martes, 29 de marzo de 2011

Inside Job. La madre de todos los timos


Inside Job - Tráiler español por keane43

El viernes podrá verse en las salas cómo se cocinó el ‘crash’ de 2008. El director del documental ‘Inside Job’, ganador del Oscar, puso contra las cuerdas a los responsables del “fraude financiero masivo” (Público, lunes, 21 de marzo de 2011).


Ejercicio de agudeza financiera. ¿Qué cara puso Frederic Mishkin, prestigioso economista, profesor de la Escuela de Negocios de Columbia, exmiembro del Consejo de la Reserva Federal (2006-2008) y uno de los protagonistas estelares de ‘Inside Job’ cuando se enteró de que el filme había ganado el Oscar al mejor documental? A) Cara de estupor. B) Cara de horror. C) Cara de corderito degollado. Sin duda, cualquiera de las tres, pero viendo las imágenes de la película de Charles Ferguson sobre el crash financiero de 2008, que se estrena el viernes en España, podríamos decantarnos por la opción C.


O al menos esa es la cara que se le queda a Mishkin en algunas de las escenas más memorables de Inside Job. O el rostro desencajado de un hombre que ve cómo lo que parecía una entrevista televisiva de guante blanco sobre la crisis económica se acabó convirtiendo en una visita al matadero, con Ferguson en el papel de entrevistador/matarife dispuesto a despedazar con sus preguntas a los peces gordos vinculados a la hecatombe financiera.


«Discúlpenme, pero debo arrancar señalando que tres años después de que estallara nuestra horrible crisis causada por el fraude financiero masivo, ni un solo ejecutivo ha sido encarcelado, y eso está mal», espetó Ferguson tras subir a la platea a recoger su Oscar el pasado 28 de febrero. Si Mishkin oyó estas palabras, debió tomárselo como algo personal. Porque la tortura a la que le somete Ferguson en ‘Inside Job’ es de antología.



Durante la entrevista, Ferguson le recuerda a Mishkin que en 2006 escribió un informe llamado ‘Estabilidad financiera en Islandia’, una loa a las virtudes del robusto sistema financiero del país. Mishkin cobró 100.000 dólares de la Cámara de Comercio de Islandia por su trabajo. Uno de los muchos casos de confluencia de intereses entre finanzas y política denunciados por Ferguson en el filme, aunque especialmente reseñable por su doble giro tragicómico final. Meses después de que Mishkin escribiera su informe, Islandia colapsó a causa de la voracidad especulativa de su sistema financiero. Y Mishkin, ni corto ni perezoso, cogió el bote de típex e introdujo un ligerísimo cambio en una palabra de su currículum: donde dije ‘Estabilidad financiera en Islandia’ ahora digo ‘Inestabilidad financiera en Islandia’. Sí, suena a chiste, pero es real.


Ferguson destapa la travesura en ‘Inside Job’ ante las estupefactas narices de Mishkin, que dice «no recordar» haber modificado ese dato en su currículum. En efecto, en el mundo de las finanzas globalizadas todo vale.

Comuna neoliberal.
Pero Mishkin es sólo uno de los muchos peces gordos que pasan por el diván de Ferguson que, al contrario que Michael Moore, no aparece en una sola imagen del documental. Las entrevistas son la base de un filme que cuenta cómo la ideología de los gigantes del sector financiero (Lehman Brothers, AIG, Merrill Lynch) se infiltró en todos los ámbitos del sistema económico estadounidense, de las administraciones políticas (demócratas y republicanas) a los agentes reguladores, de la academia (departamentos de Economía de universidades como Harvard y Columbia) a las agencias de calificación.


¿El resultado del contubernio? Una gran comuna neoliberal en la que todos se acostaban con todos, nadie pedía cuentas a nadie y había un fiestón monetario cada día. Hasta que todo saltó por los aires... Ferguson describe así la juerga: «El fraude a gran escala tomó el corazón del sistema financiero debido a una combinación de desregulación y dimisión de los responsables de hacer cumplir la ley».


