miércoles, 29 de marzo de 2017

lunes, 13 de marzo de 2017

¡Maldito seas, John Boyne!


Cuando voy de viaje suelo llevar más libros de los que voy a tener tiempo de leer, más el lector electrónico bien cargadito por si las moscas, y a todo eso se puede sumar algún otro título si durante mi periplo tengo la oportunidad de visitar alguna librería (categoría en la cual no incluyo los kioskos de los aeropuertos). Pero en un vuelo Dallas-Madrid me di cuenta de que había sido algo negligente al preparar esa parte del equipaje. Antes de embarcar ya me había terminado mi penúltimo cartucho (Libra, de Don DeLillo, muy oportuno tras visitar el Museo del Sexto Piso en la Plaza Dealey y demás lugares relacionados con el asesinato de JFK, y cuya lectura recomiendo encarecidamente), y el último era una edición de unas doscientas páginas con una tipografía desproporcionada de El niño con el pijama de rayas, de John Boyne.


Normalmente no me importan los tan odiados destripes; para mí lo más importante no es saber cómo acaba un relato, sino la manera en la que el autor me lleva por ese relato, y siempre me han hecho “gracia” (por utilizar un eufemismo) quienes se rasgan las vestiduras por enterarse antes de tiempo, por ejemplo, de que Pablo Escobar muere en la última temporada de Narcos. En el caso de El niño con el pijama de rayas, la propia portada ya nos da una pista de por dónde van a ir los tiros, pero por si eso no fuera suficiente, el editor tiene a bien dar aún más detalles en la contraportada:
«Estimado lector, estimada lectora [sic]: Aunque el uso habitual de un texto como éste es describir las características de la obra, por una vez nos tomaremos la libertad de hacer una excepción a la norma establecida. No sólo porque el libro que tienes en tus manos es muy difícil de definir, sino porque estamos convencidos de que explicar su contenido estropearía la experiencia de la lectura. Creemos que es importante empezar esta novela sin saber de qué trata. No obstante, si decides embarcarte en la aventura, debes saber que acompañarás a Bruno, un niño de nueve años, cuando se muda con su familia a una casa junto a una cerca. Cercas como ésa existen en muchos sitios del mundo, sólo deseamos que no te encuentres nunca con una. Por último, cabe aclarar que este libro no es sólo para adultos; también lo pueden leer, y sería recomendable que lo hicieran, niños a partir de los trece años de edad».
Bueno, pues ya sabemos que trata sobre un niño con un “pijama” de rayas, que esas rayas son de un color que ya hemos visto en muchas películas y fotografías, que hay una cerca y que nos desean que nunca nos encontremos con una similar. Aunque «es importante empezar esta novela sin saber de qué trata», no hay que atar muchos cabos para destriparnos a nosotros mismos tanto el nudo como el desenlace de esta trama. Tantos esfuerzos por dar un halo de misterio a una historia que aparentemente no iba a tener ninguno me daban muy mala espina, pero en la solapa se nos asegura que el libro ha tenido un «éxito unánime en todos los países donde se ha publicado (se traducirá a 22 idiomas)» y que «en Irlanda se mantuvo en el número 1 de la lista de libros más vendidos durante 35 semanas» para proseguir con una prolija enumeración de los premios que ha recibido la obra. Lamentablemente, tanto las listas de superventas (ahora mismo copadas en España por las últimas obras maestras de Carlos Ruiz Zafón y Federico “candado” Moccia) como la mayoría de los premios (que en la mayoría de los casos no dejan de ser un onanista acto publicitario de cada casa editorial) no suelen ser indicativos de la calidad de una obra. No obstante, mis otras opciones se reducían a la oferta audiovisual del vuelo (Superagente 86, Up in the air…) o a pedir prestado algún libro a otro pasajero, propuesta que nunca sabes cómo se va a recibir. Por otra parte, a mi alrededor no abundaban precisamente los David Foster Wallace o Jonathan Franzen, sino que más bien era territorio best-seller, incluso con un par de camaradas “pijamiles” que levantaban el pulgar al reconocerme como su correligionario.
No hace falta pasar muchas páginas para predecir el postrero intercambio de vestuario entre un lado y otro de la cerca y sus funestas consecuencias, algo que no me importaría si, como digo más arriba, el proceso estuviera bien detallado, pero la prosa es plana, reiterativa hasta el hartazgo y muy pobre, por no decir zafia. La descripción de los personajes es tan insulsa y maniquea que resulta hasta insultante para el lector la manera en la que nos presentan, por ejemplo, a los jerifaltes del III Reich (casi puedo ver al autor guiñándome el ojo desde la solapa cada vez que van desfilando por el texto, en la mayoría de ocasiones de manera forzada y sin aportar nada al argumento en sí, salvo el morbo de que aparezca un “famoso”). En el caso del protagonista es aún peor si cabe: el autor intenta aprovecharse del truco de simular la perspectiva infantil para aumentar el patetismo del contexto histórico, pero lo que consigue es dar la sensación de estar trivializando el holocausto (quizás al autor no le pareció lo suficientemente trágico y se vio obligado a inventarse esta farsa); además, la actitud del tal Bruno es tan incoherente que llega a hacer dudar al lector de si se trata de dos personajes diferentes, ya que en ocasiones su ingenuidad y forma de hablar son más propias de un niño de cuatro años que de uno de nueve: tanto exagera el autor su candidez que al final no sabemos si es inocente o tonto a secas.
Quizás podría resultar interesante y sorpresivo si, como reza la contraportada, lo leyera un niño de trece años de edad, pero únicamente a condición de que no hubiera leído ni visto nada sobre la II Guerra Mundial. Irónicamente, ese puede ser exactamente el caso de John Boyne, ya que el propio niño del pijama de rayas constituye una auténtica paradoja, puesto que (entre otras contradicciones e imprecisiones históricas) no había chicos de nueve años dentro de Auschwitz, ya que los nazis enviaban directamente a las cámaras de gas a quienes no tenían la edad suficiente para trabajar.
Cuando termino el libro poco después (si alguna virtud tiene es su brevedad, que permite despacharlo en un par de horas y deshacerse de la vergonzante prueba del delito con facilidad, sin ser visto ni tener que dar explicaciones), me entran ganas de levantarme y aporrear con el libro la bandeja o el cabecero de la butaca al grito de «¡Maldito seas, John Boyne!», cual Cayetana Álvarez de Toledo víctima de las cabalgatas de Reyes “carmenianas”, pero no quiero pasar el resto del vuelo detenido ni sedado, aunque estoy seguro de que la mayoría del pasaje apoyaría mi alegato (pensándolo bien, podría haber empezado por ahí y en ese momento estaría plácidamente dormido).


Mira que me suelen gustar las ucronías, distopías y demás juegos y licencias de la novela histórica, pero esta maravilla de la mercadotecnia (por no decir “del timo”) no le llega ni a la altura del zapato a ningún libro de El Barco de Vapor o colecciones similares. Absurda, exasperantemente superficial y edulcorada, vacía de contenido, profundamente aburrida, efectista, carente de originalidad, mal narrada y culminada con una moraleja más propia de un culebrón de baja estofa. No he visto la película ni tengo intenciones de hacerlo, pero me parece increíble que haya gente que compare esta historia con La vida es bella, de Roberto Benigni; prefiero a quienes se limitan a clamar en los foros de internet que la “aman” o la “adoran”, sin buscarle innecesarios parangones. También hay quien equipara el libro con el Diario de Ana Frank o con El principito, de Antoine de Saint-Exupéry, pero en ese caso es evidente que ni siquiera los han leído.