lunes, 17 de diciembre de 2012

Hiroshima: matanza innecesaria, terror útil (William Blum)


Mientras Japón intentaba rendirse desesperadamente, los EE. UU., sabiendo que se podría poner fin a la guerra sin una invasión terrestre, lanzaron dos bombas atómicas: fue el pistoletazo de salida de la Guerra Fría.


¿Ganar la II Guerra Mundial y la Guerra Fría implica no tener que disculparse nunca? Los alemanes se disculparon con los judíos y con los polacos. Los japoneses se disculparon con los chinos y con los coreanos, además de con los Estados Unidos por no lograr establecer relaciones diplomáticas antes de atacar Pearl Harbor. Los rusos se disculparon con los polacos por las atrocidades cometidas contra la población civil, así como con los japoneses por los abusos contra los prisioneros. Incluso el Partido Comunista soviético se disculpó por sus errores en política exterior, que aumentaron la tensión con Occidente.


¿Hay alguna razón para que los EE. UU. pidan disculpas a Japón por pulverizar Hiroshima y Nagasaki? Ambos lados opuestos de esta cuestión se alinean en formación de combate cada aniversario de los lanzamientos de las bombas atómicas, que tuvieron lugar el 6 y 9 de agosto de 1945. La exhibición del Enola Gay en el Instituto Smithsonian con motivo del quincuagésimo aniversario generó en su día una cruda controversia que consiguió enfurecer a los veteranos de los EE. UU., quienes condenaron que se hiciera hincapié sobre las horrorosas muertes causadas por la bomba y sobre los persistentes efectos secundarios de la radiación, y se sintieron ofendidos por la descripción de los civiles japoneses como víctimas inocentes. Un grupo de las fuerzas aéreas afirmó que los veteranos se habían sentido atacados.


La controversia también se vio reavivada en Japón. Los alcaldes de las dos ciudades japonesas en cuestión denunciaron las grandes diferencias entre los puntos de vista de ambos países. Hitoshi Motoshima, alcalde de Nagasaki, superando el rechazo a ofender propio de su Cultura, se refirió a los bombardeos como uno de los dos grandes crímenes contra humanidad del siglo XX junto con el Holocausto.


Los defensores de la operación estadounidense argumentan que en realidad la bomba salvó vidas: en su opinión, hizo que la guerra terminara antes y evitó la necesidad de una invasión por tierra. Sin embargo, las estimaciones de un hipotético número de bajas, que oscilan entre 20.000 y 1,2 millones, se deben más a los programas políticos que a extrapolaciones objetivas.


En cualquier caso, definir la cuestión como una elección entre la bomba atómica y una invasión por tierra es una dicotomía irrelevante y totalmente falsa. Para el año 1945, toda la maquinaria militar e industrial de Japón se estaba paralizando al agotarse por completo los recursos necesarios para hacer la guerra. La armada y la fuerza aérea habían quedado destruidas barco por barco, avión por avión, sin posibilidad de reemplazo. En la primavera de 1945, cuando se cortó el suministro de petróleo a la isla, la guerra había terminado. Para el mes de junio, el general Curtis LeMay, encargado de los ataques aéreos, se quejaba de que, tras meses de terribles bombardeos, en las ciudades japonesas no quedaba ningún objetivo para sus bombarderos salvo por los cubos de la basura. Para el mes de julio, los aviones estadounidenses podían volar sobre Japón sin resistencia alguna y bombardear todo lo que quisieran durante el tiempo que desearan. Japón ya no podía defenderse.


PROPUESTAS RECHAZADAS.
Después de la guerra, el mundo se enteró de lo que los dirigentes estadounidenses ya sabían a comienzos de 1945: Japón había sido derrotado militarmente mucho antes de Hiroshima; llevaba meses, si no años, intentando rendirse; y los EE. UU. habían rechazado sistemáticamente sus propuestas. Un telegrama del 5 de mayo, interceptado y descifrado por los EE. UU., disipó cualquier posible duda de que los japoneses estaban deseosos de firmar la paz. Enviado a Berlín por el embajador alemán en Tokio, después de hablar con un oficial de grado superior de la armada japonesa, decía lo siguiente: «Dado que es evidente que la situación es desesperada, hay grandes sectores de las fuerzas armadas japonesas que no verían con malos ojos una solicitud de rendición por parte de los EE. UU., incluso si las condiciones fueran penosas.»


Que se sepa, Washington no hizo nada para aprovechar esta oportunidad. Posteriormente en ese mismo mes, el Ministro de Defensa Henry L. Stimson, de manera caprichosa, desechó tres recomendaciones diferentes para activar las negociaciones de paz, todas ellas de alto nivel y desde dentro de la Administración. Las propuestas abogaban por indicar a Japón que los EE. UU. estaban dispuestos a considerar la indispensable permanencia del sistema imperial, es decir, que no insistirían en una rendición incondicional.