El documental acusa a Robert Rubin, vicepresidente de Goldman Sachs (1987-1990), secretario del Tesoro con Clinton (1995-1999) y director del gigante financiero Citigroup la pasada década; Alan Greenspan, presidente de la Reserva Federal con Reagan, Bush, Clinton y Bush Jr.; y Lawrence Summers, secretario del Tesoro con Clinton (1999-2001), presidente de la Universidad de Harvard (2001-2006) y principal asesor económico de Obama hasta septiembre de 2010, de estar a las órdenes del lobby de la banca de inversión cuando ocupaban cargos públicos.


‘Inside Job’ explica cómo frenaron la regulación del mercado de derivados, uno de los productos financieros especulativos que contaminaron los mercados antes del crash. O cómo, en 1999, Summers se dejó convencer por Citigroup (con Rubin en nómina) y Goldman Sachs (dirigida por Henry Paulson, futuro secretario del Tesoro con Bush Jr.) para tumbar restricciones vigentes desde la gran depresión: Summers revocó la ley Glass-Steagall, de 1933, que prohibía a los bancos comerciales jugar a ser bancos de inversión, como explica el actor Matt Damon, que prestó su voz al filme.


El documental también reparte de lo lindo a Henry Paulson, antiguo presidente de Goldman Sachs. Era el gerente mejor pagado de Wall Street cuando George Bush Jr. le nombró Secretario del Tesoro a mediados de 2006. Su sueldo en la Administración pública pasó a ser drásticamente más bajo. Pero no se apuren: Paulson se llevó 50 millones de dólares al cambiar de trabajo (al pasar al Gobierno, tuvo que vender sus acciones de Goldman, operación libre de impuestos gracias a una ley aprobada por Bush). En cualquier caso, el hombre vendió a tiempo: la empresa rozó la quiebra en 2008.

Trileros en la zona.
El nombre de Paulson se asocia también al timo de las célebres hipotecas subprime. En abril de 2010, Goldman Sachs fue acusada de fraude por la Comisión del Mercado de Valores de EE.UU. por sus maniobras previas al crash financiero. La estafa consistía en cobrar dinero de los especuladores a cambio de colocar a sus clientes hipotecas subprime cuando Goldman ya sabía que este producto financiero no valía un duro debido al estallido de la burbuja inmobiliaria. «Estos valores son una mierda», escribió un vendedor de Goldman en un mail cómico enviado a un compañero en esa época. Hablando en plata: la empresa estaba vendiendo mierda a sabiendas. Y aún hay más: «Goldman empezó a apostar en el mercado contra estos productos mientras los vendía a sus clientes como inversión», se cuenta en el documental. Es decir, cuando el producto perdía valor, Goldman ganaba dinero. Mientras, el cliente al que le había colocado el engendro financiero, lo perdía todo. Chorizos, trileros, mangantes… pueden llamarlos como ustedes quieran.


‘Inside Job’ recuerda también que las agencias de calificación dieron su nota más alta (AAA) a las hipotecas subprime meses antes de que se convirtieran en basura. Una práctica, al parecer, habitual: en febrero de 2007 premiaron a la banca islandesa con otra triple A… Sí, fallan más que una escopeta de feria, pero es que, si hacemos caso al filme, se trata de fallos muy lucrativos…


Conclusión: ‘Inside Job’ es la historia de un crimen perfecto. El Estado rescató con dinero público a las empresas corruptas. Los responsables del fraude no fueron a chirona, regresaron a casa con los bolsillos llenos y hasta se recolocaron en el Gobierno. ‘Inside Job’ viene a hacer un poco de justicia poética porque, de la otra, nada de nada.

«Obama ha preferido mirar hacia otro lado».
Cuando el documentalista Charles Ferguson (1955) llegó al Festival de Cannes, hacía sólo diez días que había acabado ‘Inside Job’. No obstante, entonces ya era consciente de que había rodado una bomba de relojería, aunque quizás no esperaba que tuviera tanta repercusión. ‘Inside Job’ se estrena el viernes en España tras ganar el Oscar al mejor documental.


- La lista de peces gordos entrevistados en el filme es impresionante: Straus-Kahn, Paul Volcker, George Soros, Scott Talbott, Martin Feldstein… Más de uno se arrepentiría de haber aceptado su invitación, ¿verdad?
- En efecto (risas). Varios me escribieron después diciendo que se retractaban, que anulaban su participación, pero ya no podían hacer eso: me habían dado su consentimiento escrito para entrevistarles y utilizar el metraje en el filme.


