miércoles, 26 de octubre de 2011

Dude, Where’s My Country? VII

(Traducción de un extracto del capítulo El mundo de los negocios está loco de atar del libro de Michael Moore ¿Tío, qué han hecho con mi país?)


Puede que el mayor éxito de la Guerra contra el Terror haya sido su habilidad para distraer al país de la Guerra Corporativa que está teniendo lugar en los EE. UU. En los dos años posteriores a los ataques del 11-S, las empresas estadounidenses han arrasado con todo, dejando sin ahorros a millones de estadounidenses medios, saqueando sus pensiones y disminuyendo o extinguiendo sus esperanzas en un futuro cómodo para sus familias. La destrucción de nuestro futuro económico se basa en la codicia de los mujaidines corporativos. Su único objetivo es conseguir el suficiente control sobre nuestras vidas para que, al final, dejemos de jurar lealtad a una bandera o a unas etéreas nociones de libertad o democracia, para hacerlo a los mandatos de Citigroup, Exxon, Nike, General Electric, General Motors, Procter & Gamble y Philip Morris. Ahora son sus ejecutivos los que cortan el bacalao. Tú lo sabes y ellos lo saben, y lo único que falta es que llegue el día en el que se ponga por escrito: la Declaración de los Estados Corporativos de América. «Sostenemos estas verdades como evidentes: que todos los hombres y mujeres y sus hijos menores de edad son creados iguales para servir a la Empresa, para suministrar su trabajo sin rechistar, para aceptar cualquier remuneración sin queja alguna, y para consumir sus productos sin pensar. A cambio, la Empresa se ocupará del bien de todos, asegurará la defensa de la nación, y recibirá la mayor parte de los impuestos pagados por el pueblo…» ¿Ya no suena tan absurdo, verdad? La toma de poder ha tenido lugar delante de nuestras narices. Nos han hecho tragar algún tipo de “droga” extremadamente fuerte para mantenernos callados mientras nos atracaba esta banda descontrolada de ejecutivos.


En este país somos adictos a cuento de la Cenicienta que pasa de mendigo a millonario. La gente del resto de democracias industrializadas está contenta con ganarse la vida con lo suficiente para pagar sus facturas y mantener a sus familias. Pocos tienen el deseo salvaje de hacer fortuna. Son relativamente felices si tienen un trabajo que les permite volver a casa tras siete u ocho horas de trabajo y les otorga las acostumbradas cuatro a ocho semanas de vacaciones pagadas cada año. Y son aún más felices si sus gobiernos les proporcionan asistencia sanitaria, educación gratuita y de calidad y una pensión garantizada para vivir bien en la vejez. Por supuesto, puede que algunos de ellos sueñen con ganar mucho más dinero, pero la mayoría de la gente fuera de los EE. UU. no basa sus vidas en cuentos de hadas. Viven la realidad, donde solo hay unas pocos multimillonarios y tú no vas a ser uno de ellos. Así que hazte a la idea. Por supuesto, los multimillonarios de esos países tienen cuidado de no alterar el equilibrio. Aunque entre ellos hay algunos cabrones avariciosos, tienen establecidos unos límites. En el sector industria, por ejemplo, los ejecutivos británicos ganan 24 veces más que sus trabajadores medios, y esta es la mayor brecha salarial de toda Europa. Los ejecutivos alemanes solo ganan quince veces más que sus empleados, mientras que los ejecutivos suecos ganan trece veces más. Sin embargo aquí, en los EE. UU., el ejecutivo medio gana 411 veces el salario de sus obreros. Y los europeos adinerados pagan impuestos de hasta el 65%.



En los EE. UU., no soportamos meter a nuestros ejecutivos en la cárcel cuando incumplen la ley. Somos felices bajándoles los impuestos mientras vemos subir los nuestros. ¿Por qué? Porque nos hemos tragado su droga, la mentira de que nosotros también, algún día, podríamos ser ricos. Así que no queremos hacer nada que pudiera perjudicarnos cuando llegue el día en el que por fin seamos millonarios. Nos ponen delante la zanahoria yanqui durante toda la vida, y nos creemos que estamos casi a punto de conseguirla. Es así de verosímil porque lo hemos visto hacerse realidad. Una persona que sale de la nada para amasar una fortuna. Hoy en día hay más millonarios que nunca. Este aumento en el número de millonarios ha cumplido una función muy útil para ellos, porque significa que en cada comunidad hay por lo menos una persona pavoneándose como el ejemplo del mendigo que consiguió hacerse rico, transmitiendo el poco sutil mensaje de «¡Ves! ¡Lo he conseguido! ¡Tú también puedes!»


