martes, 22 de noviembre de 2011

Sin batería

Reproduzco aquí (ya que XL Semanal no considera esta parte de su revista lo suficientemente importante como para publicarla por Internet) la estupenda carta de D. Héctor Más Cazorla, del 9 de octubre de 2011, sobre los absurdos comportamientos que estamos adquiriendo merced a las nuevas tecnologías. 


Me quedé de pronto sin batería en mi smartphone y sentí un vagamente recordado pero extraño cosquilleo en mi cabeza. Sí. ¡Estaba pensando! Y recordé que ya no hablamos, ahora whatsappeamos. Ya no vemos fotos con los amigos, ahora las subimos a Facebook. Ya no estudiamos inglés, lo aprendemos en mil palabras. Ya no hacemos el amor, procreamos. Ya no vemos la televisión en familia, devoramos series on-line en nuestro cuarto. Ya no comemos, nos alimentamos. Ya no investigamos para nuestros proyectos, copiamos y pegamos. La fugacidad inmediata de todo cuando hacemos nos mantiene ocupados permanentemente y no nos permite reflexionar. Entonces, ¿cómo se nos ocurre pedirles a los que mandan que no miren por el (su) bien inmediato, por las próximas elecciones, por el siguiente sondeo, en lugar de pedirles que piensen en el largo plazo? La sociedad se está quedando sin batería. A fin de cuentas, quizá no sea tan mala noticia (porque empezará a pensar).

También “copio y pego” una interesante columna de Elvira Lindo que viene a cuento, titulada “No me quieras tanto”. 

 

