miércoles, 10 de junio de 2009

¿Crisis u oportunidad? – y 5. Conclusiones

Esta crisis ha sido como el popular juego de las sillas musicales, con la única diferencia de que todas las sillas disponibles estaban ya adjudicadas de antemano para los bancos, multinacionales y grandes inversores, que siempre ganan, cuando ganan, y nunca pierden, cuando pierden; con lo que estaba claro que el ciudadano de a pie era el que se iba a caer de culo.
El juego de la Bolsa no es sino una forma de azar, cuyas especulaciones tienen tanto que ver con el trabajo y con la industria como el póquer o la ruleta (¿rusa?) Los títulos no se compran o venden en función de la prosperidad de los negocios que representan, sino en espera de que, aumentando el número de jugadores, la demanda sea mayor y los más avispados puedan vender sus títulos con beneficio. No se negocia sobre valores reales, sino sobre esperanzas, ilusiones y engaños.
Además, hemos llegado a un punto en el que se especula con cualquier cosa que esté disponible (petróleo, medicamentos, comida, agua, órganos humanos, tierra, vivienda, etc.): para quienes aduzcan que no se trata de especulación, sino de inversión, pongamos como ejemplo más cercano y actual el caso de la vivienda. Si nos remitimos al Diccionario de la Real Academia Española, vemos que “vivienda” significa “lugar cerrado y cubierto construido para ser habitado por personas” y “casa” quiere decir “edificio para habitar”, lo mismo que “inmueble”; es decir, que es un término referido al lugar donde viven las personas, no a una inversión, del mismo modo que el petróleo es una fuente de energía, los medicamentos sirven para tratar enfermedades, la comida para alimentarse, la bebida para aliviar la sed, etc. Nada que ver con inversión ni especulación.
Como ejemplo de la fragilidad y artificiosidad de este sistema económico, tenemos la historia del barco Nueva York-Havre, que se encontraba en medio del Atlántico el 24 de octubre de 1929, lleno de estadounidenses que embarcaron ricos y con aires señoriales, pero desembarcaron arruinados y con la compostura perdida. En sus tres últimos días de travesía, fueron recibiendo las noticias del pánico de la bolsa neoyorquina, con el consiguiente desplome de sus fortunas. Las pesadas joyas que lucían las señoras de los plutócratas no podían consolarlas de sus sollozos, y los médicos no daban abasto para atenderlas. La historia daría para una película, aunque no sé si sería un drama o una comedia – el título podría ser El Otro Titanic (aunque en este se ahogaron también los ricos además de los pobres, éstos sin comerlo ni beberlo, simplemente porque van encadenados a aquéllos).



Lo malo es que, al igual que sucedió en la Quiebra de 1929, a veces la cosa acaba en tragedia, como ocurrió con Adolf Merckle, el multimillonario alemán (quinto de Alemania y entre los cien mayores del mundo en 2008), que se suicidó tras perder 400 millones de euros de su fortuna de 7.000 (proporcionalmente, como si un “mileurista” perdiera un mes de su sueldo) y de los 30.000 anuales que facturaba VEM, su conglomerado de empresas, apostando a la baja por Volkswagen, mientras su constructora Heidelberg Cement perdía un 70% de su valor en bolsa. Irónicamente, esa misma cantidad, 400 millones, fue el montante del crédito concedido esa misma mañana por varios bancos para salvar al grupo Merckle y solucionar sus problemas de insolvencia financiera, a cambio de vender la farmacéutica Ratiopharm, la joya de su imperio.
Como guinda, se constata que terminan pagando el pato los de siempre, los de abajo, como los 100.000 empleados de las empresas de este señor (apodado “El Padrino” por la poco ortodoxa manera de dirigir su imperio), a quien un buen día le dio por jugarse su dinero en el casino financiero, arriesgándose a dejarlos a todos en la calle. Muchos argumentarán que suyo era el dinero y que en su derecho estaba de jugárselo a la taba, tirarlo al inodoro o encender puros con los billetes, pero se olvidan de que, como patrón, además de derechos, se tienen una serie de obligaciones y responsabilidades para con sus empleados que, al fin y al cabo, también son artífices de la fortuna del empresario que les contrató: éste pone el capital, aquéllos ponen el trabajo.
La salud de la economía no se mide por el número de millonarios, sino por la posibilidad de que cualquier emprendedor con una buena idea pueda intentar ponerla en práctica, o por el hecho de que un asalariado pueda cogerse un día libre para cuidar a su hijo enfermo sin correr el riesgo de ser despedido; una economía que honre la dignidad del trabajo.

martes, 9 de junio de 2009

¿Crisis u oportunidad? – 4. ¿Entonces, qué hacemos?

La única solución, aunque suponga un completo anatema para los zombis neoliberalistas, pasa por el desmantelamiento del actual sistema financiero, que ya ha tenido su oportunidad para demostrar sus cualidades: ineficiente, económicamente inestable y nocivo para el bienestar general. Para todo aquel que no lleve orejeras, es evidente que dejar a los mercados sin regulación lleva a resultados desastrosos, ya que el sistema financiero sólo gira sobre sí mismo y el crecimiento económico provoca daños a la naturaleza, no siempre lleva aparejada la cohesión social, y propicia un modo de vida esclavo de los bienes materiales.