A Stimson, como a otros altos dirigentes de los EE. UU., en principio realmente no le importaba si se mantenía o no al emperador. El término «rendición incondicional» fue siempre una medida propagandística: las guerras siempre terminan con algún tipo de condición. Hasta cierto punto, la insistencia era un factor interno con el objeto de que no pareciera que se apaciguaba a los japoneses. Sin embargo, lo más importante es que reflejó el deseo de que los japoneses no se rindieran antes de que la bomba pudiera ser utilizada. Stimson, una de las pocas personas que habían estado al tanto del proyecto Manhattan desde el principio, había llegado a considerarla su bomba, «mi secreto», tal como la llamaba en su diario. El 6 de junio, confesó al presidente Truman sus temores de que las fuerzas armadas pudieran haber dañado Japón tan seriamente antes de que las bombas atómicas estuvieran listas para lanzarse, que la nueva arma no tendría el escenario correcto para demostrar su fuerza. En sus últimos recuerdos, Stimson reconoció que no se hizo esfuerzo alguno para conseguir la rendición y no tener que utilizar la bomba; ni siquiera llegó a considerarse seriamente.


Un esfuerzo que habría sido muy pequeño. En julio, antes de que los dirigentes de los EE. UU., Gran Bretaña y la Unión Soviética se reunieran en Potsdam, el gobierno japonés envió varios mensajes de radio a su embajador en Moscú, Naotake Sato, pidiéndole que solicitara la ayuda soviética en la mediación de un acuerdo de paz. «Su majestad está deseosa de poner fin a la guerra tan pronto como sea posible», rezaba uno de los comunicados. Sin embargo, en caso de que los Estados Unidos y Gran Bretaña insistieran en la rendición incondicional, Japón se vería obligado a luchar hasta el final.


El 25 de julio, durante la reunión de Potsdam, Japón dio instrucciones a Sato para que siguiera reuniéndose con el Ministro ruso de Asuntos Exteriores, Molotov, con el objetivo de impresionar a los rusos con la sinceridad de su deseo de poner fin a la guerra y de hacerles entender que estaban intentando terminar con las hostilidades pidiendo unos términos muy razonables con el objetivo de asegurar y mantener su existencia y su honor nacionales (una referencia al mantenimiento del emperador).


Al haber descifrado el código de los japoneses años antes, en Washington no tuvieron que esperar a ser informados por los soviéticos sobre estas propuestas de paz: lo supieron de inmediato y no hicieron nada. De hecho, los archivos nacionales en Washington contienen documentos del gobierno de los EE. UU. que detallan similares propuestas de paz fallidas ya en el año 1943.


De ese modo, el presidente Truman y su intransigente Ministro de Asuntos Exteriores, James Byrnes, incluyeron el término «rendición incondicional» en la Declaración de Potsdam del 26 de julio con pleno conocimiento de que Japón estaba intentando desesperadamente poner fin a la guerra. En cualquier caso, esta última advertencia, así como la expresión de los términos de la rendición de Japón, no eran sino una farsa. El día antes de su publicación, Harry Truman ya había aprobado la orden de lanzar una bomba atómica de 15 kilotones sobre la ciudad de Hiroshima.


BOMBARDEO POLÍTICO.
A muchos oficiales del ejército de los EE. UU. no les entusiasmaba en absoluto la exigencia de rendición incondicional bajo la amenaza de utilizar la bomba atómica. Mientras se celebraba la Conferencia de Potsdam, el general Hap Arnold declaró que la guerra podría acabarse con el empleo de bombardeos convencionales. El almirante Ernest King opinaba que simplemente con un bloqueo naval se privaría de comida a los japoneses hasta su rendición. El general Douglas MacArthur, convencido que mantener al emperador era vital para conseguir una transición ordenada a la paz, estaba horrorizado con la exigencia de rendición incondicional. El almirante William Leahy estaba de acuerdo. Sostenía que la negativa a mantener al emperador provocaría la desesperación en los japoneses, con lo que aumentaría la lista de heridos. Y añadió que Japón, prácticamente derrotado, seguramente dejaría las armas si se abandonara la exigencia de una rendición incondicional. Al quedarse sin una explicación militar plausible que justificara el uso de la bomba, Leahy se apoyó en la creencia de que la decisión era claramente política, alcanzada tal vez debido a las enormes sumas que se habían estado gastado en el proyecto. Por último, tenemos al general Dwight Eisenhower y su relato de una conversación con Stimson, durante la cual le dijo lo siguiente al Ministro de Defensa:


«Japón ya ha sido derrotado, y lanzar la bomba es completamente innecesario. Nuestro país debe evitar escandalizar a la opinión pública mundial mediante la utilización de un arma cuyo uso, en mi opinión, ya no es una medida forzosa para salvar vidas estadounidenses. Es mi firme creencia que Japón, en este mismo momento, busca alguna manera de rendirse con un mínimo de dignidad. Mi actitud preocupó sobremanera al Ministro, quien rebatió airadamente las razones que aporté para apoyar mis conclusiones.»


