viernes, 22 de diciembre de 2006

¿Justicia?


Hace casi cinco años, el 10 de febrero de 2002, tuve un accidente de circulación en la N-I. Afortunadamente, pese a que hubo cinco coches implicados, todos salimos ilesos. Además, los cinco estábamos casi completamente de acuerdo en cómo había tenido lugar la colisión, aunque luego los agentes que redactaron el parte no lo reflejaron de esa manera (más adelante, pese a habérmelas ofrecido en un principio, se negaron a proporcionarme las fotos que tomaron en el lugar de los hechos, aduciendo percances poco menos que rocambolescos). Pero el verdadero problema vino después: aunque los conductores estábamos de acuerdo, las aseguradoras respectivas no lo estaban, por lo que, casi un año después, mi compañía presentó una demanda en el Juzgado de Primera Instancia de Torrelaguna (Madrid). Otros tres años después (cuatro después del accidente), y tras infinidad de demoras a cual más ridícula y absurda (me río yo de Larra y su “Vuelva Usted Mañana” –la Administración y la burocracia que sufrimos ahora han “superado” con creces a aquélla), por fin fui citado para testificar en dicho Juzgado el pasado 5 de diciembre de 2006. Tras el madrugón, y tras más de doscientos kilómetros de carretera (pasando de nuevo por el lugar del accidente), me di cuenta, primero, de que podía haberme ahorrado el primero (puesto que los retrasos continuaron y la juez no tuvo a bien recibirnos hasta media hora después), y segundo, que también podía haber evitado los segundos, ya que esta funcionaria prefirió no hacerme testificar ese día, sino suspender el juicio y posponerlo hasta el 3 de abril de 2007, más de cuatro años después de dar comienzo el caso. Sus razones (y las de los abogados y procuradores que propusieron la cancelación): no estaban presentes todos los testigos. Para ahorrarme otra mañana de trabajo perdida en la carretera, y como todos los presentes reconocían que era bastante improbable que alguna vez se pudiera reunir a todos los declarantes (uno de ellos tuvo que pasar por el quirófano ese mismo día, por lo que avisó con cuatro días de antelación, pero se conoce que no son suficientes para notificar a los interesados y ahorrarles el desplazamiento), mi abogado propuso que se tomara mi declaración en ese momento y la del resto de los testigos (los que asistieran) en la próxima fecha, pero a la juez, aunque no dijo el motivo, no le pareció conveniente. Así que nada, el próximo 3 de abril, más de cinco años después de tener lugar el accidente, volveré a malgastar mi mañana conduciendo cuatrocientos kilómetros de ida y vuelta para visitar a esta insigne señora y, probablemente, para ver cómo vuelve a suspender el juicio. Si nos vemos así en un caso aparentemente sencillo como éste (aunque yo me quedé sin coche sin comerlo ni beberlo), no quiero ni pensar lo que ocurrirá en otros más complicados. Pobrecillos.

