viernes, 19 de noviembre de 2010

La farsa del caso Madoff


Muchos se habrán olvidado ya porque hace más de un año de los hechos, pero en una penitenciaría de los EE.UU. se encuentra recluido un hombre de 72 años de edad que ocupó durante mucho tiempo el máximo cargo de Nasdaq, el mercado de valores tecnológicos de Nueva York, período en el cual modernizó la Bolsa y consiguió que los intermediarios cambiaran el teléfono por el ordenador, con lo que las operaciones comenzaron a cerrarse en segundos en vez de en minutos y se podía ganar más dinero en menos tiempo.
Su nombre es Bernard Madoff, presidente de la firma financiera Bernard L. Madoff Investment Securities, uno de los mayores corredores de bolsa norteamericanos, y se encuentra preso por haber protagonizado el segundo mayor escándalo financiero en EE.UU. después de Enron, por valor de 50.000 millones de dólares repartidos por todo el mundo. El impacto de este “fraude” también fue multimillonario en España, donde varios fondos especulativos, pertenecientes a empresas del área de gestión de patrimonios como Santander Banif, BBVA y M&A Capital Advisers, habían expuesto hasta 3.000 millones de euros en vehículos diseñados por el “estafador” Madoff. Es cuando menos curioso ver en esta lista a una entidad como el Banco de Santander, cuyo presidente no hacía mucho que había afirmado rotunda y orgullosamente que «si yo dejo mi dinero en el Santander es porque confío en que vaya a hacer el trabajo de supervisión en los fondos que yo no puedo hacer.»


Días antes del derrumbe, el propio magnate reconoció ante sus empleados que todo era una “estafa” y que estaba en la ruina. Antes de entregarse a la policía, quería adelantar a diciembre la paga de incentivos que la compañía pagaba a sus trabajadores en febrero, y de tal modo repartir entre empleados y familiares los 200 o 300 millones de dólares que le quedaban.
Aseguró al FBI haber creado una estructura piramidal según la cual la entrada de nuevo patrimonio servía para pagar a los inversores que ya estaban presentes en la sociedad. Ofrecían a los inversores rentabilidades muy superiores a la media, lo que conseguía atraer cada vez más capital. Su empresa ostentaba la marca de haber pagado beneficios superiores al 8% anual durante 72 meses consecutivos.


Se han dado tres razones para explicar el enorme “fraude” de Bernard Madoff: su habilidad y carisma, el exceso de confianza de sus millonarios clientes (algunos de ellos eran organizaciones de beneficencia que han tenido que cerrar) y el pésimo control de los reguladores, pese a que el financiero Harry Markopolos venía remitiendo cartas a la SEC (Securities and Exchange Commission o Comisión de Bolsa y Valores) desde 1999 en las que denunciaba que Madoff estaba actuando ilegalmente con un sistema Ponzi.
A esas tres, yo añadiría la avaricia: con el paso del tiempo, Madoff Investment Securities ni siquiera necesitaba publicidad, ya que clientes ávidos de más y más dinero aporreaban a la puerta. Como el propio Bernard Madoff afirmó en un momento del juicio, «La gente no hacía más que darme dinero a espuertas. Y si les decía que no, se sentían menospreciados y se enfadaban conmigo. Eran personas muy ricas y codiciosas que siempre querían más y más.»


El presidente de la SEC, Christopher Cox, tuvo que reconocer que, durante casi una década, hubo denuncias «específicas y creíbles» contra la empresa de Madoff a las que no se prestó la debida atención, conformándose con estudiar los libros que el propio Madoff les facilitaba, llenos de datos falsos, sin solicitar una autorización judicial para inspeccionar todas sus cuentas.
Para aquellos que no lo sepan, un esquema Ponzi o timo en pirámide es un esquema de negocios basado en que los participantes captan más clientes con el objetivo de que éstos les produzcan beneficios, lo cual requiere que el número de participantes nuevos sea mayor que el de los existentes; cuando la población de posibles participantes se satura, los beneficios de los participantes originales disminuyen y muchos participantes terminan sin beneficio alguno o con pérdidas tras haber financiado las ganancias de los primeros. Los últimos que llegan están condenados a perder todos sus ahorros, y los que llegan primero y saben retirarse a tiempo ganan un dinero fácil.