DIPLOMÁTICOS DE GATILLO FÁCIL.
Si, como parece evidente, la política de los EE. UU. en 1945 no estaba basada ni en la búsqueda de la paz más pronta posible ni en el deseo de evitar una invasión por tierra, habrá que buscar por otro lado la explicación del lanzamiento de las bombas atómicas.


Se ha venido afirmando que el lanzamiento de las bombas atómicas no fue tanto el último acto de guerra de la Segunda Guerra Mundial como el primero de la Guerra Fría. Aunque Japón fue el objetivo, las armas apuntaban directamente al corazón rojo de la URSS. Durante tres cuartos de siglo, el factor decisivo de la política exterior de los EE. UU., prácticamente su requisito imprescindible, fue el elemento comunista. La Segunda Guerra Mundial y la alianza en el campo de batalla con la URSS no trajeron consigo un cambio ideológico en los anticomunistas que poseían y dirigían los EE. UU. Simplemente proporcionó un breve respiro en una lucha que había comenzado con la invasión de la Unión Soviética por parte de los EE. UU. en 1918. No es de extrañar entonces que, 25 años más tarde, mientras los soviéticos sufrían mayores bajas que cualquier otra nación en la II Guerra Mundial, los EE. UU. les ocultaran sistemáticamente el proyecto de la bomba atómica, al mismo tiempo que compartían información con los británicos.


Según Leo Szilard, científico del proyecto Manhattan, el Ministro de Asuntos Exteriores Byrnes había dicho que la mayor ventaja de la bomba no era su efecto sobre Japón, sino su facultad para hacer a Rusia más dócil en Europa.


Los EE. UU. planeaban con anticipación. Después de una reunión en mayo de 1945, un diplomático venezolano informó a su gobierno que el Secretario de Estado de Asuntos Exteriores Nelson Rockefeller les había comunicado la ansiedad que la actitud rusa provocaba al gobierno de los EE. UU. Los funcionarios de los EE. UU. comenzaban a hablar del comunismo de la misma manera en la que anteriormente habían hablado del nazismo, y estaban invocando la solidaridad continental y la defensa hemisférica contra aquel, dijo.


Churchill, que se había enterado sobre el arma antes que Truman, aplaudía y compartía su utilización: «Nos encontramos con un final expeditivo para la Segunda Guerra Mundial,» dijo sobre la bomba, «y puede que también para muchas otras cosas», agregó pensando en los avances rusos hacia Europa. «Ahora tenemos algo en nuestras manos que podría restablecer el equilibrio con los rusos».


En referencia a las consecuencias inmediatas de Nagasaki, Stimson escribió: «En el Ministerio de Asuntos Exteriores se desarrolló una tendencia a pensar en la bomba como un arma diplomática. Indignados por las constantes evidencias de las traiciones por parte de Rusia, algunos de los hombres a cargo de la política exterior estaban ansiosos por mantener la bomba durante un tiempo como su as en la manga. Los estadistas estadounidenses estaban deseosos de que su país intimidara a los rusos con la bomba que guardábamos de manera bastante ostentosa en nuestro regazo.»


Por supuesto, esta política, que llegó a ser conocida como «diplomacia atómica», no se desarrolló por completo el día después de Nagasaki. Las bombas tuvieron un efecto psicológico sobre Stalin por partida doble, tal como apunta el historiador Charles L. Mee, Jr. Los estadounidenses no solo habían utilizado una máquina apocalíptica, sino que lo habían hecho, tal como Stalin era conocedor, cuando ya no era necesario militarmente. Indudablemente, fue este último y escalofriante hecho el que causó una mayor impresión en los rusos.


LA MATANZA DE NAGASAKI.
Una vez que el Enola Gay hubo lanzado su carga sobre Hiroshima, el sentido común y la decencia, de haber sido tenidos en cuenta en este caso, habrían dictado una pausa lo suficientemente larga como para permitir que los dirigentes japoneses viajaran a la ciudad, confirmaran la magnitud de la destrucción y respondieran, todo ello antes de que los EE. UU. lanzaran una segunda bomba. A las 11 de la mañana del 9 de agosto, el primer ministro Kintaro Suzuki se dirigió al gabinete japonés: «Dadas las circunstancias, he decidido que nuestra única alternativa es aceptar la proclamación de Potsdam y poner fin a la guerra.»


Unos instantes más tarde, la segunda bomba caía en Nagasaki. Varios cientos de miles de civiles japoneses murieron en los dos ataques; muchos más sufrieron terribles lesiones y daños genéticos permanentes. Tras la guerra, su majestad el emperador seguía sentado en su trono, lo cual no suponía absolutamente ningún problema para los caballeros que dirigían los Estados Unidos. Nunca lo había sido.