miércoles, 26 de noviembre de 2008

El palo y la zanahoria


Según una nueva ordenanza del Ayuntamiento de Madrid, la sanción máxima por no recoger los excrementos de una mascota en los espacios públicos se eleva de 90 a 1500 euros ya que, según ha subrayado Ana Botella, delegada de Medio Ambiente del Ayuntamiento de Madrid, esta actitud «perjudica la imagen de la ciudad y supone un riesgo enorme para la salud de las personas, especialmente la de los niños que juegan en las zonas verdes. Tener una mascota es una responsabilidad, aún mayor cuando se vive en una ciudad y se comparte el espacio con tantas personas».
Los Servicios de Limpieza del Ayuntamiento de Madrid recogieron el año pasado más de 240 toneladas de residuos caninos cuyos responsables no habían cumplido con su obligación, pese a la existencia de 2.546 «sanecanes» con 47 millones de bolsas gratuitas disponibles en las 147 áreas caninas existentes en los parques de Madrid. Teniendo en cuenta que en Madrid hay censados 255 000 canes, y que alrededor del ochenta por ciento de sus dueños sí cumplen con sus obligaciones cívicas, obtenemos una cifra asombrosa: cada uno de esos marranos irresponsables (me refiero a los amos) ha dejado casi cinco kilos de mugre en las calles de nuestra capital.
Pero hay algo más grave en todo esto: la porquería puede limpiarse, ¿pero qué hacemos con la actitud estúpida de la que cada vez hacemos más gala? ¿Por qué esa pueril necesidad de ser tratados con el palo y la zanahoria? Hasta que no ha habido «palos», no ha habido manera de que se reduzcan los accidentes de tráfico (mal que le pese a ese expresidente partidario de conducir bajo los efectos del alcohol); hasta que no ha habido «palos», nadie se ha puesto manos a la obra para regular la actividad de los porteros de discoteca; y, visto que a miles de propietarios de perros en todo el país no les da la gana asumir su responsabilidad, nos vemos obligados a volver a sacar el «palo» para evitar que el resto nos ensuciemos los zapatos (o nuestros niños se contagien de enfermedades) con la inmundicia que van dejando tras de sí.

miércoles, 19 de noviembre de 2008

Mi día como adicto


Suena el despertador, me levanto y el cuerpo ya me pide el primer traguito del día; la verdad es que me sienta fatal y estoy a punto de vomitar, pero es que si no, no me pongo en marcha. Voy al trabajo y, aunque ahora está prohibido beber en el lugar de trabajo (el caso es tratarnos como a niños), yo me llevo mi petaca, así puedo salir a la calle cada hora con los compañeros a meternos unos tragos entre pecho y espalda. Perdemos mucho tiempo entre que salimos y volvemos a entrar, y en invierno nos helamos de frío en la calle, pero merece la pena por el placer de beber en compañía (y es que no es sólo un vicio, sino también un acto social); otros compañeros dicen que nuestra actitud es discriminatoria, porque ellos no salen a beber, sino que trabajan durante toda la jornada (el caso es intentar coartar nuestras libertades).
En la comida, entre plato y plato, un chupito, sin olvidarnos del de después de comer que, como suele decirse, es «el segundo mejor posible». Otros comensales nos miran mal, nos espetan que esta mesa es de «no bebedores», y alguno argumenta que con el efecto del alcohol no disfrutamos de los sabores de la comida (¡es que hay algunos que saben de todo, oye!)
Al salir del trabajo se me ha vaciado la petaca entera (estoy dejándolo, y cada día bebo un poco menos, pero es que hoy he tenido un mal día y estoy muy nervioso), así que voy corriendo a la licorería a comprarme una botella. ¡Maldición, he llegado tarde y han cerrado! ¿Y ahora, qué hago? ¡No tengo nada en casa y así no puedo estar hasta mañana! De camino a casa, abordo a auténticos desconocidos preguntándoles si pueden ofrecerme un trago y me recorro todos los bares para ver si puedo rellenar la petaca; menos mal que finalmente me encuentro a un amigo que suele llevar reservas y me saca del apuro. «¡Mañana sin falta te lo devuelvo!»
La verdad es que digo que lo estoy dejando, pero es para que me dejen en paz; no lo dejo porque no me da la gana, me gusta y no me hace ningún mal: es todo propaganda de este gobierno que está obsesionado con meterse en nuestras vidas. En la empresa nos ofrecen un tratamiento gratuito para dejar de beber, y a muchos compañeros que se han apuntado se les ve mucho mejor (por no hablar del dinero que dicen que se ahorran), pero yo estoy bien como estoy, y no tengo la suficiente fuerza de voluntad para dejarlo.