Aunque sistemas similares a éste ya existieron anteriormente, el nombre de este plan procede del estafador italiano Carlo Ponzi y la famosa estafa que realizó en los años 20.
Puede haber pirámides abiertas (los participantes conocen la estructura del negocio, aunque muchos no son informados ni entienden el concepto de saturación, o bien creen estar lo suficientemente altos en la pirámide como para recibir beneficios antes de la saturación) o pirámides cerradas (Ponzi), en las que una persona o institución funciona como dueño de la pirámide, pero se presenta como un mediador de inversiones. Así, recibe aportaciones de los participantes, las cuales promete invertir y, al cabo de un tiempo, devuelve la inversión inicial con muy altos intereses; sin embargo, no existen tales inversiones, sino que se utilizan las aportaciones de los participantes tardíos para devolver las de los primeros con intereses. A medida que se satura la población objetivo, el retorno será mucho menor y la mayor parte de los participantes, sobre todo los tardíos, habrán perdido totalmente la inversión.


El esquema Ponzi es una operación fraudulenta de inversión que implica el pago de prometedores o exagerados rendimientos. En realidad, las ganancias que obtienen los primeros inversores son generadas gracias a otros nuevos que caen engañados por las promesas de obtener grandes beneficios. El sistema sólo funciona si crece la cantidad de nuevas víctimas.
Los esquemas Ponzi ofrecen a sus inversores grandes cantidades de beneficios en un corto periodo de tiempo. El sistema puede funcionar a corto o largo plazo, dependiendo de la cantidad de nuevos inversores que se integren al negocio, pero está condenado al fracaso.


Lo que permite que el sistema funcione en un principio y logre mantenerse otro largo tiempo es que los primeros inversores, que recibieron sus beneficios por parte del negocio, tienden a mantener sus inversiones en la estafa y, a su vez, aunque algunos inversores tomen su dinero y abandonen el sistema, aun así le brindan buena propaganda al transmitir a otras personas las ventajas de entrar e invertir capital en el sistema. Además, la estafa suele tratar de evitar que se retiren los inversores por medio del ofrecimiento de nuevos planes, mayores rentabilidades u otros productos o servicios, tales como electrodomésticos a precios bajos, consiguiendo de esta manera que el dinero se mantenga en el sistema y muy difícilmente salga de él.
Una vez llegados a este punto, pueden suceder tres cosas:
1. Los estafadores se escapan con el dinero y demás activos del negocio.
2. El sistema cae por su propio peso, ya que la inversión baja a la vez que comienza a haber dificultades para pagar; al comenzar los problemas, se corre el rumor y las personas comienzan a preguntar por su dinero, parecido a cuando quiebra un banco.
3. El sistema se expone, ya que las autoridades revisan los libros de contabilidad y descubren que gran parte de los activos que producen en realidad no existen.


