miércoles, 28 de diciembre de 2011

Las ocho propuestas de Democracia Real Ya


«El estamento político en España, producto de la transición, se ha mantenido impermeable a los deseos de proseguir modernizando la sociedad española. Yo recuerdo perfectamente, porque lo viví, que en la transición hubo reformas fundamentales que no se ultimaron por razones muy justificables. Se dejó que la elección de los representantes de los ciudadanos estuviera en manos de los partidos políticos. Cuando yo protestaba sobre eso, se me contestaba, con razón, que en un país esquilmado por el franquismo lo que había que hacer era fortalecer los partidos y que, cuando estuvieran estructurados y asentados, se cambiaría el sistema de elección. Lo mismo sucede con la separación de poderes. Aquí, el Ejecutivo interviene en el poder judicial. Las razones fueron las mismas: tras el control del franquismo de la judicatura, era conveniente un periodo de adaptación. No se podían hacer todas las revoluciones al mismo tiempo. Bien. Pero han pasado 30 años. El 15-M les recuerda a los políticos que no concluyeron su trabajo.»

viernes, 16 de diciembre de 2011

El golpe de Estado de los bancos en la actual crisis económica

El alquimista paciente


La ciudad-estado de Venecia había sido próspera durante tanto tiempo que sus ciudadanos estaban convencidos de que su pequeña república tenía la suerte de su lado. Durante la Edad Media y el Renacimiento, su casi total monopolio sobre el comercio con Oriente la convirtió en la ciudad más rica de Europa. 


Bajo un beneficioso gobierno republicano, los venecianos disfrutaban de unas libertades que pocos italianos habían conocido anteriormente. Sin embargo, su fortuna cambió repentinamente en el siglo XVI. El descubrimiento del Nuevo Mundo transfirió el poder hacia la Europa atlántica: a los españoles y los portugueses, y más tarde a los holandeses y los ingleses. Venecia no podía competir económicamente y su imperio menguaba paulatinamente. El golpe final fue la devastadora pérdida de una preciada posesión mediterránea: la isla de Chipre, conquistada a Venecia por los Turcos en 1570.


Entonces las familias nobles de Venecia se arruinaron y los bancos comenzaron a venirse abajo. Los ciudadanos fueron presa de la melancolía y el abatimiento. Habían conocido un pasado fastuoso, bien por haberlo vivido, bien por haber escuchado historias sobre ello de sus mayores. La cercanía de los años de gloria lo hacía aún más humillante. En parte, los venecianos creían que la diosa Fortuna solo les estaba gastando una broma y que los buenos tiempos pronto volverían. Sin embargo, ¿qué podían hacer por el momento? 


En 1589 comenzó a extenderse por todo Venecia el rumor de la próxima llegada de un hombre misterioso llamado “Il Bragadino”, un maestro de la alquimia, un hombre que había conseguido increíbles riquezas merced a su habilidad, según se decía, de multiplicar el oro por medio del uso de una sustancia secreta. El rumor se extendía rápidamente, ya que unos años antes un noble veneciano de paso por Polonia había escuchado a un sabio profetizar que Venecia recuperaría sus pasados gloria y poder si pudiera encontrar un hombre que conociera el arte alquímico de la fabricación del oro. De este modo, mientras llegaban a Venecia las noticias sobre la cantidad de oro que tenía Bragadino (siempre estaba entrechocando monedas de oro en sus manos y su palacio estaba repleto de objetos dorados), algunos comenzaron a soñar: gracias a él, la ciudad prosperaría de nuevo. 


Por lo tanto, los miembros de las familias nobles más importantes de Venecia se dirigieron juntos a Brescia, donde vivía Bragadino. Recorrieron su palacio y observaron sobrecogidos la demostración de sus habilidades de producción de oro, simplemente con un pellizco de minerales aparentemente sin ningún valor y transformándolo en varias onzas de oro en polvo. Cuando el senado veneciano se disponía a debatir la idea de cursar una invitación a Bragadino para que se instalara en Venecia a cuenta de la ciudad, de pronto se corrió la voz de que competían con el Duque de Mantua por sus servicios. Llegó a sus oídos el relato de una espléndida fiesta en honor del duque en el palacio de Bragadino, destacando las ropas con botones dorados, relojes de oro, platos de oro y así sucesivamente. Preocupados por la posibilidad de perder a Bragadino frente a Mantua, el senado votó casi con unanimidad a favor de invitarle a Venecia y prometerle el montón de dinero que necesitaría para continuar viviendo con los mismos lujos; pero solo si se mudaba inmediatamente. 


Más adelante durante ese mismo año, el misterioso Bragadino llegó a Venecia. Sus penetrantes ojos negros bajo sus pobladas cejas y los dos enormes mastines negros que le acompañaban a donde fuera le convertían en una figura imponente e impresionante. Fijó su residencia en un suntuoso palacio en la isla de La Giudecca; la república financiaba sus banquetes, su costoso vestuario y todos sus caprichos. Una especie de fiebre por la alquimia se extendió por toda Venecia. En cada esquina, los vendedores ambulantes ofrecían carbón, alambiques, fuelles y manuales sobre la materia. Todo el mundo comenzó a practicar la alquimia; todos menos Bragadino. 



El alquimista parecía no tener ninguna prisa por comenzar a fabricar el oro que salvaría a Venecia de la ruina. Por extraño que parezca, esto no hacía sino aumentar su popularidad y sus seguidores; gente de toda Europa, e incluso Asia, se agolpaba para conocer a este hombre extraordinario. Pasaron los meses, con presentes que le llegaban a Bragadino a raudales de todas partes. Pero todavía no daba señales del milagro que los venecianos confiaban que hiciera. Al final, los ciudadanos comenzaron a impacientarse, preguntándose si tendrían que esperar toda la vida. Al principio los senadores les advirtieron de que no le metieran prisa: era un diablillo caprichoso al que había que convencer con zalamerías. Sin embargo, finalmente también la nobleza comenzó a especular y el senado se vio presionado a demostrar la rentabilidad de la enorme inversión de la ciudad. 


Bragadino solo tenía desdén para los escépticos, pero les dio una respuesta. Según les dijo, ya había depositado en la casa de la moneda de la ciudad la misteriosa sustancia con la que multiplicaba el oro. Podía utilizarse toda de una vez y producir el doble de oro pero, cuanto más lento fuera el proceso, mayor sería el rendimiento. Manteniéndolo durante siete años sellado en un cofre, la sustancia multiplicaría por treinta el oro de la casa de la moneda. 


La mayoría de los senadores estuvieron de acuerdo en recoger la mina de oro que prometía Bragadino. Otros, sin embargo, estaban furiosos: ¡siete años más con este individuo viviendo espléndidamente a expensas del dinero público! Y muchos de los ciudadanos de Venecia se hacían eco de esos sentimientos. Finalmente, los enemigos del alquimista exigieron que hiciera una demostración de sus habilidades: una cantidad considerable de oro, y pronto. 


Altivo, aparentemente leal a su arte, Bragadino respondió que Venecia, con su impaciencia, le había traicionado, por lo que deberían prescindir de sus servicios. 


Dejó la ciudad, pasando antes por la cercana Padua y después, en 1590, por Munich, invitado por el Duque de Baviera quien, como la ciudad de Venecia, había conocido grandes riquezas pero había caído en la bancarrota a causa de su despilfarro, por lo que esperaba recuperar su fortuna merced a los servicios del famoso alquimista. 


De este modo, Bragadino reanudó el acomodado convenio que había conocido en Venecia, repitiendo una vez más la misma pauta. 