De esta manera, se hacen necesarias varias medidas:
1. Lo primero de todo, hacernos a la idea de que no podemos resolver un problema con la misma manera de pensar que lo ha creado. Debemos dejar de poner el progreso individual por encima del colectivo, plantearnos si preferimos mantener el beneficio capitalista para unos pocos o recuperar una vida digna para todos, si queremos continuar con la farsa del crecimiento basado en el crédito, el endeudamiento y el expolio a la naturaleza o dejar de una vez de lado nuestro egoísmo endémico, que nos lleva a situaciones absurdas como los miles de pisos vacíos, los millones de objetos abandonados, las toneladas de comida tirada, la energía mal utilizada, los coches con un solo ocupante o las tierras sin cultivar (mientras miles de personas están a la espera de que alguien vuelva a darles un trabajo, gran cantidad de tierras permanecen abandonadas, cuando para cultivarlas sólo haría falta el tiempo que a mucha gente desafortunadamente le sobra).
2. Tributación progresiva. Restablecer el valor social de los impuestos como mecanismo de redistribución de la renta: permitir que los beneficios financieros sean mucho más elevados que los que pueden conseguirse en la economía real supone un incentivo claro para la especulación y la asunción de riesgos excesivos. Una legislación fiscal más equitativa acabaría con ese estímulo y con la desconexión existente entre la hiperactiva economía financiera y la estancada economía real, la que se corresponde con el día a día de la gente de la calle, con los millones de personas de todo el mundo que se levantan cada día a las seis de la mañana para ganarse la vida y luego pagan con su pellejo, sus ahorros y su puesto de trabajo la estulticia de quienes juegan con la economía internacional y especulan con el dinero de otros.




Uno de los puntos en común de la actual crisis con la de 1929, totalmente obviado por los medios de comunicación, es la enorme polarización en la distribución de las rentas. Desde los años ochenta, hemos visto un gran crecimiento de las rentas del capital a costa de una disminución de las rentas del trabajo, alcanzándose una concentración sin precedentes en los sectores más pudientes de las sociedades avanzadas, con una disminución del porcentaje de la masa salarial sobre la renta nacional (a pesar de que el número de trabajadores ha aumentado). Esta situación es el resultado de la revolución neoliberal (iniciada por Reagan y Thatcher) y sus políticas públicas liberales (bajadas de impuestos para las rentas superiores, aumento de la regresividad fiscal, desregulación de los mercados de trabajo, descenso de la cobertura de derechos sociales y laborales, etc.) que han acentuado las enormes desigualdades de renta, alcanzando niveles sin precedentes a ambos lados del Atlántico, acentuándose todavía más en los últimos años.
En los países de la eurozona, las rentas del trabajo han pasado de representar el 70% de la renta nacional en 1992, al 62% en 2005 (en España, en el mismo periodo, del 72% al 61%). El periodo neoliberal trajo una gran bonanza para el mundo empresarial (sobre todo para el mundo financiero), que vio crecer sus beneficios un 33% en la UE-15 durante el periodo 1999-2005 (un 73% en España, más del doble que el promedio de la UE-15). Los costes laborales, sin embargo, crecieron sólo un 18% (un 3,7% en España, la quinta parte del promedio de la UE-15). Como consecuencia de la polarización de las rentas y el descenso de las del trabajo, ha disminuido la capacidad adquisitiva de la clase trabajadora, y por ende la demanda, con el consiguiente endeudamiento de las clases populares.
Sin embargo, mientras que las semejanzas en el origen de la crisis son muy notables a ambos lados del Atlántico, las respuestas son muy diferentes. En EE.UU. ya están respondiendo con medidas similares, aunque menos intensas, a las que desarrolló Franklin D. Roosevelt en el “New Deal”: aumento notable del gasto público en inversiones y servicios públicos (sobre todo sanidad), financiándolo con un incremento en los impuestos de los sectores más pudientes (que ya se han beneficiado enormemente de las políticas liberales) y permitiendo un crecimiento del déficit federal hasta el 12% del PIB, además de un reforzamiento de los sindicatos para aumentar los salarios, un elemento clave de la recuperación de la demanda. Es decir, que mientras en EE.UU. se dan cuenta de sus errores e intentan corregirlos, aquí nos regodeamos con ellos, dando más y más escaños a la extrema derecha en las elecciones europeas y privatizando más y más servicios públicos para ahondar en su precariedad.
La sociedad y los dirigentes políticos deben entender que una distribución más equitativa de la renta es un tema fundamental de la política económica para conseguir una sociedad mejor. De lo contrario, con una economía liberal sin límites, caeríamos en la ley del más fuerte, en la cual sólo ganan unos pocos y perdemos casi todos. A todos nos iría mucho mejor si se tuviera un nivel mínimo de bienestar, incluso a los más ricos.
3. Implantación de la Tasa Tobin: supondría un impuesto de bajo porcentaje a los cientos de miles de millones de dólares de transacciones financieras que se realizan cada día, lo cual implicaría desincentivar la especulación con divisas a corto plazo y, al mismo tiempo, incentivar inversiones más productivas a largo plazo. Un impuesto minúsculo podría crear un fondo inmenso que destinar a causas sociales, tales como evitar la propagación de enfermedades o aliviar la pobreza global.
Esto fue propuesto inicialmente en los años setenta por el Premio Nobel James Tobin; no se trataba de un enloquecido izquierdista, sino de un economista convencional empeñado en aminorar los riesgos de la imprevisible burbuja financiera sobre la que reposa el mundo de la globalización.
4. Cambiar la organización actual de la producción y repartir mejor el trabajo: diez años de fuerte crecimiento no han hecho nada por reducir el paro y no han tenido más que un leve impacto (y sólo en un pequeño puñado de países) en la reducción del número de trabajadores que viven en la miseria junto con sus familias. Los beneficios y dividendos empresariales han sido tan enormes que ni siquiera un crecimiento fuerte ha podido crear empleo, de ahí la persistencia del paro. La recesión agrava brutalmente este problema. Pero es ilusorio pensar que, para que todo el mundo tenga trabajo, lo que haya que hacer sea restaurar el crecimiento económico y aumentar cada vez más las cantidades producidas; esta sobreproducción no tiene ningún sentido, no consigue el pleno empleo, y además compromete gravemente las condiciones de supervivencia del planeta. Es necesario utilizar los beneficios obtenidos y revisar las escalas salariales para que todas las personas trabajen moderadamente y tengan un empleo. No es aceptable que algunos empresarios ganen varios centenares o miles de veces más el salario de sus propios trabajadores.
En Estados Unidos, aunque que la renta per cápita se ha triplicado desde el final de la Segunda Guerra Mundial, el porcentaje de ciudadanos que declaran sentirse satisfechos ha venido reduciéndose desde 1960. En 2005, un 49% de los norteamericanos estimaba que la felicidad se hallaba en retroceso, frente a un 26% que consideraba lo contrario. El incremento en la esperanza de vida al nacer registrado en las últimas décadas está tocando a su fin en un escenario lastrado por la obesidad, el estrés, la aparición de nuevas enfermedades y la contaminación.