- Los entrevistados reaccionan de diversas maneras cuando usted los pone en apuros. Algunos parecen perplejos al escuchar sus acusaciones. ¿Le sorprendió alguna reacción en concreto?
- Me sorprendió mucho la reacción de perplejidad de Frederic Mishkin. Fui a la entrevista con información detallada sobre su conflicto de intereses. Lo que no sabía era lo increíblemente ignorante que era de haber hecho algo inapropiado. Me quedé en shock al ver su estupefacción.


- ¿Le sorprendió que aceptaran ser entrevistados por usted?
- En algunos casos, mucho. David McCormick (secretario de Asuntos Internacionales en el Departamento del Tesoro entre 2007 y 2009), por ejemplo, me conoce desde hace unos diez años. No es que no supiera quién era yo. Sabía quién soy y cómo pienso. Había visto mi primer filme (‘No End in Sight’, sobre la ocupación estadounidense de Irak). Sabía que tenía una visión crítica.
- ¿Por qué lo hizo entonces?
- Creo que tanto él como el resto no están acostumbrados a que los periodistas les pongan en tales aprietos. Me refiero sobre todo a los reporteros que cubren la información gubernamental en medios como The Wall Street Journal. Saben que tienen que ser amables con la gente de la Casa Blanca porque de otra manera no conseguirán acceder a determinadas entrevistas y fuentes.
- Su película es extremadamente dura con la actitud del presidente Barack Obama, al que acusa de haber contratado como asesores económicos a algunos de los responsables de la crisis.
- Yo contribuí a la campaña de Obama. Antes de las elecciones, Obama hizo muchas referencias críticas a Wall Street y los responsables de la crisis. Recuerdo perfectamente el día que eligió a su equipo económico. «Oh, cielos pensé son otra vez los mismos tipos». Tras esa decisión no fue ninguna sorpresa que no hiciera nada por perseguir a los responsables. Incluso visto desde un punto de vista cínico de puro electoralismo, creo que Obama cometió un error al mirar hacia otro lado. Y va a pagar políticamente por ello. Evidentemente hubiera perdido el apoyo del sector financiero, pero habría ganado un gran respaldo popular.
- ¿Qué haría si fuera usted el presidente?
- Despedir a todos esos tipos. Hay que acabar con esa superstición que nos hace creer que sólo individuos provenientes de los grandes conglomerados financieros pueden asesorar al Gobierno sobre economía. En EE.UU. sobra gente preparada y con las manos limpias para hacer ese trabajo. También metería mano en las agencias de calificación, en el mercado de los derivados… Hay muchas, muchas, muchas cosas que habría que regular en la economía de nuestro país.

lunes, 7 de marzo de 2011

El dinero no se come

El crecimiento económico a secas no siempre tiene una traducción proporcional en el bienestar de las personas.


El PIB recoge, grosso modo, todos los bienes y servicios que genera un país y es el indicador más internacional, pero cada vez es mayor el número de teóricos que lo cuestiona como termómetro del progreso de un país y de su nivel de bienestar: no valora las desigualdades, no descuenta las facturas del crecimiento económico en el medio ambiente y la calidad de vida de las personas y es ciego a elementos como la cultura y salud.
El PIB no depura la actividad económica que, no solo no genera felicidad, sino que es fruto de la incomodidad: como el gasto en analgésicos para el dolor cabeza o el gasto de gasolina en un atasco.
Por ejemplo, la ONU publica desde hace años un Informe sobre desarrollo humano (IDH) atendiendo a factores como la esperanza de vida, la tasa de alfabetización y la riqueza por habitante, entre otros criterios. En el informe de 2008, Estados Unidos se sitúa como el país más rico del mundo, pero ocupa el puesto 12 de este escalafón.
Otras paradojas reveladoras serían la de la unificación de Alemania, tras la cual los niveles de satisfacción que manifestaban los habitantes del Este bajaron considerablemente respecto a la etapa anterior, ya que comenzaron a compararse con los de la zona occidental, o el estudio de la Escuela Pública de Salud de Harvard, en la que se ofrecían a los alumnos dos posibilidades imaginarias, una en la que ganarían 50.000 dólares mientras que el resto del mundo percibiría 25.000, y otras en la que ganarían 100.000 dólares y el resto 250.000 (respuesta: todos escogieron la primera posibilidad).

