jueves, 29 de julio de 2010

Discriminación positiva

La Ley de Igualdad obliga a las empresas con más de 250 personas en plantilla a implantar un Plan de Igualdad. Es por eso que uno de los sindicatos de mi empresa ha presentado una serie de propuestas encaminadas a intentar corregir las evidentes desigualdades de oportunidades entre los trabajadores de cada sexo, tales como la baja presencia femenina en la plantilla (también baja incorporación), así como la segregación horizontal y vertical de las mujeres (concentración en determinados grupos profesionales, algo que también afecta a los hombres, y poca presencia en puestos de responsabilidad). También se señalan como objetivos “alcanzar la paridad” y “eliminar la brecha salarial entre mujeres y hombres” (aún reconociendo la evidencia de que “ningún concepto actúa de manera distinta con respecto al sexo de quien lo percibe”).



Estas son algunas de las propuestas:
* Utilizar un lenguaje no sexista en el modelo de solicitud y en las convocatorias de vacantes y ofertas de empleo: me imagino que esto estará relacionado con la actual fobia a los géneros neutro y epiceno, con lo que ya no se convocarán plazas para operarios, sino para operarias y operarios, y tampoco para electricistas, sino para electricistas y electricistos, con lo cual todos seremos víctimas (y víctimos) de una redacción de las ofertas (y ofertos) de trabajo llena de baches, lo cual nos provocará un auténtico dolor de muelas y tendremos que acudir prontamente al dentista (o dentisto). Otra opción es el uso, que cada vez prolifera más, del símbolo “@”; así, tendremos palabras como “pediatr@”, “policí@”, “jinet@”, “pensionist@” o “periodist@”. Antes de lanzarnos a hacer el ridículo, convendría recordar que el motor de desarrollo de una lengua es interno y se guía por pautas internas del propio idioma, ajenas a modas, políticos, oportunistas y advenedizos varios.



* Revisar el catálogo de puestos de trabajo para modificar las denominaciones (en masculino y femenino): véase el punto anterior.
* Revisar y corregir el lenguaje y las imágenes que se utilizan en las comunicaciones internas y externas para que no sea sexista: ídem.
* Revisar y corregir el lenguaje (imágenes y texto) de la página web para que no contenga términos sexistas: ídem.
* Redactar el próximo “Balance social” en lenguaje no sexista: ídem.
* Formar al personal encargado de los medios de comunicación de la empresa (página web, relaciones con prensa, etc.) en materia de igualdad y utilización no sexista del lenguaje: ídem.



* Crear la figura de “agente de la igualdad”: en principio, esta medida podría ser muy positiva, pero entraña sus peligros, ya que podría devenir en una institución inquisitorial a semejanza de los “cooperantes en la denuncia de los incumplimientos de la Ley de Política Lingüística catalana”, que en muchos casos se han convertido en auténticos soplones al más puro estilo de la época nazi o de la caza de brujas macartista.
* Formar específicamente a mujeres con titulaciones adecuadas a las requeridas para que puedan acceder a las vacantes de las categorías en las que están poco representadas: correctísimo, siempre que, de manera paralela, se forme específicamente a hombres con titulaciones adecuadas a las requeridas para que puedan acceder a las vacantes de las categorías en las que están poco representados.



* Utilizar la superior categoría para que las mujeres adquieran formación en categorías en las que están poco representadas: véase el punto anterior.
* Realizar prácticas formativas preferentemente para mujeres, relacionadas con puestos vacantes en los que estén subrepresentadas: ídem.
* Reservar un porcentaje de plazas para mujeres en las acciones formativas que se realicen en función de la previsión de plazas vacantes: ídem.