En España, los esquemas de pirámide funcionaron con el nombre de “células de la abundancia”. El primer “fraude” piramidal del que se tiene noticia se atribuye a Baldomera Larra Wetoret, hija del escritor y periodista Mariano José de Larra; inició sus operaciones hacia los años setenta del siglo XIX, prometiendo al que le dejaba una onza de oro que en un mes la devolvería duplicada. Operaba a la vista de todos pagando un 30% mensual con el dinero que le daban los nuevos impositores. Se dijo que llegó a recaudar 22 millones de reales y el escritor Juan Eduardo Zúñiga cifra los afectados en 5.000. Su fama trascendió fronteras, como demuestran periódicos de entonces como Le Figaro de Paris y L’Independance Belge de Bruselas. La quiebra sobrevino en diciembre de 1876, cuando desapareció con todo el dinero que pudo, aunque dos años más tarde fue detenida en Francia y condenada a seis años de prisión.
Otros casos de similares características en España fueron Sofico (1974), Fidecaya (1982), Banesto (1993), Gescartera (2001) y FinanzasForex.com (2009), pero la de mayor repercusión fue la llamada “estafa filatélica”: el 9 de mayo de 2006 fueron intervenidas dos instituciones, Fórum Filatélico y Afinsa, acusadas de una presunta estafa que dejó sin sus ahorros a más de 465.000 clientes y que causó un agujero patrimonial superior a los 4.500 millones de euros. Las empresas vendían sellos sobrevalorados a personas incautas y luego los re-compraban por una cantidad algo superior. Sin embargo, realmente los sellos no se revalorizaban.


Como consecuencia de todo lo anterior, la Ordenación de Comercio Minorista prohibió “proponer la obtención de adhesiones o inscripciones con la esperanza de obtener un beneficio económico relacionado con la progresión geométrica del número de personas reclutadas o inscritas”. De todos modos, en muchos casos la trampa es tan flagrante que el hecho de dejarse embaucar aun a sabiendas de que hay “gato encerrado” ejemplifica a la perfección el materialismo y el empobrecimiento moral de nuestra época, con lo que se evidencia que en muchos casos no se es víctima de un “timador”, sino de la propia obsesión por el dinero de cada uno.
Los lectores atentos se habrán dado cuenta de que hasta ahora he venido entrecomillando todas las palabras relacionadas con “timo”, “fraude”, “estafa” y demás. Y es que el objetivo de este artículo no es tanto explicar el caso Madoff como intentar demostrar que no es sino la viva imagen de nuestro sistema bancario, un sistema que todos damos por hecho y aceptamos como lícito, moral y natural. Una vez establecida dicha similitud, cada quién podrá juzgar si realmente el Sr. Madoff es culpable de algún delito o si simplemente se trata de un mero participante más en el juego de la banca, si bien más avezado de lo común.


Normalmente, la pregunta sobre de dónde viene el dinero nos trae a la mente una fábrica imprimiendo billetes y acuñando monedas, dinero que crea el gobierno; esto es cierto, pero sólo hasta cierto punto: la gran mayoría del dinero no lo crean los gobiernos, sino los bancos, y en grandes cantidades cada día.
Por otra parte, la lógica nos dice que los bancos nos prestan el dinero que les han confiado sus impositores, lo cual no es del todo cierto: los bancos crean el dinero que prestan no a partir de sus propias ganancias, ni del dinero depositado, sino directamente de la promesa de pago del prestatario. La firma del prestatario en el documento de préstamo constituye una obligación de pago al banco por la cantidad del préstamo más un interés, o bien la pérdida de la casa, el coche o cualquier activo que se haya comprometido como garantía subsidiaria. Por parte del banco, esa misma firma le permite hacer aparecer la cantidad del préstamo simplemente con anotarla en la cuenta del prestatario.


Para explicar todo lo anterior, echemos un vistazo a la historia del dinero:
En el mundo antiguo se utilizaba como dinero objetos de muy diferentes clases: conchas, granos de cacao, piedras preciosas, plumas, etc. Sólo hacía falta que fuera portátil y que un número suficiente de gente creyera que más adelante podría ser intercambiado por objetos con valor real, tales como comida o ropa. Más adelante se institucionalizó el uso del oro y la plata; así, los orfebres facilitaron el comercio fundiendo monedas, las cuales almacenaban en cajas de seguridad; de este modo, podían alquilar el espacio de sus cajas de seguridad a quien quisiera guardar en ella sus monedas, percibiendo una pequeña renta por el alquiler. Con el paso de los años, el orfebre hizo una astuta observación: los depositarios raramente acudían a retirar su oro (y nunca venían todos a la vez).


