jueves, 17 de agosto de 2017

Reflexiones sobre el Brexit


El pasado 29 de marzo, Theresa May, primera ministra del Reino Unido, envió a Donald Tusk, presidente del Consejo Europeo, la carta en la que le informaba de la activación del artículo 50.2 del Tratado de la Unión Europea, es decir, de la puesta en marcha de la salida del Reino Unido de la UE tras el referéndum del 23 de junio de 2016. Si bien este hecho puede parecer natural a la vista de su postura desde que asumió su nuevo cargo, no debemos olvidar que, como informaba Euronews unos días después del referéndum, «Durante la campaña se posicionó a favor de permanecer en la UE, ceñida al argumento gubernamental: que a Gran Bretaña le iría mejor dentro de la Unión Europea. En aquellos días, advirtió a los votantes de que el Brexit podría tener efectos gravemente perjudiciales para la economía, la seguridad e incluso el formato actual del Reino Unido. May afirmó que abandonar la UE sería “desastroso para la unión con Escocia”, ya que lo más probable es que el Partido Nacional Escocés (SNP) volviera a tantear la independencia si Escocia votara por permanecer en la UE mientras el Reino Unido en su conjunto votara por salir. Dijo que el acceso a la Euroorden y otros instrumentos jurídicos implicaban que, “A mi juicio como ministra de Interior, permanecer en la Unión Europea significa una mayor seguridad contra el crimen y el terrorismo”. May también alertó sobre las consecuencias económicas del Brexit, subrayando las normas de la Organización Mundial del Comercio que “obligarían a la UE a cobrar aranceles de un diez por ciento” en algunas exportaciones del Reino Unido y que, si bien no todos los aranceles son tan altos, “algunos son considerablemente superiores”. Esta sería la situación, afirmó, hasta que se pueda llegar a un acuerdo comercial con la UE. Es decepcionante que, ahora que se supone que está al mando, ignore alegremente sus propias advertencias y se disponga a llevar a cabo un daño autoinfligido sobre la economía británica al desinvolucrar al Reino Unido del mercado común».


Un mes antes del referéndum, en el transcurso de una audiencia secreta con un grupo de banqueros de inversiones, Theresa May advirtió de que las empresas abandonarían el Reino Unido si el país votaba a favor del Brexit. Una grabación de sus observaciones a Goldman Sachs, filtradas a The Guardian, revela sus muchas inquietudes al respecto de la salida de la UE por parte del Reino Unido; lo que contrasta con sus matizados discursos en público, que consternaron a los defensores de la permanencia antes de la votación de junio de 2016. En su charla en Londres el 26 de mayo de 2016 en dicho banco, la por aquel entonces ministra de Interior pareció ir más allá de sus intervenciones públicas para explicar con mayor claridad los beneficios económicos de permanecer en la UE: comunicó a los presentes que era el momento de que el Reino Unido tomara el mando en Europa y que esperaba que los votantes miraran hacia el futuro más que hacia el pasado. En una sesión de una hora ante los banqueros de la Ciudad de Londres, también se mostró preocupada por el efecto del Brexit en la economía británica: «Me parece que los argumentos económicos son evidentes», dijo. «Considero que formar parte de un bloque comercial de 500 millones de personas es importante para nosotros. Mantengo que una de las razones por las que mucha gente puede invertir en el Reino Unido es porque forma parte de Europa. Es por ello que pienso que existen claras ventajas económicas para nosotros». May también afirmó en Goldman Sachs que estaba convencida de que la mejor manera de garantizar la seguridad británica era permanecer en Europa, merced a instrumentos como la Orden de Detención Europea y el intercambio de información entre la policía y los servicios de inteligencia.


Sin embargo, oportunista ella, tras la dimisión de Cameron y hasta las elecciones del pasado 8 de junio, como explica Pablo Guimón en El País, «May se mostró partidaria del Brexit duro. Rechazó cualquier concesión en el control de las fronteras y aceptó una salida limpia del mercado único y la unión aduanera. Pero el mal resultado electoral encierra, así se ha interpretado casi unánimemente, un rechazo a la línea dura. Ahora el término de moda es el Brexit “pragmático”. El Reino Unido está dispuesto a permitir la libre circulación de ciudadanos de la UE una vez se haya producido el Brexit, en marzo de 2019, durante un periodo transitorio de al menos dos años. Así lo han reconocido incluso algunos de los ministros más euroescépticos de un gobierno debilitado, que parece así ceder al clamor del mundo empresarial, temeroso de los efectos negativos para la economía de una ruptura radical con el bloque. Resulta significativo que el propio Michael Gove, primer espada de la campaña por el Brexit en el referéndum y hoy secretario de Estado para asuntos de medioambiente, alimentación y espacio rural, haya sido el encargado de reconocer que el gobierno está de acuerdo en la necesidad de un periodo transitorio con “un acercamiento pragmático” a la libre circulación de personas. La idea de un periodo transitorio siempre ha disgustado a los más eurófobos, que temen que se prolongue indefinidamente, dejando al país en una situación como la de Noruega, que contribuye a las arcas de la UE y está sujeta a la jurisdicción del Tribunal de Justicia de la Unión Europea, pero no tiene voz ni voto en Bruselas. Tampoco es que les quede otra opción si, además del batacazo electoral, tenemos en cuenta la encuesta de YouGov para The Economist que constata cómo el 51 % de los británicos quiere un Brexit suave frente al 44 % que prefiere una ruptura radical. Los términos del divorcio y del futuro acuerdo deberían estar cerrados en otoño del año que viene para que el Parlamento Europeo pueda ratificarlo en plazo. Y ahí sí que parece que se ha alcanzado un acuerdo: es materialmente imposible. Por eso, el gobierno de May ha reconocido que será necesario un periodo transitorio —“fase de implementación” es el eufemismo elegido— que evite el salto al vacío tras el 30 de marzo de 2019. En el primer trimestre de 2017, el Reino Unido ha pasado de ser una de las economías que más crecía de la UE a ser la que crece más lentamente».


Unos meses antes de la puesta en marcha de la salida del Reino Unido de la UE, Gideon Rachman alertaba desde el Financial Times de que «En cuanto Theresa May active el artículo 50, tendrá exactamente dos años para negociar un nuevo acuerdo con la UE. El alto funcionariado ha informado a la primera ministra de que es altamente improbable que el Reino Unido pueda negociar tanto los términos de su divorcio con la UE como un nuevo acuerdo comercial en ese plazo. De ese modo, ha colocado deliberadamente al Reino Unido en grave desventaja de cara a las negociaciones venideras. Tan pronto como el Reino Unido ponga en marcha el artículo 50, la UE puede dedicarse sin más a dejar correr el reloj, sabiendo que la situación del Reino Unido se volverá más complicada cuanto más se prolonguen las negociaciones sin llegar a un acuerdo. Al término de esos dos años, el Reino Unido estará fuera de la UE y deberá hacer frente a aranceles sobre bienes manufacturados y a la pérdida de los “derechos de pasaporte” que permiten operar en la Unión a las firmas de servicios financieros. Los perjuicios económicos derivados de este “Brexit duro” serían muy graves y torpedearían las finanzas públicas a causa de la retracción de ingresos fiscales provenientes de la City para marcar el inicio de un nuevo período de austeridad. Los entusiastas del Brexit califican todo esto de alarmismo. ¿Por qué —se preguntan— consideraría la UE el restablecimiento de aranceles, algo que podría perjudicar sus propios intereses? Los abandonistas pueden encontrar la respuesta a esa pregunta mirándose en el espejo. Es evidente que la razón principal de la campaña pro-Brexit en el Reino Unido no es económica, sino política, y lo mismo podrá afirmarse del lado de la UE en las negociaciones. En el lado británico, el objetivo político es restaurar la soberanía parlamentaria y recuperar el control sobre la inmigración. En el de la UE, asegurarse de que el Brexit no provoca la disolución de un proyecto europeo que se ha tardado 60 años en construir, lo cual implicará asegurarse de que el Reino Unido pague un alto precio por abandonar la UE. Por consiguiente, ambos bandos aceptarán un cierto perjuicio económico a cambio de no sacrificar sus objetivos políticos. Es probable que el perjuicio económico que sufra la UE sea menor y más manejable que el del Reino Unido. La UE representa un mercado mucho mayor para el Reino Unido que el que éste representa para el resto de Europa. El 44 % de las exportaciones del Reino Unido van hacia la UE, mientras que sólo el 16 % de las de la UE van hacia el Reino Unido. En el Reino Unido hay quien habla alegremente de ampararse en la normativa de la Organización Mundial del Comercio una vez que se haya salido de la UE, pero pasan por alto que el Reino Unido es miembro de la OMC bajo los auspicios de la UE. Incorporarse plenamente a la OMC por separado precisará de otra ronda de complejas negociaciones y, cuanto más se prolonguen, más aumentarán las probabilidades de que el Reino Unido se quede “colgado” en un limbo legal que desaliente las inversiones a largo plazo. La solución más evidente habría sido que el Reino Unido hubiera permanecido en el mercado común de la UE, pero fuera de ésta en tanto en cuanto no se alcanzara un nuevo acuerdo. Al no haber obtenido esa garantía, el gobierno británico ha debilitado gravemente su posición, antes incluso de que hayan comenzado las negociaciones».


