viernes, 1 de agosto de 2014

Capitalistas y otros psicópatas



Existe un debate recurrente sobre los ricos en este país: quiénes son, qué papel representan en la sociedad, si son buenos o malos. Veamos los hechos. En el año 2010 un estudio llegó a la conclusión de que el 4 % de una muestra de gerentes de grandes empresas se encontraba en el umbral de ser considerado clínicamente un psicópata, en comparación con el 1 % de la población en general. (No obstante, como han señalado los autores del estudio, la muestra no era representativa). Otro estudio concluyó que los ricos son más propensos a mentir, engañar y quebrantar las leyes.


Lo único que me desconcierta sobre estas afirmaciones es que alguien las encuentre sorprendentes. Wall Street es la quintaesencia del capitalismo, y el capitalismo se basa en un comportamiento inmoral. Esto ni siquiera es noticia. Casi tres siglos atrás, el escritor inglés Bernard Mandeville ya lo afirmaba en un poema satírico y al mismo tiempo tratado filosófico titulado “La fábula de las abejas”.


“Vicios privados, beneficios públicos”, rezaba el subtítulo del libro. Un Maquiavelo de la esfera económica —un hombre que nos mostró tal como somos, no como nos gusta pensar que somos—, Mandeville argumenta que la sociedad mercantil crea prosperidad aprovechando nuestros impulsos naturales: fraude, lujo y orgullo. Por «orgullo», Mandeville entiende vanidad; con «lujo» se refiere al deseo de satisfacción sensual. Como sabe cualquier publicista, eso es lo que genera demanda. Por el lado de la oferta, como decíamos más arriba, estaba el fraude: All Trades and Places knew some Cheat, / No Calling was without Deceit («ni casa ni comercio son ajenos a la estafa, / Ninguna profesión se ejerce sin mentir»).


En otras palabras, Enron, BP, Goldman, Philip Morris, G. E., Merck, etc. Fraudes contables, evasiones de impuestos, vertidos tóxicos, violaciones en la seguridad de los productos, manipulación fraudulenta de licitaciones, sobrecargos, perjurio. El escándalo de los sobornos en Walmart, la piratería informática en News Corp. Basta con leer la prensa financiera cualquier día de la semana. Joder a sus trabajadores, perjudicar a sus clientes, arrasar las tierras. Y que el ciudadano pague la factura. Esto no son anomalías; así es como funciona el sistema: salirse con la suya pase lo que pase y eludir responsabilidades cuando les pillan.


Siempre me ha hecho gracia el concepto de «escuela de negocios». ¿Qué tipo de cursos ofrecen? ¿Robar a viudas y a huérfanos? ¿Machacar a los pobres? ¿Salirse con la suya a toda costa? ¿Vivir de la sopa boba? Hace unos años se estrenó un documental llamado “La corporación” que jugaba con la premisa de que las corporaciones son personas para después preguntarse qué clase de gente son. La respuesta era, precisamente, «psicópatas»: indiferentes a los demás, incapaces de sentir culpabilidad, dedicados exclusivamente a sus propios intereses.


Por supuesto que hay corporaciones y empresarios éticos, pero la ética en el capitalismo es puramente opcional y superflua. Contar con la moralidad del libre mercado equivale a equivocarse en los términos. Los valores capitalistas son la antítesis de los cristianos, y la razón por la cual los cristianos más prominentes de nuestra sociedad son también a menudo los más beligerantes partidarios del liberalismo desenfrenado es una cuestión que dejo para sus propias conciencias. Los valores capitalistas son también la antítesis de los democráticos. Como la ética cristiana, los principios del gobierno republicano nos obligan a tener en cuenta los intereses de los demás. El capitalismo, que conlleva la búsqueda exclusiva del beneficio, quiere hacernos creer que cada uno debe apañárselas por sí mismo.


Últimamente se habla mucho de los «creadores de empleo», una frase engendrada por Frank Luntz, el gurú de la propaganda conservadora, siguiendo el espíritu de Ayn Rand. En otras palabras, los ricos merecen nuestra gratitud, así como todas sus posesiones, y todo lo demás no es sino envidia.


Sin embargo, si los empresarios son creadores de empleo, los trabajadores son creadores de riqueza. Los empresarios usan esa riqueza para crear empleos para los trabajadores. Los trabajadores usan la mano de obra para crear riqueza para los empresarios —los excedentes de producción— más allá de los salarios y otras remuneraciones, que se destina al reparto de beneficios. Si bien ninguna de las partes tiene como objetivo beneficiar a la otra, el resultado es exactamente ese.


Además, empresarios y ricos son categorías diferentes que sólo se solapan parcialmente. La mayoría de los ricos no son empresarios, sino ejecutivos de corporaciones ya consolidadas, gestores institucionales de otra clase, los médicos y abogados más acaudalados, los artistas y deportistas con más éxito, meros herederos de alguna fortuna o, por supuesto, gente que trabaja en Wall Street.


Y lo que es más importante: ni los empresarios ni los ricos tienen el monopolio de los cerebros, el sudor o el riesgo. Hay científicos —y artistas y eruditos— que son tan inteligentes como cualquier empresario, con la única diferencia de que les motivan otro tipo de recompensas. Una madre soltera capaz de trabajar y de formarse trabaja tanto como cualquier gestor de fondos de capital-riesgo. Una persona que firma una hipoteca —o un préstamo, o que se queda embarazada— con el aval de un puesto de trabajo que sabe que puede perder en cualquier momento (gracias, tal vez, a uno de esos «creadores de empleo») asume tanto riesgo como un emprendedor que monta su propia empresa.


Los grandes asuntos de política dependen de estas percepciones: qué vamos a gravar y cuánto; cuánto vamos a gastar y en qué o quiénes. Aunque el término «creador de empleo» pueda ser algo nuevo, la adulación que expresa —y el desprecio que tan claramente desprende— no lo son. «Se insta a los estadounidenses pobres a odiarse a sí mismos,» escribió Kurt Vonnegut en “Matadero Cinco”. Y por eso «se mofan de sí mismos y glorifican a sus superiores.» La mentira más destructiva, añadió, «es que ganar dinero es muy fácil para cualquier estadounidense.» La mentira continúa. Los pobres son vagos, estúpidos y malos. Los ricos son brillantes, valientes y buenos, y nos colman con su beneficencia.


Mandeville creía en la teoría de que la búsqueda individual del interés propio podría redundar en beneficio del público pero, a diferencia de Adam Smith, no creía que esto sucediera por sí mismo. La «mano» de Smith era «invisible» —el funcionamiento automático del mercado—. Mientras que la de Mandeville implicaba «la diestra gestión del político hábil» —en términos modernos, legislación, regulación y fiscalidad—. O, como él lo escribió en verso, Vice is beneficial found, / When it’s by Justice lopt, and bound («El vicio puede encontrarse beneficioso, / Siempre que vaya ungido por las riendas de la Justicia.»)