viernes, 1 de diciembre de 2006

Bancos y cajas codiciosos


Acabo de recibir dos cartas de la entidad financiera donde tengo mis ahorros (una Caja de ahorros de la ciudad de Burgos), por añadidura propietaria y arrendador de la vivienda donde resido. En la primera de ellas me informan de que van a proceder a la actualización de la renta vigente, de acuerdo al IPC; hasta aquí correcto, ¿no? El problema es que, según ellos, el IPC aplicable en este caso es de un 6,08 %. Ya me he puesto en contacto con ellos para preguntarles el porqué de este índice tan “inflado”, pero aún estoy esperando su contestación. En la segunda me dicen que tienen “autorizado el cobro anual por Comisión de Mantenimiento de Cuentas Corrientes y Cuentas a Vista” y que “actualmente aplicarán 12,00 euros”. Muchos pensarán: “doce euros no es mucho, al cabo del año”; otros se quejarán: “doce euros de mantenimiento, más las comisiones de la tarjeta, más lo otro y lo de más allá, al final de año me quitan un pico con las dichosas comisiones”. Pero yo digo: ¿qué es eso de las comisiones por “mantenimiento de cuenta”, “mantenimiento de tarjeta”, “transferencia”, “disposición de efectivo”, etc.? Yo pensaba que todas esas operaciones se realizaban automáticamente por medio de ordenadores, con su consiguiente reducción de costes, sobre todo el lo que al personal se refiere, pero se ve que lo de las famosas jubilaciones anticipadas y expedientes de regulación de empleo en la banca era un mito, se conoce que estas organizaciones se ven obligadas a mantener a una enorme plantilla de “escribas” ocupados en realizar anotaciones en cuenta, seguimiento de nuestras operaciones con tarjeta, traslado físico de efectivo cuando se realiza una transferencia o toca el pago de una domiciliación, etc. ¿A qué viene esta avaricia y esta mezquindad? ¿Acaso estas empresas no obtienen ya enormes beneficios con los préstamos, las hipotecas, las inversiones con nuestro dinero, etc.? ¿El hecho de estar “autorizados” es como si se abriera una veda de caza del dinero de sus clientes, aunque no sea necesario obtener más ingresos? ¡Pero qué acabo de decir! ¡Cómo no va a ser necesario obtener más ingresos! Pues yo creo que todo tiene un límite, y ya he alcanzado el mío: voy a sacar todo mi dinero del banco y lo voy a guardar en un calcetín (bueno, ahora no, dentro de treinta y cinco años, cuando termine de pagar la hipoteca).

Perdone usted que le moleste, pero...