Interpretación. El joven chipriota Mamugna había vivido varios años en Venecia antes de reencarnase a sí mismo como Bragadino el alquimista. Había visto cómo la melancolía había cuajado en la ciudad, cómo todos tenían fe en la salvación a través de alguna fuente indefinida. Mientras que otros charlatanes dominaban los timos cotidianos basados en su habilidad con las manos, Mamugna se especializó en la naturaleza humana. Con Venecia como su objetivo desde el principio, viajó al extranjero, ganó algo de dinero por medio de sus estafas alquímicas y después volvió a Italia, abriendo su negocio en Brescia. 


Allí fue donde se forjó una reputación de la que estaba seguro que se extendería hasta Venecia. De hecho, la distancia haría que su aura de poder fuera aún más impresionante. 


Al principio, Mamugna no hacía uso de vulgares demostraciones para convencer a la gente de sus habilidades alquímicas. Su suntuoso palacio, sus opulentas ropas y el tintineo del oro en sus manos eran suficientes para proporcionar argumentos superiores a cualquier razonamiento. Y así se establecía el círculo vicioso: su evidente riqueza confirmaba su reputación como alquimista, con lo que recibía más dinero de mecenas como el Duque de Mantua, lo cual le permitía vivir rodeado de riquezas, reforzando su reputación de alquimista, y así sucesivamente. Una vez establecida su reputación, con los duques y senadores rifándose sus servicios, era cuando recurría a la trivial necesidad de una demostración. Para entonces, sin embargo, la gente se había vuelto más crédula: necesitaban creer. Los senadores venecianos que le vieron multiplicar el oro tenían tal necesidad de creer que no advirtieron el tubo de cristal escondido en su manga, a través del cual dejaba caer oro en polvo encima de sus pellizcos de mineral. Brillante y caprichoso, era el alquimista de sus fantasías; una vez creada tal aura, nadie se daba cuenta de sus más simples engaños. 


Tal es el poder de las fantasías que tenemos arraigadas, sobre todo en épocas de escasez y decadencia. Las personas casi nunca son conscientes de que sus problemas surgen de sus propios errores y estupideces. Siempre hay alguien o algo ahí fuera a quien echar la culpa: los otros, el mundo, Dios; de este modo, la salvación debe venir también de fuera. Si Bragadino hubiera llegado a Venecia provisto de un análisis detallado sobre las razones subyacentes en el declive económico de la ciudad, así como de las duras medidas que podría adoptar para mejorar las cosas, habría sido recibido con desdén. La realidad era demasiado desagradable y la solución demasiado dolorosa: en su mayor parte el tipo de trabajo que los antepasados de los ciudadanos habían realizado para crear un imperio. Por otro lado, la fantasia (en este caso la romántica alquimia) era fácil de entender e infinitamente más apetecible. 


Si quieres acaparar poder, debes convertirte en una fuente de placer para todos los que te rodean; y el placer proviene de las fantasías de la gente. Nunca prometas mejoras graduales por medio del trabajo duro; es mejor que prometas la luna, una transformación grande y repentina, el cofre del tesoro. 


Las claves del poder. La fantasía no puede funcionar por sí sola. Necesita el telón de fondo de la rutina y de lo mundano. Es en la tiranía de la realidad donde la fantasía enraíza y florece. En la Venecia del siglo XVI, la realidad consistía en el declive y la pérdida de prestigio. La fantasía correspondiente describía una pronta recuperación de las glorias pasadas por medio del milagro de la alquimia. Mientras la realidad no hacía sino empeorar, los venecianos vivían en un feliz mundo de ensueño en el que su ciudad recuperaba su fabulosa riqueza y poder de la noche a la mañana, transformando el polvo en oro. 


Quienquiera que sea capaz de sacarse de la manga una fantasía a partir de una realidad agobiante tendrá acceso a un poder incalculable.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

El poder político ha sido doblegado

Reproduzco aquí la esclarecedora carta de D. Pedro Serrano, publicada el 5 de octubre de 2011 en el diario 20 Minutos, sobre algo que todos sabemos pero no nos decidimos a gritar al unísono: que el emperador está desnudo. 


Es evidente que el poder económico ha doblegado al poder político. El mundo actual está gobernado por el poder del dinero y los políticos bailan a son. Por tanto, no es extraño que la profesión de político carezca de credibilidad y prestigio social. Si hoy estamos en esta grave y desconcertante crisis, no es porque el mundo se haya empobrecido de repente, sino por la cobardía y la ineptitud de la clase política. Que algunos ricos reconozcan públicamente que pagan pocos impuestos es una muestra evidente de la estupidez de quienes nos gobiernan. Si los Estados abdican de sus funciones, los poderes económicos toman las riendas y nos gobiernan a su conveniencia.
Los partidos políticos ya solo se representan a sí mismos, y los ciudadanos solo somos para ellos la coartada que justifica su existencia en el ya deteriorado juego democrático. El mundo de la política está falto de personas capaces y con coraje personal y democrático. Estamos hartos de demagogias, de promesas imposibles y de medias verdades. La complejidad del mundo actual necesita del ejercicio de política con mayúsculas. Ya no sirve la mediocridad. O la política recupera las riendas de la economía o la paz y cohesión social saltaran por los aires.

martes, 13 de diciembre de 2011

Dude, Where’s My Country? VIII

Traducción de un extracto del capítulo ¡Yuju! ¡Me han concedido una deducción fiscal! del libro de Michael Moore ¿Tío, qué han hecho con mi país?
 

La Oficina Presupuestaria del Congreso ha hecho la cuenta y anticipa que el déficit federal del 2003 será superior a los 400.000 millones de dólares. ¡Bien hecho, George! Vas a superar la anterior marca de 290.000 millones, establecida por tu papaíto en 1992. Y a comienzos de 2003 el Departamento del Tesoro pronosticó déficits aún mayores en los próximos años, ascendiendo a más de 44 billones de dólares. Pero los chicos de la Casa Blanca decidieron no dar a conocer esos datos hasta después de aprobarse la nueva deducción fiscal. ¡Muy hábiles! ¡La deducción fiscal costará a los estados individualmente unos 3.000 millones de dólares durante los próximos dos años y 16.000 millones durante la próxima década! Tomemos como ejemplo los niños de Oregón, cuyas escuelas cerraron antes este año porque se quedaron sin dinero de los impuestos. ¡Puedo asegurarles que conseguimos hacer felices a muchos jovencitos con unas vacaciones de verano más largas! Y estoy seguro de que habrán oído hablar de esa nueva biblioteca pública en Hawai que no puede abrir porque se agotaron los fondos de los impuestos federales. Y bien, ¿qué demonios hacen construyendo bibliotecas en Hawai? ¡Se va a Hawai a estar al aire libre disfrutando de su estupendo clima, no para sentarse en un edificio a leer un libro! ¡Todo el mundo lo sabe! 


Esta última deducción fiscal fue increíble. No solo se redujo la tasa a las rentas altas del 39% al 35%, ¡sino que también se las arreglaron para no hacer absolutamente nada por la gente de las rentas más bajas! Quienes solían pagar del 10% al 15% siguen pagando del 10% al 15%. Sí, excluyeron completamente a más de ocho millones de personas de su “beneficio fiscal”. Mientras los pobres diablos en la mitad inferior de la banda impositiva recibirán unos cien dólares al año, el 5% más rico se embolsará la inestimable cantidad del 50% del recorte de impuestos. 