De un tiempo a esta parte quedo con personas que, en realidad, no tienen un gran interés en charlar conmigo. Esto podría minar mi autoestima pero una suerte de optimismo insensato me lleva a pensar que amar y no hacer ni puto caso pueden ser compatibles. Yo sé que esas personas que no muestran mucho interés en hablar conmigo me quieren. Si no fuera así, entendámonos, no quedaría con ellas. Esas personas me escriben mensajes rebosantes de cariño: por e-mail, por sms, por Whatsapp, por Facebook, por activa y por pasiva. Y en esos mensajes hay frases tan apasionadas que parecen extraídas de un bolero. Son frases que antes en España no se decían pero que, ahora, gracias a la revitalización del género epistolar propiciado por las nuevas tecnologías, están en auge. Esas personas me dicen que me adoran. Que me adoran y que cuentan los días para verme. Que cuentan los días y que me quieren. Que me quieren y que nos va a faltar tiempo en una cena para contarme todo lo que me tienen que contar. Que nos va a faltar tiempo y que están deseando conocer mi opinión. Que desean conocer mi opinión y que nadie como yo para compartir este y otro secreto. ¿Y por qué? Porque soy adorable. Eso me dicen. El mundo de la tecnología ha bolerizado el género epistolar. Ha generalizado el lenguaje de las postales románticas y ahora lo que toca es escribirse con palabras de novios antiguos de los años cuarenta. Y, aunque yo soy de esa generación en la que si tus padres te decían “te quiero” es porque o se iban a morir ellos o te ibas a morir tú, tengo el corazón débil y, cuando una persona me pide una cita con palabras tan melosas, soy incapaz de no creerme un poco la pasión que sienten hacia mí. Esas personas son las que te reciben con los brazos abiertos en un restaurante, te dan un beso apretado y unen sus pechos sin pudor contra tus pechos, por no hablar de otras partes que también entran en contacto, en estos abrazos actuales; sean hombres o mujeres los que intervengan en ellos. Esas personas son las que acto seguido de desdoblar la servilleta y ponerla sobre sus piernas, sacan el móvil del bolso o de la chaqueta y lo colocan al lado del plato. Esas personas de las que hablo, las mismas que me adoran por escrito, suelen tener un iPhone o una Blackberry, a través de los cuales me escriben a mí esos deliciosos mensajes. El problema es que mientras están conmigo no renuncian a comunicarse con terceras personas. Con un ojo me miran a mí, que estoy situada a la izquierda, por ejemplo, y por el rabillo del otro, miran a su querido aparatito. Suena una campanilla. Les ha entrado un mensaje. Lo leen tan rápido que casi no lo noto. Entonces, sonríen. Sonríen como si alguien les hubiera contado un secreto, o algo picante, o como si les acabara de llegar una información crucial. Pero, desde luego, no sonríen por la conversación que tiene lugar en la mesa. Esas personas, las mismas que, con desesperación, anhelaban verte, te dicen, perdona, perdona un momentito, y se ponen a teclear un mensajito con un solo dedo. Qué dedo más rápido tienen esas personas. Es un dedo entrenado para escribir como si a uno le hubieran amputado la mano izquierda. Una vez terminado el mensaje la conversación continúa. Continúa hasta que vuelve a sonar de nuevo la campanilla: el amante, el amigo, el jefe, el cómplice, el plasta, ha contestado. Nueva sonrisa de esas personas que nos quieren tanto. Y como poco a poco van perdiendo la vergüenza, toman el iPhone o la Blackberry con las dos manos y teclean entonces con los dos pulgares. Qué maravilla de pulgares. Parece que han ido a una academia de mecanografía con pulgares para iPhones. Viene el camarero a tomar nota de la comanda y como las personas que tanto me quieren están ya apoyadas en el plato escribiendo a velocidad de vértigo mensajes tan apasionados, imagino, como los que me pusieron a mí, soy yo la que encarga el vino, el picoteo del principio y, si se me ha informado antes, el plato elegido por las personas que tanto deseaban este encuentro. No siempre una se siente ignorada, en lo absoluto. Hay ocasiones en las que los dueños de la Blackberry o el iPhone te hacen partícipe de los mensajes recibidos, y tú puedes aportar algo en las contestaciones. A veces se trata de los amantes y entonces ya vives con excitación delegada. Ha habido ocasiones en las que las personas que me quieren se intercambian fotos con dichos amantes. No fotos a lo Scarlett Johansson, porque no son horas. Imagino que ese tipo de instantáneas de corte más íntimo las dejan para cuando están encerrados en el cuarto de baño de su hogar, mientras sus maridos o sus mujeres están acostando a los niños. El móvil ha supuesto una revolución en el universo de la infidelidad. Quiero decir con esto que no soy uno de esos espíritus rancios que discuten las ventajas que para muchos ciudadanos ha supuesto la irrupción de la nueva telefonía. Solamente quisiera expresar el desconcierto que me produce el que personas que tanto me adoran y desean compartir una hora y media de mesa y mantel conmigo no sean capaces de olvidarse del puto móvil durante un tiempo ridículo de sus hiperconectadas vidas. Que lo comprendo todo, sí, ¡que yo también tengo iPhone!, pero que lo dejo metido en el bolso. Joé.

jueves, 17 de noviembre de 2011

James Thurber – El búho que era Dios o la fábula del charlatán


En una noche oscura, un búho se erguía sobre la rama de un roble mientras dos topos intentaban escabullirse sin ser descubiertos.


«¡Vosotros!» Dijo el búho. «¿Quién?» Dijeron ellos temblando de miedo y estupefacción, ya que les parecía increíble que alguien pudiera verlos en esa tupida oscuridad. «¡Vosotros dos!» Dijo el búho. Los topos se alejaron corriendo y contaron al resto de las criaturas del campo y del bosque que el búho era el más grande y sabio de todos los animales, ya que podía ver en la oscuridad y responder cualquier pregunta.


«Ya veremos,» dijo una paloma; y una noche, cuando volvió a estar muy oscuro, hizo una visita al búho. «¿Cuántos dedos tengo levantados?» Preguntó la paloma. «Dos,» dijo el búho, y era la respuesta correcta. «¿Cuál es el animal que tiene silla y no se puede sentar?» «El caballo,» respondió el búho. «¿Quién vence al tigre y al león, vence al toro más bravío, vence a señores y reyes y a todos deja vencidos?» «El sueño,» contestó el búho.