Como afirmaba Simon Kuper en Financial Times, «El Brexit se vendió con falsedades y ahora se está gestionando de manera incompetente. Por citar solamente a unos pocos políticos a favor del Brexit: David Davis esbozó un acuerdo con la UE como si bastara con una visita rápida a Berlín; Daniel Hannan afirmó que era obvio que el Reino Unido no iba a salir del mercado único europeo; y Nigel Farage predijo que otros países seguirían a Gran Bretaña en su salida de Europa. No ha salido exactamente como ellos esperaban. La información real que llega del extranjero sigue sorprendiendo a los partidarios de salir de la UE. Incluso el Consejo de Ministros no se había dado cuenta hasta ahora de que Gran Bretaña tendrá que pagar una enorme factura a la UE por su separación. La prensa sensacionalista tampoco se había documentado demasiado: aunque siempre se quejaban de que Gran Bretaña estaba gobernada desde Bruselas, pocos medios se molestaron en mantener allí a un corresponsal a tiempo completo. Gran Bretaña llegó a ser una gran potencia porque fue la primera en desarrollar una economía basada en los combustibles fósiles en el siglo XVIII y por la protección que le otorgaba su situación geográfica insular en una época en la que las naciones todavía se invadían unas a otras. Ninguna de esas ventajas existe hoy en día. En la actualidad, Gran Bretaña es como un pequeño chimpancé que se cree gorila».


Como explicaba en El País Craig Calhoun, de la London School of Economics, «Como consecuencia de la controvertida votación, Theresa May afronta el mayor retroceso de la economía británica desde 2009. El G20 ya ha reclamado que el Reino Unido y la UE pacten una salida rápida y fluida que espante el fantasma de la incertidumbre. La campaña del referéndum se dirigió hacia un nivel tan bajo de información y de calidad del debate que, en lugar de ayudar a los ciudadanos a comprender las cuestiones en juego, los políticos y otros poderes han intentado asustar a la población para encauzar su voto».


Al día siguiente del referéndum, Chris Patten dejó bien clara su opinión en Project Syndicate: «Los referendos reducen lo complejo a una sencillez absurda. Con el Brexit hemos visto la llegada del populismo a lo Donald Trump a Gran Bretaña, una hostilidad generalizada, siguiendo la ola del resentimiento populista, hacia cualquiera al que se considere miembro de la “clase dirigente”. Defensores del Brexit como el secretario de justicia Michael Gove desacreditaron a todos los expertos por considerarlos parte de una servil conspiración de los ricos contra los pobres: todos quedaron retratados como representantes de otro mundo sin relación con las vidas de la gente corriente británica. La mezcla entre cooperación internacional y soberanía compartida que supone la pertenencia de Gran Bretaña a la Unión Europea se tergiversó en una serie de mendaces afirmaciones y promesas. Se le dijo al pueblo británico que abandonar la UE no acarrearía consecuencias económicas ni pérdidas para todos aquellos sectores de la sociedad que se han estado beneficiando de la pertenencia a Europa. Se prometió a los votantes un tratado comercial ventajoso con Europa (el mayor mercado de Gran Bretaña), menos inmigración y más dinero para el Servicio Nacional de Salud y otros valiosos bienes y servicios públicos. La realidad es que la decisión de abandonar la UE presidirá la vida nacional británica durante la próxima década, o tal vez más: es difícil imaginar contexto alguno en el que el Reino Unido no se volverá más pobre e insignificante en el mundo; muchos de los que fueron alentados a votar por su supuesta “independencia” hallarán que, en vez de ganar libertad, perdieron su puesto de trabajo».

En la misma línea se expresaba John Carlin en El País: «Theresa May y sus subalternos repiten como un mantra que hay que respetar “la voluntad del pueblo”, aportando a la frase un valor sagrado, como si fuese una herejía poner en duda el resultado de un referéndum en el que la gran mayoría votó con poco conocimiento de las consecuencias materiales de abandonar la UE».


Unos días después, Aditya Chakrabortty abundó en el aspecto económico del Brexit en The Guardian: «Gran Bretaña acaba de votar a favor de una gran recesión. Ninguna gran empresa va a estar por la labor de hacer inversiones sólidas en un país desgarrado por la incertidumbre y con una libra esterlina a punto de convertirse en una divisa estancada».

Thomas Piketty, de quien no se puede afirmar que sea un defensor de la política económica de la UE, afirmó en El País que «Las generaciones jóvenes van a sufrir durante mucho tiempo las consecuencias de una opción elegida por la gente mayor». Y más adelante, el premio Nobel Mario Vargas Llosa escribió en los mismos términos: «Los ingleses más jóvenes y mejor educados, más conscientes del riesgo para su futuro que implicaba el aislamiento, votaron por Europa; los más viejos y menos preparados, por la salida. La nostalgia por un mundo que se fue, que no va a volver, y un nacionalismo político y económico trasnochado, prevalecieron sobre el realismo».


Es evidente entonces que la victoria del Brexit se debió tanto a las mentiras de sus dirigentes (empezando por su primer ministro, David Cameron, que nada más levantarse el viernes por la mañana, en su primera aparición pública, hizo exactamente las dos cosas que dijo que no haría: dimitir y retrasar hasta una fecha sin determinar la aplicación del artículo 50 de los tratados de la UE, que regula el abandono de un país miembro) como al entusiasmo con el que los votantes acogieron esas mentiras. Un David Cameron que, como explica Stephen G. Gross en Foreign Affairs, «Redujo las posibilidades del voto a favor de la permanencia por su manera de enfocar el debate. Su intención, como la del primer ministro Harold Wilson en 1975, era utilizar la amenaza del referéndum para conseguir concesiones de Bruselas. En ese proceso, Cameron, al igual que el cabecilla del UKIP Nigel Farage, reafirmó el mensaje refinado por Margaret Thatcher de que los votantes deberían ver a la UE no como un concepto político compartido con el continente, sino como una organización de la que obtener ingresos. Desde esta perspectiva, ¿por qué debería un país permanecer en una entidad política que carece de un ideal unificador, que incluso sus defensores describen como un proyecto utilitarista y que al mismo tiempo parece estar desgastándose desde el punto de vista de la economía y la gestión?» Un David Cameron que meses antes, como escribía Mario Vargas Llosa en El País, «convocó este referéndum con una precipitación innecesaria y lamentable, sin necesidad legal alguna, por un oportunismo político de circunstancias; un error que ha pagado con el fin de su carrera política y que difícilmente le excusará la historia futura de Inglaterra. El triunfo del Brexit sienta un pésimo precedente y es una ayuda invalorable a los partidos, movimientos y grupúsculos antieuropeos y generalmente fascistoides como el Front National de Marine Le Pen en Francia, la Alternativa para Alemania, el frente que encabeza Geert Wilders en Holanda, y otros en Polonia, Austria, Hungría y los países escandinavos. La decepción de los triunfadores del referéndum está muy próxima y será muy grande en lo que concierne a la inmigración, cuando adviertan que su victoria no va a impedir, ni a disminuir un ápice, la llegada de los temidos forasteros. No es la Unión Europea la que trae esas oleadas de inmigrantes a sus playas, sino la necesidad que tiene Gran Bretaña de ellos para proveer los trabajos que los ingleses ya no harían ni a la fuerza, y las leyes sociales que, con más generosidad que realismo, se dieron en épocas de bonanza para favorecer esa inmigración que parecía entonces tan necesaria».


Como escribía Katharine Viner en The Guardian, «Al final de una campaña que imperó en las noticias durante meses, se hizo súbitamente obvio que el bando ganador no tenía ningún plan relativo a cómo o cuándo el Reino Unido saldría de la UE, al mismo tiempo que las falaces afirmaciones que llevaron a la campaña a favor de abandonar la UE se venían bruscamente abajo. A las 6.31 de la mañana del viernes 24 de junio, aproximadamente una hora después de confirmarse el resultado del referéndum, Nigel Farage, cabecilla del UKIP, reconocía que en realidad un Reino Unido post-Brexit no dispondría de 350 millones de libras semanales disponibles para gastar en el Servicio Nacional de Salud (una alegación clave de los partidarios del Brexit que incluso blasonaba el autobús de la campaña). Unas horas más tarde, el diputado conservador del Parlamento Europeo Daniel Hannan declaraba que no era muy probable que la inmigración, otro alegato clave, fuera a disminuir. Los inquietantes hechos y preocupados expertos a favor de permanecer en la UE fueron marginados con el calificativo de “Proyecto temor” y neutralizados rápidamente con “hechos” contrapuestos: si 99 expertos decían que la economía se derrumbaría y uno discrepaba, la BBC nos decía que cada bando tenía su propia postura sobre la situación (un tremendo error con el que se consigue eclipsar la verdad, reflejo de cómo se está informando sobre el cambio climático). En Sky News, Michael Gove manifestó que “los ciudadanos de este país ya están hartos de tanto experto” y comparó a diez economistas galardonados con el Premio Nobel que firmaron una carta contra el Brexit con los científicos nazis leales a Hitler».


La resaca posterior al referéndum, como explicaba Íñigo Domínguez en El País, destapó la cruda realidad de las mentiras y promesas rotas acerca de todo lo maravilloso que se dijo que iba a suceder: «Los argumentos que llevaron a 17 millones de votantes a optar por abandonar la UE se han demostrado falsos. Una de las principales cruzadas de la campaña del Brexit fue denunciar que el Reino Unido enviaba cada semana 350 millones de libras a la UE (en realidad son 250, de los que habría que restar las ayudas recibidas de la UE); la promesa estrella, que incluso apareció en la publicidad de los autobuses, fue que al cerrar ese grifo se podrían destinar una buena parte, 100 millones, al Servicio Nacional de Salud. Pero la misma mañana del viernes, nada más despertarse con el resultado del referéndum, el propio Nigel Farage aseguró que él nunca había dicho eso y que se había tratado de un “error”. La otra gran promesa que ha arrastrado el voto del Brexit era la de instaurar un sistema de control migratorio que frenara en seco la llegada de todos los ciudadanos de la UE, sin tener en cuenta que no se puede tener libre acceso al mercado único comunitario sin aceptar también la libre circulación de ciudadanos; y los negocios siguen siendo la prioridad, porque el 44 % de las exportaciones británicas van a la UE».