* Seguimiento de la acción positiva de la cláusula convencional de “a igualdad de puntuación en las pruebas de selección se adjudicará el puesto al sexo menos representado”: una medida tan arbitraria como cualquier otra (candidato con mayor antigüedad, etnia o raza menos representada, candidato más alto o más bajo, candidato más gordo o más flaco, candidato del centro de trabajo de Burgos o del de Madrid, etc.) Es evidente que alguna medida hay que tomar para evitar la discriminación negativa, pero conviene evitar en la medida de lo posible la discriminación positiva (que se convierte en negativa para los no incluidos en ella) para no llegar a situaciones como las de las universidades públicas de EE.UU., donde es prácticamente imposible conseguir una plaza si se es un hombre blanco. Cuando se añade el contradictorio calificativo de “positivo” al término “discriminación”, se intenta arreglar una injusticia por la fuerza, ya que por la razón se ha fracasado.
* Incrementar el número de mujeres en los puestos directivos de libre designación: si esto se llevara a cabo “porque sí”, se trataría de una medida arbitraria, a la par que denigrante para cualquier mujer que fuese seleccionada por este método, ya que no podría discernir si ha sido elegida por su valía o sólo por su sexo. Cualquier persona a favor de tal medida estaría destruyendo la dignidad, la magnificencia y la esencia de ser persona en general y mujer en particular.
* Revisar los complementos salariales para eliminar/sustituir/modificar los conceptos que pueden generar discriminaciones indirectas (antigüedad, plus de productividad, paga variable por objetivos): no veo dónde puede haber relación entre sexo y antigüedad, pluses u objetivos.

Es evidente que si nuestra sociedad diera las mismas oportunidades a las mujeres que a los hombres, no harían falta leyes ni planes de igualdad. Y en España, por desgracia, sufrimos los siguientes datos:
* El 94% de quienes dejan el trabajo por razones familiares son mujeres.
* A igual trabajo, el salario de las mujeres es un 29% inferior.
* El paro femenino es más del doble que el de los hombres.
* La presencia de mujeres en los Consejos de Administración de las grandes empresas no llega al 3%.
* La mujer dedica más del doble de tiempo que el hombre a los trabajos domésticos.
Pero hay que tener en cuenta que la llamada “acción positiva” se fundamenta en el Artículo 9.2 de la Constitución Española (Corresponde a los poderes públicos promover las condiciones para que la libertad y la igualdad del individuo y de los grupos en que se integra sean reales y efectivas; remover (sic) los obstáculos que impidan o dificulten su plenitud y facilitar la participación de todos los ciudadanos en la vida política, económica, cultural y social), que trata de remediar situaciones reales de desigualdad, a lo que se tiene derecho según los artículos de nuestra Carta Magna 14 (Los españoles son iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social) y 35 (Todos los españoles tienen el deber de trabajar y el derecho al trabajo, a la libre elección de profesión u oficio, a la promoción a través del trabajo y a una remuneración suficiente para satisfacer sus necesidades y las de su familia, sin que en ningún caso pueda hacerse discriminación por razón de sexo).
Basándose en estos artículos, el Consejo General del Poder Judicial emitió en su día un informe relativo al Anteproyecto de la Ley de Igualdad: «Las acciones positivas son una exigencia del derecho de igualdad de trato y se caracterizarían por ser ventajas concedidas a las mujeres, que no deben implicar perjuicios paralelos para los hombres. Por el contrario, la discriminación positiva sí excepcionaría la igualdad de trato y, por tanto, podría ser ilegítima si tiene como contrapartida el perjuicio a quienes pertenecen a otro grupo, en este caso los hombres. Se trata de medidas excepcionales que deben aplicarse con criterio restrictivo, con precaución y siempre de forma transitoria; además, debe acudirse a ellas cuando no exista ninguna otra posibilidad de equiparar las situaciones preexistentes de desigualdad perfectamente acreditadas.»
Si leemos atentamente, resulta claro que el límite de la acción positiva es la restauración del equilibrio, y no puede conducir a un desequilibrio inverso, por exceso, luego fijar cuotas es discriminar por sexo. La esencia de la igualdad está en el origen, es decir, en la oportunidad; y eso es lo que debería fomentar y proteger cualquier ley: igualdad de oportunidades, no igualdad de resultados, que es algo que no puede ser legislable. Hay que esforzarse y centrarse en que todo el mundo, hombres y mujeres, tengan las mismas oportunidades, dejando que la vida de cada uno vaya transcurriendo según sus capacidades y sin obligar a nadie a desperdiciar talentos por cuestiones de sexo.
