martes, 13 de abril de 2010

Racismo vergonzoso

Hace tres años y medio inauguraba este diario (perdón, blog) con un escrito (perdón, post) sobre una escandalosa e infame muestra de racismo en nuestra ciudad de Burgos. También fue publicado como carta al director en varios medios de comunicación, incluyendo Diario de Burgos, Gente y La Palabra. Hoy lamento de veras tener que volver a sacar el mismo tema, que me hace pasar una terrible vergüenza (tanto ajena como propia), pero esta carta de D.ª Nati Cabello Urionabarrenetxea, publicada por Diario Burgos el sábado 10 de abril, nos demuestra que algunos de nuestros conciudadanos quizá habrían sido más felices en el Sur profundo de los EE.UU. o en la Sudáfrica del apartheid. En el caso que nos ocupa, con los agravantes de perjurio, cinismo e hipocresía.




Paso por la plaza de Alonso Martínez cuando me llama la atención que en el establecimiento de ropa, una persona en el exterior, donde se localiza el escaparate, está hablando con un señor que se encuentra dentro de la tienda, con la puerta de cristal cerrada, excepto por una pequeña rendija. La situación me llama la atención y vuelvo sobre mis pasos. Me acerco al escaparate para ver qué estaba pasando.
La señora estaba señalando un modelo expuesto y se interesaba por él. Desde dentro de la tienda el señor en cuestión le decía: no, no… Entonces la señora contestó que quería comprarlo, que si pensaba que ella era una ladrona, y le preguntó que si aquella prenda no se vendía… Soy espectadora directa de la respuesta: “No, no se vende”. Y cerró la poca rendija de la puerta de la tienda.
No daba crédito. ¿Se puede atender a alguien con la puerta prácticamente cerrada y negándole, de esta forma, el acceso a un establecimiento público? Cómo (sic) si le fuera a manchar la tienda. No me lo podía creer. Así que viendo que la señora se marchaba, la alcancé y me comentó que no la habían dejado entrar y que la habían tratado peor que a un perro.
Irritada, me dirigí de nuevo a dicho establecimiento y le pregunté al señor, que seguía en la puerta, ya casi abierta para hablar conmigo, para que me dijera qué había pasado y manifestarle que si tenía expuesta la ropa era para venderla. Quería que me contestara por qué había tratado así a aquella mujer.
Mi indignación no tuvo límites cuando, ante mi requerimiento, me contesta textualmente “que no era su talla”. Ahí ya no pude contener mi enfado y le recriminé diciendo que a él qué le importaba la talla, que él no sabía si lo quería para regalármelo a mí, y que lo que ocurría es que era un racista, que no le había gustado el aspecto externo de la mujer y por eso se había comportado de aquella manera tan vergonzosa. Le aseguré que pensaba denunciarlo y por eso escribo esta carta. También la voy a enviar a la Federación de Empresariado de Comercio, e iré a cuantas instancias haga falta para que comportamientos como el suyo sean castigados y conocidos.
No he dicho que la mujer, tratada como si fuera una apestosa, era negra. Creí que no era necesario decirlo. Pero parece que sí. Que fue porque era negra e iba vestida con vivos colores. Al vendedor de ropa de mujer, con colores más feos desde luego, no le gustó la clienta y decidió darle con la puerta en las narices y tratarla con xenofobia y racismo.
¡Cómo lo siento! Por ella y por mí. Porque esa forma de tratar a una persona creí que era cosa de extraterrestres. Pero le he puesto cara y lugar. No sé cómo se llama el señor, ni me importa. Pero sé que en ese establecimiento no volveré a entrar y haré lo posible para que mis amistades sepan cómo trata a alguien diferente a él. Me siento avergonzada e humillada. Aunque yo sea blanca y con ojos azules. Aunque él no lo sepa, también me echó a mí.