El crecimiento del PIB no siempre se traduce en mayor bienestar para las personas.
Desde su introducción durante la II Guerra Mundial como medida de la capacidad de producción en tiempos de guerra, el Producto Interior Bruto o PIB se ha convertido en el principal indicador del progreso económico. En la actualidad se utiliza ampliamente por diseñadores de políticas, economistas, agencias internacionales y los medios de comunicación como la puntuación fundamental de la salud y bienestar de la economía de una nación.
Sin embargo, el PIB nunca fue concebido para este papel. Es simplemente una cuenta en bruto de productos y servicios comprados y vendidos, sin distinción alguna entre transacciones que aporten bienestar y aquellas que lo disminuyan. En vez de separar costes y beneficios, y las actividades productivas de las destructivas, el PIB asume que por definición toda transacción monetaria proporciona bienestar. Es como si una empresa intentara evaluar su estado financiero meramente con la suma de todas sus “actividades empresariales”, agrupando de tal modo gastos e ingresos, activo y pasivo.
Además, el PIB ignora todo lo que ocurra fuera del ámbito del intercambio monetario, independientemente de su importancia para el bienestar. Funciones económicas tan cruciales como las tareas del hogar o el voluntariado se ignoran por completo. Las contribuciones al hábitat natural que proporcionan los recursos que nos sustentan tampoco reciben reconocimiento. Como resultado, el PIB no sólo enmascara el colapso de la estructura social y el hábitat natural, sino que, lo que es aún peor, en realidad lo interpreta como ganancia económica.

El PIB considera el crimen, el divorcio y los desastres naturales como ganancias económicas.
Como el PIB registra cada transacción económica como positiva, los costes del deterioro social y los desastres naturales se anotan como avances económicos. El crimen añade miles de millones de euros al PIB debido a la necesidad de prisiones y otras medidas de seguridad, una mayor protección policial, daños a la propiedad y costes sanitarios. Los divorcios añaden miles de millones de euros por medio de los honorarios de los abogados, la necesidad de adquirir segundas viviendas y demás. Los huracanes del Golfo de México son desastrosos para Florida, Louisiana y demás estados de la zona, pero el PIB de los EE.UU. lo registra como una bendición para la economía (por ejemplo, el huracán Andrew, uno de los más destructivos que hayan impactado en EE.UU., significó más de 15.000 millones de dólares).

El PIB ignora la economía no mercantil en los hogares y las comunidades.
Funciones tan cruciales como el cuidado infantil, el cuidado a los ancianos u otras labores domésticas, así como el trabajo de voluntariado, quedan completamente fuera de consideración para el PIB porque no hay cantidad de dinero alguna que cambie de manos. Al disminuir la economía no mercantil y desplazarse sus funciones hacia el sector de servicios monetarios, el PIB representa este proceso como un avance económico. El PIB también añade el coste de las prisiones, el trabajo social, el consumo de drogas y el asesoramiento psicológico que surgen a raíz del abandono de la esfera no mercantil.

El PIB considera el agotamiento del capital natural como un ingreso.
El PIB quebranta los principios básicos de la contabilidad y el sentido común cuando considera el agotamiento del capital natural como un ingreso, en vez de como la depreciación de un activo.
La Administración Bush (padre) señaló este aspecto en su informe del Consejo de Calidad Medioambiental de 1992. «Los sistemas contables utilizados para calcular el PIB» decía el informe, «no reflejan el agotamiento o el deterioro de los recursos naturales utilizados para producir bienes y servicios». Como resultado, cuando más agota sus recursos naturales una nación, más crece su PIB.

El PIB sube con las actividades contaminantes, y después otra vez con las limpiezas.
La limpieza de entornos intoxicados supondrá un coste de miles de millones de euros durante los próximos treinta años, lo cual se añadirá al PIB. Al añadir al PIB la actividad económica que generó esos residuos, se da la paradoja de que la contaminación supone un doble beneficio para la economía. Así, el derrame de petróleo de BP en el Golfo de México ocasionó un aumento del PIB.