Perteneces a la clase media, como la gran mayoría de los occidentales. Desde arriba, desde la clase alta a la que muchos aspiran, te dicen que si no les apoyas a ellos, si no votas a la derecha (y con derecha me refiero tanto a PP como a PSOE –y sus equivalentes en el resto de occidente: republicanos y demócratas, conservadores y laboristas, etc.– porque ambos se han vendido a la banca, a las grandes corporaciones y al capitalismo y liberalismo salvajes) y les dejas que te despojen de todos tus derechos (paro, jubilación, educación, sanidad), si no les dejas que apliquen impuestos regresivos, si no les dejas que inviertan tu dinero en defensa sin dejar nada para tu bienestar, si no les dejas que privaticen la sanidad y la educación, todo irá a peor: los inmigrantes nos quitarán los trabajos, los terroristas camparán a sus anchas y la Seguridad Social quebrará, entre otras cosas. Las empresas te dicen que están teniendo pérdidas (su manera de explicar que han pasado de tener unos beneficios astronómicos en los noventa a tener “sólo” unos grandes beneficios en esta década), y que si no les permiten que te bajen el sueldo y que despidan a miles de tus compañeros, cientos de empresas quebrarán y todos nos quedaremos en la calle y, por supuesto, que en ello no influye en absoluto que los presidentes y ejecutivos de dichas empresas cobren sueldos muy superiores a la suma de los de todos los trabajadores que quieren despedir y, encima, se evadan de sus obligaciones fiscales.
La elección está en tu mano, y depende de con quién te sientas más identificado, con los de arriba o con los de abajo. Si te sientes más identificado con el empresario o con el concejal de urbanismo multimillonarios, será porque te sientes insatisfecho de pertenecer a la clase media y quieres subir a la alta, pasando por encima de quien sea necesario: entonces vota a la derecha, haz de tu capa un sayo, cierra los ojos a todas las barbaridades e injusticias que veas cada día (puesto que te has convertido en su cómplice) y cierra el pico, que en boca cerrada no entran moscas.
Si te sientes más identificado con el trabajador, con el estudiante, con el parado, con el jubilado o con el enfermo, será porque eres consciente de que vivimos en un país rico, con medios suficientes para mantener un estado del bienestar con educación y sanidad de calidad y gratuitas para todos, con subsidios para los jubilados y para los desempleados que lo merezcan, a condición de que los impuestos sean progresivos como en los países civilizados de Escandinavia, donde los ricos devuelven con sus impuestos el dinero que no necesitan y que han ganado gracias al sudor de los trabajadores: entonces vota a la izquierda (o, si vives en un país como España, donde la izquierda ha desaparecido, vota en blanco o no votes) y no permitas que ningún capitalista egoísta y avaro te lave el cerebro con sus amenazas y sus historias de terror. Sólo echa un vistazo a los EE. UU., donde la sanidad es privada y donde la educación se está privatizando de forma encubierta, donde sólo los ricos o quienes trabajan en grandes empresas que les pagan un buen seguro médico pueden hacer frente a eventualidades como el cáncer, el sida, los transplantes o las hospitalizaciones de larga duración, donde gracias al “patrocinio” de las grandes corporaciones como Coca-Cola, Pepsi, Nike o McDonald’s, la educación de los niños en las escuelas se reduce prácticamente a la nada. Fíjate bien, porque eso es España dentro de unos años si seguimos dejando que nos gobiernen los Polancos y los Botines.
Poniendo las pensiones como ejemplo, algunas personas opinan que sería mejor que los ingresos de nuestra ancianidad procedieran de una pensión privada, idea puesta en práctica en muchos países, como Gran Bretaña, donde la bolsa se estrelló en 2001, momento en el cual las jubilaciones complementarias ya proporcionaban aproximadamente la mitad de todos los ingresos percibidos en la tercera edad, demostrándose lo desastroso del sistema. La experiencia confirma la sabiduría de una pensión estatal relacionada con los ingresos percibidos durante la vida laboral y basada en la capacidad del Estado para recaudar impuestos. Eso sí, siempre que se de el factor de tener un gobierno honesto, cosa difícil en España.
La gente quiere la tranquilidad que proporcionan la Seguridad Social y el Estado de Bienestar, pero este deseo de seguridad es el que Ronald Reagan, Margaret Thatcher y George W. Bush han desafiado, subrayando que la seguridad puede ser peligrosa. Pero, si la seguridad es lo que la mayor parte de nosotros busca desesperadamente, debería convertirse en un objetivo principal de la sociedad. Los ricos tienen mucha seguridad y los pobres no tanta; pero una sociedad feliz requiere que haya mucha en todas partes.
Muchas personas piensan que ya no podemos permitirnos tanta seguridad. La razón que alegan es la globalización, que supuestamente nos enfrenta con una competencia como nunca antes habíamos experimentado, por lo que, se dice, ya no podemos permitirnos más el lujo de nuestro antiguo modo de vida, que va a tener que ser más dura para todos. Sin embargo, esto carece de sentido: la existencia de nuevas oportunidades para el comercio es siempre una ventaja, y el ciudadano de Occidente ha salido muy beneficiado de este crecimiento del comercio mundial en el último medio siglo, y seguirá estándolo. Además, no se ha registrado ningún aumento de la tasa de destrucción de empleo durante los últimos veinticinco años; a las empresas les ha ido mejor, y la proporción de beneficios y rentas con relación a los salarios se ha elevado del 33 % en los años setenta a casi el 50 % en los noventa: ni el menor indicio de pérdida de ganancias (y mucho menos de existencia de pérdidas) a resultas de la competencia extranjera. Mucha de esta palabrería sobre el desafío competitivo no es más que un cuento para asustar a los niños; ningún país occidental tiene que despedirse de su antiguo modo de vida porque ya no pueda permitírselo. Eso sí: si queremos mejorar la seguridad, puede que tengamos que aceptar un reducción salarial provocada por una subida de impuestos; la elección es nuestra.