Las mentiras de Nigel Farage sobre el Servicio Nacional de Salud y los inmigrantes son doblemente sangrantes pues, como explicaba María R. Sahuquillo en El País, «el 62 % de los inmigrantes de Europa occidental llega con un título universitario, en comparación con el 24 % de la población activa británica. En el Servicio Nacional de Salud británico hay unos 130 000 profesionales sanitarios procedentes de países de la UE, que suponen alrededor del 10 % de sus médicos y más del 4 % de sus enfermeras, con lo que es más probable tener a un ciudadano de la UE atendiendo que recibiendo asistencia en la sanidad pública. En el caso de la salida del Reino Unido de la UE y el cambio de las condiciones laborales, la sanidad pública podría tener un déficit de personal de unos 50 000 profesionales sanitarios. La salida de la UE trae, además, otra circunstancia para Reino Unido: si no se acuerda lo contrario, sus nacionales perderán el derecho a ser atendidos sin cargo directo a sus bolsillos en los países de la UE. El Servicio Nacional de Salud se nutre de Europa, y no sólo de profesionales, sino también de fondos, ayudas para la investigación o redes médicas europeas. La desvinculación de la UE tendrá un impacto en la investigación de los centros sanitarios públicos, que reciben cientos de millones para proyectos de innovación, desarrollo y análisis (sólo el año pasado, el programa Horizonte aportó unos 232 millones de libras a centros como el Hospital Universitario de Birmingham o el hospital infantil Great Ormond Street)».


Sobre esta cuestión avisaba asimismo, como relataba Pablo Sempere en Cinco Días, «Una carta de los responsables de 35 colegios de la Universidad de Oxford que instaba a los diputados británicos a proteger los derechos de los comunitarios que residen en el Reino Unido una vez que se active el Brexit. En la misiva, los directivos exigen a los congresistas de todos los partidos que respalden las enmiendas y les alertan de que la Universidad de Oxford, una de las más prestigiosas del mundo, “sufriría un enorme daño si sus docentes, investigadores, alumnos y personal académico comunitario perdiesen su derecho a trabajar y estudiar en el país”. Precisamente, la Universidad de Oxford abrirá a finales de 2018 su primer campus fuera del Reino Unido, en París, para hacer frente a la más que posible pérdida de financiación europea una vez se consume la salida de la Unión. “El prestigio de los centros académicos británicos está íntimamente ligado a su internacionalización. Hoy, más de 125 000 estudiantes de las universidades del Reino Unido son de otros países de la UE y cerca de un 15 % del profesorado es europeo. Además, la investigación ya no se hace por países, sino que es internacional”, resume la directora de educación del British Council, Carolina Jiménez».

Y no es de extrañar que demagogos como Boris Johnson, Nigel Farage, Michael Gove, etc. se hayan «llevado al huerto» a sus conciudadanos cuando su reputada cadena pública realiza una cobertura tan lamentable durante la campaña del referéndum: como razonaba Charles Grant, «la BBC hizo lo correcto al conceder protagonismo y tiempo a las dos partes por igual, pero no cumplió con su obligación de informar y educar. Por miedo a que se pudiera pensar que estaba a favor de la UE, hizo lo imposible por no conducirse de un modo que pudiera interpretarse en tal sentido. Cuando veteranos periodistas entrevistaban a partidarios de marcharse que decían mentiras, no se cuestionaban esos comentarios, debido en parte a una general carencia de conocimientos sobre la UE por parte de muchos y conocidos presentadores y entrevistadores de la BBC. Dominic Cummings y Matthew Elliott, dos activistas políticos sumamente experimentados, dirigieron la campaña que abogaba por marcharse, diciendo e imprimiendo a sabiendas cosas que no eran ciertas: mitos tales como el pago de 350 millones de libras semanales de Reino Unido a Bruselas o el inminente acceso de Turquía a la UE. Abusaron del hecho de que, en la publicidad política, a diferencia de la comercial, no hay sanciones por falsedad. Consiguieron que la campaña se viera como una batalla de la gente contra las élites y a nadie pareció importarle que Boris Johnson se haya educado en Eton y en Oxford, Michael Gove en Oxford y Nigel Farage en Dulwich College. Los partidarios de quedarse citaron a los muchos expertos que dijeron que Reino Unido estaría mejor dentro; sin embargo, cada vez que lo hacían, se reforzaba el argumento de los partidarios de marcharse sobre su condescendencia con la gente corriente. La hostilidad hacia las élites se ha convertido en una fuerza poderosa, no sólo en Europa sino también en los EE. UU.»


Esa es otra posible razón de que la democracia más antigua del mundo se dejara engañar de esa manera: la ignorancia reinante en el Reino Unido sobre el significado y el funcionamiento de la Unión Europea, como explicaba Kathleen R. McNamara en Foreign Affairs: «Por desgracia, da la impresión de que muchos votantes británicos no tienen ni idea de lo que es la UE. La realidad es que no ha sido la reglamentación europea la que ha provocado los problemas socioeconómicos del Reino Unido, sino la propia dinámica política británica. Mientras que otros Estados de la Unión han tenido que hacer frente a inmigrantes sirios e iraquíes, el Reino Unido sólo ha recibido un pequeño número de solicitudes de asilo; y los estudios al respecto muestran que los inmigrantes pagan mucho más en impuestos de lo que reciben en prestaciones. De hecho, las zonas con mayor número de extranjeros, regiones ya integradas en un mundo nuevo cosmopolita, votaron abrumadoramente a favor de permanecer en la UE». En el semanario satírico francés Charlie Hebdo contaban lo mismo a su manera: «Llevamos años viendo cómo genios de la talla de Boris Johnson nos explican solemnemente cómo Bruselas regula el tamaño de los plátanos» y aprovechaban para hurgar en la herida y barrer para casa: «Si nos fijamos en el éxito del discurso abiertamente racista de Trump en los EE. UU., es inevitable pensar que el fracaso del modelo anglosajón para lidiar con la inmigración todavía no ha tocado fondo. Sabemos que nuestras élites a veces no dicen más que estupideces, pero el pueblo no le va a la zaga: fue ese fabuloso “pueblo” el que quemó libros en el Berlín de los años treinta porque los autores eran judíos; al final de la II Guerra Mundial en Francia, ¿quién se dedicó a rapar en público las cabezas de las mujeres que se habían acostado con soldados alemanes? Sí, eso es, de nuevo ese maravilloso “pueblo”. Así pues, ya podemos colocar este voto del “pueblo” británico para salir de Europa en el mismo cajón junto con el resto de manifestaciones de miedo y odio. Ya que quieren volver a ser forasteros del resto de Europa, ¿deberíamos cerrar el Eurotúnel? Así, cuando quieran visitar el Continente, tendrán que subirse a botes inflables y cruzar remando el estrecho; una vez en Calais, les ofreceremos café caliente y mantas, los voluntarios se ocuparán de ellos, los clasificarán y los trasladarán a centros de acogida para refugiados no deseados; así se sentirán como en casa».


John Carlin en El País fue algo más duro con sus compatriotas: «Los hooligans ofrecen una caricatura grotesca de cómo más de la mitad de sus compatriotas se relacionan con el resto del mundo (en el caso concreto del referéndum, con desdén, desconfianza, ignorancia y una absurda nostalgia imperial más una lamentable falta de respeto y cero sentido de responsabilidad). Los políticos que hicieron campaña a favor del Brexit no dudaron en apelar a las tendencias xenófobas que laten en las mentes y los corazones de los ingleses desde su infancia. Para los que votaron por el Brexit, el populismo barato de Boris Johnson, Nigel Farage y compañía fue lo que la cerveza es para los hooligans: los idiotizó, los envalentonó y les sacó lo peor de sí. Por el contrario, a los escoceses no se los adoctrina con sentimientos xenófobos desde una temprana edad; además, su sistema de educación estatal es, como bien sabe el exministro Michael Gove, muy superior al inglés. Los escoceses poseen en mayor abundancia que los ingleses las facultades mentales necesarias para saber distinguir entre los predicadores farsantes y los sinceros. La historia dirá que una panda de idiotas decidió el destino de la democracia parlamentaria más antigua del mundo; un país definido a lo largo del siglo xx por la tolerancia y el sentido común se identifica hoy ante el mundo por la mezquina insularidad, la confusión ideológica y la paranoia nacionalista».


Realmente resultan sorprendentes estas acusaciones de xenofobia contra el Reino Unido, hasta que leemos relatos como el de Georgina Fernández Villanueva en La Voz de Asturias: «La sociedad británica no es tan tolerante como la pintan. Los niños no paran de llamarse los unos a los otros “negratas”, “pakis” y “polacos de mierda”, y tienen grabadas a fuego frases como “Mi padre dice que tu padre roba ayudas sociales y que vinisteis aquí para robarnos el trabajo y las viviendas sociales; vete a tu puto país”. Lo mismo ocurre con los adultos y acusaciones como “Los tuyos vienen aquí a robarnos el trabajo, violar y robar”. Se les olvida que no tienen suficiente población indígena para cubrir ciertas profesiones: idiomas, sanidad, educación, ingeniería. Paradójicamente, mientras algunos celebran su particular día de la independencia con la esperanza de conseguir el trabajo que se les había negado debido a la fuerte competencia inmigrante, esos sectores siguen plagados de extranjeros trabajando turnos de 12 horas por falta de personal cualificado. Las 700 libras al mes de contribución de un autónomo extranjero son suficientes para pagar el paro de nueve británicos mayores de 25 años durante una semana, la misma gente que podría estar recogiendo fruta, basura o trabajando en McDonald’s, pero claro, esos empleos se los roban los polacos». También detalla algo más los problemas educativos de Inglaterra: «Con las políticas educativas de Michael Gove, los programas escolares se parecen cada vez más a los de educación especial: geometría y cálculo básico a los 15 años, y ciencias sociales como economía, filosofía, ética o nociones básicas de política que brillan por su ausencia; es como si estuviesen intentando aborregar a la población. Pero el país ha votado de acuerdo con los deseos de estos depredadores de servicios públicos al grito de “¡Que vienen los turcos!”». O como el de Íñigo Domínguez en El País: «El resultado del referéndum en el Reino Unido, a favor de abandonar la UE, ha desactivado algún mecanismo inhibidor de las expresiones de racismo; y cuando empieza la barbarie, ya no sabes qué va a pasar. La noche del viernes, en un supermercado de Gloucester, un tipo preguntaba a gritos, uno por uno, a quienes estaban en la fila si eran ingleses: “¡Esto ahora es Inglaterra, los extranjeros tenéis 48 horas para salir de aquí! ¿Quién es extranjero aquí? ¿Eres español? ¿Italiano? ¿Rumano?” Los tabloides sensacionalistas [sic], que han agitado estos años los peores instintos contra la inmigración, carecen del criterio objetivo necesario para publicar noticias como ésta».

