lenguaje se crea todos los días y hay palabras que triunfan y otras no. La lengua es el organismo más democrático que existe en el mundo. Las instituciones pueden legislar sobre el lenguaje, pero las reformas solo funcionan si la mayoría de los hablantes las aceptan. La gente nunca consulta a las autoridades antes de abrir la boca. La lengua es un organismo que cambia, es un ser vivo.
Como indicó en su día Javier Marías, «es absurdo, además de dictatorial, que diferentes grupos —sean feministas, regionales o étnicos— pretendan, o incluso exijan, que la RAE incorpore tal o cual palabra de su gusto, suprima del diccionario aquella otra de su desagrado, o “consagre” el uso de cualquier disparate o burrada que les sean gratos a dichos grupos.» Es decir, que las palabras tienen que estar al servicio de las personas y no al revés.
Félix de Azúa profundizó un poco más explicando que «Lo que desdichadamente oculta el juego de imponer el vocablo “miembras” es la inoperancia de una lucha por la igualdad concebida desde el deseo y no desde la realidad y la necesidad. Pone de manifiesto la nula voluntad de enfrentarse con las causas reales de la desigualdad. Es la actitud conservadora de toda la vida que se arrodilla ante el poder real, pero vende publicidad onírica contra el poder. Quienes se enriquecen gracias a la desigualdad deben de estar felices con su “miembra”.»
Visto todo lo anterior, llegamos a la conclusión de que la mismísima Ministra de Igualdad no fue sino una víctima más del lenguaje machista, pues con frecuencia era calificada como “un cargo público” cuando, si aplicáramos la corrección política a nuestro lenguaje, debería ser calificada como “una carga pública”.
George Orwell: «Nuestra civilización está en decadencia y nuestro lenguaje —así se argumenta— debe compartir inevitablemente el derrumbe general. Se sigue que toda lucha contra el abuso del lenguaje es un arcaísmo sentimental, así como cuando se prefieren las velas a la luz eléctrica o los cabriolés a los aeroplanos. Esto lleva implícita la creencia semiconsciente de que el lenguaje es un desarrollo natural y no un instrumento al que damos forma para nuestros propios propósitos» (La política y el lenguaje).