Me hago cargo de que esta comparación entre un adicto al tabaco y un adicto al alcohol va a levantar ampollas. Por supuesto que no es lo mismo, pero veamos algunas similitudes: ambos provocan muertes, tanto a sí mismos como a los que los rodean (cánceres en fumadores pasivos, víctimas de accidentes de tráfico, etc.), ambos generan gastos sanitarios extraordinarios sufragados por todos los ciudadanos, adictos y no adictos. Como diferencias, aparte de la evidente mayor gravedad del alcoholismo, por lo menos a corto plazo, reseñar la suciedad, mal olor, irritación de ojos y mucosas, etc. que genera el tabaco.
Visto esto, preguntémonos sobre el porqué de nuestra permisividad con los fumadores (algunos de los cuales se lamentan de no poder fumar en algunos espacios públicos, o bien obvian totalmente cualquier tipo de prohibición, y no tienen ningún tipo de consideración hacia los no fumadores en aquellos espacios donde lo tienen permitido), mientras que probablemente no toleraríamos o miraríamos mal a quien se le ocurriera andar por ahí dando tragos a una petaca de vez en cuando.

miércoles, 12 de noviembre de 2008

Derecho a la intimidad


Últimamente hemos asistido a la solicitud que Telma Ortiz, hermana de la Princesa de Asturias, ha presentado para que los medios de comunicación «se abstengan de captar, publicar, distribuir, difundir, emitir o reproducir imágenes o instantáneas suyas o de su pareja», así como para que se lleve a cabo la adopción de medidas cautelares por vulneración del derecho a la propia imagen. Sin embargo, ha sido desestimada por considerarse que «quien entra voluntariamente en la escena pública no puede pretender ser una persona con derecho al anonimato».
Aunque no recuerdo cuándo esta señora entró «voluntariamente» en la escena pública, una cosa es ser un personaje público y tener que resignarse a que se hable de uno en los medios de comunicación, conceder entrevistas, ser fotografiado en actos públicos, etc. y otra muy diferente ser perseguido a todas horas del día por individuos agazapados a la puerta del domicilio o siguiéndote dondequiera que vayas con preguntas impertinentes y sobre tu vida privada, o incluso lanzando especulaciones morbosas o inventando acusaciones provocadoras. Por mucho que se trate de un personaje público, sigue teniendo derecho a su intimidad, y los medios de comunicación deben limitarse a informar sobre el ámbito público o profesional, salvo que el interesado considere apropiado comentar o desvelar algún aspecto de su vida privada.
El problema en este país es que, de hecho aunque no derecho, por encima de la Constitución y de cualquier ley, está el sacrosanto derecho de la prensa «del corazón» a lo que ellos llaman «derecho a informar» y «la gente necesita o quiere saber», sin tener en cuenta que su derecho termina en el mismo lugar donde comienza el de la intimidad de las personas. La «prensa rosa» afirma que cualquier medida que les impida asediar a quien no lo desee supondría «un acto de censura previa» que, efectivamente, está expresamente prohibido por la Constitución; lo que no está prohibido en ningún lado, por otra parte, es el sentido común, es decir, que sean ellos mismos los que ejerzan un acto de autocensura previa basado en la responsabilidad, el respeto y un adecuado filtrado de noticias que impida que la basura llegue a emitirse, en vez de llegar a las manos entre fotógrafos por conseguir una imagen de la familia merendando (¡apasionante!), crear plataformas en contra de Telma Ortiz o, con modos poco menos que mafiosos, recomendarla que «abandone España si se siente acosada» (Ágata Ruiz de la Prada).
Según el director de la publicación US Weekly, «si cobras veinte millones por una película tienes que aceptar el hecho de que eres un bien público». No sé si con este extraño razonamiento se referirá a que el hecho de ganar enormes cantidades de dinero (imagino que porque el rédito al que lo pague será aún mayor —nadie da duros a pesetas—) da derecho a la prensa sensacionalista a disparar la alarma de incendios en un restaurante donde se encuentra un personaje famoso para obligarle a salir corriendo y poder fotografiarle, o chocar adrede con el coche de una actriz para obligarla a bajarse y tener la oportunidad de interrogarla.