Fue este seductor mito el que llevó a muchos millones de trabajadores a convertirse en inversores en el mercado bursátil en los años noventa. Vieron lo ricos que los ricos se hicieron en los ochenta y pensaron «¡Oye, esto podría pasarme a mí!» Los millonarios hicieron todo lo que pudieron para fomentar esta actitud. En 1980, solo el 20% de los estadounidenses tenían acciones de bolsa. Wall Street era el juego de los ricos y estaba fuera de los límites para el ciudadano medio. Y por una buena razón: el hombre de la calle lo veía tal como era, un juego de azar; y, cuando estás intentando ahorrar todo lo que puedes para mandar a tus hijos a la universidad, los juegos de azar no son un buen lugar para colocar el dinero ganado con el sudor de tu frente. Sin embargo, hacia el final de los ochenta los ricos habían explotado al máximo sus beneficios excedentes y no se les ocurría cómo hacer que el mercado siguiera creciendo. No sé si sería la idea de un genio en una empresa de corretaje o la taimada conspiración de todos los ricachones, pero el juego se convirtió en «¡Oye, vamos a convencer a la clase media de que nos den su dinero para que podamos hacernos todavía más ricos!» De pronto, parecía como si todos mis conocidos se estuvieran subiendo al carro de la bolsa, colocando su dinero en fondos de inversión. Dejaron que sus sindicatos invirtieran en acciones todo el dinero de sus pensiones. Los medios de comunicación publicaban infinidad de historias sobre cómo los trabajadores de a pie iban a poder jubilarse casi como millonarios. Era como una fiebre de la que todos estaban contagiados. Nadie quería quedarse atrás. Los trabajadores cobraban sus sueldos e inmediatamente llamaban a sus corredores de bolsa para que compraran más acciones. ¡Sus corredores de bolsa! Se sentían a las mil maravillas… Después de trabajar como animales toda la semana en un empleo miserable e ingrato, todavía podían sentir que estaban un paso por delante y una cabeza por encima, ¡porque tenían su propio corredor de bolsa personal! ¡Igualito que los ricos! Enseguida, ya no querían ni que les pagaran en dinero. ¡Págame con acciones! ¡Llama a mi corredor de bolsa! Así, cada noche, estudiaban minuciosamente los gráficos de la Bolsa en el periódico mientras uno de esos canales dedicados al mundo de las finanzas las 24 horas del día y los siete días de la semana resonaba al fondo. Compraban programas de ordenador para planificar su estrategia. Había subidas y bajadas, pero sobre todo subidas, muchas subidas, y se les oía decir, «¡Mis acciones han subido un 120%! ¡Mis valores se han triplicado!» Aliviaban el dolor del día a día imaginándose la casa que un día se comprarían para jubilarse o el coche deportivo que podrían comprarse al momento si decidieran vender. ¡No, no vendas! ¡Va a seguir subiendo! ¡Aguanta hasta que llegue el gran botín!