El PIB no tiene en cuenta la distribución de la renta.
Al ignorar la distribución de la renta, el PIB oculta el hecho de que, cuando la marea sube, no todos los barcos flotan (aunque suene como una blasfemia a los acólitos del neoliberalismo, es un hecho que la prosperidad no se contagia). Por ejemplo, en EE.UU., entre 1973 y 1993, mientras que el PIB aumentó más de un 50%, los salarios sufrieron un descenso de casi el 14%, pero no para el 5% de ciudadanos más ricos, que vieron aumentar su renta casi un 20%; sin embargo, el PIB presenta estos datos, estas enormes ganancias de los sectores más privilegiados, como un beneficio para todos.

El PIB ignora los inconvenientes de vivir de los activos extranjeros.
Los últimos años, tanto los consumidores como los gobiernos han aumentado sus gastos endeudándose con capital foráneo. Esto hace que el PIB suba temporalmente, pero la necesidad de cancelar esta deuda se convierte en una carga cada vez mayor sobre las economías nacionales, hasta tal punto que nos endeudamos para consumir en vez de para invertir, lo cual equivale a vivir por encima de nuestras posibilidades y contraer una deuda que deberá liquidarse tarde o temprano. El PIB ignora por completo este inconveniente de pedir prestado en el extranjero.

¿Qué es el Índice de Progreso Real (IPR)?
El Índice de Progreso Real (IPR) es una nueva medida del bienestar económico de una nación que ensancha la estructura contable tradicional para incluir, junto con la producción económica medida de la manera tradicional, las contribuciones económicas de las esferas de la familia, de la comunidad y del hábitat natural.
El IPR tiene en cuenta más de veinte aspectos de nuestras vidas económicas que ignora el PIB. Abarca cálculos de la contribución económica de numerosos factores sociales y medioambientales que el PIB desestima con un valor implícito y arbitrario de cero. También diferencia entre las transacciones económicas que aportan bienestar y aquellas que lo disminuyen. Después integra esos factores en una medida compuesta de tal manera que los beneficios de la actividad económica pueden contraponerse a los costes.
El IPR está pensado para proporcionar a los ciudadanos y a los diseñadores de políticas con un barómetro más certero de la salud global de la economía y de cómo el estado de nuestro país cambia con el paso del tiempo.
Mientras que la renta per capita actual es más del doble que la de 1950, el IPR muestra una visión muy diferente. Aumentó durante los cincuenta y los sesenta, pero ha disminuido aproximadamente un 45% desde 1970. Lo que es más, la tasa de declive en el IPR per capita ha aumentado de una media del 1% en los setenta al 2% en los ochenta y el 6% en los noventa. Esta amplia y creciente divergencia entre el PIB y el IPR es una advertencia de que la economía está atascada en un camino que impone unos grandes costes sobre nuestro presente y nuestro futuro, aunque hasta el momento no hayan sido tenidos en cuenta.
En concreto, el IPR muestra cómo lo que los economistas consideran hoy en día como crecimiento económico, tal como lo mide el PIB, realmente representa una de estas tres cosas:
1) Corrección de los tropiezos y el declive social del pasado.
2) Apropiarse de recursos futuros.
3) Trasladar funciones desde la esfera de la comunidad y la familia a la de la economía monetizada.
El IPR deja patente que los costes de nuestra actual trayectoria económica están comenzando a pesar más que los beneficios, conduciéndonos a un crecimiento que realmente es antieconómico.
Si tenemos en cuenta la opinión pública como barómetro de la situación, nos daríamos cuenta de que el IPR se acerca mucho más que el PIB a la economía que los ciudadanos experimentan en realidad en su día a día. Lo cual explica por qué la gente se siente cada vez más pesimista pese a los comunicados oficiales que presentan un supuesto progreso y crecimiento económico.
El IPR comienza con los mismos datos de consumo personal en los que se basa el PIB, salvo que más adelante hace unas distinciones cruciales. Se ajusta para determinados factores (tales como la distribución de la renta), añade otros (como el valor de las tareas del hogar y el voluntariado) e incluso resta algunos (como los costes del crimen y la contaminación). Ya que tanto el PIB como el IPR se miden en términos monetarios, se les puede comparar en la misma escala.