El clima político en el Reino Unido se enrareció de forma drástica después del referéndum. Y el gobierno de May es, en gran parte, responsable. La ministra del Interior, Amber Rudd, quiso obligar a las empresas a elaborar listas con sus empleados no británicos. El de Sanidad dijo que el personal sanitario de otros países sólo tenía su puesto asegurado hasta que hubiera suficientes británicos formados para sustituirlos. En ambos casos, el ejecutivo dio marcha atrás ante las protestas, pero un soplo de xenofobia se ha extendido por el país.


Cristina García, según relataba Patricia Ruiz en El Diario, lo sufrió en sus propias carnes: «“Mi madre me llamó por teléfono y charlamos sobre cómo nos había ido el día”. Iba distraída cuando un frenazo la sobresaltó lo suficiente como para pensar que habían tenido un accidente. Pero no. “El conductor paró el bus y salió de la cabina para decirme chillando que si quería seguir hablando ‘en mi idioma de mierda’ me subiera a la planta de arriba. Hay un clima de tensión desde entonces, y a mí esto no me había pasado nunca antes en los dos años que llevo viviendo aquí en Londres”. La policía británica ha denunciado un incremento del 57 % en los incidentes racistas durante los cuatro primeros días del anuncio de la victoria del Brexit. Saben que están relacionados con el voto del Brexit porque los agresores dicen cosas como “hemos votado para que te vayas”. Varios restaurantes españoles y turcos amanecieron en el barrio londinense de Lewisham con los ventanales rotos a pedradas, mientras que la Asociación Social y Cultural Polaca de Hammersmith aparecía con varias pintadas xenófobas que decían “no más parásitos polacos, dejad la Unión Europea” (¿?). En Hudington, donde la comunidad polaca es amplia, varios vecinos aseguraron haber recibido cartas en sus buzones con amenazas racistas. El racismo en el Reino Unido estaba presente bajo la superficie, ha ido cobrando fuerza gracias al discurso de algunos partidos durante la campaña y se ha sentido legitimado tras la victoria del Brexit. Lo único diferente tras el referéndum es que antes alguien gritaba algo y salía corriendo, pero ahora no parece tener problema en acercarse públicamente para acosar. Los políticos deberían aceptar su papel en la creación de un clima que ha podido alimentar este tipo de actitudes».

Hay incluso quien se ve obligada a escribir de forma anónima que «Por vez primera en 18 años, no me siento bienvenida en Gran Bretaña. Es indudable que el país se ha visto beneficiado por el carácter internacional de su mano de obra. Si quieren competir internacionalmente, las universidades del Reino Unido han de atraer a los mejores talentos, dondequiera que se encuentren. El éxito en las clasificaciones internacionales depende de su capacidad de hacer exactamente eso. Si el Reino Unido vota a favor de la salida, se convertirá en un país menos atractivo no sólo para los ciudadanos de la UE, sino para los mejores y más brillantes de todo el mundo. Por ejemplo, muchos compañeros nacidos en los EE. UU. me han confesado que una de las razones por las que se asentaron en el Reino Unido fue que su permiso de residencia indefinido les daba acceso a la UE. Se nos está acusando por la situación de servicios públicos como la salud, la vivienda o la educación, además de por presionar los salarios a la baja, aun cuando los verdaderos responsables los tienen en su propia casa: infrainversión crónica, mala planificación, gobernanza ineficaz y normativas laborales diluidas. Me han dicho que “No se trata de personas como tú, son los otros”. Al parecer, soy una extranjera “útil”. ¿Pero quiénes son esos “otros” de los que hablan? ¿Los fontaneros polacos? ¿Los temporeros lituanos? ¿Los enfermeros españoles? ¿Los médicos griegos? ¿O son los turistas de prestaciones sociales, esas criaturas míticas que, como el monstruo del lago Ness, nunca han sido vistos, pero estamos seguros de que existen, a la vista de cuánto se habla de ellos?».


Y estas acusaciones de racismo, xenofobia e intolerancia no proceden únicamente de inmigrantes como Georgina y Cristina, o periodistas extranjeros como Íñigo, sino también de ciudadanos del Reino Unido, como Aditya Chakrabortty, comentarista jefe de noticias económicas de The Guardian: «En Huntingdon, unos colegiales de origen polaco recibieron tarjetas en las que se los llamaba “alimañas” y se los conminaba a que “se marcharan de la UE” (¿?). No es ninguna coincidencia: es lo que ocurre cuando ministros del gabinete, dirigentes de partidos y aspirantes a primer ministro esparcen argumentos envenenados de racismo; cuando no sólo se tolera la intolerancia, sino que se consiente y se alienta. En beneficio de su campaña y su carrera, estos profesionales de la política añadieron el fanatismo a su arsenal de armamento político. Durante los últimos meses, las personas en cuyas manos está ahora el destino de Gran Bretaña fuera de la UE se deshicieron sin ningún complejo de la moral pública y decidieron que no pasa nada por ser racista».


También reportero de The Guardian, pero en este caso escribiendo para la revista Vice, Mark Wilding opina que «Algo cambió en Gran Bretaña después del referéndum: el país ha sido testigo de lo que en ocasiones parecía un estallido de odio. En Tunbridge Wells se han recibido cartas anónimas invitando a sus destinatarios a “marcharse de vuelta a Polonia cagando leches”. A una mujer alemana le llenaron la puerta de excrementos de perro y sus vecinos le dijeron que ya no era bienvenida allí. Una madre británica de origen asiático fue agredida físicamente cuando llevaba a su hijo al colegio en el Gran Mánchester por un hombre que le espetó: “He votado para que te marches; ¿qué estás haciendo aquí todavía?”. Sería fácil caer en la tentación de calificar estos incidentes de “aislados”, pero las pruebas van más allá de lo anecdótico. En la semana alrededor al referéndum, la policía recibió 3000 denuncias por crímenes motivados por el odio, un 42 % más que en el mismo período del año anterior. Mark Hamilton, director del Consejo Nacional de Jefes de Policía (National Police Chiefs’ Council), ha descrito este aumento como “probablemente el peor repunte” registrado. No le cabe la menor duda de que la causa ha sido el referéndum. “Algunas personas se lo tomaron como un permiso para comportarse de manera racista o discriminatoria”, explicó al diario The Guardian. “El aumento de denuncias por crímenes motivados por el odio está estrechamente relacionado con la reacción del país con respecto al referéndum”. “La sociedad se envalentonó y sintió que más de la mitad del país compartía su ideología racista. No creo que el racismo sea un concepto nuevo en absoluto, pero las personas con esa inclinación se sienten ahora respaldadas por la mitad del país”. Una investigación sobre el aumento de comportamientos racistas y xenófobos en la estela del referéndum analizó 636 denuncias por crímenes motivados por el odio y llegó a la conclusión de que en el 51 % de los casos los autores mencionaron específicamente el referéndum en el transcurso de su agresión. En un incidente característico, un varón de mediana edad entró en un bar el día después de la votación y le dijo a una joven británica de origen asiático: “Hoy hemos votado para salir de Europa, pero deberíamos haber votado para echaros a todos de aquí. Nunca seréis británicos de verdad”. También parecía como si algunos votantes creyeran que el resultado del referéndum les había enviado el mensaje de que significaba una protesta contra cualquier tipo de inmigración. Una postura caracterizada por ese votante del Brexit fotografiado en Essex con una camiseta con el lema: “¡Hemos ganado! Ahora que se marchen”. Nuestros puntos de vista sobre la raza y la inmigración no han salido de la nada. En 2012, la actual primera ministra y por aquel entonces ministra de Interior Theresa May esbozó su propósito de crear “un entorno verdaderamente hostil para la inmigración ilegal”. Un año después, el Ministerio del Interior desplegó tres furgonetas publicitarias con este mensaje dirigido a los inmigrantes ilegales: “Vete a casa o te arriesgas a que te detengamos”. Liz Feteke, directora del Institute of Race Relations, afirmaba recientemente que “Si el concepto del ‘entorno hostil’ se integra en el discurso político, no es de extrañar que arraigue culturalmente”. En su informe, Priska Komoromi descubrió que aproximadamente uno de cada cuatro incidentes denunciados en las diferentes campañas de los medios sociales entrañaba agresiones verbales con las expresiones “vete a tu casa” o “márchate”. Carl Miller, director de investigación del “Centre for the Analysis of Social Media” de Demos, llevó a cabo recientemente un análisis de las actualizaciones de Twitter enviadas durante el referéndum. Pudo comprobar cómo los debates sobre inmigración, así como las actitudes xenófobas expresadas, repuntaron en las fechas cercanas a la votación. Entre el 19 de junio y el 1 de julio, Miller encontró 16 151 tuits con términos ligados a actitudes xenófobas o contra la inmigración. La mayor concentración de estas publicaciones se dio el mismo día del referéndum. Como ha puesto de manifiesto la campaña PostRefRacism, las víctimas de insultos y violencia también han utilizado Twitter para compartir sus experiencias. Miller encontró en esa plataforma 2413 denuncias de delitos motivados por el odio entre el 25 y el 29 de junio. Se da por sentado que el número de incidentes es muy superior al de denuncias. Las condiciones que pueden desencadenar un estallido de odio afloran inesperadamente».