Por otra parte, los cheques que el orfebre había emitido como recibos por el oro depositado se estaban utilizando para comerciar en el mercado como si fueran el propio oro; este dinero de papel era mucho más práctico que las pesadas monedas.
Mientras tanto, el orfebre había desarrollado otro negocio: prestar su oro a cambio de un interés; además, como los cheques ya eran aceptados de manera popular, los prestatarios solicitaban sus créditos en cheques en vez de en metal.


Al expandirse la industria, más y más gente pedía préstamos al orfebre, lo cual le proporcionó una idea aún mejor: sabiendo que pocos impositores retiraban su oro, calculó que podría salirse fácilmente con la suya si prestaba cheques contra el oro de sus impositores, además de contra el suyo. Mientras se devolvieran los préstamos, el orfebre, ahora más banquero que artesano, conseguiría un beneficio mucho mayor que prestando sólo su propio oro.
Este fue el inicio del negocio bancario: el banquero pagaba una baja tasa de interés sobre los depósitos del dinero de otras personas, a las cuales prestaba dinero a una tasa de interés más alta. La diferencia cubría los costes de operación del banco y proporcionaba un beneficio. La lógica del sistema era simple, y parecía una manera razonable de satisfacer la demanda de crédito.


Sin embargo, esa no es la manera en la que la banca funciona hoy en día: nuestro orfebre banquero no estaba del todo satisfecho con la renta que le quedaba después de compartir sus ganancias con los impositores y, además, al expandirse los europeos por todo el mundo, la demanda de crédito estaba creciendo rápidamente, mientras que sus préstamos estaban limitados por la cantidad de oro que sus impositores tenían en su caja fuerte. Fue entonces cuando tuvo una idea aún más atrevida: como sólo él sabía lo que realmente había en su caja fuerte, podía prestar cheques contra oro que ni siquiera existía. Mientras los titulares de los cheques no fueran todos a la vez a pedir su oro, ¿cómo iban a darse cuenta?
Esta nueva idea funcionó muy bien, con lo que el banquero se hizo enormemente rico gracias a los intereses cobrados sobre un oro que ni siquiera existía… hasta que varios impositores se presentaron para llevarse su oro y se acabó el juego. Un mar de titulares de cheques inundó las calles alrededor de las puertas cerradas del banco, pero el banquero no tenía suficiente oro o plata para amortizar todo el papel que había puesto en sus manos. Este “asedio” es lo que aterra a cualquier banquero, pues arruina a muchos bancos y daña la confianza pública en todos los banqueros.


Llegados a este punto, lo más lógico habría sido ilegalizar la práctica de crear dinero de la nada. Sin embargo, los grandes volúmenes de crédito que los banqueros ofrecían se habían hecho esenciales para el éxito de la expansión comercial europea, de tal modo que, en vez de ser proscrita, la práctica se legalizó y se reguló.
Los banqueros aceptaron cumplir con unos ciertos límites en cuanto a la cantidad de dinero ficticio que podría ser creado para préstamos, aunque dicho límite aún suponía un número mucho mayor que el valor real del oro y la plata en sus cajas fuertes. La proporción era de 9 unidades ficticias por cada unidad real en oro. También se dispuso que, en caso de “asedio”, los bancos centrales apoyarían con inyecciones de oro de emergencia. De este modo, la burbuja crediticia de los banqueros sólo explotaría si se diera el caso de asedios a varios bancos simultáneamente, lo cual significaría el derrumbe del sistema, tal como ocurrió en muchas crisis históricas (1919, 1929, 1937, etc.)


Así, el sistema de reserva fraccionaria y su red de bancos integrados apoyados en un banco central se convirtió en el sistema monetario dominante en el mundo. Al mismo tiempo, la fracción de oro que respaldaba la deuda monetaria avanzaba con paso firme hacia la nada.