I. CRIMEN Y FRACASO FAMILIAR
El fracaso social impone grandes costes económicos sobre las personas y la sociedad en forma de honorarios legales, gastos médicos, daños a la propiedad y demás. El PIB trata tales gastos como aportaciones al bienestar, mientras que el IPR resta los costes provocados por el crimen y el divorcio.

II. TAREAS DEL HOGAR Y VOLUNTARIADO
Una parte importante del trabajo más importante de nuestra sociedad se realiza en el marco de la familia y la comunidad: cuidado infantil, reparaciones en el hogar, voluntariado y demás. El PIB ignora estas contribuciones porque no hay intercambio de dinero. Para corregir esta omisión, el IPR incluye, entre otras cosas, el valor de las tareas del hogar calculado como el coste aproximado de contratar a alguien para que lo haga.

III. DISTRIBUCIÓN DE LA RENTA
Cuando la marea sube, no todos los barcos flotan; sobre todo si sigue aumentando la brecha entre los más ricos y el resto de los mortales. Tanto la teoría económica como el sentido común afirman que los pobres experimentan un beneficio mayor que los ricos cuando aumentan sus ingresos.
Por consiguiente, el IPR aumenta cuando los pobres reciben un porcentaje mayor de la renta nacional y desciende cuando se reduce su participación.

IV. AGOTAMIENTO DE RECURSOS
Si la presente actividad económica agota la base de recursos físicos disponible para el futuro, entonces realmente no está creando bienestar, sino que está cogiéndolo prestado de las generaciones futuras. El PIB cuenta ese préstamo como una renta actual, mientras que el IPR considera el agotamiento o la degradación de los humedales, las tierras de labranza y los minerales no renovables (incluyendo el petróleo) como un coste actual.

V. CONTAMINACIÓN
A menudo, el PIB considera la contaminación como una doble ganancia; una vez cuando se crea y otra cuando se limpia. En cambio, el IPR resta los costes de la contaminación del aire y del agua midiéndolos como daños reales para la salud y para el medioambiente.

VI. DAÑOS MEDIOAMENTIENTALES A LARGO PLAZO
El cambio climático y la gestión de los residuos nucleares son dos costes a largo plazo provocados por el uso de combustibles fósiles y la energía atómica. Estos costes no aparecen habitualmente en los cálculos económicos. Lo mismo puede decirse del agotamiento del ozono de la estratosfera causado por la utilización de clorofluorocarbonos. Por este motivo, el IPR trata como costes el consumo de determinadas formas de energía y de químicos dañinos para la capa de ozono.

VII. CAMBIOS EN EL TIEMPO DE OCIO
Al aumentar la riqueza de una nación, sus ciudadanos deberían tener una mayor libertad para elegir entre trabajar más o disponer de más tiempo libre para dedicarlos a su familia u otras actividades. Sin embargo, en los últimos años está ocurriendo justo lo contrario. El PIB ignora esta pérdida de tiempo libre, mientras que el IPR lo considera del mismo modo que la mayoría de la gente: como algo de valor. Cuando aumenta el tiempo libre, el IPR sube; cuando los ciudadanos tienen menos tiempo de ocio, el IPR baja.

VIII. GASTOS DEFENSIVOS
El PIB cuenta como adiciones al bienestar el dinero que los ciudadanos se gastan únicamente en prevenir la merma de su calidad de vida o para compensar desgracias de varios tipos, como por ejemplo las facturas médicas o las derivadas de accidentes de circulación, los costes de desplazarse al trabajo y los gastos del hogar en instrumentos de control de la contaminación tales como los filtros para el agua.
El IPR cuenta esos gastos “defensivos” de la misma manera que la mayoría de la gente: como costes y no como beneficios.

IX. PERÍODO DE VIDA DE LOS BIENES DE CONSUMO DURADEROS E INFRAESTRUCTURAS PÚBLICAS
El PIB confunde el valor proporcionado por las compras más importantes de los consumidores (electrodomésticos, por ejemplo) con la cantidad que pagan por ellas. Este proceder oculta la pérdida de bienestar que se produce cuando los productos están diseñados para tener una corta vida útil. Para superar esto, el IPR considera el dinero gastado en bienes de equipo como un coste, y el valor del servicio que proporcionan año tras año como un beneficio. Esto es aplicable tanto a los bienes de equipo privados como a las infraestructuras públicas, tales como las carreteras.