Cifras similares aporta Matthew Weaver en The Guardian: «Durante los 38 días posteriores al referéndum se registraron 2300 ataques racistas en Londres, en comparación con los 1400 de los 38 días anteriores».

Y es que, como relataba Helen Pidd también desde The Guardian: «Ni siquiera hablar inglés supone una protección contra el fanatismo. El racismo explícito no es algo del pasado, y airear ideas racistas en público es socialmente aceptable. Para un extranjero, que te insulten por la calle, que te llamen “puto negro”, “perro negro”, “sucio perro”, que te digan que te vayas a tu casa, que te pinten la puerta de rojo como en una especie de preparación para una nueva versión de la noche de los Cristales Rotos, que te tiren huevos a las ventajas o te las rompan, tener miedo de abrirlas porque te pueden meter basura en casa, forma parte de la cultura inglesa tanto como la desmesura a la hora de pedir disculpas o la carne asada de los domingos».


La campaña antinmigración por parte de la prensa sensacionalista hizo subir los incidentes racistas y que mucha gente se sienta insegura, hasta el punto de evitar hablar su propio idioma por la calle, como relata Silvia González López en El País.

Segismundo Álvarez Royo-Villanova explicaba en El País estos brotes xenofóbicos en términos psicológicos: «Los seres tomamos decisiones con mecanismos elaborados en las sociedades primitivas, cuando la pertenencia al grupo era la única garantía de seguridad y supervivencia; por ello es tan fácil resucitar en cualquier momento el miedo al otro, el egoísmo grupal, el nacionalismo etnocéntrico y excluyente. El pensamiento primitivo funciona también desde el punto de vista económico: en sociedades con recursos limitados y una tecnología que no evoluciona, el sistema es de suma cero, es decir que lo que otro grupo o individuo gana es lo que mi tribu o yo perdemos. En una economía abierta de mercado como la actual, el intercambio y la innovación permiten que haya beneficios para todos y, por tanto, la entrada de nuevos trabajadores puede ser beneficiosa en general y el enriquecimiento de algunos no implica el empobrecimiento del resto. Desafortunadamente, para comprender esto es necesario hacer un esfuerzo intelectual, mientras que señalar a un culpable externo es algo que resuena inmediatamente en nuestro interior; por eso tiene tanto éxito el discurso político de “ellos” (los ricos, los extranjeros, la UE) contra “nosotros” (la gente, los españoles, los británicos de verdad); por eso la inmigración, que es un problema importante junto a otros muchos (la demografía, la educación, la mejora de las instituciones) se convierte en el eje de muchas campañas. No se puede luchar contra los que sostienen posturas irracionales tratando de acercase a ellas (tal como hizo la BBC), pues en ese campo de batalla gana siempre el más extremista o el más hábil en la propaganda, no el que tiene mejores razones. Todo esto no es aplicable únicamente a los políticos, pues los ciudadanos somos al final los protagonistas de la política y las elecciones; si no estamos dispuestos a implicarnos en la formación de opinión, en los movimientos sociales, en la denuncia de la corrupción, o incluso directamente en los partidos políticos, dejaremos que mañana nos gobiernen los que hoy nos parecen bufones».


Como muestra de la facilidad con la que se puede manipular a los votantes, podemos ver la encuesta de la empresa demoscópica Ipsos Mori en la que se pregunta a ciudadanos de 25 países cuáles son los asuntos que más les preocupan: reveló que en el Reino Unido lo que más preocupa es la inmigración (42 %). De los 25 estudiados, es el país donde mayor es la preocupación por el asunto, por encima de otros como Alemania, Suecia o incluso Turquía, mucho más afectados por la crisis de refugiados resultante del conflicto sirio.

Sin embargo, no es de extrañar que surjan esos brotes xenofóbicos cuando quienes albergan esos sentimientos de odio se ven legitimados por los mensajes de sus dirigentes. Cuando, como explicaba Gonzalo Fanjul en El País, «El argumentario de Theresa May, la flamante primera ministra del Reino Unido, es similar a la retórica abiertamente xenófoba de Nigel Farage y Marine Le Pen, si recordamos sus poco sutiles campañas contra los inmigrantes irregulares (“Vete a casa o te arriesgas a que te detengamos”). Como resumió Michael Ignatieff en una reciente entrevista en The New York Times, “Estamos viviendo una división ideológica entre las élites cosmopolitas, que ven la inmigración como un bien común basado en derechos universales, y los votantes, que la ven como un obsequio conferido a ciertos forasteros considerados merecedores de pertenecer a la comunidad”. La idea de que una comunidad establecida (el Reino Unido, España, Europa, Cataluña) sea soberana para decidir el acceso y la residencia de esos “forasteros” en su territorio puede parecernos una obviedad incontestable, pero no lo es. En la medida en que las restricciones a la movilidad determinan el derecho de otros al progreso, la educación, la salud o, sencillamente, la protección personal —derechos considerados universales—, se produce un conflicto entre ambas partes que no puede ser despachado simplemente con un “yo estaba aquí primero”. Aceptarlo supondría renunciar a los fundamentos que pusieron fin a la esclavitud o garantizaron el voto a las mujeres, porque no podemos conceder al pasaporte los privilegios que hemos negado a la raza o al sexo».

miércoles, 16 de agosto de 2017

Thoughts on Brexit


Last 29 March, Theresa May, UK Prime Minister, sent Donald Tusk, President of the European Council, the letter which triggered Article 50(2) of the Treaty of the European Union, that is, the setting-off of the UK’s exit from the EU after the referendum which took place on 23 June 2016. Natural as it may seem following her posture since she began holding her new office, we must not forget that, as Euronews reported a few days after the referendum, “She was a ‘Remain’ supporter during the campaign, sticking to the government line: that Britain would be better off remaining part of the European Union. Back then, she warned UK voters that Brexit could have seriously damaging effects on the economy, the security, and even the current form of the United Kingdom. May said that leaving the EU would be ‘fatal for the Union with Scotland’, as the Scottish National Party (SNP) would most likely try again for independence if Scotland voted to remain while the UK as a whole voted to leave. She said that access to the European Arrest Warrant and other legal tools meant that ‘My judgement, as Home Secretary, is that remaining a member of the European Union means we will be more secure from crime and terrorism’. May also warned about the economic consequences of Brexit, highlighting the World Trade Organisation rules that ‘would oblige the EU to charge ten per cent tariffs’ on some UK exports, and while not all tariffs are so high ‘some are considerably higher’. This would be the case, she says, until a trade deal with the EU can be reached. It’s disappointing that, now she is supposedly in charge, she is blithely ignoring her own warnings and is prepared to inflict an act of monumental self-harm on the UK economy by pulling Britain out of the single market.”


During a secret audience with investment bankers a month before the EU referendum, Theresa May privately warned that companies would leave the UK if the country voted for Brexit. A recording of her remarks to Goldman Sachs, leaked to The Guardian, reveals she had numerous concerns about Britain leaving the EU. It contrasts with her nuanced public speeches, which dismayed remain campaigners before the vote in June 2016. Speaking at the bank in London on 26 May 2016, the then Home Secretary appeared to go further than her public remarks to explain more clearly the economic benefits of staying in the EU. She told staff it was time the UK took a lead in Europe, and that she hoped voters would look to the future rather than the past. In an hour-long session before the City bankers, she also worried about the effect of Brexit on the British economy. “I think the economic arguments are clear,” she said. “I think being part of a 500-million trading bloc is significant for us. I think, as I was saying to you a little earlier, that one of the issues is that a lot of people will invest here in the UK because it is the UK in Europe. So I think there are definite benefits for us in economic terms.” At Goldman Sachs, May also said she was convinced Britain’s security was best served by remaining in Europe because of tools such as the European arrest warrant and the information-sharing between the police and intelligence agencies.


Yet, in the typical opportunistic twist of these breed of politicians, after Cameron’s resignation and until the elections on 8 June, as Pablo Guimón illustrates on El País, “May endorsed ‘hard Brexit’. She rejected any sort of compromise as far as border control is concerned and accepted a ‘clean exit’ from the common market and the customs union. However, her poor election results posed (as it has been unanimously understood), the defeat of the hard line. ‘Pragmatic Brexit’ is the buzzword now. The United Kingdom is willing to allow the free movement of EU citizens once Brexit is enacted on March 2019 and for a transitional period of at least two years. Even the most euroskpetic ministers of this weakened government have thus admitted, apparently yielding to the outcry of the corporate world, fearful of the negative effects for the Economy if a radical departure from the trading bloc were to take place. It is also noteworthy that Michael Gove himself, who took the leading role in the Brexit campaign, today Secretary of State for Environment, Food and Rural Affairs, has been commissioned to admit the the Government agrees upon the necessity of a transitional period with a ‘pragmatic approach’ to the free circulation of persons. This concept of a transitional period has always bothered the most stubborn Europhobes, afraid that it could be extended indefinitely and leave the country in a situation similar to Norway’s, contributing to the EU’s Budget and subject to the Court of Justice of the European Union, but with no right to speak or vote in Brussels. Not that they have any other choice when, in addition to the blow in the elections, we take a look at YouGov’s poll for The Economist, which concludes that 51% of British people want a ‘soft Brexit’, as opposed to 44% who prefer a radical departure. The terms of the divorce and the future agreement should be concluded by autumn next year so that the European Parliament can timely pass it. And that is where everybody seems to agree: it is materially impossible. That is the reason why May’s Government has admitted that a transitional period will be necessary (they have used the euphemism ‘implementation period’) to avoid leaping in the dark after 30 March, 2019. On the first quarter of 2017, the United Kingdom has gone from one the fastest-growing economies in the EU to the slowest one.”