«Nuestra gran nación industrial está controlada por su sistema de crédito, que está concentrado en manos privadas. Así, el crecimiento de la nación y todas nuestras actividades están en manos de unos pocos hombres que necesariamente, a causa de sus propias limitaciones, congelan, frenan y destruyen la genuina libertad económica. Nos hemos convertido en uno de los gobiernos del mundo civilizado peor gestionados y más completamente controlados y dominados: no tenemos un gobierno de libre opinión, ya no es un gobierno regido por convicciones y por el voto de la mayoría, sino por la opinión y las presiones de pequeños grupos de hombres dominantes.» (Woodrow Wilson, vigésimo octavo presidente de los EE.UU., de 1913 a 1921).


Esto ocurrió cuando la Reserva Federal de EE.UU. decidió que había que eliminar el patrón oro; para conseguirlo, necesitaban comprar todo el oro que quedara en el sistema. Así, bajo el pretexto de “ayudar a terminar con la depresión”, sobrevino la incautación de oro de 1933. Bajo amenaza de penas de prisión de diez años, todo estadounidense estaba obligado a entregar todo lingote de oro al Tesoro, lo que básicamente suponía robar al público toda riqueza que les quedara, por pequeña que fuera. Al final de 1933, el patrón oro quedó abolido: si observamos un billete de dólar de antes de ese año, dice que es reembolsable por oro, pero los posteriores a esa fecha sólo dicen que es de curso legal, lo cual quiere decir que está respaldado por absolutamente nada. Es un papel sin valor. Lo único que da valor a nuestro dinero es la cantidad de éste que haya en circulación, luego el poder para regular el suministro de dinero constituye también la capacidad de regular su valor, lo cual representa también la fuerza para poner de rodillas a cualquier economía o sociedad.

«Creo que las instituciones bancarias son más peligrosas que los ejércitos levantados en armas. Si alguna vez el pueblo estadounidense permite que los bancos privados controlen la emisión de moneda, los bancos y corporaciones que crezcan a su alrededor privarán al pueblo de su propiedad hasta que sus hijos se despierten un día desahuciados del continente que conquistaron sus ancestros.» (Thomas Jefferson, tercer presidente de los EE.UU., de 1801 a 1809).


La naturaleza básica del dinero había cambiado: si antes representaba valor, pasaba a representar deuda. En el pasado, un billete era en realidad un recibo que podía ser intercambiado por su peso equivalente en oro o en plata. En la actualidad, un billete (o una anotación en cuenta) sólo puede ser intercambiado por otro billete o anotación en cuenta.

«Quien controle el volumen de dinero en nuestro país es el dueño y señor de toda la industria y todo el comercio.» (James A. Garfield, vigésimo presidente de los EE.UU., desde el 4 de marzo de 1881 hasta su asesinato el 19 de septiembre en 1881).


La Reserva Federal es una corporación privada: crea sus propias políticas y no queda bajo regulación alguna del Gobierno de los EE.UU. Es un banco privado que presta moneda al Gobierno con un interés, de manera muy parecida al fraudulento modelo bancario del que el país buscaba escapar cuando declaró su independencia en la Revolución Americana.

«El Gobierno debería crear, emitir y poner en circulación toda la moneda y créditos necesarios para satisfacer sus gastos y los de los consumidores.» (Abraham Lincoln, decimosexto presidente de los EE.UU., desde 1861 hasta su asesinato en 1865).