En los países ricos vivimos por encima de nuestras posibilidades y empiezan a faltar materias primas vitales, por lo que habría que tomar varias medidas: reducir la producción y el consumo para cortar las emisiones que dañan el medioambiente; reorganizar nuestras sociedades sobre la base de otros valores, tales como la vida social, el altruismo y la redistribución de los recursos, frente a la propiedad y al consumo ilimitado; reivindicar el ocio y el reparto de tareas y labores frente al trabajo obsesivo; disminuir las dimensiones de las infraestructuras productivas, administrativas y de transporte para dar prioridad a lo local frente a lo global en un escenario marcado por la sobriedad; cerrar las industrias militares y reducir en la medida de lo posible la actividad de la construcción y de las industrias automovilística y aeronáutica.
De esta manera, podrían reubicarse millones de trabajadores en dos grandes cauces: desarrollo de actividades relacionadas con las necesidades sociales y medioambientales, más un reparto equitativo del trabajo en los sectores económicos tradicionales, con la consiguiente reducción de la jornada laboral y una coherente reducción salarial, siempre y cuando esté justificada, no afecte a las clases más desfavorecidas y no esté destinada a incrementar los beneficios empresariales. El resultado sería una mejora del nivel de vida, con más tiempo de ocio y mejores servicios sociales, todo ello en un entorno más limpio y menos agresivo, una vez que la ciudadanía se haya concienciado que la correa de transmisión que ha llevado la crisis a todo el planeta se llama consumismo y realmente no es necesario derrochar tanto ni mantener un alto nivel de ingresos.




Este decrecimiento no implicaría en ningún caso un deterioro de las condiciones de vida, sino mejoras sustanciales: redistribución de recursos, creación de nuevos sectores, preservación del medioambiente, bienestar de las generaciones futuras, salud de los ciudadanos, mejores condiciones del trabajo asalariado y relaciones sociales más humanas y satisfactorias.




Los integrantes de la parte media-alta de la pirámide son incapaces de renunciar a sus riquezas, puesto que han supeditado su vida a conseguirlas, luego hablarles de cambio, de “tener menos”, significa violentarles y conseguir que te miren con desprecio. Sin embargo, sólo nos quedan dos opciones: comenzar a decrecer voluntaria y racionalmente lo antes posible, o bien hacerlo obligados como consecuencia del inminente hundimiento de la sinrazón económica y social que padecemos.


5. Responsabilidad por el riesgo asumido: cuando los mercados financieros estaban en auge, los especuladores tuvieron enormes beneficios; ahora que se han estrellado, quieren repartir las pérdidas entre todos los contribuyentes, en vez de cubrirlas con aquellos beneficios. Los costes de gestión de la crisis no deben recaer sobre nuestras espaldas, sino ser asumidos por sus responsables, que se han beneficiado de tan fabulosas ganancias y han disfrutado de una enorme libertad de movimientos a sabiendas de que los Estados siempre acaban interviniendo para reparar los daños causados por los propios excesos del sector financiero, con lo que el riesgo es colectivo y se socializa, mientras las ganancias se privatizan. Hay que acabar con los rescates y hacer que los kamikazes corran con el costo de sus especulaciones.