Pero era una farsa. Todo era una artimaña tramada por los poderes fácticos corporativos, que jamás tuvieron intención alguna de admitirte en su grupo. Sólo necesitaban tu dinero para llegar al siguiente nivel, a aquel que les protegiera de la posibilidad de tener que trabajar realmente alguna vez para ganarse la vida. Sabían que el gran auge de los noventa no podía mantenerse, luego necesitaban tu dinero para hinchar artificialmente el valor de sus empresas de tal manera que sus acciones alcanzaran un valor tan astronómico que, cuando llegara el momento de recoger dividendos, ya se habrían enriquecido lo suficiente como para vivir cómodamente el resto de su vida, sin importar lo mal que se pusiera la economía. Y eso es lo que ocurrió. Mientras el primo normal y corriente estaba escuchando a todos esos fantasmas de la CNBC que le decían que comprara aún más acciones, los mega-ricos se escabullían del mercado sigilosamente, liquidando en primer lugar las acciones de su propia empresa. Al mismo tiempo que pasaban al público (y a sus propios y leales empleados) el mensaje de que deberían invertir aún más en la empresa porque los analistas económicos predecían aún mayores crecimientos, los ejecutivos estaban inundando el mercado con sus propias acciones tan rápido como les era posible. En septiembre de 2002, la revista Fortune publicó una asombrosa lista con estos sinvergüenzas corporativos que salieron corriendo como bandidos mientras los precios de las acciones de sus empresas habían caído un 75% o más entre 1999 y 2002. Estos ejecutivos sabían que el declive se avecinaba, así que canjearon sus valores en secreto mientras sus propios empleados y los accionistas menores bien compraban más acciones («¡Mira, cariño, ahora las acciones de General Motors están muy baratas!»), bien se aferraban a sus “valores” en caída libre con la esperanza de que se recuperasen («¡Tiene que recuperarse! ¡Siempre lo ha hecho! ¡Todos dicen que hay que aguntar en el mercado a largo plazo!») En la cúspide de la lista de estos malhechores estaba Qwest Communications. En su mejor momento, las acciones de Qwest se canjeaban a casi 40 dólares. Tres años después, las mismas acciones valían un dólar. Durante ese período, el director de Qwest, Phil Anschutz, así como su antiguo presidente ejecutivo, Joe Nacchio, y el resto de ejecutivos salieron corriendo con 2.260 millones de dólares, simplemente vendiendo todos sus activos antes de que los precios tocaran fondo. Mis jefes supremos aquí en AOL Time Warner se llenaron los bolsillos con 1.790 millones. Bill Joy, Ed Zander y sus amigos en Sun Microsystems 1.030 millones. Charles Schwab se llevó a casa él solito un poco más de 350 millones. La lista sigue y sigue y se extiendo por todos los sectores de la economía.


Con Bush, su hombre, en la Casa Blanca, la economía, zarandeada tanto como era posible, se dio un leñazo. Al principio nos intentaron vender la vieja historia de que “el mercado es cíclico: amigos, no saquéis vuestro dinero aún, que volverá, de la misma manera que siempre ha hecho”. De tal manera que el inversor de a pie se mantuvo, escuchando todos esos malos consejos. Y el mercado siguió bajando, y bajando, y bajando; bajó tanto que llegó un momento en el cual sacar el dinero era una locura. Ahora sí que tiene que haber tocado fondo, así que agárrate fuerte. Y entonces lo que hizo fue bajar más incluso y, antes de que te dieras cuenta, tu dinero había desaparecido del todo. Más de cuatro billones de dólares se perdieron en el mercado bursátil en los EE. UU. Más otro billón de dólares en planes de pensiones y dotaciones universitarias que también desaparecieron. Y todo lo que quedó fue... gente rica. Siguen estando entre nosotros y les va mejor que nunca. Se partían de risa de camino a sus paraísos fiscales pensando en el timo del milenio. Lo habían conseguido, de manera legal en la mayoría de las ocasiones o sin ningún prejucio a la hora de saltarse alguna que otra ley de vez en cuando: son muy pocos los que se encuentran entre rejas mientras escribo esto, y los demás están en sus playas privadas con su arena bien arregladita.


Y yo me pregunto: tras desplumar a la ciudadanía estadounidense y cargarse el “sueño americano” para la mayoría de los trabajadores, ¿qué les parece? En vez de ser ahorcados, destripados y descuartizados al amanecer a las puertas de la ciudad, lo que consiguieron los multimillonarios fue un gran beso en los morros por parte del Congreso en forma de recorte de impuestos, ¿y nadie dice una palabra? ¿Cómo puede ser eso? Porque el estadounidense medio todavía quiere agarrarse a esa creencia de que quizás, solo quizás, a él o a ella (sobre todo a él) pueda tocarle el gordo después de todo. Luego no ataquemos al hombre rico, ¡porque algún día ese hombre rico podría ser yo!