La jugada maestra de esta reciente reducción fiscal es la manera de vendérselo a la ciudadanía, «Vamos a ayudar a las familias con hijos, que recibirán una desgravación fiscal inmediata.» El único problema es que Bush y los Republicanos se aseguraron de que la medida excluyera a doce millones de niños cuyos padres ganan entre 10.000 y 26.000 dólares al año, incluyendo un millón de niños en familias pertenecientes al ejército. Con tanto millonario desgravándose tantos millones, quienes más necesitaban el dinero fueron los que se llevaron la peor parte. ¿No obstante, después de todo, cuánto habían contribuido esos pobretones a la campaña de Bush? Lección aprendida: si quieres recibir, primero tienes que dar. 

martes, 22 de noviembre de 2011

Sin batería

Reproduzco aquí (ya que XL Semanal no considera esta parte de su revista lo suficientemente importante como para publicarla por Internet) la estupenda carta de D. Héctor Más Cazorla, del 9 de octubre de 2011, sobre los absurdos comportamientos que estamos adquiriendo merced a las nuevas tecnologías. 


Me quedé de pronto sin batería en mi smartphone y sentí un vagamente recordado pero extraño cosquilleo en mi cabeza. Sí. ¡Estaba pensando! Y recordé que ya no hablamos, ahora whatsappeamos. Ya no vemos fotos con los amigos, ahora las subimos a Facebook. Ya no estudiamos inglés, lo aprendemos en mil palabras. Ya no hacemos el amor, procreamos. Ya no vemos la televisión en familia, devoramos series on-line en nuestro cuarto. Ya no comemos, nos alimentamos. Ya no investigamos para nuestros proyectos, copiamos y pegamos. La fugacidad inmediata de todo cuando hacemos nos mantiene ocupados permanentemente y no nos permite reflexionar. Entonces, ¿cómo se nos ocurre pedirles a los que mandan que no miren por el (su) bien inmediato, por las próximas elecciones, por el siguiente sondeo, en lugar de pedirles que piensen en el largo plazo? La sociedad se está quedando sin batería. A fin de cuentas, quizá no sea tan mala noticia (porque empezará a pensar).

También “copio y pego” una interesante columna de Elvira Lindo que viene a cuento, titulada “No me quieras tanto”. 

 

De un tiempo a esta parte quedo con personas que, en realidad, no tienen un gran interés en charlar conmigo. Esto podría minar mi autoestima pero una suerte de optimismo insensato me lleva a pensar que amar y no hacer ni puto caso pueden ser compatibles. Yo sé que esas personas que no muestran mucho interés en hablar conmigo me quieren. Si no fuera así, entendámonos, no quedaría con ellas. Esas personas me escriben mensajes rebosantes de cariño: por e-mail, por sms, por Whatsapp, por Facebook, por activa y por pasiva. Y en esos mensajes hay frases tan apasionadas que parecen extraídas de un bolero. Son frases que antes en España no se decían pero que, ahora, gracias a la revitalización del género epistolar propiciado por las nuevas tecnologías, están en auge. Esas personas me dicen que me adoran. Que me adoran y que cuentan los días para verme. Que cuentan los días y que me quieren. Que me quieren y que nos va a faltar tiempo en una cena para contarme todo lo que me tienen que contar. Que nos va a faltar tiempo y que están deseando conocer mi opinión. Que desean conocer mi opinión y que nadie como yo para compartir este y otro secreto. ¿Y por qué? Porque soy adorable. Eso me dicen. El mundo de la tecnología ha bolerizado el género epistolar. Ha generalizado el lenguaje de las postales románticas y ahora lo que toca es escribirse con palabras de novios antiguos de los años cuarenta. Y, aunque yo soy de esa generación en la que si tus padres te decían “te quiero” es porque o se iban a morir ellos o te ibas a morir tú, tengo el corazón débil y, cuando una persona me pide una cita con palabras tan melosas, soy incapaz de no creerme un poco la pasión que sienten hacia mí. Esas personas son las que te reciben con los brazos abiertos en un restaurante, te dan un beso apretado y unen sus pechos sin pudor contra tus pechos, por no hablar de otras partes que también entran en contacto, en estos abrazos actuales; sean hombres o mujeres los que intervengan en ellos. Esas personas son las que acto seguido de desdoblar la servilleta y ponerla sobre sus piernas, sacan el móvil del bolso o de la chaqueta y lo colocan al lado del plato. Esas personas de las que hablo, las mismas que me adoran por escrito, suelen tener un iPhone o una Blackberry, a través de los cuales me escriben a mí esos deliciosos mensajes. El problema es que mientras están conmigo no renuncian a comunicarse con terceras personas. Con un ojo me miran a mí, que estoy situada a la izquierda, por ejemplo, y por el rabillo del otro, miran a su querido aparatito. Suena una campanilla. Les ha entrado un mensaje. Lo leen tan rápido que casi no lo noto. Entonces, sonríen. Sonríen como si alguien les hubiera contado un secreto, o algo picante, o como si les acabara de llegar una información crucial. Pero, desde luego, no sonríen por la conversación que tiene lugar en la mesa. Esas personas, las mismas que, con desesperación, anhelaban verte, te dicen, perdona, perdona un momentito, y se ponen a teclear un mensajito con un solo dedo. Qué dedo más rápido tienen esas personas. Es un dedo entrenado para escribir como si a uno le hubieran amputado la mano izquierda. Una vez terminado el mensaje la conversación continúa. Continúa hasta que vuelve a sonar de nuevo la campanilla: el amante, el amigo, el jefe, el cómplice, el plasta, ha contestado. Nueva sonrisa de esas personas que nos quieren tanto. Y como poco a poco van perdiendo la vergüenza, toman el iPhone o la Blackberry con las dos manos y teclean entonces con los dos pulgares. Qué maravilla de pulgares. Parece que han ido a una academia de mecanografía con pulgares para iPhones. Viene el camarero a tomar nota de la comanda y como las personas que tanto me quieren están ya apoyadas en el plato escribiendo a velocidad de vértigo mensajes tan apasionados, imagino, como los que me pusieron a mí, soy yo la que encarga el vino, el picoteo del principio y, si se me ha informado antes, el plato elegido por las personas que tanto deseaban este encuentro. No siempre una se siente ignorada, en lo absoluto. Hay ocasiones en las que los dueños de la Blackberry o el iPhone te hacen partícipe de los mensajes recibidos, y tú puedes aportar algo en las contestaciones. A veces se trata de los amantes y entonces ya vives con excitación delegada. Ha habido ocasiones en las que las personas que me quieren se intercambian fotos con dichos amantes. No fotos a lo Scarlett Johansson, porque no son horas. Imagino que ese tipo de instantáneas de corte más íntimo las dejan para cuando están encerrados en el cuarto de baño de su hogar, mientras sus maridos o sus mujeres están acostando a los niños. El móvil ha supuesto una revolución en el universo de la infidelidad. Quiero decir con esto que no soy uno de esos espíritus rancios que discuten las ventajas que para muchos ciudadanos ha supuesto la irrupción de la nueva telefonía. Solamente quisiera expresar el desconcierto que me produce el que personas que tanto me adoran y desean compartir una hora y media de mesa y mantel conmigo no sean capaces de olvidarse del puto móvil durante un tiempo ridículo de sus hiperconectadas vidas. Que lo comprendo todo, sí, ¡que yo también tengo iPhone!, pero que lo dejo metido en el bolso. Joé.

jueves, 17 de noviembre de 2011

James Thurber – El búho que era Dios o la fábula del charlatán


En una noche oscura, un búho se erguía sobre la rama de un roble mientras dos topos intentaban escabullirse sin ser descubiertos.