La paloma se apresuró a volver con el resto de criaturas y les informó de que, efectivamente, el búho era el animal más grande y sabio del mundo, puesto que podía ver en la oscuridad y responder cualquier pregunta. «¿También puede ver durante el día?» preguntó un zorro. «Eso,» se unieron un lirón y un caniche. «¿También puede ver durante el día?» Todas las otras criaturas se rieron a carcajadas ante esta pregunta tan tonta, se abalanzaron sobre el zorro y sus amigos y los expulsaron de la región. Después enviaron un mensajero al búho y le pidieron que se convirtiera en su cabecilla.


Cuando el búho se presentó entre los animales, era mediodía y el sol brillaba intensamente. Caminó muy despacio, lo cual le daba una apariencia de gran dignidad, y miraba fijamente a su alrededor con sus grandes ojos, lo cual le daba un aire de enorme importancia. «¡Es Dios!» exclamó una gallina. Y los demás se unieron al grito de «¡Es Dios!» Así que lo seguían dondequiera que fuese y, si se chocaba contra algo, ellos también lo hacían. Al final llegó a una carretera, se puso a caminar por el medio y todas las criaturas lo siguieron. En ese momento, un halcón que hacía las veces de guía observó un camión que se dirigía hacia ellos a ochenta kilómetros por hora, de lo cual dio parte a la paloma, quien a su vez informó al búho. «Se avecina un peligro,» dijo la paloma. «¿Y bien?» dijo el búho. La paloma mensajera le preguntó «¿No tienes miedo?» «¿Quién?» dijo el búho con calma, puesto que no podía ver el camión. «¡Es Dios!» gritaron todas las criaturas una vez más, y todavía seguían repitiéndolo cuando el camión los alcanzó y los atropelló a todos. Algunos de los animales sufrieron solo algunas lesiones, pero la mayoría de ellos, incluyendo el búho, habían muerto.


Moraleja: Demasiada gente se deja engañar demasiadas veces y durante demasiado tiempo.

jueves, 10 de noviembre de 2011

11-S: Diez años matando y mintiendo


Hace unos días, la BBC publicaba un breve informe titulado “En busca de la novela de la era del 11-S”, tratando de buscar «la que finalmente defina» esa era, para lo cual la autora mencionaba una serie de libros de ficción relacionados con los célebres atentados. Al parecer ninguno de ellos cuestiona el fondo del asunto: quién lo hizo. Es posible que la indagación hubiera sido más fructífera si esta periodista se hubiera parado a pensar críticamente en la propia versión oficial. Resulta difícil imaginar que pueda haber una novela mejor que esa sobre el 11-S y, desde luego, ninguna otra ha tenido tanto éxito.



Se trata de un verdadero “superventas”, aunque en este caso los compradores de la novela se han tomado el argumento al pie de la letra (que era, a fin de cuentas, lo que buscaban sus autores). De ese modo, se han creído datos tan inverosímiles como que no saliera ningún caza a proteger el Pentágono, pese a que, según la propia versión oficial, había transcurrido más de una hora cuando el supuesto Boeing se estrelló contra este desde las primeras noticias del secuestro del avión que acabaría empotrado contra la Torre Norte; casi una hora desde este impacto y más de media hora desde el choque del segundo aeroplano contra la Torre Sur. O que los tres edificios del World Trade Center se desplomasen de forma tan rápida y simétrica, en unos casos supuestamente por los aviones y en otro sin su ayuda, como es el caso del Edificio 7, que se derrumbó en caída libre sin haber recibido impacto de avión alguno (por cierto, la propia BBC hizo una extraña contribución –seguramente involuntaria– a esta parte de la novela). Cualquiera de estos hechos debería bastar por sí solo para desacreditar toda la versión oficial. Y hay muchos más.


Habla el ex “zar del contraterrorismo”. Entre ellos cabe destacar los testimonios de Richard Clarke, recientemente actualizados. El típico patriota yanqui que, por ejemplo, contribuyó a los esfuerzos diplomáticos de la Primera Guerra del Golfo contra Irak; pero también lleva años denunciando el encubrimiento del 11-S por la CIA.

