miércoles, 12 de enero de 2011

Zombi TV

«Todo lo que se les pedía era una forma primitiva de patriotismo a la que apelar en caso de necesidad para conseguir que aceptaran más horas de trabajo o menores raciones. Incluso cuando cundía el descontento, lo cual ocurría en ocasiones, esto no les llevaba a ninguna parte, ya que, carentes de ideas en general, sólo podían concentrarlo en determinados agravios insignificantes. Los grandes males pasaban invariablemente desapercibidos.» (George Orwell, 1984).
Hay muchos estudios que indican que la televisión aumenta la violencia, incrementa el sectarismo, reduce la capacidad de atención y disminuye los resultados académicos entre los telespectadores más adictos. Pero hay algo que es aún más preocupante que todo lo anterior: ver la televisión en vez de leer tiende a degradar la mente de los teleadictos, de manera que pierden la capacidad de enlazar pensamientos abstractos, tales como los de “causa a efecto”. Por decirlo de otra manera: los millones de euros gastados cada año por la industria publicitaria han conseguido quemar el razonamiento abstracto de nuestras mentes.


Hoy en día, por medio de resonancias magnéticas y tomografías de positrones, los investigadores son capaces de captar cerebros en el mismo acto de pensar, sentir o recordar. Los escáneres muestran que el flujo sanguíneo varía en función del tipo de actividad en la que esté ocupada la mente. En otras palabras: un niño que crezca con un alto régimen televisivo tiene un cerebro físicamente alterado. Una vez se alcanza la edad adulta, todavía se puede mejorar el funcionamiento cerebral, pero requiere un esfuerzo muchísimo mayor. Ni que decir tiene que sería ingenuo esperar que los “tele-zombis” vayan a entender esto en un futuro cercano.
Cuando llegó el año 1984 pero no se cumplió la profecía orwelliana (al menos en parte, y al menos en la mayoría de “democracias” occidentales), no nos dimos cuenta de que al lado de la oscura visión de Orwell yacía otra, un poco más antigua, un poco menos conocida, pero igualmente escalofriante: el “Mundo Feliz” de Aldous Huxley.


Huxley y Orwell no profetizaron lo mismo: Orwell advertía que nos veríamos superados por una opresión impuesta desde el exterior. En la visión de Huxley, sin embargo, no era necesario ningún Gran Hermano para privar al pueblo de su autonomía, madurez e historia. Tal como él lo veía, la gente llegaría a amar su propia opresión, a adorar las tecnologías que deshacen sus capacidades cognitivas.
Orwell tenía miedo de aquellos que prohibirían los libros. Lo que Huxley temía era que no hubiera ninguna necesidad de prohibirlos, ya que no habría nadie que quisiera leer ninguno. Orwell tenía miedo de aquellos que nos privarían de la información. Huxley temía a aquellos que nos darían tanta que nos veríamos reducidos a la pasividad y el egoísmo. Orwell tenía miedo de se nos ocultara la verdad. Huxley temía que la verdad se ahogara en un mar de irrelevancia. Orwell tenía miedo de que nos convirtiéramos en una cultura secuestrada. Huxley temía que nos convirtiéramos en una cultura trivial. Tal y como Huxley observó en Nueva Visita a un Mundo Feliz, los libertarios civiles y los racionalistas que están siempre alerta para oponerse a la tiranía «no tuvieron en cuenta el insaciable apetito del hombre por las distracciones.» En Un Mundo Feliz se les controla por medio del placer. En resumen, Orwell tenía miedo de que lo que odiábamos nos destruiría. Huxley temía que lo que amábamos nos destruiría.