Las cosas funcionan según el tipo de agente que tome parte en el mercado: si es un ciudadano cualquiera, las reglas son inflexibles y se hunde o se salva solo; si, por el contrario, es un consejero de una gran entidad financiera, mimado con retribuciones escandalosas, todo es diferente. Cuando las cuentas iban bien, no había nada que objetar, ni se investigaban posibles fraudes. Si de repente un día se torcían, tampoco pasaba nada; en el peor de los casos, el consejero se iba a su casa con un buen pellizco, y era inconcebible que su entidad pudiera desaparecer por los efectos del mercado, puesto que los trabajos y ahorros de mucha gente dependían de ella, y enseguida se abjuraba de la antigua fe y de las virtudes de la competencia para pedir al gobierno que les salvara de la quema. Eso sí, totalmente prohibido reprender a los responsables: el villano ha sido el mercado, la catástrofe ha sido anónima, no ha habido nadie, ningún sujeto real, que haya concedido hipotecas inverosímiles (que sus obligados, sujetos con ingresos inciertos, jamás van a poder pagar porque el mercado ha dictaminado que las más altas cotas de competitividad se alcanzan con los contratos basura); tampoco ha habido nadie que haya hecho maniobras financieras para incluir tales títulos en paquetes de camuflaje para ser ofrecidos como inversión; y en los consejos de administración tampoco ha habido nadie que se haya enterado de eso; ni ha habido nadie que se haya lanzado a invertir en tales productos o, lo que es peor, que haya colocado en ellos el dinero de sus clientes (como el joven tetrapléjico gallego cuyo dinero fue enviado a Lehman por Bankinter, a pesar de haber indicado expresamente lo contrario, o los miles de inversores del Banco de Santander cuyos ahorros fueron enviados a Lehman y Madoff a través de Banif y Optimal, respectivamente); en los organismos reguladores, no ha habido nadie que advirtiera el peligro. Nada de esto ha sido consecuencia de actos de ambición, negligencia e irresponsabilidad de personas de carne y hueso a las que deba buscarse para pedirles cuentas civiles y penales.
6. Clausura de los Centros Bancarios Extraterritoriales y los paraísos fiscales: el último informe (2007) del Observatorio de Responsabilidad Social Corporativa concluye que el 69% de las compañías que cotizan en el Ibex 35 cuenta con sociedades participadas con domicilio en paraísos fiscales como Andorra, Bahamas, Bermuda, Guernsey, Isla de Man, Islas Caimán, Islas Marshall, Jersey, Liberia, Liechtenstein, Luxemburgo, Mónaco, Panamá, San Marino o Suiza, lo cual supone un aumento considerable en relación al 51% del año 2006. Entre las 24 sociedades pertenecientes a este selecto grupo se encuentran empresas como Altadis, Endesa, Gas Natural, Iberdrola, Prisa, Repsol o Telefónica; y, por supuesto, cinco de las seis principales entidades financieras españolas: BBVA, Banesto, Banco Popular, Banco Sabadell y Banco Santander.




Los paraísos fiscales son decenas y están tolerados, aceptados y bajo el amparo de las viejas potencias coloniales, que inadmisiblemente mantienen el principio de disparidad fiscal, fuente de injusticias y desigualdades, mediante un ejercicio abusivo del principio de soberanía en detrimento de los principios básicos de la convivencia internacional. Exentos de impuestos, actuando al filo de la legislación internacional, con total secretismo fiscal y plagados de empresas domiciliadas pero sin presencia física, son el sitio preferido por quienes poseen dinero negro a espuertas, desde constructores o políticos corruptos a narcotraficantes o grupos terroristas, que quieren vivir en su propio país ocultando dinero negro y sin pagar un euro al Estado. Escondrijos, según datos del FMI, de una cuarta parte de la riqueza privada mundial que, según estimaciones de la ONU, cubriría de sobra los Objetivos del Milenio.
No hay ningún argumento económico razonable a favor de mantener el estatus de estos territorios, auténticas cloacas del sistema y cómplices de este desastre, salvo la necesidad de ocultar activos a las autoridades fiscales por parte de grandes fortunas e inversores, mafias, terroristas, comerciantes de armas o seres humanos, blanqueadores de dinero y demás delincuentes y crimen organizado. Es vital la supresión de los paraísos fiscales, que no ayudan al crecimiento, así como de la evasión fiscal de las grandes empresas en ellos y de los abusos de la banca y los grupos empresariales mediante la masiva utilización de Centros Bancarios Extraterritoriales. La función delictiva de estos regímenes fiscales preferenciales nocivos, caracterizada por la falta de transparencia, la opacidad, las cuentas secretas, las trampas contables y los fraudes financieros, debe ser completamente cerrada, ya que afecta a la ubicación de actividades fiscales y otros servicios, erosiona las bases imponibles de otros países, distorsiona los patrones de comercio e inversión y mina el bienestar global, así como la justicia, neutralidad y aceptación social y confianza de los contribuyentes en los sistemas fiscales en general.
Uno de los más ilustres depositarios de los paraísos fiscales fue el fallecido dictador chileno Augusto Pinochet, quien tuvo el “caso Riggs” entre sus múltiples problemas con la Justicia chilena. El campeón de la lucha contra el comunismo poseía 125 cuentas bancarias fuera de Chile, donde guardaba 27 millones de dólares. Además, con la ayuda de su patrocinador Henry Kissinger, había creado sociedades fantasma mediante nombres falsos en diversos centros extraterritoriales. Hoy en día, tenemos los casos de Silvio Berlusconi con “Mediaset” o el del Deutsche Bank que, junto con 10.000 de sus clientes, fue condenado en 2003 por el Tribunal de Francfort a pagar más de 200 millones de euros por impago de impuestos. Aquí en casa tenemos los casos de los clientes de BNP y Espirito Santo, las cuentas secretas del BBV (su ex presidente, Emilio Ybarra, reconoció la creación de sociedades en Liechtenstein y la Isla de Jersey para operaciones de ingeniería financiera) o Marbella y la especulación urbanística.