Si no fuera porque se dedican al mundo de los negocios, los presidentes ejecutivos cuyo comportamiento ha despertado investigaciones sobre delitos criminales serían considerados sociópatas, según prestigiosos psicoanalistas. «Analizados como individuos, pueden ser fácilmente percibidos como sociópatas,» dijo Kenneth Eisold, presidente de la Sociedad Internacional para el Estudio Psicoanalítico de las Organizaciones, sobre ejecutivos como Kenneth Lay de Enron y Dennis Kozlowski de Tico, en un discurso a un grupo de psiquiatras. «Pero en el contexto de un grupo que nunca se les cuestiona, su comportamiento inmoral se convierte en la norma: no tienen ningún conflicto interno». Debido a la voluntad de ignorar los aspectos éticos durante el auge económico de los noventa, cuando muchos estadounidenses sacaron provecho del mercado de valores, «tenemos los ejecutivos que nos merecemos,» dijo Eisold.


Escuchad, amigos, tenéis que afrontar la verdad: nunca vais a ser ricos. Las probabilidades de que eso ocurra son aproximadamente de una entre un millón. No sólo es que nunca vayáis a ser ricos, sino que además vais a tener que pasar el resto de vuestras vidas trabajando como negros para pagar la televisión por cable y las clases de inglés y de música de vuestros hijos en el colegio público donde antes eran gratuitas. Y siempre va a ir a peor. Cualquier beneficio social del que disfrutéis ahora va a ir recortándose hasta la nada. Olvidaos de la pensión de jubilación, olvidaos de la seguridad social, olvidaos de la posibilidad de que vuestros hijos os cuiden cuando seais mayores, porque el dinero apenas les llegará para cuidar de sí mismos. Y ni se os pase por la cabeza iros de vacaciones, porque lo más probable es que hayáis perdido vuestros trabajos cuando volváis. Sois prescindibles, no tenéis derechos y, a propósito, “¿qué es un sindicato?” Ya sé que muchos de vosotros no lo veis tan negro. Puede que las cosas se pongan feas, pero creéis que sobreviviréis. Seréis justo esa persona que de alguna manera se las apaña para escapar a la locura. No vais a dar por perdido el sueño de conseguir algún día un pedazo de la tarta. De hecho, algunos de vosotros creéis que algún día puede que toda la tarta sea vuestra. Pues tengo noticias para vosotros: no os van a dejar ni siquiera lamer el plato. El sistema está apañado a favor de unos pocos y vuestro nombre no está en la lista, ni lo ha estado ni lo estará. Está tan bien manipulado que consigue embaucar a muchos que solían ser trabajadores decentes y sensatos para que crean que también funciona para ellos. Coloca la zanahoria tan cerca de sus narices que casi pueden olerla. Y con la promesa de que algún día ellos también podrán comerse la zanahoria, el sistema recluta un ejército de consumidores y contribuyentes que, de buena gana y con pasión, luchan por los derechos de los ricos, ya sea donándoles trillones en exenciones fiscales mientras los demás envían a sus propios hijos a colegios en ruinas, ya sea enviando a esos hijos a morir en guerras para proteger el petróleo del hombre rico. ¡Sí, así es: los trabajadores/consumidores sacrificarán incluso las vidas de sus propios hijos si ello implica mantener a los ricos gordos y felices, porque los ricos les han prometido que algún día podrán sentarse con ellos a la mesa! Pero ese día no llegará nunca y, para cuando el currito haya comprendido todo esto, ya estará en un asilo de ancianos escupiendo un amargo palabrerío sobre autoridad y tomándola con la enfermera que está intentando vaciar su patético orinal. Podría haber habido una manera más humana de pasar sus últimos días, pero el dinero que tenía reservado para ello se fue con todas esas acciones de AOL Time Warner y WorldCom, y el resto lo gastó el gobierno en ese sistema de armamento del espacio sideral que nunca llegó a funcionar.