Clarke no es un político cualquiera: trabajó a las órdenes de los presidentes Reagan, Bush padre, Clinton y Bush hijo, siempre en labores de inteligencia y antiterrorismo. Llegó a ser considerado por muchos medios como el “zar” en la materia. Después de sus críticas a la actuación del gobierno de George W. Bush respecto al 11-S, su cargo fue relegado por este y acabó dimitiendo en 2003.


Clarke acusó a dicho gobierno de que antes y después del día fatídico estuvo más ocupado en buscar un casus belli contra Sadam, así como en asociarlo con Al Qaeda, que en perseguir a esta organización. Sus críticas adquirieron notoriedad al declarar en la famosa comisión oficial que “investigó” el 11-S. Más adelante afirmó que los atentados se podían haber evitado, e incluso se acercó a las posiciones de quienes piensan que el gobierno de Bush estuvo detrás del 11-S.



Por toda respuesta, el entonces director de la CIA, George J. Tenet, ha declarado que «Richard Clarke fue un apto funcionario público», pero que sus comentarios relacionados con la gestión del 11-S «son temerarios y profundamente erróneos».



Los peores efectos.
Pero el éxito de la novela oficial ha sido aún mayor en los efectos políticos logrados por sus autores. Gracias a la terrorífica estela del 11-S llegaron las guerras para la hegemonía y el control de los recursos (desde la de Afganistán hasta la de Libia, pasando por Irak) y la aceptación pública de la idea de que más seguridad implica menos libertad; idea reforzada con nuevos macroatentados (Bali, Casablanca, 7-J, 11-M…) y amagos de otros que han ido reavivando la llama original oportunamente. Como “daños colaterales” tenemos la islamofobia, la exoneración de la tortura y una inusitada violencia en el ambiente.


Tampoco es descabellado afirmar que la demolición controlada del estado del bienestar se haya visto facilitada por aquella implosión de las Torres. El miedo reverencial al Imperio que produjo el 11-S ha permitido al Sistema avanzar hacia sus objetivos antisociales. El carácter cada vez más policial de los estados, fruto directo de la utilización política de aquella tragedia, previene reacciones “excesivas” del pueblo a los recortes y legitima la represión.


Mentira y muerte rutinarias son quizá los más trágicos efectos. La novela oficial del 11-S ha funcionado como una especie de madre de todas las mentiras, incluidas las “armas de destrucción masiva” de Sadam, el “programa nuclear bélico” de Irán, el asesinato de un muerto, los “bombardeos sobre manifestantes civiles” de Gadafi… Todas ellas seguidas del correspondiente reguero de sangre (en el caso iraní, aún por llegar) con la decisiva y resuelta complicidad de los grandes medios, principales valedores de la farsa narrativa y hacedores de las guerras en un grado que ya compite con el de los propios gobiernos.


Ante el décimo aniversario.
Como cada año desde el 11-S, pero aún más por la redondez de la efeméride, los medios de comunicación vuelven a atiborrarnos con el tema, incluyendo las habituales preguntas adormecedoras del estilo de «¿Dónde estabas tú cuando se produjo la noticia?», o dónde estaba tal o cual famoso. Por supuesto, ni remotamente se les ocurrirá formular otro tipo de preguntas, como:
¿Dónde están las pruebas de la versión oficial?
¿Dónde están sus respuestas a las críticas serias de los “Truthers”?
¿Dónde está, diez años después, la investigación periodística al respecto?
¿Dónde está la dignidad que exigiría una rigurosa revisión de aquellos hechos?
¿Quién o quiénes fueron los verdaderos responsables de los atentados del 11-S en el World Trade Center, el Pentágono y Shanksville (Pensilvania)?


Diez años. Demasiados para tanta impunidad. Suficientes, en cambio, para haber tejido ya una trama de poder sobrecogedoramente densa frente a la cual la mayoría seguirá callando.