La globalización tampoco impone ningún nuevo límite al gasto público; desde luego, será difícil que un país atraiga capitales si sus impuestos son más altos que el resto, pero la mayor parte de las rentas proviene del trabajo: por eso muchos de los países más pequeños y abiertos de Europa (los escandinavos) han sido capaces de mantener las tasas impositivas más altas. Han sido los gobiernos de los países nórdicos, de tradición socialdemócrata, los que mayor protección han dado a las familias. Y ello por un principio ético de igualdad de sexos y para que la mujer se integrase mejor en el trabajo. De esta forma han desarrollado los servicios públicos de ayuda a la familia: escuelas de infancia de 0 a 3 años, servicios domiciliarios a personas con discapacidades, viviendas asistidas para tales personas, residencias para ancianos, becas para jóvenes que propicien su autonomía, etc. Las políticas neoliberales de reducción de impuestos, practicadas hoy en día por la derecha favoreciendo a las clases más pudientes, tienen un impacto estimulador del crecimiento económico menor que el gasto público, como reconoció incluso el semanario liberal The Economist, que afirmaba en un editorial que una primera lección que los gobiernos deberían aprender es que el gasto público tiene un impacto estimulador mucho mayor que la reducción de impuestos. La Reserva Federal estadounidense ha calculado que un incremento del gasto público de un dólar para producir bienes y servicios estimula tres veces más el PIB al cabo de un año que un dólar obtenido mediante una rebaja de impuestos.
Estadounidenses y británicos deberían dejar de decir a sus colegas europeos que adopten radicalmente el despido libre, ya que éstos han alcanzado los niveles estadounidenses de productividad por hora a pesar de contar con mayor seguridad en el empleo: en Dinamarca y Países Bajos sólo reciben prestaciones quienes de verdad estén buscando trabajo, pero reciben ayuda para encontrarlo, y el paro es muy bajo. No es sensato entonar el mantra de la “flexibilidad” si lo que buscamos es el pleno empleo y una calidad decente en la vida laboral; deberíamos hacer hincapié en el concepto de bienestar a cambio de trabajo, así como en una razonable estabilidad laboral y en la flexibilidad salarial. Un Estado compasivo debe proteger a las víctimas del cambio económico.
Necesitamos unas prácticas laborales más compatibles con la familia, y cuidados infantiles de alta calidad, pagados en relación con los ingresos; los países escandinavos son un modelo para el resto del mundo.
A medida que un país se hace más rico, puede escoger libremente qué parte de su riqueza suplementaria dedica a elevar el nivel de vida, y cuánto a la estabilidad laboral, la protección de los ancianos y la mejora de la comunidad; el objetivo de la política es hacer del mundo un lugar más amable, no un campo de batalla.
Una de las razones por las que los países en vías de desarrollo no salen de su espiral de la pobreza es porque los gobiernos de esos países no recaudan suficiente dinero con el que invertir posteriormente en educación, sanidad, infraestructuras, etc. El motivo por el que no recaudan es porque los únicos que pagan impuestos en esos países son las clases medias y bajas, mientras que las elites económicas pueden legalmente no pagar impuestos buscando la fórmula adecuada.
Blanquear dinero en España es más sencillo que en cualquier otro país de la UE. Mientras los españoles realizan sus declaraciones fiscales, los grandes bancos y grupos mafiosos se enriquecen de forma inmoral. De ahí que uno pueda preguntarse si, dado el silencio e inoperatividad del Gobierno español ante esta vergüenza criminal del blanqueo de dinero en nuestro país, no convendría echarnos a la calle a protestar y anunciar que nos declaramos en huelga fiscal hasta que pongan remedio a semejante despropósito. ¿Por qué vamos a pagar las clases trabajadoras a Hacienda mientras se escamotean al fisco miles de millones de euros impunemente? Si te da igual, o hasta te parece bien porque estás lo suficientemente arriba en la sociedad que sabes que nunca te va a pasar y disfrutas viendo cómo la clase baja, los inmigrantes y los habitantes de países menos afortunados sufren los abusos del capitalismo y de una falsa globalización, estate calladito y sigue votando a quien te digan en la tele. Si no te da igual, o si por lo menos tienes miedo de que algún día pueda pasarte a ti, no te dejes embaucar y protesta, no te dejes engañar por la banca, ni por las aseguradoras, ni por los medios de comunicación, ni los partidos políticos, ni por sus amigos los constructores. Recuerda que lo único que quieren todos es tu dinero, sobre todo los políticos, cuyo único objetivo no es trabajar por el bien de todos, sino ganar las próximas elecciones para poder seguir robando, recalificando terrenos, bajando los impuestos a los ricos, liberalizando el mercado de trabajo y privatizando todo lo que puedan, para que sus amiguetes banqueros, constructores, etc. los sigan apoyando.