A few months before the setting-off of the UK’s exit from the EU, Gideon Rachman warned from Financial Times that “Once Theresa May triggers Article 50, she has precisely two years to negotiate a new deal with the EU. Senior civil servants have told the Prime Minister that it is highly unlikely that the UK will be able to negotiate both the terms of its divorce and a new trade deal with the EU within the two-year deadline. In doing so, she has knowingly placed Britain at a massive disadvantage in the forthcoming negotiations. As soon as Britain triggers Article 50, the EU can simply run the clock down, knowing that the UK will be in an increasingly difficult situation, the longer the negotiations drag on without agreement. At the end of two years, Britain will be out of the EU and would face tariffs on manufactured goods and the loss of ‘passporting’ rights that allow financial services firms based in the City to do business across the bloc. The economic damage from this kind of ‘hard Brexit’ would be severe, blowing a hole in the government finances as tax revenues from the City shrink, ushering in a new period of austerity. The most ardent Brexiters claim that this is all scaremongering. Why, they ask, would the EU contemplate the restoration of tariffs when this could be damaging to its own economic interests? The Leavers can answer that question by looking in the mirror. It is clear that the main motivation of the pro-Brexit camp in Britain is political, not economic. And the same will be true of the EU side in the negotiations. In the British case, the political goal is to restore parliamentary sovereignty and to regain control of immigration. On the EU side, the goal will be to make sure that Brexit does not lead to the unravelling of a European project that has been built up over 60 years. That will mean making sure that the UK pays a clear and heavy price for leaving the EU. As a result, both sides will accept some economic damage rather than sacrifice their political goals. The economic damage the EU will sustain is likely to be smaller and more manageable than that borne by the British side. The EU represents a far larger market for Britain than Britain represents for the rest of Europe. Britain sends 44% of its exports to the EU, while the UK takes only about 16% of EU exports. Some in Britain speak blithely of relying on the rules of the World Trade Organisation after Britain has left the EU. They ignore the fact that Britain is a member of the WTO under the auspices of the EU. Creating an entirely separate British WTO membership requires another set of complex negotiations. And the longer the process is dragged out, the longer Britain is likely to be suspended in a legal limbo that will discourage long-term investment. The obvious solution would have been for Britain to remain inside the EU’s single market, but outside the EU until such time as a new deal was struck. By failing to get that assurance, the British government has severely weakened its position — even before negotiations start.”


As stated by Simon Kuper on Financial Times, “Brexit was sold with falsehoods and is now being mismanaged. To cite just a few Brexiter politicians: David Davis sketched a deal with the EU as simply a matter of a quick visit to Berlin; Daniel Hannan said that obviously the UK wouldn’t leave the European single market; and Nigel Farage predicted that other countries would follow Britain out of Europe. It hasn’t quite turned out like that. More than a year after the referendum, the cabinet still can’t agree on what kind of Brexit it wants, or when. The British state is steaming towards its third disaster in 15 years, after the Iraq war and the financial crisis. Actual foreign information keeps surprising the Brexiters. Even cabinet ministers are discovering only now that Britain will pay the EU a large divorce bill. The tabloids weren’t fully informed either. Though they always complained that Britain was ruled from Brussels, few of them bothered keeping a full-time correspondent there. Britain became a great power because it pioneered the fossil-fuel economy in the 18th century, and because being an island was excellent protection when states still invaded each other. Neither advantage exists any more. Britain today is like a cute little bonobo ape that thinks it’s a gorilla.”


As Craig Calhoun, from the London School of Economics, explained at El País, “Owing to this controversial voting, Theresa May is facing the harshest decline of the British economy since 2009. G20 has already called for the UK and the UE to settle a quick and fluid exit to expel the spectre of uncertainty. The referendum campaign aimed at such a low level of information and quality of the debate that, instead of helping citizens understand the state of play, politicians and de facto powers have sought to frighten the population so as to harness their vote.”


The day after the referendum, Chris Patten stated it clearly on Project Syndicate “A referendum reduces complexity to absurd simplicity. With Brexit, we have seen Donald Trump-style populism come to Britain, a widespread hostility, submerged in a tsunami of populist bile, to anyone deemed a member of the ‘establishment’. Brexit campaigners like Justice Secretary Michael Gove rejected every expert as part of a self-serving conspiracy of the haves against the have-nots: all were portrayed as representatives of another world, with no relationship to the lives of ordinary British people. The tangle of international cooperation and shared sovereignty represented by Britain’s membership of the EU was traduced into a series of mendacious claims and promises. The British people were told there would be no economic price to pay for leaving, and no losses for all those sectors of its society that have benefited from Europe. Voters were promised an advantageous trade deal with Europe (Britain’s biggest market), lower immigration, and more money for the National Health Service and other cherished public goods and services. The reality is that the decision to leave the EU will dominate British national life for the next decade, if not longer: it is difficult to imagine any circumstances in which the United Kingdom does not become poorer and less significant in the world; many of those who were encouraged to vote allegedly for their ‘independence’ will find that, far from gaining freedom, they have lost their job.”

John Carlin spoke out in the same vein on El País: “Theresa May and her assistants repeat over and over the mantra that ‘the will of the people’ must be respected, endowing the quote with sanctity, as if it was heretical to question the result of a referendum in which the vast majority voted with little knowledge of the material consequences of leaving the EU.”


A few days later, Aditya Chakrabortty elaborated on the economic side of Brexit on The Guardian: “Britain has just voted for a severe recession. No big business will want to make serious investments in a country riven by uncertainty, where sterling is on the way to becoming a backwater currency.”

Thomas Piketty, not at all suspect of endorsing the EU’s economic policy, wrote this on El País: “Younger generations are going to suffer for a long time the consequences of the choice of their elders.” And Nobel Prize laureate Mario Vargas Llosa agreed with him: “Younger and better educated Britons, aware of the risk that isolation meant for their future, voted for Europe; older and less prepared ones voted to leave. Yearning for a world which is already gone, which will never come back, plus an outdated political and economic nationalism, prevailed over realism.”


It is obvious then that the Brexit victory was due to the lies of the political leaders (Prime Minister David Cameron to begin with, who right after waking up on Friday morning, in his first public appearance, did exactly the two things he had sworn not to do: resign and postpone sine die the application of article 50 of the Treaty on European Union on the withdrawal of a member State of the Union) as much as to the enthusiasm with which the voters embraced those lies. The same David Cameron that, as Stephen G. Gross explains on Foreign Affairs, “Made the chance of a Remain vote even more unlikely by the way he framed the debate. He intended to use the threat of a referendum to extract concessions from Brussels, just as Prime Minister Harold Wilson had done in 1975. In the process, Cameron, like UKIP leader Nigel Farage, reinforced the message honed by Margaret Thatcher: that voters should see the EU not as a political vision to be shared with the continent but as an organization from which to extract rents. From this perspective, why should a country remain in a polity that lacks a unifying ideal, that is portrayed even by its defenders as a utilitarian project, and that at the same time seems to be fraying from the standpoint of economics and governance?” The same David Cameron that a few months earlier, as Mario Vargas Llosa wrote on El País, “rushed to call this referendum unnecessarily and regretfully, without any legal requirement, owing only to a forced political expediency, a mistake he has paid with the end of his political career and which the forthcoming English History will not be likely to forgive. The Brexit victory sets a disastrous precedent and represents an invaluable support to anti-European (and generally fascist) parties, movements and splinter groups such as Marine Le Pen’s Front National in France, Alternative for Germany, Geert Wilders front in Holland, and others in Poland, Austria, Hungary and the Nordic countries. Brexiteers will soon be greatly disappointed, as far as immigration is concerned, when they realise that their victory is not going to deter the arrival of those dreaded foreigners, not even reduce it a whit. It is not the European Union which brings those surges of immigrants to their shores, but the need Great Britain has of them to fill those jobs the Britons wouldn’t even do by force, as well as the social laws which, with more generosity than realism, were enacted in good times in order to foster that immigration which seemed so necessary back then.”


As Katharine Viner wrote on The Guardian, “At the end of a campaign that dominated the news for months, it was suddenly obvious that the winning side had no plan for how or when the UK would leave the EU – while the deceptive claims that carried the leave campaign to victory suddenly crumbled. At 6.31 am on Friday 24 June, just over an hour after the result of the EU referendum had become clear, UKIP leader Nigel Farage conceded that a post-Brexit UK would not in fact have £350m a week spare to spend on the NHS – a key claim of Brexiteers that was even emblazoned on the Vote Leave campaign bus. A few hours later, the Tory MEP Daniel Hannan stated that immigration was not likely to be reduced – another key claim. The remain side’s worrying facts and worried experts were dismissed as ‘Project Fear’ – and quickly neutralised by opposing ‘facts’: if 99 experts said the economy would crash and one disagreed, the BBC told us that each side had a different view of the situation. (This is a disastrous mistake that ends up obscuring truth, and echoes how some report climate change.) Michael Gove declared that ‘people in this country have had enough of experts’ on Sky News. He also compared ten Nobel prize-winning economists who signed an anti-Brexit letter to Nazi scientists loyal to Hitler.”