Además, tenemos el caso de ETA, que utiliza estos países para blanquear el dinero obtenido de la extorsión, junto al integrismo islámico de Al Qaeda (curiosamente, el origen de este nombre está en la denominación de una base de datos computerizada de los muyahidines apoyados por los EE.UU. en los años ochenta), el narcotráfico de las FARC y los cárteles suramericanos. Es evidente que el primer paso contra el terrorismo sería la clausura de los paraísos fiscales o, al menos, la creación de un registro centralizado de cuentas, depósitos bancarios y activos financieros, así como de un plan para investigar quién está detrás de los fondos depositados a través de los productos fiduciarios que ofrecen las entidades de crédito para captar dinero negro de los clientes a través de la banca privada – servicios especializados y personalizados que los bancos ofrecen a clientes con fortunas personales considerables, consistentes en productos financieros opacos que, ocultando la titularidad de los clientes, provocan la deslocalización de rentas y patrimonios (en el caso de España, la Agencia Tributaria ni siquiera mantiene una actitud vigilante sobre la actividad financiera en los paraísos fiscales).
Las personas que depositan su dinero en los 44 paraísos fiscales existentes dañan a la economía mundial, debido a que sus países de origen dejan de cobrar una importante suma que no puede ser destinada al beneficio social de toda una nación. Sin embargo, si estas mecas del crimen y la delincuencia han conseguido total impunidad para su insolidaridad, avaricia y engaños, ha sido porque los Estados han mirado hacia otro lado y los bancos les han permitido vivir y crecer.
Los Convenios europeos e internacionales contra la evasión fiscal, los delitos financieros y el crimen organizado han venido omitiendo repetidamente cualquier referencia a los paraísos fiscales; como si no existieran. La Convención de Naciones Unidas contra el crimen organizado rechazó el secreto bancario y pidió que se investigaran los movimientos del dinero fruto del delito, pero no hizo la menor mención a los paraísos fiscales. En 1988, el Acuerdo de Basilea sobre la utilización del sistema bancario por el crimen organizado pedía más compromiso y diligencia para impedir que el sistema financiero fuese utilizado ilícitamente, pero nadie nombró a los paraísos fiscales. En abril de 1997, el Consejo de Europa reconocía que la criminalidad organizada utiliza la actividad bancaria para evasión fiscal y blanqueo de capitales, pero nadie señaló a los paraísos fiscales como parte imprescindible de esa trama criminal.
En 2001, el GAFI, un organismo de la OCDE para vigilar los paraísos fiscales, propuso suavizar el trato con los que cumplieran sus “recomendaciones” contra la vulnerabilidad del sistema financiero ante el blanqueo de capitales, retirando de la lista de paraísos fiscales a varios territorios que no han dejado de serlo (Bahamas, Islas Caimán, Liechtenstein, Panamá, República Dominicana, San Vicente y Granadinas, etc.) sólo porque dijeron que seguirían las recomendaciones del GAFI (algo que no hicieron, espoleados por la ausencia total de cualquier mecanismo de presión o control para imponerlas). De esta manera, la OCDE y el GAFI no sólo no impulsan una acción concertada contra los paraísos fiscales, sino que los toleran y los aceptan, favoreciendo que dichos territorios se mantengan fuera del marco legal internacional con absoluta impunidad y que la delincuencia financiera continúe aprovechándose de las deficiencias de un ordenamiento nacional e internacional contemporizador con los paraísos fiscales.
Ahora, con la crisis, todo el mundo está contra los paraísos fiscales. Estados Unidos diseñará un “ambicioso plan” para combatir las “prácticas tributarias dañinas”. No obstante, la mayoría de grandes empresas estadounidenses tiene divisiones o sucursales permanentes en paraísos fiscales. También la Unión Europea pretende neutralizarlos y erradicarlos. Sin embargo, la mayoría de grandes empresas y bancos europeos operan en paraísos fiscales desde hace tiempo; y tampoco hay que olvidar que hay diez de ellos dentro del territorio europeo.




Naturalmente, desde el mundo de los negocios y las finanzas se ha propuesto una amnistía fiscal para fortunas ocultas en estos centros. Mientras, Austria, Luxemburgo y Suiza, paraísos fiscales camuflados, forman un frente para proteger el secreto bancario y pretenden tener voz y voto en la cumbre del G-20 que decidirá el control de las finanzas. Por su parte, llevando a cabo una perversa manipulación bajo la miserable idea de que pagar impuestos es malo o propio de imbéciles, los medios de comunicación siguen denominando “infiernos fiscales” a los países nórdicos de Europa (donde los impuestos a los más ricos son elevados) y “refugios fiscales” a aquellos Estados donde los más ricos esconden sus fortunas para no pagar impuestos.
Debería extenderse el principio de Justicia Universal a las formas más graves de delincuencia financiera que, en el caso de los paraísos fiscales, gozan de espacios de la más absoluta impunidad.
7. Cada institución financiera que haya sido beneficiada por algún plan de rescate o ayuda de cualquier tipo debe automáticamente reducir la carga financiera de las hipotecas que estén a su cargo.
Del mismo modo, hay que evitar a toda costa que ese dinero, que es de todos, vaya a parar en última instancia a manos de los autores de esta crisis que, mirando sólo por su propio beneficio, agradecen nuestra ayuda con injustificados despidos masivos o expedientes de regulación de empleo, mientras millones de personas quedan embargadas por sus deudas.
8. Evitar que la vivienda siga siendo un activo creado para generar beneficio a través de la acumulación y la especulación, y que sus instrumentos de financiación continúen representando la fuente que nutre la actividad de los mercados financieros: garantizar que las viviendas sean lo que deben ser, nunca activos para canalizar el ahorro de los ricos y labrar ganancias especulativas y desincentivar la especulación con bienes sociales básicos.