Israel se mofa de la comunidad internacional


Recordemos cómo comenzó, hace unas semanas, el último acto de la tragedia que viene asolando las tierras de Palestina durante varias sangrientas décadas. Las tropas israelíes cogieron a dos civiles, un médico y su hermano, en Gaza. Un incidente escasamente contado, excepto en la prensa turca. Al día siguiente, miembros de la resistencia palestina, combatiendo la violenta y prolongada ocupación militar de su país, mataron a dos soldados israelíes, apresaron a un tercero y propusieron negociar un intercambio con prisioneros tomados por los israelíes: hay aproximadamente 10.000 en cárceles israelíes. En respuesta, Israel bombardeó y destruyó las centrales eléctricas de Gaza, inutilizó los sistemas de alcantarillado y agua potable, arruinó puentes y carreteras, cerró “la franja” y aterrorizó al pueblo mediante las explosiones y las atronadoras pasadas sónicas, día y noche, de sus aviones de combate. En términos de derecho internacional, esto es un castigo colectivo infligido a la población civil, prohibido por los convenios de Ginebra. Hoy en Gaza se vive (y se muere) bajo el imperio del terror y en la miseria casi total, impuestos por Israel.
Pero Europa miró hacia otra parte. Apenas hubo unas vagas declaraciones pidiendo moderación y expresando preocupación. Sólo el diario israelí Haaretz se atrevió a expresarse así: “No es legítimo privar de electricidad a 750.000 personas, expulsar de sus casas a 20.000 y convertir sus ciudades en pueblos fantasma. No es legítimo secuestrar a medio Gobierno y a un cuarto del Parlamento. Un Estado que adopta esas medidas no se distingue en nada de una organización terrorista. Hay que afirmar y reafirmar que Israel no tiene más opción, a largo plazo, que retirarse de los territorios ocupados y poner fin a la ocupación. Esto debería ser el propósito de cualquier táctica a utilizar en la actual crisis”. Ese terrorismo de Estado, perpetrado por Israel y denunciado en Haaretz, tiene hoy un objetivo claro: hacer imposible la vida del pueblo palestino en lo que siempre ha sido su tierra y forzar su emigración.
El pueblo de Israel tiene derecho a su existencia, pero también tiene los mismos derechos el pueblo palestino, hoy oprimido y masacrado por el Estado de Israel.
Palestina, como una serie de países, ha vivido la colonización pero, en lugar de serle concedida la independencia, ha sido entregada a una comunidad israelí en nombre de un supuesto mensaje de Yahvé hace miles de años, del mismo modo que Sevilla o Granada podrían darse de nuevo a los árabes en nombre de una Guerra Santa inspirada por Alá.
La ostensible deriva israelí hacia la aniquilación y desarticulación de la sociedad palestina tiene el marchamo de las más abominables limpiezas étnicas que ha contemplado la historia de la humanidad.
Y no todo el pueblo de Israel está de acuerdo con la política de destrucción y muerte llevada adelante por el gobierno israelí, apoyado por los Estados Unidos y el silencio de los gobiernos europeos, cómplices del horror desatado en Medio Oriente. Están aquellos, tanto en Israel como en Palestina, que desean el diálogo, la resolución del conflicto y el respeto a la existencia de los dos pueblos.
Lamentablemente, las Naciones Unidas han perdido presencia, coraje y decisiones para poder aportar algo a la solución del enfrentamiento entre los dos pueblos, situación que pone en serio riesgo la paz mundial. La ONU fue avasallada por las grandes potencias y la usan cuando responden a sus intereses, en vez de a las necesidades de la humanidad. Es necesaria una reforma profunda, democratizar sus estructuras y hacerlas más operativas y eficaces en bien de los pueblos.
Israel amenaza con destruir Líbano y anuncia ataques contra Siria. Al mismo tiempo, sigue construyendo un muro declarado ilegal por la Corte Internacional de Justicia y pisotea las resoluciones de Naciones Unidas que le mandan volver a las fronteras de 1967, internacionalmente reconocidas. En ese ambiente de ilegalidad, destrucción y guerra ¿Qué les queda a los palestinos, sino la resistencia por cualquier medio y a cualquier costo? ¿Qué pueden negociar con un Israel que sólo entiende de balas y cañones? Y de fondo, ¿con qué autoridad moral se pedirá a Irán que renuncie a su legítimo derecho a la tecnología nuclear? ¿Para Israel todo y para los musulmanes nada?
Porque la crisis, conviene recordarlo, tiene una causa y un origen: Israel. País que ocupa los Altos del Golán, en Siria, mantiene parcelas de territorio que reclama Líbano y, sobre todo, ocupa los territorios palestinos. Es Israel el que debe recapacitar, quien tiene que poner fin a una política basada en el uso criminal de la violencia. Es paz por territorios o la guerra interminable. Es Israel, en suma, al que debe detenerse.
El gobierno israelí se mofa de la comunidad internacional y menosprecia a Naciones Unidas, apoyado por EE. UU., que recurrió a un ignominioso veto para oponerse a una resolución del Consejo de Seguridad que pretendía condenar los ataques israelíes contra Gaza.
El presidente Bush afirmó que Israel tiene derecho a defenderse. ¿No tiene Líbano también el mismo derecho? Y, sobre todo, ¿quién defiende al pueblo palestino, invadido, humillado y exterminado sistemáticamente durante largos años de incumplimiento israelí de las resoluciones de la ONU? ¿Se le deja sólo el terrorismo como único recurso para alimentar su esperanza?
No es a través de la violencia, que genera más violencia entre las partes, como se resolverá el conflicto. El Mahatma Gandhi decía que si se aplica el “ojo por ojo, terminaremos todos ciegos”.
Es necesario que la comunidad internacional reaccione y detenga la locura de los gobiernos, antes de que sea tarde. Pero más necesario es que los israelitas y los palestinos reaccionen y comprendan que no pueden seguir matándose.

