domingo, 31 de enero de 2010

Video promocional de Iron Man II

Para mi entrada número cien, uno de los héroes de mi infancia (me refiero a Angus Young, no a Iron Man)...



...que ya había hecho de las suyas hace unos años con El Último Gran Héroe:



¡Qué grandes, qué grandes! (a los AC/DC me refiero, no a Gobernator).

jueves, 28 de enero de 2010

La mirada del asesino



En buena lógica, la portada de ABC del sábado 28 de noviembre de 2009 debería haber supuesto un antes y un después en la historia del periodismo español. Sobre una foto de Diego P. V. se podía leer el siguiente texto: “La mirada del asesino de una niña de tres años. Tenerife llora la muerte de Aitana, que no superó las quemaduras y los golpes propinados por el novio de su madre”. Tras pasar dos días encarcelado (gracias a lo cual, como en la película de Fritz Lang, no fue linchado por la marabunta), fue puesto libertad; la niña no había sido maltratada, ni violada, ni asesinada, sino que murió como consecuencia de un coágulo que le produjo un golpe en la cabeza con un columpio, y las supuestas quemaduras no eran sino reacciones alérgicas sin conexión alguna con el suceso. Aunque no siempre es así, en este caso los delitos de Diego fueron sólo dos: primero, haber llevado a la niña, hija de su pareja, a las urgencias de un hospital de Tenerife tras perder el conocimiento a causa de dicho golpe; y segundo, haber nacido hombre en una sociedad donde los miembros de su sexo acusados de malos tratos carecen de garantías a priori, cuando nadie, ni médicos, ni policías, ni jueces, osan poner en duda la palabra de la acusación (lo cual redunda en perjuicio de la mayoría de casos reales – cuantas más denuncias falsas, más difícil es proteger a quienes de verdad lo necesitan).



¿Cómo es posible que se filtrara el informe médico, provisional y obligatorio cuando un niño entra en urgencias con marcas visibles, tratándose de un documento absolutamente confidencial? Fallaron los diagnósticos médicos, fallaron las fuentes que informaron a los periodistas pero, sobre todo, fallaron los medios de comunicación. Y es que el sensacionalismo de la prensa de hoy en día no admite una espera de 48 horas, no puede esperar a que realicen la autopsia (¿qué habría pasado si la niña no hubiera muerto y no se le hubiera practicado la autopsia? Ahora Diego estaría pudriéndose en la cárcel, acusado de un crimen execrable –“haber abusado hasta la muerte de la hija de su novia”– y recordado por siempre como un psicópata maléfico y brutal), no entiende de presunción de inocencia (tipificada tanto en la Constitución Española como en la Declaración Universal de los Derechos Humanos – nadie puede ser acusado de un delito mientras no lo dictamine un tribunal y esa decisión sea inapelable), sino que necesita carnaza, está hambrienta de una portada con la turbia mirada del asesino, sedienta de la sangre de un inocente, condenado antes de ser juzgado, hundiéndole a él y destrozando a su familia, obligándole a cambiar de domicilio y a ser protegido por la Guardia Civil, como si no tuvieran ya suficiente.



Mientras que en una infinidad de casos los medios abusan de palabras como “supuesto” o “presunto” (“fulanito de tal, concejal de Villarriba de Abajo, presunto implicado en una trama de corrupción urbanística” o “menganita de cual, ejecutiva de tal banco, supuesta responsable del escándalo de la estafa de miles de millones”), en este caso el caso sólo mereció tales adjetivos en la edición digital del mismo medio – el tiempo apremiaba y había que ir encendiendo la hoguera. ¿Dónde estaban entonces los partidos políticos que pusieron el grito en el cielo al ver las imágenes de algunos de los suyos esposados por (no tan) presuntas corruptelas?



Dos días después, Juan Manuel de Prada ayudaba a sus colegas y patrones a escurrir el bulto culpando a la “gangrena enquistada en el subconsciente social” (sic), la “masa cretinizada”, una “sociedad enferma”, la “propaganda oficial de los politicastros”, la “histeria mediática” y el “desquiciamiento colectivo”, intentando generalizar las culpas lo más posible para que no se pudiera señalar a nadie en concreto. Aunque no le faltaba razón cuando decía que “uno sólo es capaz de considerar aquello que su sucia mente es capaz de concebir”. Mientras tanto, en un foro de ABC sobre el tema, los administradores borraban cualquier comentario que no les gustara, al mismo tiempo que calificaban a Diego como “presunto” agresor, cuando ya no era “presunto” de nada, puesto que había sido puesto en libertad sin cargos.