«¡Vosotros!» Dijo el búho. «¿Quién?» Dijeron ellos temblando de miedo y estupefacción, ya que les parecía increíble que alguien pudiera verlos en esa tupida oscuridad. «¡Vosotros dos!» Dijo el búho. Los topos se alejaron corriendo y contaron al resto de las criaturas del campo y del bosque que el búho era el más grande y sabio de todos los animales, ya que podía ver en la oscuridad y responder cualquier pregunta.


«Ya veremos,» dijo una paloma; y una noche, cuando volvió a estar muy oscuro, hizo una visita al búho. «¿Cuántos dedos tengo levantados?» Preguntó la paloma. «Dos,» dijo el búho, y era la respuesta correcta. «¿Cuál es el animal que tiene silla y no se puede sentar?» «El caballo,» respondió el búho. «¿Quién vence al tigre y al león, vence al toro más bravío, vence a señores y reyes y a todos deja vencidos?» «El sueño,» contestó el búho.


La paloma se apresuró a volver con el resto de criaturas y les informó de que, efectivamente, el búho era el animal más grande y sabio del mundo, puesto que podía ver en la oscuridad y responder cualquier pregunta. «¿También puede ver durante el día?» preguntó un zorro. «Eso,» se unieron un lirón y un caniche. «¿También puede ver durante el día?» Todas las otras criaturas se rieron a carcajadas ante esta pregunta tan tonta, se abalanzaron sobre el zorro y sus amigos y los expulsaron de la región. Después enviaron un mensajero al búho y le pidieron que se convirtiera en su cabecilla.


Cuando el búho se presentó entre los animales, era mediodía y el sol brillaba intensamente. Caminó muy despacio, lo cual le daba una apariencia de gran dignidad, y miraba fijamente a su alrededor con sus grandes ojos, lo cual le daba un aire de enorme importancia. «¡Es Dios!» exclamó una gallina. Y los demás se unieron al grito de «¡Es Dios!» Así que lo seguían dondequiera que fuese y, si se chocaba contra algo, ellos también lo hacían. Al final llegó a una carretera, se puso a caminar por el medio y todas las criaturas lo siguieron. En ese momento, un halcón que hacía las veces de guía observó un camión que se dirigía hacia ellos a ochenta kilómetros por hora, de lo cual dio parte a la paloma, quien a su vez informó al búho. «Se avecina un peligro,» dijo la paloma. «¿Y bien?» dijo el búho. La paloma mensajera le preguntó «¿No tienes miedo?» «¿Quién?» dijo el búho con calma, puesto que no podía ver el camión. «¡Es Dios!» gritaron todas las criaturas una vez más, y todavía seguían repitiéndolo cuando el camión los alcanzó y los atropelló a todos. Algunos de los animales sufrieron solo algunas lesiones, pero la mayoría de ellos, incluyendo el búho, habían muerto.


Moraleja: Demasiada gente se deja engañar demasiadas veces y durante demasiado tiempo.

jueves, 10 de noviembre de 2011

11-S: Diez años matando y mintiendo


Hace unos días, la BBC publicaba un breve informe titulado “En busca de la novela de la era del 11-S”, tratando de buscar «la que finalmente defina» esa era, para lo cual la autora mencionaba una serie de libros de ficción relacionados con los célebres atentados. Al parecer ninguno de ellos cuestiona el fondo del asunto: quién lo hizo. Es posible que la indagación hubiera sido más fructífera si esta periodista se hubiera parado a pensar críticamente en la propia versión oficial. Resulta difícil imaginar que pueda haber una novela mejor que esa sobre el 11-S y, desde luego, ninguna otra ha tenido tanto éxito.



Se trata de un verdadero “superventas”, aunque en este caso los compradores de la novela se han tomado el argumento al pie de la letra (que era, a fin de cuentas, lo que buscaban sus autores). De ese modo, se han creído datos tan inverosímiles como que no saliera ningún caza a proteger el Pentágono, pese a que, según la propia versión oficial, había transcurrido más de una hora cuando el supuesto Boeing se estrelló contra este desde las primeras noticias del secuestro del avión que acabaría empotrado contra la Torre Norte; casi una hora desde este impacto y más de media hora desde el choque del segundo aeroplano contra la Torre Sur. O que los tres edificios del World Trade Center se desplomasen de forma tan rápida y simétrica, en unos casos supuestamente por los aviones y en otro sin su ayuda, como es el caso del Edificio 7, que se derrumbó en caída libre sin haber recibido impacto de avión alguno (por cierto, la propia BBC hizo una extraña contribución –seguramente involuntaria– a esta parte de la novela). Cualquiera de estos hechos debería bastar por sí solo para desacreditar toda la versión oficial. Y hay muchos más.


Habla el ex “zar del contraterrorismo”. Entre ellos cabe destacar los testimonios de Richard Clarke, recientemente actualizados. El típico patriota yanqui que, por ejemplo, contribuyó a los esfuerzos diplomáticos de la Primera Guerra del Golfo contra Irak; pero también lleva años denunciando el encubrimiento del 11-S por la CIA.

Clarke no es un político cualquiera: trabajó a las órdenes de los presidentes Reagan, Bush padre, Clinton y Bush hijo, siempre en labores de inteligencia y antiterrorismo. Llegó a ser considerado por muchos medios como el “zar” en la materia. Después de sus críticas a la actuación del gobierno de George W. Bush respecto al 11-S, su cargo fue relegado por este y acabó dimitiendo en 2003.


Clarke acusó a dicho gobierno de que antes y después del día fatídico estuvo más ocupado en buscar un casus belli contra Sadam, así como en asociarlo con Al Qaeda, que en perseguir a esta organización. Sus críticas adquirieron notoriedad al declarar en la famosa comisión oficial que “investigó” el 11-S. Más adelante afirmó que los atentados se podían haber evitado, e incluso se acercó a las posiciones de quienes piensan que el gobierno de Bush estuvo detrás del 11-S.



Por toda respuesta, el entonces director de la CIA, George J. Tenet, ha declarado que «Richard Clarke fue un apto funcionario público», pero que sus comentarios relacionados con la gestión del 11-S «son temerarios y profundamente erróneos».



Los peores efectos.
Pero el éxito de la novela oficial ha sido aún mayor en los efectos políticos logrados por sus autores. Gracias a la terrorífica estela del 11-S llegaron las guerras para la hegemonía y el control de los recursos (desde la de Afganistán hasta la de Libia, pasando por Irak) y la aceptación pública de la idea de que más seguridad implica menos libertad; idea reforzada con nuevos macroatentados (Bali, Casablanca, 7-J, 11-M…) y amagos de otros que han ido reavivando la llama original oportunamente. Como “daños colaterales” tenemos la islamofobia, la exoneración de la tortura y una inusitada violencia en el ambiente.


Tampoco es descabellado afirmar que la demolición controlada del estado del bienestar se haya visto facilitada por aquella implosión de las Torres. El miedo reverencial al Imperio que produjo el 11-S ha permitido al Sistema avanzar hacia sus objetivos antisociales. El carácter cada vez más policial de los estados, fruto directo de la utilización política de aquella tragedia, previene reacciones “excesivas” del pueblo a los recortes y legitima la represión.


Mentira y muerte rutinarias son quizá los más trágicos efectos. La novela oficial del 11-S ha funcionado como una especie de madre de todas las mentiras, incluidas las “armas de destrucción masiva” de Sadam, el “programa nuclear bélico” de Irán, el asesinato de un muerto, los “bombardeos sobre manifestantes civiles” de Gadafi… Todas ellas seguidas del correspondiente reguero de sangre (en el caso iraní, aún por llegar) con la decisiva y resuelta complicidad de los grandes medios, principales valedores de la farsa narrativa y hacedores de las guerras en un grado que ya compite con el de los propios gobiernos.