Entonces, si tanto los gobiernos como los bancos pueden crear dinero ¿cuánto dinero existe? En el pasado, la cantidad total de dinero quedaba limitada por la cantidad física real del material que se estuviera utilizando como tal (oro, plata, etc.) Hoy en día, el dinero se crea literalmente como deuda, se crea nuevo dinero cada vez que alguien obtiene un crédito de un banco. Por consiguiente, la cantidad total de dinero que puede crearse en realidad sólo tiene un límite: el nivel total de deuda. Es por esto que los gobiernos fijan un límite legal adicional sobre la creación de nuevo dinero, imponiendo normas conocidas como “requisitos de reserva fraccionaria”. Estos arbitrarios requisitos varían de un país a otro y de una época a otra. Antiguamente lo común era exigir a los bancos que tuvieran por lo menos el valor en oro de una unidad de moneda en sus cajas fuertes para respaldar el valor de diez unidades de dinero creado como deuda. Hoy, sin embargo, los requisitos en relación con los ratios en reserva ya no son aplicables a la proporción entre el nuevo dinero y el oro depositado, sino simplemente a la proporción entre el nuevo dinero creado como deuda y el dinero depositado en el banco.
Para ilustrar todo lo anterior, imaginemos un banco que acabe de empezar su andadura y aún no tenga impositores. Los inversores habrán pagado la infraestructura del banco y lo habrán surtido de efectivo suficiente para cubrir la demanda de retiradas de efectivo. Por otra parte, el banco formará parte del sistema del banco central, lo cual le permite pedir prestado efectivo al banco central si es necesario.


Se abren las puertas y el nuevo banco da la bienvenida a su primer solicitante de crédito. El cliente necesita €10.000 para comprar un coche. Al aprobarlo, el banco crea una cuenta para el cliente y anota que el banco debe al prestatario €10.000 (esta cantidad no se coge de ninguna parte, sino que se crea en el momento) y el prestatario no saca su dinero en efectivo, sino que emite un cheque contra su cuenta para comprar el coche, con lo que el vendedor ingresa esos recién creados €10.000 en su banco. Con una proporción de 9:1, este nuevo depósito de €10.000 permite al banco del vendedor crear un nuevo préstamo de €9.000 que, al ser ingresado por un tercero, se convierte en la base legal para una tercera emisión de crédito bancario, esta vez por la cantidad de €8.100. Este proceso sólo se detiene si en algún momento el dinero creado se retira en efectivo en vez de depositarse en un banco. Pero lo más probable es que el nuevo dinero prestado por el banco sea ingresado, con lo que el proceso del ratio de reserva se repite una y otra vez hasta crear casi €100.000 de nuevo dinero prestado dentro del sistema bancario. Y todo ese dinero se ha creado totalmente a partir de deuda: todas las transacciones se han llevado a cabo con crédito bancario y ninguno de los bancos implicados ha necesitado utilizar nada del efectivo de sus cajas fuertes.
¿Pero qué da valor realmente a este recién creado dinero? Sencilla y lamentablemente, el dinero que ya existe. Básicamente, el nuevo dinero roba valor de las actuales existencias de dinero, ya que la reserva total de dinero aumenta con independencia de la demanda real de productos y servicios. Así, como la oferta y la demanda definen el equilibrio, los precios suben y disminuye el poder adquisitivo de la moneda. Es lo que se conoce comúnmente como “inflación”.


De esta manera, la cantidad de dinero debida a los bancos siempre superará a la cantidad de dinero disponible en circulación. Esta es la razón por la cual la inflación es una constante en nuestras economías, ya que siempre se necesita dinero nuevo para ayudar a cubrir el déficit perpetuo intrínseco al sistema y causado por la necesidad de pagar los intereses. Así, los impagos y las bancarrotas están implícitamente ligados al sistema.

«El dinero es una nueva forma de esclavitud que se distingue de la antigua sólo por el hecho de que es impersonal: no hay relación humana entre el amo y el esclavo.» (Leon Tolstoi).


Todo esto es particularmente exasperante cuando nos damos cuenta de que no es sólo que los impagos sean inevitables debido a la práctica de la reserva fraccionaria, sino también de que el dinero que prestan los bancos ni siquiera existía realmente en un principio.
Aunque parezca ridículo, es aún peor, puesto que los ratios de reserva hoy en día son muy superiores al de 9:1. Lo más común es que sean de 20:1 ó 33:1. Incluso hay muchas excepciones en virtud de las cuales no se aplica ningún requisito en absoluto. Así, los bancos pueden crear tanto dinero como deseen y como nosotros deseemos pedir prestado, con lo que el dinero creado por el gobierno supone menos del 5% del dinero total en circulación como moneda física: más del 95% del dinero existente hoy en día ha sido creado por personas firmando compromisos de endeudamiento con bancos, y sólo existe como apuntes informáticos.