Para quienes todavía se aferran a la idea de que no todo el mundo empresarial es tan malo, sirvan como muestra un par de ejemplos de lo que han estado tramando últimamente nuestros buenos capitanes de la industria:


Primero: ¿es usted consciente de que su empresa puede haber contratado un seguro de vida a su nombre? Qué bonito por su parte, ¿no? Sí, precioso: durante los últimos veinte años, empresas como Disney, Nestlé, Procter&Gamble, Dow Chemical, JP Morgan Chase y Wal-Mart se han dedicado de manera secreta a contratar seguros de vida a favor de sus empleados de niveles bajo y medio ¡para posteriormente nombrarse a sí mismos (la empresa) como beneficiarios! Así es: cuando usted muera, la empresa (no sus descendientes) es quien cobra. Y si muere en edad de trabajar mucho mejor, ya que la mayoría de seguros de vida tienen establecidos mayores pagos en caso de morir antes de la edad de jubilación. Y si usted vive muchos años, incluso mucho más después de haber dejado la empresa, aún así esta cobrará gracias a su muerte. El dinero no va destinado a ayudar a su apenada familia en esos malos momentos, ni a pagar el funeral y el entierro, sino que es para los ejecutivos de la empresa. Además, independientemente de cuándo estires la pata, la empresa puede pedir préstamos contra la póliza y deducirse los intereses del impuesto de sociedades. Muchas de estas empresas han establecido un sistema para que ese dinero se dedique al pago de primas, coches, casas y viajes al Caribe. Su muerte está destinada a contribuir a la felicidad de su jefe cuando esté en su bañera de hidromasaje en St. Barts. ¿Y cómo llama el mundo empresarial extraoficialmente a esta forma de seguro de vida? Seguro de Palurdos Muertos. Así es. “Palurdos Muertos”. Porque eso es lo que es usted para ellos: un palurdo. Y puede que sea más valioso para ellos muerto que vivo. (También se le hace referencia en ocasiones como “Seguro de Conserjes Muertos”). Cuando leí sobre esto en el Wall Street Journal el año pasado pensé que había cogido por error una de esas versiones de coña de ese periódico. Pero no, iba en serior; y los autores, Ellen Schultz y Theo Francis, contaban varias historias desgarradoras de empleados que murieron y a cuyas familias les habría venido bien el dinero. Escribieron sobre un hombre que murió a la edad de 29 años por complicaciones relacionadas con el SIDA y que no tenía seguro médico. Su familia no recibió ninguna indemnización por su muerte, pero CM Holdings, la empresa matriz de la tienda de discos en la que trabajaba, cobró más de trescientos mil dólares gracias a su muerte. CM Holdings también contrató otra póliza a nombre de una auxiliar administrativa que ganaba 21.000 dólares al año y murió de Esclerosis lateral amiotrófica (Enfermedad de Lou Gehrig). Según relataba el Journal, la empresa rechazó una petición de sus hijos, ya adultos, que habían cuidado de ella durante la enfermedad, para ayudar a comprar una silla de ruedas de cinco mil dólares para poder llevar a su madre a la iglesia. Cuando la mujer murió en 1998, la empresa recibió una indemnización de 180.000 dólares. Algunas de estas empresas, Wal-Mart entre ellas, han abandonado estas prácticas. Algunos estados han promulgado leyes que prohíben las las pólizas de “Palurdos Muertos”, y otros están considerando acciones similares. Asimismo, se han presentado numerosas demandas contra empresas por parte de los descendientes de empleados fallecidos para intentar ser nombrados los beneficiarios de las pólizas. Sin embargo, por el momento las pólizas siguen vigentes en muchas empresas. ¿Es la suya una de ellas? Puede que le interese informarse. Siempre es bueno saber que, tras su muerte, su cadáver podría significar un nuevo deportivo para el presidente.


¿Todavía no se ha convencido de que a los ricos no les importa usted un pepino? Veamos otro ejemplo de lo poco que usted significa para los amos empresariales una vez que han conseguido su voto y su obediencia. El Congreso está estudiando una ley que permitirá que las empresas aporten menos dinero al fondo de pensiones de los trabajadores manuales ya que, según dicen, como consecuencia de las mugrienteas e inseguras condiciones de trabajo que ellos mismos han creado, tampoco van a vivir demasiado de todos modos. Así, las empresas realmente no necesitan darle todo el dinero de su jubilación porque, ¡qué diablos, ya no va a estar por aquí para gastárselo! Usted ya estará muerto porque no instalaron ventilación suficiente, o le hicieron trabajar tanto que tendrá suerte si no está escupiendo sangre antes de cumplir los sesenta. Por lo tanto, ¿qué razón hay para reservar este dinero de la pensión para usted? Lo que hace a esta ley aún más repugnante es que tiene el apoyo de sindicatos como el UAW, desde donde abogan por convertir el dinero de las pensiones en salarios más altos para sus trabajadores.