Ante el décimo aniversario.
Como cada año desde el 11-S, pero aún más por la redondez de la efeméride, los medios de comunicación vuelven a atiborrarnos con el tema, incluyendo las habituales preguntas adormecedoras del estilo de «¿Dónde estabas tú cuando se produjo la noticia?», o dónde estaba tal o cual famoso. Por supuesto, ni remotamente se les ocurrirá formular otro tipo de preguntas, como:
¿Dónde están las pruebas de la versión oficial?
¿Dónde están sus respuestas a las críticas serias de los “Truthers”?
¿Dónde está, diez años después, la investigación periodística al respecto?
¿Dónde está la dignidad que exigiría una rigurosa revisión de aquellos hechos?
¿Quién o quiénes fueron los verdaderos responsables de los atentados del 11-S en el World Trade Center, el Pentágono y Shanksville (Pensilvania)?


Diez años. Demasiados para tanta impunidad. Suficientes, en cambio, para haber tejido ya una trama de poder sobrecogedoramente densa frente a la cual la mayoría seguirá callando.

miércoles, 26 de octubre de 2011

Dude, Where’s My Country? VII

(Traducción de un extracto del capítulo El mundo de los negocios está loco de atar del libro de Michael Moore ¿Tío, qué han hecho con mi país?)


Puede que el mayor éxito de la Guerra contra el Terror haya sido su habilidad para distraer al país de la Guerra Corporativa que está teniendo lugar en los EE. UU. En los dos años posteriores a los ataques del 11-S, las empresas estadounidenses han arrasado con todo, dejando sin ahorros a millones de estadounidenses medios, saqueando sus pensiones y disminuyendo o extinguiendo sus esperanzas en un futuro cómodo para sus familias. La destrucción de nuestro futuro económico se basa en la codicia de los mujaidines corporativos. Su único objetivo es conseguir el suficiente control sobre nuestras vidas para que, al final, dejemos de jurar lealtad a una bandera o a unas etéreas nociones de libertad o democracia, para hacerlo a los mandatos de Citigroup, Exxon, Nike, General Electric, General Motors, Procter & Gamble y Philip Morris. Ahora son sus ejecutivos los que cortan el bacalao. Tú lo sabes y ellos lo saben, y lo único que falta es que llegue el día en el que se ponga por escrito: la Declaración de los Estados Corporativos de América. «Sostenemos estas verdades como evidentes: que todos los hombres y mujeres y sus hijos menores de edad son creados iguales para servir a la Empresa, para suministrar su trabajo sin rechistar, para aceptar cualquier remuneración sin queja alguna, y para consumir sus productos sin pensar. A cambio, la Empresa se ocupará del bien de todos, asegurará la defensa de la nación, y recibirá la mayor parte de los impuestos pagados por el pueblo…» ¿Ya no suena tan absurdo, verdad? La toma de poder ha tenido lugar delante de nuestras narices. Nos han hecho tragar algún tipo de “droga” extremadamente fuerte para mantenernos callados mientras nos atracaba esta banda descontrolada de ejecutivos.


En este país somos adictos a cuento de la Cenicienta que pasa de mendigo a millonario. La gente del resto de democracias industrializadas está contenta con ganarse la vida con lo suficiente para pagar sus facturas y mantener a sus familias. Pocos tienen el deseo salvaje de hacer fortuna. Son relativamente felices si tienen un trabajo que les permite volver a casa tras siete u ocho horas de trabajo y les otorga las acostumbradas cuatro a ocho semanas de vacaciones pagadas cada año. Y son aún más felices si sus gobiernos les proporcionan asistencia sanitaria, educación gratuita y de calidad y una pensión garantizada para vivir bien en la vejez. Por supuesto, puede que algunos de ellos sueñen con ganar mucho más dinero, pero la mayoría de la gente fuera de los EE. UU. no basa sus vidas en cuentos de hadas. Viven la realidad, donde solo hay unas pocos multimillonarios y tú no vas a ser uno de ellos. Así que hazte a la idea. Por supuesto, los multimillonarios de esos países tienen cuidado de no alterar el equilibrio. Aunque entre ellos hay algunos cabrones avariciosos, tienen establecidos unos límites. En el sector industria, por ejemplo, los ejecutivos británicos ganan 24 veces más que sus trabajadores medios, y esta es la mayor brecha salarial de toda Europa. Los ejecutivos alemanes solo ganan quince veces más que sus empleados, mientras que los ejecutivos suecos ganan trece veces más. Sin embargo aquí, en los EE. UU., el ejecutivo medio gana 411 veces el salario de sus obreros. Y los europeos adinerados pagan impuestos de hasta el 65%.



En los EE. UU., no soportamos meter a nuestros ejecutivos en la cárcel cuando incumplen la ley. Somos felices bajándoles los impuestos mientras vemos subir los nuestros. ¿Por qué? Porque nos hemos tragado su droga, la mentira de que nosotros también, algún día, podríamos ser ricos. Así que no queremos hacer nada que pudiera perjudicarnos cuando llegue el día en el que por fin seamos millonarios. Nos ponen delante la zanahoria yanqui durante toda la vida, y nos creemos que estamos casi a punto de conseguirla. Es así de verosímil porque lo hemos visto hacerse realidad. Una persona que sale de la nada para amasar una fortuna. Hoy en día hay más millonarios que nunca. Este aumento en el número de millonarios ha cumplido una función muy útil para ellos, porque significa que en cada comunidad hay por lo menos una persona pavoneándose como el ejemplo del mendigo que consiguió hacerse rico, transmitiendo el poco sutil mensaje de «¡Ves! ¡Lo he conseguido! ¡Tú también puedes!»


Fue este seductor mito el que llevó a muchos millones de trabajadores a convertirse en inversores en el mercado bursátil en los años noventa. Vieron lo ricos que los ricos se hicieron en los ochenta y pensaron «¡Oye, esto podría pasarme a mí!» Los millonarios hicieron todo lo que pudieron para fomentar esta actitud. En 1980, solo el 20% de los estadounidenses tenían acciones de bolsa. Wall Street era el juego de los ricos y estaba fuera de los límites para el ciudadano medio. Y por una buena razón: el hombre de la calle lo veía tal como era, un juego de azar; y, cuando estás intentando ahorrar todo lo que puedes para mandar a tus hijos a la universidad, los juegos de azar no son un buen lugar para colocar el dinero ganado con el sudor de tu frente. Sin embargo, hacia el final de los ochenta los ricos habían explotado al máximo sus beneficios excedentes y no se les ocurría cómo hacer que el mercado siguiera creciendo. No sé si sería la idea de un genio en una empresa de corretaje o la taimada conspiración de todos los ricachones, pero el juego se convirtió en «¡Oye, vamos a convencer a la clase media de que nos den su dinero para que podamos hacernos todavía más ricos!» De pronto, parecía como si todos mis conocidos se estuvieran subiendo al carro de la bolsa, colocando su dinero en fondos de inversión. Dejaron que sus sindicatos invirtieran en acciones todo el dinero de sus pensiones. Los medios de comunicación publicaban infinidad de historias sobre cómo los trabajadores de a pie iban a poder jubilarse casi como millonarios. Era como una fiebre de la que todos estaban contagiados. Nadie quería quedarse atrás. Los trabajadores cobraban sus sueldos e inmediatamente llamaban a sus corredores de bolsa para que compraran más acciones. ¡Sus corredores de bolsa! Se sentían a las mil maravillas… Después de trabajar como animales toda la semana en un empleo miserable e ingrato, todavía podían sentir que estaban un paso por delante y una cabeza por encima, ¡porque tenían su propio corredor de bolsa personal! ¡Igualito que los ricos! Enseguida, ya no querían ni que les pagaran en dinero. ¡Págame con acciones! ¡Llama a mi corredor de bolsa! Así, cada noche, estudiaban minuciosamente los gráficos de la Bolsa en el periódico mientras uno de esos canales dedicados al mundo de las finanzas las 24 horas del día y los siete días de la semana resonaba al fondo. Compraban programas de ordenador para planificar su estrategia. Había subidas y bajadas, pero sobre todo subidas, muchas subidas, y se les oía decir, «¡Mis acciones han subido un 120%! ¡Mis valores se han triplicado!» Aliviaban el dolor del día a día imaginándose la casa que un día se comprarían para jubilarse o el coche deportivo que podrían comprarse al momento si decidieran vender. ¡No, no vendas! ¡Va a seguir subiendo! ¡Aguanta hasta que llegue el gran botín!