Mientras millones de personas luchan para poder pagar su hipoteca, miles de viviendas se echan a perder porque sus propietarios no las utilizan y no quieren venderlas ni alquilarlas.
9. Transparencia y control. Regulaciones nacionales y globales del sistema financiero: nadie está rechazando la existencia de la sacrosanta libertad de mercado, sólo recomendando que no se aplique de manera ciega ni como un dogma irrebatible (con lo que se corre el riesgo de que se convierta en impunidad económica), exigiendo que se rindan cuentas a la legislación constitucional y que se promulgue una ley de responsabilidad social corporativa que acabe con ciertos abusos y proteja a los ciudadanos frente a la actividad fraudulenta de los sujetos más relevantes de la actividad económica, especialmente en relación con el capitalismo financiero y el mercado de capitales.
Estas propuestas han venido rechazándose por razones puramente ideológicas, nunca prácticas, y ello a pesar de la desestabilización a gran escala y de las prescripciones constitucionales que establecen las condiciones que toda empresa debe cumplir: función social (aunque se trate de una empresa privada), redistribución de la riqueza (“promover el progreso de la economía para asegurar a todos una digna calidad de vida”) e igualdad de todos los ciudadanos (“la riqueza del país ha de revertir en el interés general, garantizando un orden económico y social justo”).
A los bancos centrales corresponde vigilar la situación del negocio bancario, advertir del riesgo y prevenir de sus consecuencias. Para ello disponen de medios y poder suficiente, siempre que estén dispuestos a hacerlo. Sin embargo, han preferido avivar y consentir la crisis hipotecaria. Pese a las advertencias del riesgo acumulado en los fondos de inversión especulativos, del peligro global que llevaba consigo y de la necesidad de regularlos para dotar de mayor seguridad a la economía mundial, han preferido convertirse en uno de los principales factores responsables de la crisis, haciendo la vista gorda ante el aberrante comportamiento del mercado hipotecario, mostrando su indiferencia ante el sufrimiento económico que los bancos imponen a millones de familias y permitiendo que la banca actuara con plena libertad para imponer condiciones draconianas en préstamos y créditos; con su ceguera, han sido cómplices del deterioro de la solvencia, génesis de la crisis hipotecaria.
Debe limitarse el mundo financiero, que es meramente especulativo y no productivo, así como garantizar la honradez de las transacciones financieras y limitar la simple especulación.
Sin control, los bancos juegan al riesgo excesivo, al préstamo basura un día y a no prestar al siguiente, los ayuntamientos avalan recalificaciones, los consumidores se endeudan más allá de lo razonable y se llega a un punto en el que el tren de la actividad económica da un brusco frenazo, crece la desconfianza, decaen las transacciones, disminuye la inversión, escasean los préstamos, cierran las empresas, aumenta el desempleo y crece el sufrimiento.
La ausencia de regulación y la falta de supervisión permiten excesos como el de las indemnizaciones millonarias del Banco de Santander (pensiones anuales de jubilación de siete millones de euros o indemnizaciones por cese de 56 millones de euros, justificadas por el Tribunal Supremo por la “absoluta libertad de mercado”) y sus famosas “cesiones de crédito” (cuyo principal reclamo era su opacidad fiscal, lo cual las convertía en un producto ideal para el blanqueo de dinero, generándose un fraude de más de ochenta millones de euros – sin embargo, la Fiscalía General del Estado, el Gobierno y la Audiencia Nacional pactaron impedir la celebración del juicio contra Emilio Botín y otros ejecutivos y defraudadores, evitando cualquier tipo de condena), o la emisión de “acciones preferentes” desde paraísos fiscales por parte del BBV por valor de 6.000 millones de euros, fondos que, además de no tributar, han servido para que su presidente y consejeros delegados constituyeran a su favor fondos de inversión y planes de pensiones de tres millones de euros para cada uno; de nuevo, fueron absueltos por la Audiencia Nacional y el Tribunal Supremo en nombre de la libertad de empresa.
10. Creación de fuentes de crédito públicas y alternativas al dinero (solidaridad, mercados de intercambio, cooperativas) que garanticen el funcionamiento de la actividad económica con independencia de los desequilibrios y la volatilidad de los mercados, establecimiento de un sistema de reservas bancarias al 100% (cobertura plena), abolir el poder otorgado a la banca para crear dinero de la nada y que toda la banca pase a ser propiedad de la ciudadanía mediante su nacionalización.

lunes, 8 de junio de 2009

¿Crisis u oportunidad? – 3. La crisis NINJA

Tratando de frenar la recesión tras la crisis de las “puntocom”, la Reserva Federal de EE.UU., con el sobrevalorado Alan Greenspan a la cabeza, puso la semilla de nuestra actual crisis cuando en junio de 2003 rebajó los tipos de interés al 1%, un nivel sin precedentes en 45 años, manteniéndolos así durante un año. De esa manera consiguió estimular la formación de la burbuja inmobiliaria y el fuerte aumento de las hipotecas “subprime”, con los posteriores procedimientos de transformación de éstas en títulos valores a otras instituciones financieras y a particulares, tanto en los EE.UU. como en el resto del mundo.
El objetivo de las hipotecas “subprime” era convencer a los “NINJA” (No Income No Job no Assets – sin rentas, ni trabajo, ni patrimonio) de que ellos también podían acceder a una vivienda. Las instituciones financieras animaban a sus deudores a refinanciar las hipotecas (aprovechando la revalorización de los inmuebles) y a especular con la vivienda, tentándoles con tipos de interés ridículos y rebajas en sus criterios de préstamo. Los precios comenzaron a subir exponencialmente, lo cual avivaba aún más la especulación y conseguía que los propietarios de casas se sintieran ricos, con el consiguiente auge consumista que ha venido sosteniendo la rueda de la economía en los últimos años.