Estos cabrones que dirigen nuestro país son un hatajo de gilipollas confabuladores, mangantes y engreídos a quienes les vendría bien que les bajáramos los humos, los despidiéramos y los reemplazáramos por un sistema completamente nuevo bajo nuestro control. De eso se supone que trata la democracia: nosotros, el Pueblo, somos los putos amos.


Antes de la quebrar, Enron, radicada en Houston, estaba amasando la mostruosa cantidad de cien mil millones de dólares al año, en su mayor parte por medio de contratos para el comercio de materias primas como petróleo, gas y electricidad en todo el mundo. El cada vez más liberalizado mercado de la energía significaba una mina de oro para la empresa, conocida por sus agresivas tácticas negociadoras. Ken Lay, su presidente, cariñosamente apodado “Kenny Boy” por Bush, nunca se avergozó de mostrar públicamente sus amistades. Enron donó 736.800 dólares a Bush a partir de 1993. Entre 1999 y 2001, Lay recaudó 100.000 dólares para su compinche, además de contribuir personalmente con el Comité Nacional Republicano con 283.000 dólares. Lay también tuvo la gentileza de prestar al candidato Bush su avión durante la campaña presidencial para que pudiera volar con su familia alrededor del país y hablar sobre su plan de “restaurar la dignidad en la Casa Blanca”. Esta amistad era una verdadera puerta giratoria. Después de llegar a la presidencia, Bush invitó a Lay a Washington para llevar a cabo personalmente las entrevistas de las personas que iban a trabajar en su administración, fundamentalmente las de los puestos de alto nivel en el Ministerio de Energía.


Enron fue uno de los mayores escándalos empresariales en la historia de los EE. UU. Y fue perpetrado por uno de los amigos más allegados del “presidente”. Este escándalo debería haber acarreado la impugnación anticipada de Bush y su mudanza de nuestra Casa Blanca.


Cuando las cosas iban bien en Enron, iban realmente bien. Lay y otros peces gordos se embolsaban pagas inmensas y disfrutaban de generosas cuentas de gastos y espléndidos beneficios adicionales. La dolce vita en Enron les ayudaba a permitirse importantes donaciones a políticos de ambos partidos mayoritarios; políticos que se encargaban de garantizar que el clima regulatorio permanecía extremadamente comprensivo con los intereses de Enron. Según el Centro de Políticas Receptivas (CRP), Enron donó cerca de seis millones de dólares a los partidos Republicano y Demócrata a partir de 1989, con un 74% de dicha cantidad yendo a parar a manos republicanas. Esto significó que para cuando el Congreso comenzó a investigar a Enron a comienzos de 2002, 212 de los 248 diputados y senadores que participaron en los comités de investigación habían recibido contribuciones de campaña de Enron o de su deshonesto contable, Arthur Andersen.


Incluso los empleados de menor rango de Enron creyeron estar metidos en un buen negocio: se pusieron cómodos mientras veían cómo sus planes de pensiones, colocados mayormente en acciones de Enron, crecían y crecían. Sin embargo, el espectacular éxito de la empresa fue fugaz… y fraudulento. La mayoría de la rentabilidad de Enron se consiguió a través de la creación de sociedades pantalla y se apoyó en dudosas (y posiblemente delictivas) prácticas contables. No se sabe cuánto se podrá saber algún día de la verdadera historia, ya que se destruyeron documentos importantes antes de que los investigadores pudieran verlos. Para el otoño de 2001, Enron había implosionado. Y mientras el resto del país estaba horrorizado por el 11S, los ejecutivos de Enron estaban ocupados achicando agua, vendiendo acciones y destruyendo documentos. Y el timo fue possible en gran parte gracias a buena disposición de la Administración Bush a dejar que Enron se saliese con la suya.


Cuando finalmente tuvo que comparecer ante la prensa, George W. Bush intentó distanciarse de su viejo amigo y dijo, básicamente, «¿Qué Ken?» Bush explicó que su buen amigo no era realmente un buen amigo, sino simplemente un hombre de negocios de Texas.