Mi tesoro


Sorprendentes las declaraciones de Juan Vicente Herrera, Presidente de Castilla y León, hablando sobre los presupuestos y la parte del IRPF que corresponde a las Comunidades Autónomas: “Ese dinero no es una dádiva del Gobierno; es mío”. Suponiendo que sea cierto que ese dinero realmente le pertenezca, ¿qué debemos hacer los castellano-leoneses? ¿Romper en alabanzas hacia este filántropo que se propone dilapidar su patrimonio para invertirlo en mejorar nuestras atrasadas infraestructuras? Sin embargo, también es posible que el Sr. Herrera se equivoque y que ese dinero no sea ni del Gobierno ni del insigne político, sino de los ciudadanos, ya que del pago de sus impuestos procede. En ese caso, el Presidente de nuestra región sería sólo un gestor elegido por los contribuyentes para invertir su dinero lo mejor posible, no para cacarear ante los medios de comunicación. Claro, que siempre le quedará el recurso de quitarle hierro al asunto con un “Hombre, era un decir”. Así nos va.

El Reino de los Cielos


La tan traída y llevada película “El Reino de los Cielos”, con sus posibles errores y aciertos históricos, nos sirve para reflexionar sobre el origen de muchos de los problemas de la actualidad. En mi opinión, aparte del divertimento, uno de los objetivos de este largometraje es demostrar cómo, independientemente de quién “viera antes” Tierra Santa, la gran mayoría de los implicados en las cruzadas eran unos fanáticos asesinos ignorantes. Nos quedan dos minorías: los mercaderes y banqueros europeos que las promovieron para recuperar las rutas del comercio, y unos pocos incomprendidos que no veían demasiadas diferencias entre el Islam y el Cristianismo e intentaron hacer de Jerusalén una ciudad en la que reinara el entendimiento y la concordia. Varios siglos después, estamos en las mismas: judíos, cristianos y musulmanes continuamos empeñados en ver nuestras pequeñas diferencias y obviar nuestros enormes parecidos (todos somos hijos de Abraham, es decir, hermanos); españoles, catalanes, vascos, etc. seguimos encabezonados en separarnos los unos de los otros, cegados por un vano orgullo que no nos deja ver que, tras milenios de emigraciones y mestizajes, ninguno somos lo que creemos ser ni venimos de donde creemos venir en esta Torre de Babel global. Nada ha traído más muerte, destrucción y pobreza que la religión y el nacionalismo; nada supone mayor desprecio a los regalos que nos han sido dados: la vida, la inteligencia, la Tierra. Tanto la una como el otro necesitan oprimir a los demás para afirmarse, ya que por sí solos carecen de una base lógica, además de estar podridos por sus propias mentiras. No importa cuántas generaciones pasen, seguimos sin aprender de la Historia y aferrándonos a fundamentalismos e integrismos sin fondo ni razón que sólo nos abocan a la desgracia; seguimos prefiriendo, citando otra película, “el lado fácil”, el de la ignorancia, y dejarnos manipular por minorías con intereses muy poco recomendables. Siguiendo con las referencias cinematográficas, en una reciente trilogía de gran éxito, un “elegido” lucha contra un enemigo extraño que califica a los hombres de “virus” que debe ser exterminado. Quizá tenga razón, quizá este mundo estaría mejor sin nosotros y nuestro soberbio etnocentrismo.