En 2005, Ben Bernanke, sucesor de Greenspan, secundando a nuestro rijoso Álvarez Cascos, atribuía el incremento del precio de la vivienda a “unos fundamentos económicos robustos”, obviando la actividad especulativa. Naturalmente, el estallido de la crisis le pilló en paños menores, al igual que a todos los demás acólitos de su misma religión.



Cuando aumentaron los tipos de interés, el juego tocó a su fin. Actualmente, en EE.UU. hay seis millones de hipotecas “subprime”, el 40% de las cuales entrará en impago en los próximos dos años. Los títulos, por valor de billones de dólares, ya han contaminado como un virus el sistema financiero global, porque las hipotecas de alto riesgo no sólo se concedieron a clientes de bajos ingresos con pocas posibilidades de pagar a largo plazo, sino que después se emitieron bonos basura con esas hipotecas. Los bancos, además, crearon una red de entidades fiduciarias donde almacenar estos activos fuera de sus balances. Ha existido un fallo regulatorio y de supervisión bancaria.


Lo que ocurrió con Lehman Brothers, Merrill Lynch, Fannie Mae, Freddie Mac, Bear Stearns y demás fue que las pérdidas representadas por los títulos tóxicos rebasaban ampliamente sus reservas, lo que condujo a su caída. Y muchos otros van a caer cuando corrijan sus libros de contabilidad para reflejar el verdadero valor de sus activos. En otras palabras, que lo de “alto riesgo” no era sólo un decir, sino exactamente eso: alto riesgo de verdad.



Las entidades bancarias se han dedicado a colocar los recursos depositados por sus clientes en inversiones sumamente arriesgadas, muy rentables (para ellas mismas) pero muy peligrosas para su solvencia y para la marcha general de la economía. Con la especulación en el sector inmobiliario, han incentivado la actividad económica más volátil e insostenible, la que menos riqueza y empleo crea y la que más destruye nuestros recursos naturales, para después, cuando las burbujas que ellos mismos habían contribuido a crear comienzan a explotar, cerrar el grifo a los empresarios y a los ciudadanos. Con este funcionamiento, los bancos destrozan la actividad económica, provocando un desempleo masivo y una crisis sin parangón, y al mismo tiempo se hacen de oro, alcanzando rentabilidades extraordinarias con la especulación (sobre todo a partir del 2002, cuando las ganancias del sector financiero tuvieron un espectacular aumento) y cargando sobre sus clientes gastos, comisiones e intereses de usura.
Esta fase de rápida expansión de las instituciones financieras ha sido posible merced a varios procesos liberalizadores llevados a cabo desde la introducción de la libre flotación de los tipos de cambio de las divisas en 1973, seguida por la abolición de los controles a los movimientos de capitales y la posterior desregulación de los mercados financieros. La falta de control de los mercados y la desreglamentación financiera, dogmas del pensamiento ortodoxo neoliberal, han contribuido al desaguisado de la ruleta rusa de la especulación, con el claro protagonismo y responsabilidad de los gestores bancarios y su insaciable ansia de enriquecimiento, siempre en busca de las mayores ganancias posibles. Responsabilidad compartida con los gobiernos, partidos políticos e instituciones internacionales (Banco Mundial y Fondo Monetario Internacional), para quienes la palabra “intervención” no existe por haber sido borrada del diccionario económico y político del capitalismo globalizador y neoliberal de los últimos treinta años, y que, bajo la presión de los poderosos intereses empresariales de bancos y multinacionales, aceptaron y propagaron la dictadura de los mercados con todas sus consecuencias, permitiendo al capital privado actuar a su antojo para crear un entramado de productos de efectos cancerígenos para la salud de la Economía.
Deslumbrados por los beneficios, obsesionados con la ganancia inmediata, y aferrados a un marco neoliberal que ha demostrado ser tan devastador como inhumano, los políticos, banqueros, intermediarios y economistas se negaban a ver el monstruo que estaban alimentando. Los bancos estaban creando demasiado dinero en préstamo sin una base real y, cuando la gente no pudo devolverlo, se demostró que ese dinero no existía. Entonces la reacción de los bancos fue dejar de conceder créditos, haciendo desaparecer mucho dinero e imposibilitando la devolución de los préstamos que ellos mismos habían concedido; y, para rehacer sus balances, pedir (y recibir) mucho financiamiento público de los Estados, lo cual no ha servido para que esa liquidez llegara a la gente, quienes realmente lo necesitaban, mientras millones de personas quedaban desempleadas y cientos de empresas iban a la quiebra.