X. DEPENDENCIA DE RECURSOS EXTRANJEROS
Si una nación permite que disminuya su capital, o si financia su consumo a través de préstamos, quiere decir que está viviendo por encima de sus posibilidades. El IPR contabiliza las sumas netas al capital como contribuciones al bienestar, y considera el dinero prestado del exterior como reducciones. Si el dinero prestado se utiliza como inversión, entonces los efectos negativos se contrarrestan. Sin embargo, si el dinero prestado se utiliza para financiar el consumo, el IPR disminuye.


martes, 1 de marzo de 2011

La maldita segunda enmienda


Al igual que D. Álvaro Chena Ocaña, yo tampoco sé de dónde sale el dato de 268 muertos por arma de fuego al día en EE.UU. De todos modos, me parece alarmantemente frívolo y despiadado utilizar ese baile de cifras para justificar tan trágica lacra social, pero ya que a este señor le parecen tan importantes, puede utilizar las siguientes para hacer las comparaciones pertinentes: 580.000 (el número de combatientes estadounidenses caídos en acto de servicio desde la Guerra de Independencia de 1776, incluyendo la carnicería de la Guerra Civil), 1,3 millones (el número de muertes civiles causadas por armas de fuego en los últimos 40 años), 20 (el número de tiroteos que se dan cada año en los EE.UU.) o 100 (el número de vidas que se cobran esos tiroteos cada año). Si a todo lo anterior añadimos 26 (el porcentaje de estadounidenses que padecen algún tipo de trastorno mental, según la OMS), el panorama se vuelve totalmente esperpéntico a la par que desolador.

Lo que sí que es totalmente cierto es que los EE.UU. es un país plagado de armas ilegales, la gran mayoría de ellas adquiridas de manera irregular en la infinidad de “gun shows” que se celebran cada fin de semana por todo el país, especialmente en los estados más “pistoleros”, como por ejemplo Arizona, de triste y reciente recuerdo. Divertidos mercadillos en los que la “gente” se pasea con el rifle en ristre y los revólveres en el cinto, y en los que niños de tres años van familiarizándose con los fusiles de asalto y las pistolas semiautomáticas como la que usó el asesino de Tucson.

Sin embargo, por mucho que se acumulen las tragedias, es evidente que esto es algo que no se va a solucionar en tanto en cuanto haya gente que opine que el hecho de ir armado salva miles de vidas cada año (“las pistolas salvan vidas,” rezan las pegatinas de la Liga de Defensa de los Ciudadanos de Arizona) y mientras hasta cuatro millones de personas militen en las filas de cabilderos de la muerte como la Asociación Nacional del Rifle.

¿Dónde está Bin Laden?

Sobre la importancia del hábito de preguntar, cuando te sirven el menú del día (por Rafael Poch, publicado en La Vanguardia el 17 de diciembre de 2010).

Hace algunos años nos presentaron a un señor con barba y turbante. Se llamaba Osama Bin Laden y era el enemigo público número uno. ¿Donde está Bin? ¿Por qué no se habla de él? El último vídeo que nos pasaron de él, con fecha de 7 de septiembre de 2007, era una falsificación, opinan muchos observadores. Algunos dicen que el tipo del vídeo ya no era Bin; la nariz, la barba, nada se correspondía con el del anterior mensaje de 2004. Ni siquiera el movimiento de los labios con las palabras. Ver aquí.
Poco después, el 2 de Noviembre de 2007, el periodista David Frost entrevistó a la ex primer ministro pakistaní, Benazir Bhutto, en el canal en inglés de Al Yazira. El tema era el tremendo atentado que saludó el regreso de Bhutto a Pakistán tras años de exilio: aquella bomba que mató a un centenar de personas en Karachi al paso de su triunfal caravana. Hablando de sus sospechas sobre la autoría de aquel atentado del que salió ilesa, Bhutto mencionó, de pasada, a «un oficial de los servicios secretos paquistaníes que tuvo relaciones con Omar Sheik, el hombre que mató a Osama Bin Laden».