La mejor defensa es un buen ataque


Tengo un buen amigo que es “de derechas”, y últimamente le oigo quejarse de una costumbre que se está implantando en nuestro país, la cual consiste en, ante la falta de argumentos en una conversación o discusión, zanjar el tema arguyendo que la persona que no comparte nuestra opinión es un “facha” o un “reaccionario”. Paradójicamente, este “insulto” desacredita totalmente al calificado como tal, cuando debería ser al contrario, ya que la persona que utiliza esos términos (u otros, tales como “rojo” o “radical”), normalmente lo hace siguiendo la estrategia de “la mejor defensa es un buen ataque”, es decir, que al no tener la opinión bien fundada en hechos probados, esta táctica consistiría en golpear al “rival” con una descalificación antes de que éste nos desmonte todo nuestro razonamiento.A algunos (“mal de muchos, consuelo de…”), les consolará saber que esta demagógica actitud no es exclusiva de España. Lo mismo ocurre en otros países con el calificativo “antisemita”. Se lo adjudicaron a Mel Gibson con motivo de su película La Pasión de Cristo, aunque yo nunca antes había oído a nadie llamar antisemitas a quienes escribieron Los Evangelios, libro del cual extrae el director todos los diálogos de su filme. Y se lo han adjudicado recientemente al ministro israelí de Justicia, Yosef Lapid, superviviente del Holocausto nazi, por decir que las imágenes televisivas de una anciana palestina buscando medicamentos entre los escombros de su casa, demolida por el ejército de Israel, le recordaban a su abuela tras destruir el ejército nazi su casa en Hungría en la Segunda Guerra Mundial. Estos fanáticos demagogos, que nada tienen que ver con los judíos que poblaron Europa durante siglos, no se dan cuenta de que hay muchas más analogías entre la Alemania nazi y el Estado de Israel posterior a 1967: la brutal ocupación de Gaza y Cisjordania de dicho año (tras la cual el judío ortodoxo Yeshayahu Leibovitz calificó al ejército israelí de “judeo-nazi”), los exterminios de Líbano de 1982, o el muro que se está construyendo siguiendo el ejemplo del de Varsovia.

miércoles, 29 de noviembre de 2006

Racismo e ignorancia en Burgos


Recientemente, dos personas han venido desde China para visitar una empresa burgalesa. Aparte de los aspectos puramente empresariales, tenían interés en realizar compras en nuestra ciudad. Entre otras cosas, tenían el deseo de adquirir un reloj de una prestigiosa y conocida marca suiza, por lo que visitaron varias joyerías. Sin embargo, cuando llegaron a una de ellas, situada en la C/ Moneda, la persona encargada de controlar el acceso, tras consultar con sus responsables, les denegó la entrada. Confiando en que pudiera ser un malentendido, al día siguiente, una persona de esta empresa burgalesa se puso en contacto con la tienda en cuestión para explicarles la situación y comunicarles que sus colegas chinos volverían a visitar su comercio por la tarde. Desafortunadamente, no era un malentendido, porque volvieron a negarles el paso, y hasta fueron increpados por demorarse en la calle delante de la puerta. Desafortunadamente para nuestros visitantes orientales, que tuvieron que sufrir la ignorancia y el racismo de estas personas; desafortunadamente para este negocio, que perdió la venta de dos valiosos relojes; desafortunadamente para mí, que me moría de vergüenza ajena cuando me lo relataron; y desafortunadamente para todo Burgos y toda España, pues corremos el riesgo de cargar todos con esa execrable imagen a los ojos de nuestros visitantes.