Sin embargo, los bancos sólo pueden poner en práctica este sistema monetario gracias a la cooperación activa de los gobiernos, que aprueban normativas para proteger la funcionalidad y credibilidad del sistema a los ojos del público, mientras que no hacen nada para informar a éste sobre la verdadera procedencia del dinero, quedando todos a merced de las transacciones crediticias de los bancos, que no prestan dinero, sino promesas de suministrar un dinero que ni siquiera poseen, puesto que lo crean a partir de deuda. Si no, ¿cómo sería posible que todo el mundo (gobiernos, empresas grandes y pequeñas, familias, etc.) estén endeudados al mismo tiempo y por cantidades tan astronómicas? ¿Y cómo es posible que la gente que verdaderamente produce riqueza en el mundo esté endeudada con aquellos que simplemente prestan el dinero que representa esa riqueza?
La mayoría de la gente cree que si se saldaran todas las deudas mejoraría la economía, lo cual es cierto a escala individual. De la misma manera que al saldar todas nuestras deudas tenemos más dinero para gastar, pensamos que si todo el mundo hiciera lo mismo habría más dinero disponible en general. Pero la verdad es exactamente lo contrario: ¡no quedaría nada de dinero!


El mayor problema que representa este sistema es que este crecimiento perpetuo de la economía necesita una cada vez mayor intensificación del uso de recursos naturales y energía: es necesario que cada vez más y más recursos naturales se conviertan en objetos (y posteriormente en basura) para evitar que el sistema colapse. Es la propia naturaleza fundamental del sistema la que causa el problema, luego jugar con las mismas reglas no podrá nunca solucionar los problemas: hay que reemplazar el sistema entero, desterrando la avaricia y la falta de honradez. ¿Cómo va a construirse una economía sostenible con un sistema monetario que sólo puede funcionar mediante un crecimiento perpetuamente acelerado?

«Quien crea que el crecimiento exponencial puede durar para siempre en un mundo finito es un loco o un economista.» (Kenneth Boulding, economista).


Mientras nuestra sociedad permanezca totalmente dependiente de los créditos bancarios para surtirse de dinero, los banqueros seguirán en posición de tomar las decisiones sobre quién consigue el dinero que necesita y quién no. Los bancos controlan el mundo; podríamos quitárselo pero, si les dejáramos la capacidad de crear dinero, sólo necesitarían un trazo con un bolígrafo para crear dinero suficiente y comprárnoslo de nuevo. Sin embargo, despojémosles de tal poder y todas las grandes fortunas desaparecerán.

«Dejadme que emita y controle el dinero de una nación y estaré por encima de sus leyes.» (Mayer Amschel Rothschild, fundador de la dinastía Rothschild).


El elemento vital de todas nuestras instituciones, y por ende de la misma sociedad, es el dinero, una de las estructuras más inamovibles que la humanidad haya tenido que soportar; luego entender la política monetaria es vital para comprender por qué nuestras vidas son como son.
«Nadie hay más esclavo que aquellos que creen ser libres.» (Johann Wolfgang von Goethe).


Visto todo lo anterior, ¿puestos a crear dinero de la nada, qué más da que quien lo haga se llame Rothschild, Rockefeller, Botín, Carlo Ponzi o Bernard Madoff? Todos están expuestos a los mismos riesgos y son víctimas del mismo factor: el miedo a que los ahorradores decidan exigir su dinero todos a la vez, es decir, a que alguien tire de la manta y se descubra el pastel. La única diferencia es que los unos están respaldados por los bancos centrales (es decir, en último término, por el dinero de sus propios ahorradores, que son quienes terminan pagando los “planes de rescate”), y los otros no.


jueves, 18 de noviembre de 2010

¿Problemas con las matemáticas?

