viernes, 15 de junio de 2007

La ley del mínimo esfuerzo


Durante siglos, el hombre ha logrado solventar las barreras que suponían hablar o escribir lenguas diferentes. Incluso cuando los medios de aprendizaje eran casi nulos, había traductores en las abadías e intérpretes en los palacios. Pese al frustrado intento que supuso el esperanto como intento de creación de una nueva lengua internacional (lugar cada vez más ocupado por el inglés), hoy en día disponemos de más medios y facilidades que nunca para el aprendizaje de cualquier lengua. Con el constante bombardeo de música, películas y términos anglosajones al que nos vemos sometidos, es prácticamente imposible no tener unas nociones básicas del idioma de Shakespeare. Sin embargo, a un tal Jean-Paul Nerrière se le ha ocurrido inventar un engendro llamado “Globish”, consistente en reducir la lengua inglesa a 1500 palabras, evitando metáforas o bromas (es decir, cualquier tipo de esfuerzo para nuestros ya de por sí lobotomizados cerebros) y haciendo el mayor uso posible del lenguaje corporal. Por ejemplo, sugiere no aprender la difícil palabra “nephew” (sobrino), sino utilizar “son of my brother” (hijo de mi hermano) –olvidando que también puede ser hijo de la hermana, lo cual supone otra oportunidad de palabra a eliminar, digo yo–. Ya puestos, ¿por qué limitarnos al inglés, por qué no hacer lo mismo con todos los idiomas? Y 1500 palabras me parecen muchas; yo creo que, si nos empeñamos, podemos dejarlo en 150 – ¡o incluso en 15! Con esta ley del mínimo esfuerzo conseguiremos tirar a la basura miles de años de evolución humana. No en vano, este señor ha sido un alto directivo de dos multinacionales, verdaderas especialistas en crear un mundo mejor para todos nosotros.

Corrupción institucionalizada


Aunque llevamos muchos años asistiendo a sonados casos de corrupción, cada vez más frecuentes y espectaculares, nunca ha dejado de sorprenderme la manera en que nos escandalizamos ante ellos y el modo en que aborrecemos a sus protagonistas, ya sean éstos políticos, empresarios, funcionarios, etc. Y no deja de asombrarme, porque en este país la corrupción está totalmente institucionalizada. Sin ánimo de ofender a las honrosas excepciones que confirman la regla, en general todos los españolitos aprovechamos cualquier oportunidad que se nos presente para sacar un dinerillo extra o reducir gastos: “apaños” con tasaciones e hipotecas, pagos en los que nos hacen el “favor” de no expedir la correspondiente factura para no declarar el IVA, “contabilidad creativa” para abonar menos impuestos, etc. Si alguna vez les ofrecen realizar algún desembolso en dinero “B”, o cualquier otra triquiñuela para pagar menos, observen la perplejidad, incomodidad e incluso desprecio causados en caso de rechazar el ofrecimiento. Incluso existen empresas dedicadas a asesorar a sus clientes para que eviten a toda costa el pago de cualquier tasa o gravamen, normalmente por medio de la apertura de cuentas, realización de inversiones o creación de empresas en paraísos fiscales. Y si existen estos “edenes”, auténticas fábricas de pobreza global, es porque hay demanda de ellos. En mi opinión, la única razón por la despreciamos a los protagonistas de los escándalos más espectaculares es por envidia (nuestro deporte nacional): porque han conseguido robar más y mejor que los demás.