Pero era una farsa. Todo era una artimaña tramada por los poderes fácticos corporativos, que jamás tuvieron intención alguna de admitirte en su grupo. Sólo necesitaban tu dinero para llegar al siguiente nivel, a aquel que les protegiera de la posibilidad de tener que trabajar realmente alguna vez para ganarse la vida. Sabían que el gran auge de los noventa no podía mantenerse, luego necesitaban tu dinero para hinchar artificialmente el valor de sus empresas de tal manera que sus acciones alcanzaran un valor tan astronómico que, cuando llegara el momento de recoger dividendos, ya se habrían enriquecido lo suficiente como para vivir cómodamente el resto de su vida, sin importar lo mal que se pusiera la economía. Y eso es lo que ocurrió. Mientras el primo normal y corriente estaba escuchando a todos esos fantasmas de la CNBC que le decían que comprara aún más acciones, los mega-ricos se escabullían del mercado sigilosamente, liquidando en primer lugar las acciones de su propia empresa. Al mismo tiempo que pasaban al público (y a sus propios y leales empleados) el mensaje de que deberían invertir aún más en la empresa porque los analistas económicos predecían aún mayores crecimientos, los ejecutivos estaban inundando el mercado con sus propias acciones tan rápido como les era posible. En septiembre de 2002, la revista Fortune publicó una asombrosa lista con estos sinvergüenzas corporativos que salieron corriendo como bandidos mientras los precios de las acciones de sus empresas habían caído un 75% o más entre 1999 y 2002. Estos ejecutivos sabían que el declive se avecinaba, así que canjearon sus valores en secreto mientras sus propios empleados y los accionistas menores bien compraban más acciones («¡Mira, cariño, ahora las acciones de General Motors están muy baratas!»), bien se aferraban a sus “valores” en caída libre con la esperanza de que se recuperasen («¡Tiene que recuperarse! ¡Siempre lo ha hecho! ¡Todos dicen que hay que aguntar en el mercado a largo plazo!») En la cúspide de la lista de estos malhechores estaba Qwest Communications. En su mejor momento, las acciones de Qwest se canjeaban a casi 40 dólares. Tres años después, las mismas acciones valían un dólar. Durante ese período, el director de Qwest, Phil Anschutz, así como su antiguo presidente ejecutivo, Joe Nacchio, y el resto de ejecutivos salieron corriendo con 2.260 millones de dólares, simplemente vendiendo todos sus activos antes de que los precios tocaran fondo. Mis jefes supremos aquí en AOL Time Warner se llenaron los bolsillos con 1.790 millones. Bill Joy, Ed Zander y sus amigos en Sun Microsystems 1.030 millones. Charles Schwab se llevó a casa él solito un poco más de 350 millones. La lista sigue y sigue y se extiendo por todos los sectores de la economía.


Con Bush, su hombre, en la Casa Blanca, la economía, zarandeada tanto como era posible, se dio un leñazo. Al principio nos intentaron vender la vieja historia de que “el mercado es cíclico: amigos, no saquéis vuestro dinero aún, que volverá, de la misma manera que siempre ha hecho”. De tal manera que el inversor de a pie se mantuvo, escuchando todos esos malos consejos. Y el mercado siguió bajando, y bajando, y bajando; bajó tanto que llegó un momento en el cual sacar el dinero era una locura. Ahora sí que tiene que haber tocado fondo, así que agárrate fuerte. Y entonces lo que hizo fue bajar más incluso y, antes de que te dieras cuenta, tu dinero había desaparecido del todo. Más de cuatro billones de dólares se perdieron en el mercado bursátil en los EE. UU. Más otro billón de dólares en planes de pensiones y dotaciones universitarias que también desaparecieron. Y todo lo que quedó fue... gente rica. Siguen estando entre nosotros y les va mejor que nunca. Se partían de risa de camino a sus paraísos fiscales pensando en el timo del milenio. Lo habían conseguido, de manera legal en la mayoría de las ocasiones o sin ningún prejucio a la hora de saltarse alguna que otra ley de vez en cuando: son muy pocos los que se encuentran entre rejas mientras escribo esto, y los demás están en sus playas privadas con su arena bien arregladita.


Y yo me pregunto: tras desplumar a la ciudadanía estadounidense y cargarse el “sueño americano” para la mayoría de los trabajadores, ¿qué les parece? En vez de ser ahorcados, destripados y descuartizados al amanecer a las puertas de la ciudad, lo que consiguieron los multimillonarios fue un gran beso en los morros por parte del Congreso en forma de recorte de impuestos, ¿y nadie dice una palabra? ¿Cómo puede ser eso? Porque el estadounidense medio todavía quiere agarrarse a esa creencia de que quizás, solo quizás, a él o a ella (sobre todo a él) pueda tocarle el gordo después de todo. Luego no ataquemos al hombre rico, ¡porque algún día ese hombre rico podría ser yo!


Si no fuera porque se dedican al mundo de los negocios, los presidentes ejecutivos cuyo comportamiento ha despertado investigaciones sobre delitos criminales serían considerados sociópatas, según prestigiosos psicoanalistas. «Analizados como individuos, pueden ser fácilmente percibidos como sociópatas,» dijo Kenneth Eisold, presidente de la Sociedad Internacional para el Estudio Psicoanalítico de las Organizaciones, sobre ejecutivos como Kenneth Lay de Enron y Dennis Kozlowski de Tico, en un discurso a un grupo de psiquiatras. «Pero en el contexto de un grupo que nunca se les cuestiona, su comportamiento inmoral se convierte en la norma: no tienen ningún conflicto interno». Debido a la voluntad de ignorar los aspectos éticos durante el auge económico de los noventa, cuando muchos estadounidenses sacaron provecho del mercado de valores, «tenemos los ejecutivos que nos merecemos,» dijo Eisold.