Una vez hecho el daño, ¿qué recurso le queda a la víctima de esta caza de brujas? Capaz de reparar el daño, ninguno. En todo caso, procurarse un buen abogado y denunciar a cuanto periódico o programa de televisión o radio lo haya calumniado (quien esté libre de culpa que tire la primera piedra), pero eso no va a traer de vuelta a Aitana ni borrar de la mente y el alma de Diego el trauma del sufrimiento de esos días. Porque a día de hoy, cuando han pasado sólo dos meses, esto es ya agua pasada. Los medios de comunicación, tras culpar a los médicos unos y entonar un “mea culpa” con la boca pequeña otros (la rectificación, según dicta la ley, debería haber ocupado el mismo espacio y relevancia que la noticia a rectificar), presentando a Diego como “víctima de un error”, pero sin poner los medios para que no vuelva a suceder (días después volvieron a hacer el ridículo con el falso atentado terrorista de Leiza, Navarra, con gran cobertura para la noticia pero casi nula para el desmentido, como de costumbre), se deleitan mostrándonos imágenes lo más obscenas posible de la tragedia de Haití y, como temas más candentes, la operación de Belén Esteban, la eliminación de Karmele Marchante como participante de Eurovisión o el codazo de Cristiano Ronaldo (por cierto, otro juicio “paralelo” por parte de nuestro periodismo). Esperpéntico.



Perdón por mi pesimismo, pero no creo que nunca se pueda reparar a Diego el daño infligido durante esos días. Y, lo que es peor, no creo que nuestros medios de comunicación ni nuestra sociedad vayan a escarmentar (ni a recibir escarmiento). El “tele morbo” siempre va a ser más poderoso y atractivo que la profesionalidad, la responsabilidad y la reflexión, que simplemente “no venden”. Todos pudimos ver esos días en primera plana “la mirada del asesino”, pero no se nos ha dejado ver los rostros de las aves carroñeras que promulgaron su linchamiento. En casos como este y en una sociedad como la nuestra, se es culpable hasta que se demuestre lo contrario, y eso con suerte, ya que normalmente las disculpas no merecen tanta publicidad como las acusaciones infundadas, y lo que queda en la mente del público es más lo primero que lo segundo. Para más INRI, si dentro de unos años algún medio de comunicación vuelve a sacar a la luz este tema, seguirá señalando a Diego como “presunto”.



Hace poco escuché a un tertuliano en la radio asegurar que en España no se conjuga el verbo “dimitir”. En mi opinión tiene razón, aunque sólo en parte: se conjuga muy a menudo en segunda y tercera persona (dimite tú, dimitid vosotros, dimita él, dimitan ellos, etc.) pero rara vez en primera. Mal asunto.

martes, 5 de enero de 2010

Sociedad de la opulencia y la gula



Tras las comilonas de ¿Navidad? inauguro el año 2010 con la carta de D.ª Cecilia Martínez Rayaces, del XL Semanal del 29 de noviembre de 2009, titulada “Hambre estética”.



Las palabras de Paul Roberts en el número 1.147 de XL Semanal sobre que en Occidente se gasta más dinero en dietas adelgazantes que en ayuda alimentaria al Tercer Mundo avivaron la inquietud por mí vivida en mis vacaciones en uno de esos hoteles de lujo de los que no es preciso salir para tener de todo, incluso la playa parecía de su propiedad, ya que por una de sus puertas se accedía directamente a la arena. Su restaurante no iba a la zaga: bufé (sic) libre, amplio y variado, cocina al vivo, incluso cava para desayunar. Los camareros africanos, asiáticos, suramericanos, europeos del Este, todos de una cordialidad exquisita, sin perder la compostura ante las exigencias de los clientes ni ante las del maître (sic), más preocupado de nuestro bienestar que de sus condiciones de trabajo, vaciaban una y otra vez en la basura los platos que los clientes llenábamos de manjares que brotaban incesantemente de los mostradores; platos apenas probados, platos de una sola comida de un solo día de un solo hotel de uno solo de los pueblos que abarrotan nuestras costas. Los camareros sonreían, pero, al mirarlos, no dejaba de preguntarme qué pensarían, procedentes de latitudes de hambre y penuria, de semejante despilfarro y, sobre todo, qué pensarían de esos seres caprichosos, tan pronto empachados como lanzados al hambre estética, indiferentes a todo lo que hay –o no hay– tras los muros de aquel hotel.



Aprovecho para alabar la iniciativa (y recomendarla a otros establecimientos), vista el pasado verano en el Hotel El Rompido de la cadena Fuerte Hoteles, donde a la entrada del comedor se recomienda a los comensales que procuren llenar sus platos sólo con la cantidad de comida que vayan a necesitar, con el objeto de no desperdiciar nada; alabanza extensible a la gran mayoría de huéspedes de dicho hotel, quienes respetaban dicha recomendación.