miércoles, 5 de noviembre de 2008

Un ecologista sensato y moderado


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Desde mi guarida secreta, donde me escondo por haber sido declarado «enemigo de la libertad y de la democracia» por D. José María Aznar, me pongo en contacto con ustedes para hablarles de Planeta azul (no verde), un ensayo de Václav Klaus, presidente de la República Checa, que denuncia el «alarmismo climático» que nos invade estos días, y que ha sido presentado en España por FAES, con Elvira Rodríguez (exministra de Medio Ambiente del PP, quien durante su mandato defendió lo grave del problema del calentamiento global) y Ana Botella (concejal de Medio Ambiente de Madrid, que tiene un plan contra las emisiones) aplaudiendo en primera fila.
¿Por qué me compara nuestro expresidente del Gobierno con los Stalin, Mao y Pol Pot, y dice que en otros tiempos me habrían enviado a la hoguera? Porque estoy en contra de seguir contaminando nuestro Planeta de la manera en la que lo estamos haciendo, porque no disfruto derrochando recursos y energía, porque me gusta reciclar, porque prefiero utilizar mi coche lo menos posible (y no conducir un tanque acorazado, ni comprar uno nuevo cada poco tiempo), porque me gusta la Naturaleza y respirar aire limpio, porque no creo en el desarrollo y crecimiento salvajes a costa de todo y de todos.
Claro está, estas consignas «son una simple tapadera; en realidad se trata del poder de la supremacía de los elegidos sobre el resto de nosotros, de la implantación de una única ideología correcta,» ya que «quienes defienden que el cambio climático supone una grave amenaza buscan ahogar la democracia.»
Según tan insignes caballeros, no existe tal calentamiento global y, «en todo caso, es un problema que tendrán nuestros tataranietos, no nosotros». Además, poco tenemos que ver los hombres y nuestras emisiones a la atmósfera, aunque las de CO2 hayan aumentado un 70 % en los últimos 35 años y el IPCC (más de 3000 científicos reunidos por la ONU), haya concluido que el calentamiento es inequívoco y está siendo acelerado por emisiones de origen humano. Además, «los Estados no deben hacer mucho caso de los que andan por ahí machacando con el cambio climático, porque el efecto de las medidas que proponen será demoledor para las economías nacionales.»
Pues eso, que lo primero es lo primero, es decir, la economía, aunque otros ya se encarguen de hundirla sin necesidad de aplicar ninguna medida ecologista. No hay problema, podemos seguir contaminando; de lo contrario, estaríamos «poniendo al hombre por debajo de la Tierra» (como si cuidar una casa vieja para que el techo no nos aplaste significase dar más importancia al edificio que a sus habitantes).
De todos modos, pese a contradecirse a sí mismo (firmó el Protocolo de Kioto para luchar contra el cambio climático) y a la actual ejecutiva de su partido, no me extrañan estas declaraciones viniendo de alguien que en las últimas elecciones de EE. UU. ha apoyado a una mujer aficionada a cazar osos polares (los que no se hayan ahogado ya al derretirse su hábitat natural) y a destruir el ecosistema del Estado que gobierna; aunque, afortunadamente, no haya ido más allá de hacer el ridículo junto con «Joe el fontanero» (sin licencia) y acercar el fin de su absurda carrera política.