Escuchad, amigos, tenéis que afrontar la verdad: nunca vais a ser ricos. Las probabilidades de que eso ocurra son aproximadamente de una entre un millón. No sólo es que nunca vayáis a ser ricos, sino que además vais a tener que pasar el resto de vuestras vidas trabajando como negros para pagar la televisión por cable y las clases de inglés y de música de vuestros hijos en el colegio público donde antes eran gratuitas. Y siempre va a ir a peor. Cualquier beneficio social del que disfrutéis ahora va a ir recortándose hasta la nada. Olvidaos de la pensión de jubilación, olvidaos de la seguridad social, olvidaos de la posibilidad de que vuestros hijos os cuiden cuando seais mayores, porque el dinero apenas les llegará para cuidar de sí mismos. Y ni se os pase por la cabeza iros de vacaciones, porque lo más probable es que hayáis perdido vuestros trabajos cuando volváis. Sois prescindibles, no tenéis derechos y, a propósito, “¿qué es un sindicato?” Ya sé que muchos de vosotros no lo veis tan negro. Puede que las cosas se pongan feas, pero creéis que sobreviviréis. Seréis justo esa persona que de alguna manera se las apaña para escapar a la locura. No vais a dar por perdido el sueño de conseguir algún día un pedazo de la tarta. De hecho, algunos de vosotros creéis que algún día puede que toda la tarta sea vuestra. Pues tengo noticias para vosotros: no os van a dejar ni siquiera lamer el plato. El sistema está apañado a favor de unos pocos y vuestro nombre no está en la lista, ni lo ha estado ni lo estará. Está tan bien manipulado que consigue embaucar a muchos que solían ser trabajadores decentes y sensatos para que crean que también funciona para ellos. Coloca la zanahoria tan cerca de sus narices que casi pueden olerla. Y con la promesa de que algún día ellos también podrán comerse la zanahoria, el sistema recluta un ejército de consumidores y contribuyentes que, de buena gana y con pasión, luchan por los derechos de los ricos, ya sea donándoles trillones en exenciones fiscales mientras los demás envían a sus propios hijos a colegios en ruinas, ya sea enviando a esos hijos a morir en guerras para proteger el petróleo del hombre rico. ¡Sí, así es: los trabajadores/consumidores sacrificarán incluso las vidas de sus propios hijos si ello implica mantener a los ricos gordos y felices, porque los ricos les han prometido que algún día podrán sentarse con ellos a la mesa! Pero ese día no llegará nunca y, para cuando el currito haya comprendido todo esto, ya estará en un asilo de ancianos escupiendo un amargo palabrerío sobre autoridad y tomándola con la enfermera que está intentando vaciar su patético orinal. Podría haber habido una manera más humana de pasar sus últimos días, pero el dinero que tenía reservado para ello se fue con todas esas acciones de AOL Time Warner y WorldCom, y el resto lo gastó el gobierno en ese sistema de armamento del espacio sideral que nunca llegó a funcionar.


Para quienes todavía se aferran a la idea de que no todo el mundo empresarial es tan malo, sirvan como muestra un par de ejemplos de lo que han estado tramando últimamente nuestros buenos capitanes de la industria:


Primero: ¿es usted consciente de que su empresa puede haber contratado un seguro de vida a su nombre? Qué bonito por su parte, ¿no? Sí, precioso: durante los últimos veinte años, empresas como Disney, Nestlé, Procter&Gamble, Dow Chemical, JP Morgan Chase y Wal-Mart se han dedicado de manera secreta a contratar seguros de vida a favor de sus empleados de niveles bajo y medio ¡para posteriormente nombrarse a sí mismos (la empresa) como beneficiarios! Así es: cuando usted muera, la empresa (no sus descendientes) es quien cobra. Y si muere en edad de trabajar mucho mejor, ya que la mayoría de seguros de vida tienen establecidos mayores pagos en caso de morir antes de la edad de jubilación. Y si usted vive muchos años, incluso mucho más después de haber dejado la empresa, aún así esta cobrará gracias a su muerte. El dinero no va destinado a ayudar a su apenada familia en esos malos momentos, ni a pagar el funeral y el entierro, sino que es para los ejecutivos de la empresa. Además, independientemente de cuándo estires la pata, la empresa puede pedir préstamos contra la póliza y deducirse los intereses del impuesto de sociedades. Muchas de estas empresas han establecido un sistema para que ese dinero se dedique al pago de primas, coches, casas y viajes al Caribe. Su muerte está destinada a contribuir a la felicidad de su jefe cuando esté en su bañera de hidromasaje en St. Barts. ¿Y cómo llama el mundo empresarial extraoficialmente a esta forma de seguro de vida? Seguro de Palurdos Muertos. Así es. “Palurdos Muertos”. Porque eso es lo que es usted para ellos: un palurdo. Y puede que sea más valioso para ellos muerto que vivo. (También se le hace referencia en ocasiones como “Seguro de Conserjes Muertos”). Cuando leí sobre esto en el Wall Street Journal el año pasado pensé que había cogido por error una de esas versiones de coña de ese periódico. Pero no, iba en serior; y los autores, Ellen Schultz y Theo Francis, contaban varias historias desgarradoras de empleados que murieron y a cuyas familias les habría venido bien el dinero. Escribieron sobre un hombre que murió a la edad de 29 años por complicaciones relacionadas con el SIDA y que no tenía seguro médico. Su familia no recibió ninguna indemnización por su muerte, pero CM Holdings, la empresa matriz de la tienda de discos en la que trabajaba, cobró más de trescientos mil dólares gracias a su muerte. CM Holdings también contrató otra póliza a nombre de una auxiliar administrativa que ganaba 21.000 dólares al año y murió de Esclerosis lateral amiotrófica (Enfermedad de Lou Gehrig). Según relataba el Journal, la empresa rechazó una petición de sus hijos, ya adultos, que habían cuidado de ella durante la enfermedad, para ayudar a comprar una silla de ruedas de cinco mil dólares para poder llevar a su madre a la iglesia. Cuando la mujer murió en 1998, la empresa recibió una indemnización de 180.000 dólares. Algunas de estas empresas, Wal-Mart entre ellas, han abandonado estas prácticas. Algunos estados han promulgado leyes que prohíben las las pólizas de “Palurdos Muertos”, y otros están considerando acciones similares. Asimismo, se han presentado numerosas demandas contra empresas por parte de los descendientes de empleados fallecidos para intentar ser nombrados los beneficiarios de las pólizas. Sin embargo, por el momento las pólizas siguen vigentes en muchas empresas. ¿Es la suya una de ellas? Puede que le interese informarse. Siempre es bueno saber que, tras su muerte, su cadáver podría significar un nuevo deportivo para el presidente.


¿Todavía no se ha convencido de que a los ricos no les importa usted un pepino? Veamos otro ejemplo de lo poco que usted significa para los amos empresariales una vez que han conseguido su voto y su obediencia. El Congreso está estudiando una ley que permitirá que las empresas aporten menos dinero al fondo de pensiones de los trabajadores manuales ya que, según dicen, como consecuencia de las mugrienteas e inseguras condiciones de trabajo que ellos mismos han creado, tampoco van a vivir demasiado de todos modos. Así, las empresas realmente no necesitan darle todo el dinero de su jubilación porque, ¡qué diablos, ya no va a estar por aquí para gastárselo! Usted ya estará muerto porque no instalaron ventilación suficiente, o le hicieron trabajar tanto que tendrá suerte si no está escupiendo sangre antes de cumplir los sesenta. Por lo tanto, ¿qué razón hay para reservar este dinero de la pensión para usted? Lo que hace a esta ley aún más repugnante es que tiene el apoyo de sindicatos como el UAW, desde donde abogan por convertir el dinero de las pensiones en salarios más altos para sus trabajadores.


Estos cabrones que dirigen nuestro país son un hatajo de gilipollas confabuladores, mangantes y engreídos a quienes les vendría bien que les bajáramos los humos, los despidiéramos y los reemplazáramos por un sistema completamente nuevo bajo nuestro control. De eso se supone que trata la democracia: nosotros, el Pueblo, somos los putos amos.