Desde Erasmo en el siglo XVI hasta Elizabeth Eisenstein en el XX, casi todos los eruditos que han lidiado con la cuestión de los efectos de la lectura en nuestros hábitos mentales han concluido que este proceso estimula la racionalidad; que el carácter secuencial y proposicional de la palabra escrita fomenta lo que Walter Ong denomina la “gestión analítica del conocimiento”. Involucrarse con la palabra escrita implica seguir un proceso de pensamiento, lo cual exige considerables capacidades de clasificación, deducción y razonamiento. Supone destapar mentiras, confusiones y exageraciones, detectar abusos de lógica y sentido común. También significa sopesar ideas, comparar y contrastar afirmaciones, conectar unas generalizaciones con otras.
Por el contrario, las conversaciones televisivas promueven la incoherencia y la trivialidad. La frase “televisión seria” es una contradicción en los términos. La televisión habla con una sola e insistente voz: la voz del entretenimiento. De esta manera, las instituciones culturales, una tras otra, están aprendiendo a hablar con la misma voz que la televisión, para de ese modo poder tener acceso a la gran “conversación televisiva”. En otras palabras, la televisión está convirtiendo nuestra cultura en un gran ruedo para el mundo del espectáculo. Por supuesto, es perfectamente posible que al final nos parezca algo agradable y que decidamos que es exactamente lo que nos gusta.


¿Ver la televisión daña el desarrollo del cerebro infantil?
Pasar el tiempo delante de la televisión produce pasividad, desórdenes de la atención y disminución de las habilidades cognitivas en los niños. En los últimos tiempos se está dando una tendencia creciente a culpar al profesorado por los malos resultados académicos de los alumnos. Sin embargo, por norma general los maestros están haciendo bien su trabajo, y los colegios no son tan diferentes de los de hace unos años: el descenso en la calidad de nuestra enseñanza no es culpa de los profesores.
Desgraciadamente, la televisión hoy en día está incrustada en nuestra matriz socio-cultural, y con una función clara: rellenar el hueco que antaño ocupaban los progenitores. La inevitable consecuencia es una reducción de las conversaciones, lo que provoca una disminución de las habilidades lingüísticas.


En recientes experimentos con ratas llevados a cabo en la Universidad de Berkeley, se ha comparado el desarrollo del tejido cerebral en crías de rata en ambientes “enriquecidos” en comparación con el de otras, inmersas en ambientes “empobrecidos”. Las crías que experimentaron los ambientes enriquecidos (grandes, multi-familiares y con variedad de juguetes) desarrollaron un crecimiento cerebral considerablemente mayor que aquellas que experimentaron ambientes más pequeños, unifamiliares y con menos estímulos. El estudio del crecimiento cerebral abarcaba los vasos sanguíneos, las neuronas, las ramificaciones dendríticas, las intersecciones sinápticas y el grosor del córtex cerebral.
Asimismo se descubrió que el hecho de permitir que las crías de los ambientes deprimidos observaran de manera pasiva la actividad de los ambientes más estimulantes no aportaba ningún beneficio a su desarrollo cerebral. Es decir, que la mera observación no es suficiente para acarrear cambios en el crecimiento cerebral, sino que debe darse una interacción física con su entorno, lo cual convierte las largas horas delante de la televisión en un claro riesgo para los niños.


En otro estudio de la Universidad de Yale, se estableció una correlación entre las horas de televisión y los resultados de comprensión lectora de los niños. El resultado fue que los niños que pasaban más horas frente al televisor con la menor supervisión parental obtenían los resultados de lectura más bajos. Por contraste, los niños con menores horas de televisión y mayor participación de los padres conseguían las marcas más altas. Es evidente que la mediación de los padres en el visionado de televisión de sus hijos es el factor fundamental. Además, los padres que participaban por medio del diálogo, en vez de la mera prescripción, conseguían mejores resultados, luego la receta es clara: bajas dosis de televisión con una cuidadosa supervisión parental.
Hoy en día, el cada vez mayor poder visual y auditivo de la televisión es una amenaza para la capacidad de control de un niño sobre sus procesos de atención. Además, pasar demasiadas horas delante del televisor inhibe la capacidad de autocontrol, una respuesta psicológica que ayuda al niño durante su crecimiento a aprender cómo comportarse en diversas situaciones sociales. Sin embargo, el autocontrol no es necesario cuando estamos viendo la televisión.

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