Si aplicamos medidas discriminatorias, dejaremos de saber si María y Mario están, por ejemplo, en una lista electoral por su valía o para cubrir cuota; no sabremos si tenemos una ministra o ministro por sus capacidades o por su sexo. Dependiendo del sector de actividad al que apliquemos esta discriminación, podemos incluso llegar a situaciones ridículas y esperpénticas: en el caso de una película u obra de teatro, ¿también deberá haber cuotas de actrices y actores en los repartos? En los partidos políticos, el sistema de cuotas ha creado en más de una ocasión la figura de “mujer florero”, aunque también hay que reconocer que ha ayudado a que otras, de gran valía, hayan conseguido llegar a ocupar puestos relevantes.
¿Qué pasará con quien tenga la desgracia de pertenecer al sexo más representado y vea cómo una persona del menos representado se queda con un puesto de trabajo sin merecerlo? ¿No es evidente la contradicción entre el principio de cuotas que propugna la Ley de Igualdad y el principio de mérito que propugna el sentido común y que está patente en nuestra Constitución?
La igualdad no se consigue con adoctrinamientos ni con cuotas. Las medidas de discriminación positiva y de adoctrinamiento favorecen que personas incompetentes accedan a cargos de responsabilidad. Da igual que sean hombres o mujeres, pero eso a las mujeres les hace daño de manera especial. La igualdad no consiste en que todos seamos “iguales”, sino en que lleguemos a asumir que “todos somos diferentes”.
En general, la discriminación está presente de manera continuada en nuestra sociedad, y no sólo en el ámbito laboral. Recuerdo un anuncio de electrodomésticos en el que una mujer llamaba al servicio técnico para que se llevaran a su compañero porque éste no sabía programar la lavadora, con lo que el mensaje de la marca comercial era algo así como: “Tan fácil de manejar, que hasta él sabrá hacerlo”. También vi en su día otro anuncio de una marca de cafés que insistía en ese tópico que sostiene que los hombres no somos capaces de hacer dos cosas a la vez, y promocionaba así su nuevo envase, el cual, lo mismo que la lavadora anterior, era sencillo de abrir incluso para nosotros, pobres machos cazurros.
Del mismo modo, hace poco se publicaba en la revista XL Semanal la siguiente carta de un lector titulada “Mis masculinidades”: «Estudié Magisterio y curso cuarto de Periodismo. Soy monitor de servicios deportivos e incluso fui soldado. Desde joven he creído en trabajar y seguir mi formación, con la esperanza de que algún día alcanzaré buen puerto. Sabiendo cómo funcionan las cosas, hablo con un amigo que tiene una amiga dentro de un conocido colegio de padres agustinos, concertado (con importante financiación pública), para presentarle el currículum. Todo va bien hasta que ella pregunta mi especialidad. «Magisterio Infantil», contesta mi amigo. «Ah, no, entonces no, ‘Magisterio Infantil’ y ‘hombre’ no casan bien.» Nací hombre y pido perdón a mi paisana ministra. Supongo que, por nacer mujer, a ella las cosas le han ido mejor. Nadie me dijo que mi especialidad no fuera masculina. Mi jefe actual contrata a mis compañeros monitores (y monitoras) según su capacidad, no según su sexo, y cuando yo sea empresario, que no me cuenten películas: contrataré a quien me salga de mis mismísimas... masculinidades, las que ahora me exigen pedir perdón por nacer con ellas, ser hijo y nieto de maestras y tener la vocación equivocada.»

Hay muchas medidas que podrían tomarse para intentar paliar estas desigualdades sin incurrir en discriminaciones injustas e innecesarias, ni en demagogias baratas de matonismo ultra feminista donde cualquiera que no trague recibe el sambenito de machista:
* Fomentar que no haya razones familiares para dejar un trabajo: guarderías gratuitas, ayudas a las empresas para que establezcan las suyas propias, etc.
* Perseguir la desigualdad de salarios o de condiciones laborales para puestos iguales con una misma capacitación.
* Fomentar la igualdad de oportunidades para todos en formación.
* Anonimato a la hora de competir por un puesto de trabajo (una manera sencilla de evitar no sólo la discriminación sexual, sino también el nepotismo, partiendo todos en igualdad de condiciones y valorando sólo lo que realmente importa: el nivel de capacitación para el puesto).
* Mecanismos de denuncia que, de forma ágil y contundente, penalicen a quien ejerza la discriminación hacia la mujer, que aún hoy existe de manera intolerable en muchos ámbitos.

¿Por mujer o porque es buena?

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