Cuando Enron entró oficialmente en bancarrota en diciembre de 2001, ese hecho tuvo un significado diferente para sus altos ejecutivos que para el resto de nosotros. La declaración de bancarrota de la empresa en 2001 muestra cómo 144 altos ejecutivos recibieron un total de 310 millones de dólares de compensación y otros 435 en acciones. Eso es una media de más de dos millones cada uno en compensaciones y otros tres millones en acciones. Y mientras los peces gordos contaban sus millones, miles de trabajadores de Enron perdieron sus trabajos y gran parte de sus ahorros. Enron había establecido tres planes de ahorro para sus empleados y, en el momento de la bancarrota, veinte mil trabajadores los habían suscrito. El 60% de los planes estaban compuestos de acciones de Enron. Cuando su valor se evaporó a unos pocos centavos desde un pico de noventa dólares en agosto de 2000, a estos empleados les quedó poco más que nada. Las pérdidas acarreadas en los planes alcanzaron un total de más de mil millones de dólares. Sin embargo, las grandes pérdidas del colapso de Enron se extendieron más allá de sus empleados a miles de personas que tenían acciones de Enron en planes de pensiones públicos, quienes, según un artículo del New York Times, perdieron por lo menos mil quinientos millones de dólares. No obstante, para 2003 menos de dos docenas de personas habían sido acusadas de delitos relacionados con Enron. Y no se ha presentado ningún cargo contra el expresidente Ken Lay ni contra el director ejecutivo Jeff Skilling.


El único y verdadero valor que tiene tu vida para los ricos es que necesitan tu voto cada vez que llega el día de las elecciones para conseguir que los políticos a los que han financiado tomen posesión de sus cargos. No pueden conseguirlo por sí mismos. Este detestable sistema nuestro que permite que el país sea dirigido por la voluntad del pueblo es un pésimo acuerdo, ya que ellos representan solo un 1% de “el pueblo”. No se pueden conseguir recortes de impuestos para los ricos si estos no tienen votos suficientes para sacarlo adelante. Esta es la razón por la cual verdaderamente odian la democracia: porque los coloca en la clara desventaja de pertenecer a la más minoritaria de las minorías. De este modo, necesitan de algún modo embaucar o comprar al 50% de la gente para conseguir la mayoría que necesitan para manejar el cotarro. Y no es tarea fácil. La parte sencilla es comprar a los políticos, primero con donaciones a sus campañas, después con favores especiales y beneficios adicionales una vez en el poder, y finalmente con un trabajo bien pagado de consultor una vez haya terminado su mandato. Y la mejor manera de garantizar que tu político siempre gana es dar dinero a ambos partidos.


Engañar a la mayoría de los votantes para que voten al candidato del multimillonario es mucho más difícil, pero han demostrado que puede hacerse. Conseguir que los medios de comunicación repitan tus palabras como si fueran la verdad, casi sin hacer ninguna pregunta, es uno de los métodos. Atemorizar a la gente también funciona bien. Y la religión. De este modo, los ricos tienen un ejército de incondicionales conservadores, derechistas y cristianos que actúan como sus soldados de infantería. Es un matrimonio cuando menos curioso, ya que los ricos, por lo general, no son ni conservadores ni progresistas, ni de izquierdas ni de derechas, ni devotos cristianos ni judíos. Su verdadero partido político se llama Avaricia, y su religión es el Capitalismo. Pero están muy contentos de ver cómo millones de blancos pobres e incluso millones de ciudanos de clase media acuden alegremente a las urnas para votar por unos candidatos cuyo único objetivo una vez lleguen al poder es estrujar a esos blancos pobres y ciudadanos de clase media. Tuvo que llegar la bancarrota de Enron para que pudieran despertar miles de sus empleados conservadores, muchos de los cuales eran orgullosos votantes de George W. Bush y el Partido Republicano. ¿Cuántos de ellos crees que votarán por el mejor amigo de Ken Lay en las próximas elecciones? Cuando se enteren de trucos como el del “Seguro de Palurdos Muertos”, o cuando se den cuenta de lo que el ultimo recorte de impuestos les ha reportado en forma de reducción de servicios y subida de impuestos locales, van a cogerse un buen cabreo y a sublevarse.

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