Por eso estamos como estamos, puras neuronas perezosas...


La semana pasada compré un artículo que costaba €16,08. Le di a la cajera €20 y busqué en el bolsillo €1,08 para no recibir más monedas. La cajera tomó el dinero y se quedó mirando la máquina registradora, aparentemente sin saber qué hacer.


Intenté explicarle que ella tenía que darme un billete de €5 de vuelta, pero no se quedó muy convencida y llamó al gerente para que la ayudara. Tenía lágrimas en los ojos mientras el gerente intentaba explicarle lo que ella, aparentemente, continuaba sin entender.


¿Por qué os cuento esto? Porque me he dado cuenta de la evolución de la enseñanza en las matemáticas desde 1950:
1950: un leñador vende un carro de leña por €100. El costo de producción de ese carro de leña es igual a 4/5 del precio de la venta. ¿Cuál es la ganancia?
1970: un leñador vende un carro de leña por €100. El costo de producción de ese carro de leña es igual al 80% del precio de la venta. ¿Cuál es la ganancia?
1980: un leñador vende un carro de leña por €100 €. El costo de producción de ese carro de leña es de €80. ¿Cuál es la ganancia?


1985: un leñador cambia un carro “P” de leña por un conjunto “M” de monedas. El cardinal del conjunto “M” es igual a €100 y cada elemento vale €1. Dibuja 100 puntos gordos que representen los elementos del conjunto “M”. El conjunto “F” de los gastos de producción comprende 80 puntos gordos del conjunto “M”. Representa el conjunto “F” como subconjunto del conjunto “M”, estudia cuál será su unión y su intersección y da respuesta a la cuestión siguiente: ¿Cuál es el cardinal del conjunto “B” de los beneficios? Dibuja “B” con color rojo.
LOGSE: un leñador vende un carro de leña por un importe de €100. Los gastos de producción se elevan a €80 y el beneficio es de €20. Actividad: subraya la palabra “leña” y discute sobre ella con tu compañero.


1990: un leñador vende un carro de leña por €100. El costo de producción de ese carro de leña es de €80. Escoja la respuesta correcta, que indica la ganancia: (€20) (€40) (€60) (€80) (€100).
2000: un leñador vende un carro de leña por €100. El costo de producción de ese carro de leña es de €80. La ganancia es de €20 ¿Es correcto? (Sí) (No).
2008: un leñador vende un carro de leña por €100. El costo de producción de ese carro de leña es de €80. Si Ud. sabe leer coloque una “X” en los €20 que representan la ganancia: (€20) (€40) (€60) (€80) (€100).


Curso 2009/10: no se preocupen si no saben responder el ejercicio anterior, llevarán a los profesores a la Oficina de Supervisión del Ministerio de Educación, donde les exigirán repetir la prueba, ya que la pregunta es de alta dificultad. Además, como elemento de apoyo, también pueden valerse de chuletas, libros o cualquier método o sistema para copiar en el examen sin que por ello sean expulsados ni suspendidos, puesto que, según la Universidad de Sevilla, están en su derecho.


En la actualidad el enunciado será algo así: «Ebaristo, labriego y leñador, burgues, latifundista espanyol facista spekulador i intermediario es un kapitalista insolidario y centralista q sa enriquezio con 100 pabos al bender espekulando un mogollón d leña. Bibe al hoeste de Madrid esplotando ha los magrevies. Lleba a sus ijos a una esjuela de pago. Analiza el testo, vusca las faltas desintasis, dortografia, de puntuazion, y si no las bes no t traumatices q no psa nda. Ejcribe tono, politono o sonitono con la frase “QUE LISTO EL EBARISTO” y envia unos sms a tus colejas komentando los avusos antidemocráticos d Ebaristo i conbocando una manifa expontanea d protesta. Si bas a la manifa sortearan un buga guapeado. SALU.»