Antes de la quebrar, Enron, radicada en Houston, estaba amasando la mostruosa cantidad de cien mil millones de dólares al año, en su mayor parte por medio de contratos para el comercio de materias primas como petróleo, gas y electricidad en todo el mundo. El cada vez más liberalizado mercado de la energía significaba una mina de oro para la empresa, conocida por sus agresivas tácticas negociadoras. Ken Lay, su presidente, cariñosamente apodado “Kenny Boy” por Bush, nunca se avergozó de mostrar públicamente sus amistades. Enron donó 736.800 dólares a Bush a partir de 1993. Entre 1999 y 2001, Lay recaudó 100.000 dólares para su compinche, además de contribuir personalmente con el Comité Nacional Republicano con 283.000 dólares. Lay también tuvo la gentileza de prestar al candidato Bush su avión durante la campaña presidencial para que pudiera volar con su familia alrededor del país y hablar sobre su plan de “restaurar la dignidad en la Casa Blanca”. Esta amistad era una verdadera puerta giratoria. Después de llegar a la presidencia, Bush invitó a Lay a Washington para llevar a cabo personalmente las entrevistas de las personas que iban a trabajar en su administración, fundamentalmente las de los puestos de alto nivel en el Ministerio de Energía.


Enron fue uno de los mayores escándalos empresariales en la historia de los EE. UU. Y fue perpetrado por uno de los amigos más allegados del “presidente”. Este escándalo debería haber acarreado la impugnación anticipada de Bush y su mudanza de nuestra Casa Blanca.


Cuando las cosas iban bien en Enron, iban realmente bien. Lay y otros peces gordos se embolsaban pagas inmensas y disfrutaban de generosas cuentas de gastos y espléndidos beneficios adicionales. La dolce vita en Enron les ayudaba a permitirse importantes donaciones a políticos de ambos partidos mayoritarios; políticos que se encargaban de garantizar que el clima regulatorio permanecía extremadamente comprensivo con los intereses de Enron. Según el Centro de Políticas Receptivas (CRP), Enron donó cerca de seis millones de dólares a los partidos Republicano y Demócrata a partir de 1989, con un 74% de dicha cantidad yendo a parar a manos republicanas. Esto significó que para cuando el Congreso comenzó a investigar a Enron a comienzos de 2002, 212 de los 248 diputados y senadores que participaron en los comités de investigación habían recibido contribuciones de campaña de Enron o de su deshonesto contable, Arthur Andersen.


Incluso los empleados de menor rango de Enron creyeron estar metidos en un buen negocio: se pusieron cómodos mientras veían cómo sus planes de pensiones, colocados mayormente en acciones de Enron, crecían y crecían. Sin embargo, el espectacular éxito de la empresa fue fugaz… y fraudulento. La mayoría de la rentabilidad de Enron se consiguió a través de la creación de sociedades pantalla y se apoyó en dudosas (y posiblemente delictivas) prácticas contables. No se sabe cuánto se podrá saber algún día de la verdadera historia, ya que se destruyeron documentos importantes antes de que los investigadores pudieran verlos. Para el otoño de 2001, Enron había implosionado. Y mientras el resto del país estaba horrorizado por el 11S, los ejecutivos de Enron estaban ocupados achicando agua, vendiendo acciones y destruyendo documentos. Y el timo fue possible en gran parte gracias a buena disposición de la Administración Bush a dejar que Enron se saliese con la suya.


Cuando finalmente tuvo que comparecer ante la prensa, George W. Bush intentó distanciarse de su viejo amigo y dijo, básicamente, «¿Qué Ken?» Bush explicó que su buen amigo no era realmente un buen amigo, sino simplemente un hombre de negocios de Texas.


Cuando Enron entró oficialmente en bancarrota en diciembre de 2001, ese hecho tuvo un significado diferente para sus altos ejecutivos que para el resto de nosotros. La declaración de bancarrota de la empresa en 2001 muestra cómo 144 altos ejecutivos recibieron un total de 310 millones de dólares de compensación y otros 435 en acciones. Eso es una media de más de dos millones cada uno en compensaciones y otros tres millones en acciones. Y mientras los peces gordos contaban sus millones, miles de trabajadores de Enron perdieron sus trabajos y gran parte de sus ahorros. Enron había establecido tres planes de ahorro para sus empleados y, en el momento de la bancarrota, veinte mil trabajadores los habían suscrito. El 60% de los planes estaban compuestos de acciones de Enron. Cuando su valor se evaporó a unos pocos centavos desde un pico de noventa dólares en agosto de 2000, a estos empleados les quedó poco más que nada. Las pérdidas acarreadas en los planes alcanzaron un total de más de mil millones de dólares. Sin embargo, las grandes pérdidas del colapso de Enron se extendieron más allá de sus empleados a miles de personas que tenían acciones de Enron en planes de pensiones públicos, quienes, según un artículo del New York Times, perdieron por lo menos mil quinientos millones de dólares. No obstante, para 2003 menos de dos docenas de personas habían sido acusadas de delitos relacionados con Enron. Y no se ha presentado ningún cargo contra el expresidente Ken Lay ni contra el director ejecutivo Jeff Skilling.


El único y verdadero valor que tiene tu vida para los ricos es que necesitan tu voto cada vez que llega el día de las elecciones para conseguir que los políticos a los que han financiado tomen posesión de sus cargos. No pueden conseguirlo por sí mismos. Este detestable sistema nuestro que permite que el país sea dirigido por la voluntad del pueblo es un pésimo acuerdo, ya que ellos representan solo un 1% de “el pueblo”. No se pueden conseguir recortes de impuestos para los ricos si estos no tienen votos suficientes para sacarlo adelante. Esta es la razón por la cual verdaderamente odian la democracia: porque los coloca en la clara desventaja de pertenecer a la más minoritaria de las minorías. De este modo, necesitan de algún modo embaucar o comprar al 50% de la gente para conseguir la mayoría que necesitan para manejar el cotarro. Y no es tarea fácil. La parte sencilla es comprar a los políticos, primero con donaciones a sus campañas, después con favores especiales y beneficios adicionales una vez en el poder, y finalmente con un trabajo bien pagado de consultor una vez haya terminado su mandato. Y la mejor manera de garantizar que tu político siempre gana es dar dinero a ambos partidos.


Engañar a la mayoría de los votantes para que voten al candidato del multimillonario es mucho más difícil, pero han demostrado que puede hacerse. Conseguir que los medios de comunicación repitan tus palabras como si fueran la verdad, casi sin hacer ninguna pregunta, es uno de los métodos. Atemorizar a la gente también funciona bien. Y la religión. De este modo, los ricos tienen un ejército de incondicionales conservadores, derechistas y cristianos que actúan como sus soldados de infantería. Es un matrimonio cuando menos curioso, ya que los ricos, por lo general, no son ni conservadores ni progresistas, ni de izquierdas ni de derechas, ni devotos cristianos ni judíos. Su verdadero partido político se llama Avaricia, y su religión es el Capitalismo. Pero están muy contentos de ver cómo millones de blancos pobres e incluso millones de ciudanos de clase media acuden alegremente a las urnas para votar por unos candidatos cuyo único objetivo una vez lleguen al poder es estrujar a esos blancos pobres y ciudadanos de clase media. Tuvo que llegar la bancarrota de Enron para que pudieran despertar miles de sus empleados conservadores, muchos de los cuales eran orgullosos votantes de George W. Bush y el Partido Republicano. ¿Cuántos de ellos crees que votarán por el mejor amigo de Ken Lay en las próximas elecciones? Cuando se enteren de trucos como el del “Seguro de Palurdos Muertos”, o cuando se den cuenta de lo que el ultimo recorte de impuestos les ha reportado en forma de reducción de servicios y subida de impuestos locales, van a cogerse un buen cabreo y a sublevarse.