Bhutto se refería a Ahmed Omar Saeed Sheikh, al que también se atribuye el secuestro y asesinato del periodista americano Daniel Pearl. Cualquier estudiante de primero de periodismo habría reaccionado a aquella frase con una descarga eléctrica de alto voltaje, al menos con alguna pregunta, pero David Frost, un periodista estrella de la BBC con cuarenta años de experiencia, que se pasó, como tantos otros, a Al Yazira, ni siquiera pestañeó. Respecto a Bhutto, como se sabe, murió en un segundo atentado contra su persona veinticinco días después de la entrevista, el 27 de diciembre de 2007.
“Zero”, la higiénica película de Giulietto Chiesa sobre el 11-S, con Dario Fo y otros, menciona también que algunas de las apariciones públicas de Bin Laden grabadas en vídeo son groseras falsificaciones y se pregunta, «¿quién agita el fantasma de Bin Laden?» Jürgen Elsässer, un periodista alemán afirma en sus libros que muchos de los presuntos autores y tripulantes suicidas de los aviones del 11-S eran antiguos mercenarios utilizados por la CIA en la guerra de Bosnia.


Nada de lo anterior significa abonarse a una “teoría de la conspiración”. Sin embargo, el simple hecho, enorme y evidente, es que, muchos años después del 11-S, todo aquello que tuvo como principal consecuencia meter a Occidente en nuevas guerras alrededor de la primera zona energética del mundo, sigue siendo muy confuso. El secreto y la mentira están en el mismo centro de la razón de Estado. Los medios de comunicación, sin embargo, no se complican la vida con ello.
Todo lo que rodea a la esfera de la seguridad se parece con asombrosa frecuencia a un festival de despropósitos, pero el público lo consume de forma parecida a la que David Frost escuchó la afirmación de Bhutto: sin inmutarse.
Paul Craig Roberts, un vicesecretario de finanzas con Ronald Reagan y ex redactor de The Wall Street Journal, sí que se ha inmutado. La mayoría de los atentados islámicos registrados o frustrados en Estados Unidos desde el 11-S fueron orquestados con ayuda del FBI. La bomba que tenía que poner Osman Mohamud en Portland la suministró el FBI. Tanto Mohamud como Faroque Ahmed, otro implicado en un proyecto de atentado con bomba en Virginia, fueron persuadidos por el FBI para su intento, una labor que llevó medio año a los agentes hasta que lograron que el asunto se pusiera en marcha.
«Desde el 11-S, el único complot terrorista que puedo recordar que no fuera un obvio montaje del FBI fue el de Times Square en el que Faisal Shahzad fue condenado por intentar explosionar un coche bomba en Manhattan, pero también es sospechoso porque se podría pensar que un terrorista de verdad habría usado una bomba real y no una bomba de humo», dice Craig Roberts.
Algo parecido ocurrió con la principal célula islamista desarticulada en Alemania, en 2007, el llamado “grupo de Sauerland”: fueron reclutados por un turco colaborador de la CIA y el explosivo del atentado, que nunca tuvo lugar, lo suministró la propia policía alemana, como es público y notorio.
En la última alarma antiterrorista lanzada en Alemania, la supuesta bomba localizada para embarcar en un avión alemán en Namibia, también la colocó un oficial de policía. En Alemania, todos estos sucesos y circunstancias han coincidido frecuentemente con diversos hitos políticos, sea la renovación del mandato parlamentario para la participación del Bundeswehr en la campaña afgana, o sea replantear una nueva ley policial lesiva para los derechos civiles. Otros sucesos carecen hasta de contexto: si Al Qaeda quiere enviar paquetes bomba a Europa y América, ¿realmente los enviará desde Yemen vía aérea? ¿No sería más fácil mandarlos directamente desde el país de origen?
En el último atentado de Estocolmo también llama la atención el enorme nivel de chapuza: el coche estalla sin matar a nadie, y el terrorista suicida, con su cinturón de explosivos, sólo consigue matarse a sí mismo al detonarse. En Navidad y en el centro comercial de la ciudad. Asombroso. Sin embargo, la opinión pública y los medios que la conforman no hacen cuestión del asunto, igual que Frost. La serie es inagotable. La provocación forma parte de la labor policial, pero a veces los medios de comunicación deben hacer preguntas y no confiar ciegamente en las apetitosas leyendas precocinadas que nos ofrece el menú del día. A propósito, ¿donde está Bin Laden?