The hangover the day after the referendum, as Íñigo Domínguez illustrated on El País, exposed the awful truth of the lies and broken promises about all the wonderful things that were supposed to come about: “The arguments which led 17 million voters to opt for leaving the EU have proven fallacious. One of the main crusades of the Brexit campaign was the decry that the United Kingdom sent 350 million pounds every week to the EU (actually 250, from which the financial support received from the EU should be deducted); The main promise, which even advertised on public buses, declared that by drying up those funds, a good proportion (100 million), could be allocated to the National Health Service. However, right after waking up on Friday morning with the referendum results, Nigel Farage himself claimed that he had never said such thing and that it must have been a ‘mistake’. The other great promise which attracted the Brexit vote was the establishment of an immigration control system to halt the arrival of EU citizens, without taking into account that there is no free access to the EU single market unless there is also free movement of citizens; and businesses are still the top priority, since 44% of British exports go to the EU.”


Nigel Farage’s lies about the NHS and immigration are doubly disgusting when we read accounts like María R. Sahuquillo’s on El País: “62% of immigrants from Western Europe have a university degree, compared to 24% of the British working population. There are around 130 000 healthcare professionals from other EU countries in the National Health Service, representing approximately 10% of its doctors and more than 4% of its nurses, which means that it is more likely to find an EU citizen providing healthcare in the public health than receiving it. Should the United Kingdom leave the EU and the working conditions change, the public health could have a staff shortage of around 50 000 healthcare professionals. Besides, leaving the EU would entail another situation for the United Kingdom: unless agreed otherwise, their citizens will lose the right to medical attention free of direct charge in EU countries. NHS feeds off Europe: not only professionals, but also funds, research aids and European medical networks. Cutting off from the EU will have an impact on the research done by public health institutions, which receive hundreds of millions for innovation, development and analysis projects (last year alone, health centres like University Hospital Birmingham or Great Ormond Street Children’s Hospital received around 232 million pounds from the Horizon programme funds).”


Pablo Sempere warned as well about this matter on Cinco Días: “A letter from the Heads of Houses of 35 colleges of the University of Oxford urged British Members of Parliament to protect the rights of EU citizens residing in the United Kingdom once Brexit is triggered. In this letter, the Heads of Houses demanded all MP’s from every party to endorse this amendment and they made them aware that the University of Oxford, among the most prestigious ones in the world, ‘would sustain immense damage if its EU professors, researchers, alumni and academic staff lost their right to work and study in our country.’ As a matter of fact, University of Oxford is opening its first campus outside the UK at the end of 2018 in Paris to cope with the entirely possible loss of European funding once Brexit is completed. ‘The prestige of British academic centres is intimately bound up to its internationalisation. To this day, more than 125 000 students in UK universities come from abroad, and nearly 15% of the teaching staff is european. Besides, research is not done by countries any more, but internationally,’ outlines Carolina Jiménez, Head of Education and Society at British Council.”

No wonder demagogues like Boris Johnson, Nigel Farage or Michael Gove have led astray their fellow countrymen, when even their renowned public broadcaster performs such a shameful coverage of the referendum campaign: as Charles Grant put it, “BBC did the right thing giving centre stage and time to both parts equally, but they did not comply with their obligation to inform and educate. For fear of leading anybody to think they were in favour of the EU, they did the impossible not to behave in such a way that could be interpreted in that sense. When veteran journalists interviewed supporters of leaving outright lying, they did not question their comments. This was largely due to a general lack of knowledge on the EU of a significant part of many well-known BBC hosts and interviewers. The Leave campaign was directed by Dominic Cummings and Matthew Elliott, two highly-experienced political activists who knowingly said and printed misconceptions such as the weekly 350 million pounds from the United Kingdom to Brussels or the imminent accession of Turkey in the EU. They took advantage of the fact that, unlike in commercial advertising, there are no sanctions for false political information. They managed to make the campaign be seen as a battle of the people against the elites, and nobody seemed to care that Boris Johnson went to Eton and Oxford, Michael Gove to Oxford and Nigel Farage to Dulwich College. The remain campaign quoted the many experts who said that the United Kingdom would fare better inside the EU; however, every time they did all they achieved was reinforcing the argument of those in favour of leaving of their patronizing common folk. Hostility against elites has become a strong force, not only in Europe, but also in the USA.”


That is another possible reason which could explain why the oldest democracy in the World was deceived like this: the prevailing ignorance in the United Kingdom with regard to the meaning and the mechanisms of the European Union, as explained by Kathleen R. McNamara on Foreign Affairs: “Unfortunately, many British voters appear not to have known exactly what the EU is. The reality is that British political dynamics, more than the EU’s rules, have created the United Kingdom’s social and economic problems. Whereas other States within the EU have struggled with immigrants from Syria and Iraq, the United Kingdom has had a tiny number of asylum claims; and studies show that immigrants pay far more in taxes than they take out in benefits. Indeed, the areas with the most foreigners, regions already integrated into a new cosmopolitan world, voted overwhelmingly for staying in the EU.” French satirical weekly magazine Charlie Hebdo said the same thing their own way: “For years now, we’ve seen geniuses like Boris Johnson solemnly explaining that Brussels now regulated the permitted size of bananas,” and took the opportunity to open old wounds and look after number one: “When you look at the success of the frankly racist discourse of Trump in the US, you can’t help but think that the failure of the English-speaking world’s model for dealing with migration has not yet reached its lowest point. If the elite sometimes talk a lot of crap, the people aren’t that far behind them in the bullshit stakes: it was those same fabulous ‘people’ who burned books in 1930’s Berlin because the authors were Jews; at the end of the Second World War in France, who was it that publicly shaved the heads of those French women who had slept with German soldiers? Yup, that’s right, those wonderful ‘people’ again. This vote to quit Europe by the ‘people’ of Britain can go right on the shelf beside all those other manifestations of hatred and fear. Since they want to become once more foreigners to the rest of Europe, does that mean that we should block up the Channel Tunnel? Then when they want to visit the Continent, they’ll have to climb into inflatable rafts and paddle across the narrow sea; once at Calais, we’ll give them hot coffee and blankets, volunteers will take over, sort them and move them to reception centres for displaced (and unwanted) foreigners; that will make them feel right at home.”


John Carlin on El País was somewhat harsher on his fellow countrymen: “Hooligans show us a grotesque caricature of how more than half of their fellow countrymen interact with the rest of the World (in the specific case of the referendum, with disdain, mistrust, ignorance and an absurd imperial nostalgia plus a deplorable disrespect and lack of any sense of responsibility). Politicians who campaigned for Brexit did not hesitate to resort to the xenophobic tendencies lurking in the minds of hearts of English people since their childhood. For those who voted for Brexit, the cheap populism of Boris Johnson, Nigel Farage et al. had the same effect as beer for hooligans: it dumbed then down, emboldened them and brought out the worst of them. On the contrary, Scots are not indoctrinated with xenophobic sentiments from a young age; besides, as former Minister Michael Gove well knows, their state education system is far superior to the English one. Scots are richer than English in the mental capacities necessary to know the difference between false and real preachers. History will say that a bunch of fools decided the fate of the oldest parliamentary democracy in the world; a country defined throughout the 20th century by tolerance and common sense, now identifies itself before the world with mean insularity, ideological obfuscation and nationalist paranoia.”


These charges of xenophobia against the United Kingdom may be shocking for those who have not experienced their society, as Georgina Fernández Villanueva describes on La Voz de Asturias: “British society is not as tolerant as they try to portray. Kids are continuously calling each other ‘nigger’, ‘paki’ or ‘Polish vermin’, and the sentence ‘My father says that your father steals social assistance and that you came here to take our jobs and our subsidized housing; go back to your fucking country’ is fixed in their minds. The same goes for adults, with accusations such as ‘Your people are coming here to take our jobs, rape and steal.’ They conveniently forget that they don’t have enough native population to fill certain jobs: languages, health, education, engineering. Ironically, while many celebrate their own Independence Day in the hope of finding that job they had been denied due to the keen immigrant competition, those sectors ‘remain’ full of foreigners working 12-hour shifts for lack of skilled labour. A foreign self-employed worker pays 700 pounds in taxes per month, enough to pay the subsidies of nine unemployed British for one week, the same people who could be picking fruit, collecting garbage or working at McDonald’s but, of course, those jobs are already taken by the Poles.” She also details a bit more England’s education issues: “Michael Gove’s educational policy made school curriculums look like those for children with special education needs: Geometry and basic Calculus at the age of 15, and Social Sciences such as Economy, Philosophy, Ethics or basic notions of Politics are virtually missing; it’s as if they were trying to dumb people down. But the country has voted in line with the wishes of those predators of public services to the cry of “Turks are coming!” Or like Íñigo Domínguez’s on El País: “The result of the referendum in the UK, in favour of leaving the EU, has disabled some mechanism which inhibited expressions of racism; and when barbarity kicks off, you don’t know any more what’s going to happen. On Friday night in a Tesco grocery store in Gloucester, a man began shouting and started asking everybody in the queue if they were English: ‘this is England now, foreigners have 48 hours to f**k right off! Who is foreign here? Anyone foreign? Are you Spanish? Italian? Romanian?’ Tabloids, after sparking the worst instincts against immigration for years, lack the necessary objective criteria to publish these pieces of news.”

UK’s political climate has been dramatically poisoned after the referendum, and May’s Administration is mostly responsable for it. Home Secretary Amber Rudd tried to force companies to make lists of their non-British employees. Health Secretary stated that foreign health workers’ jobs were guaranteed only as long as there were not enough trained British workers to replace them. After the outcry, the Administration had to back up in both instances, but a breeze of xenophobia is looming the country.


Cristina García, as Patricia Ruiz reported on El Diario, experienced it personally: “‘My mother called me on the phone and we were chatting about how the day had gone for both of us.’ She wasn’t paying attention to traffic when a sudden brake led her to thinking they had had an accident, but it had been the bus driver. ‘He got out of the cabin to yell at me that, if I meant to keep talking my bloody language, I should go to the upper deck. There’s a climate of tension since then; I had never seen anything like this in the two years I have been living here in London’. The British police has reported a 57% increase of racist incidents during the four days following the Brexit victory announcement. They know they are related to the Brexit referendum because the attackers say things like ‘we voted for your to leave.’ Several Spanish and Turkish restaurants in London’s borough of Lewisham had their windows broken with stones, and the Hammersmith Polish Social and Cultural Association woke up with several xenophobic graffitis saying ‘no more Polish vermin, leave the EU.’ (?) In Hudington, with a large Polish community, several neighbours claim having received letters with racist threats. In the UK, racism has always been present beneath the surface, has gained momentum thanks to the political discourse of some parties during the campaign, and has felt legitimated after the Brexit victory. The only thing that has changed after the referendum is that people used to yell something and run away, whereas now they don’t seem to have any problem to approach and harass in public. Politicians should admit their role in the creation of an environment which may have fostered this kind of attitudes.”

Some even feel compeled to write anonymously: “The country has undoubtedly benefited from the international nature of this workforce. To compete internationally, UK’s universities have to be able to attract the best talent, wherever it is found. Success in the international rankings relies on their ability to do just that. If the UK votes to leave, it will become less attractive not only for EU nationals, but for the brightest and best across the world. Several US-born colleagues, for example, have told me that one of the reasons they settled in the UK was because the indefinite leave to remain here gave them access to the EU. We are being blamed for the state of public services such as health, housing and education, and for undercutting wages, even though the real culprits – chronic underinvestment, poor planning, ineffective governance and watered-down labour laws – are entirely homemade. I have been told: ‘It’s not about people like you, it’s the others.’ I am, apparently, a ‘useful’ foreigner. Therefore, who are the ‘others’ they are talking about? The Polish plumbers? The Lithuanian fruit pickers? The Spanish nurses? The Greek doctors? Or is it the benefit tourists, those mythical creatures that, like the Loch Ness monster, have never actually been spotted, but that surely must exist, given the amount of conversation about them?”


These charges of racism, xenophobia and bigotry do not come just from immigrants like Georgina and Cristina, or foreign journalists like Íñigo, but also from UK citizens like Aditya Chakrabortty, senior economics commentator for The Guardian: “In Huntingdon, Polish-origin schoolkids get cards calling them ‘vermin’ who must ‘leave the EU.’ (?) None of this is coincidental. It’s what happens when cabinet ministers, party leaders and prime-ministerial wannabes sprinkle arguments with racist poison; when intolerance is not only tolerated, but indulged and encouraged. In order to further their campaign and their careers, these professional politicians added bigotry to their armoury of political weapons. Over the past few months, the men who are now shaping Britain’s future outside the EU effectively ditched public decency, and decided it was OK to be racist.”


Also reporting for The Guardian, but on this occasion writing for Vice, Mark Wilding’s view is that “Something changed in Britain after the referendum, the country has witnessed what has seemed at times like an outpouring of hate. There have been anonymous letters sent in Tunbridge Wells, inviting recipients to ‘Fuck off back to Poland.’ A German woman had dog shit thrown at her front door and was told by her neighbours she’s no longer welcome here. A British Asian mother, walking her son to school in Greater Manchester, was physically assaulted by a man who asked her: ‘I voted for you to leave so what are you doing here?’ While it would be tempting to describe these as isolated incidents, the evidence is more than anecdotal. More than 3000 hate crimes were reported to the police in the week before and after the referendum, a 42% increase on the same period a year before. Mark Hamilton, head of the National Police Chiefs’ Council, described the rise as ‘probably the worst spike’ on record. He was in little doubt that the referendum was the reason. ‘Some people took that as a licence to behave in a racist or other discriminatory way,’ he told the Guardian. ‘We can not divorce the country’s reaction to the referendum and the increase in hate crime reporting. People felt emboldened and felt their racist views were now what more than half of the country also felt. I don’t think racism is a new concept by any means. However, people that are so inclined now think that half of the country agrees with them.’ A report examining the rise of racist and xenophobic behaviour in the wake of the referendum analysed 636 individual reports of hate crime found that in 51% of cases the perpetrators referred specifically to the referendum in their abuse. In one typical incident, a middle-aged white man entered a bar the day after the vote was held and told a young British Asian woman: ‘We’ve voted to leave Europe today but we should have voted to kick all you lot out. You’ll never be real British.’ It also seemed that some voters believed the referendum result had sent a message – that it was a protest against any kind of immigration. It was a view characterised by the Brexit voter who was photographed in Essex wearing a T-shirt emblazoned with the slogan: ‘Yes! We won! Now send them back.’ Our views on race and immigration are not formed in a vacuum. In 2012, current prime minister and then Home Secretary Theresa May outlined her aim to create ‘a really hostile environment for illegal immigration.’ A year later, the Home Office deployed six advertising vans displaying a message aimed at illegal immigrants: ‘Go home or face arrest.’ Liz Feteke, director of the Institute of Race Relations, said recently: ‘If a hostile environment is embedded politically, it can’t be a surprise that it takes root culturally.’ In her report, Priska Komoromi found that around a quarter of the incidents reported to the three social media campaigns involved abuse using the words ‘go home’ or ‘leave’. Carl Miller is research director of the Centre for the Analysis of Social Media at Demos and recently conducted an analysis of Twitter updates sent over the referendum period. He found that discussion of immigration on the platform peaked around the date of the vote. So did the number of xenophobic attitudes being expressed. Between 19 June and 1 July, Miller found 16 151 tweets containing terms linked to xenophobia or anti-immigrant attitudes. The highest concentration of these updates occurred on the referendum date itself. As highlighted by the PostRefRacism campaign, Twitter was also used by victims of abuse to share their experiences. Between 25 and 29 June, Miller found 2413 reports of hate crime on the platform. It’s widely assumed that the true number of incidents is much higher than those which are reported. The conditions which can spark an outpouring of hate emerge suddenly. Attitudes take much longer to change.”


Also from The Guardian, Matthew Weaver provides similar figures: “In the 38 days after the referendum there were more than 2300 recorded race-hate offences in London, compared with 1400 in the 38 days before the vote.”

As things go, as Helen Pidd recounted on The Guardian, “Not even speaking English will protect you against bigotry. Overt racism is not a thing of the past, and airing racist views in public is socially acceptable. For foreigners, being abused in the street, being called ‘fucking black’, ‘black dog’, ‘dirty doggy’, being told to ‘go home’, having their door painted red as some kind of preparation for Kristallnacht revisited, having their windows egged and broken, being afraid to open them for fear of people pouring rubbish, is just part of British life, like excessive apologising and eating roast meat on a Sunday.”


This campaign against immigration by tabloid press increased racist incidents and made many people feel unsafe, to the point of avoiding speaking their own language on the street, as Silvia González López recounted on El País.

On El País, Segismundo Álvarez Royo-Villanova explained those xenophobic outbreaks in psychological terms: “We human beings are still making decisions based on mechanisms developed in primitive societies, when belonging to a group was the only guarantee of security and survival; that’s the reason why it’s so easy to reawaken at any time fear of others, group selfishness, ethnocentric and exclusionary nationalism. Primitive thinking works from the financial point of view, too: societies with limited resources and non-developing technology are under a zero-sum system, that is, what the group or individual earn is what my tribe or myself are losing. In an open market economy like today’s, exchange and innovation allow everybody to profit, therefore the entry of new workers can be beneficial in general, so the enrichment of some does not entail the impoverishment of the rest. Unfortunately, an intellectual effort is necessary to understand that, while pointing an accusing finger at an outside culprit immediately echoes deep inside us; that’s why the ‘them’ (rich folks, foreigners, the EU) versus ‘us’ (the people, the Spaniards, the real British) political rhetoric is so successful; that’s why immigration, an important problem along with many others (demography, education, improving institutions) becomes the heart of many campaigns. We can’t fight against those who hold unreasonable positions by trying to bridging the gap with them (just like BBC did), because that battlefield is always favourable to the most radical ones or those who are more artful with propaganda, not to the ones with the best reasons. All this applies not only to politicians, but also to the citizens, who are the main figures in politics and elections at the end of the day; if we are not willing to get involved in opinion-forming, civic movements, reporting corruption, or even directly in political parties, we will allow to rule over us tomorrow those we consider clowns today.”


As an example of how easy it is to manipulate voters, we can take a look at Ipsos Mori’s survey of public opinion. Citizens from 25 countries were asked which matters they were most worried about. The results showed that Britons are most worried about immigration (42%). And not only that: among the 25 countries included in the study, pushing worry about this issue is higher in Britain than in other countries like Germany, Sweden or even Turkey, which are more directly affected by the refugee crisis resulting from the civil conflict in Syria.

However, those xenophobic outbreaks are not at all surprising when those who harbor such feelings of hatred see them legitimated by the messages of their leaders. When, as Gonzalo Fanjul illustrated on El País, “Theresa May’s (the new UK Prime Minister) arguments are similar to Nigel Farage’s and Marine Le Pen’s openly xenophobic rhetoric, in view of her not so subtle campaign against illegal immigrants (“Go home or face arrest”). As Michael Ignatieff put it in a recent interview in The New York Times, ‘We’re seeing an ideological split between cosmopolitan elites, who see immigration as a common good based in universal rights, and voters, who see it as a gift conferred on certain outsiders deemed worthy of joining the community’. The concept that an established community (United Kingdom, Spain, Europe, Catalonia) is entitled to decide upon the access and the residence of those ‘outsiders’ in their territory may seem an obvious remark, but it is not. Inasmuch as restricted mobility determines the right of others to progress, education, health or simply personal protection (considered universal rights), we run into a conflict between both parties which cannot be settled just by saying ‘we were here first’. Accepting that would mean waiving the foundations that put an end to slavery or guaranteed women’s suffrage, since we cannot grant to a passport those rights we have denied to race or gender.”