La catástrofe financiera, con la consiguiente contracción de la actividad económica, significa el aumento del desempleo en millones de trabajadores y una nueva vuelta de tuerca sobre los asalariados para conseguir más flexibilidad en los mercados laborales, disminuir el poder adquisitivo y restringir la protección social.
El dilema es cómo evitar el estancamiento económico sin tener que depender de un consumo cada vez mayor, financiado con mayores niveles de endeudamiento, a la vez que se respeta el medioambiente y se preservan los cada vez más escasos recursos naturales. Además, nuestro sistema de producción siempre creciente no puede sustentarse, ni mucho menos crear riqueza para todos, si el dinero se concentra cada vez en menos manos.

viernes, 5 de junio de 2009

¿Crisis u oportunidad? – 2. El timo de la estampita

Si nos fijamos en algunas de las crisis que hemos padecido desde que Adam Smith expuso sus teorías (las que luego cada cual interpretó según sus propios intereses), vemos que la rapacidad es su elemento común, no habiendo gran diferencia entre sus víctimas y aquéllas que sufren el timo de la estampita.



La más ridícula, pero mi favorita por lo bien que ejemplifica otros timos como el de Gescartera, Forum-Afinsa, Madoff y varias constructoras, tuvo lugar en 1630: el tulipán llegó a Holanda, captando la atención de los inversores por su rareza, con lo que su precio subió vertiginosamente (un solo bulbo valía tanto como un carruaje con sus caballos). Cada repunte de los precios fortalecía la creencia de que la subida continuaría para siempre, por lo que muchos pedían préstamos para comprar más tulipanes – préstamos avalados… con tulipanes (suena familiar, ¿no?) Un buen día, varios inversores decidieron vender sus tulipanes y muchos otros siguieron el ejemplo, hasta que el pánico invadió el mercado, arruinando a quienes se habían embargado para invertir en… ¿nada?



Durante los tres siglos siguientes se siguió especulando con los artículos más ridículos: oro de Louisiana antes de que se encontrara pepita alguna, acciones de compañías ferroviarias que se vendían al día siguiente (es lo que tienen los avances de la tecnología de la información: ahora se podrían vender al segundo siguiente), etc. Hasta llegar a la Gran Quiebra de 1929 y la subsiguiente Gran Depresión. Uno de cada diez estadounidenses, Groucho Marx incluido, tenía sus ahorros en la Bolsa, y bastó con que la Reserva Federal endureciera su política monetaria para que quebrara todo el sistema. Tal fue la conmoción que hay quien asegura haber visto a otro Marx, Karl, levantarse de su tumba londinense para exclamar “¡Os lo dije!” (Y lo había dicho, el muy agorero).



Bretton Woods representó un breve lapso de cordura que permitió crear un esquema monetario y financiero internacional para regular el sistema, controlar los movimientos de capitales y evitar la desestabilización. Pero sólo duró hasta los años sesenta, cuando volvieron los iluminados de la desregulación financiera pregonando la libertad absoluta de los movimientos de capital y la mínima intervención de los Estados.
El siguiente tulipán fue el petróleo. En 1973, la OPEP decidió recortar la producción un 25% y no vender más “oro negro” a quienes hubieran apoyado a Israel en la guerra del Yom Kippur, es decir, a EE.UU. y sus adláteres. El precio del barril se multiplicó por cuatro, de 4 a 16 dólares (¡quién lo pillara ahora a ese precio!)
De entonces en adelante, los mensajes de “¡os lo dije!” se hicieron más y más patentes y frecuentes (aunque no por ello más efectivos). En los ochenta, una vez eliminado el patrón oro en 1971 merced a Paul Volcker y Richard Nixon, el capitalismo, sostenido por su manía especulativa, se dedicó a batir sus mejores registros de crisis financieras gracias a la desregulación y liberalización de los mercados de capitales: en 1987 (ya saben, el mejor dúo cómico que ha dado la economía mundial: Reagan y Thatcher) los mercados financieros ya estaban informatizados, con lo que las órdenes directas de compraventa se realizaban sin ningún tipo de regulación, terreno abonado para los apetitosos “bonos basura”, tan rentables como arriesgados, que provocaron la quiebra de Wall Street.


A estas alturas ya nos encontrábamos ante una economía totalmente liberalizada e internacionalizada, con mercados totalmente interdependientes; al igual que ahora, la facilidad de desplazamientos, la inmediatez de las comunicaciones y transacciones, los avances tecnológicos y la asimetría de los ordenamientos nacionales, favorecían la actividad delictiva de las grandes corporaciones, todo ello en ausencia de una actividad punitiva uniforme y en el marco de un espacio económico carente de una regulación efectiva, sobre todo en la actividad bancaria.
En 1990 fue el turno de Japón y en 1997 el del resto de las bolsas asiáticas: en busca de altas rentabilidades, el FMI y el Tesoro de EE.UU. impusieron la liberalización financiera para poder introducir sus fondos rápidamente en los mercados inmobiliario y de valores. Esta sobreinversión llevó al desplome de los precios en ambos mercados, lo que condujo al pánico con su consabida retirada de fondos; en pocas semanas, 100.000 millones de dólares abandonaron las economías del Este asiático, que tuvo que ser rescatado por los especuladores extranjeros del FMI, con la consiguiente recesión y el colapso de la economía real.



En 2001 cayeron Enron, World Com y la mayoría de las “puntocom”, con una pérdida de activos de 7 billones de dólares y una nueva recesión. Y ahora se nos ha caído hasta el palo del sombrajo, lo cual no quiere decir que vayamos a espabilar. Lo más gracioso es que el epicentro de este terremoto sea Wall Street, núcleo financiero de los EE.UU., tan puritanos como de acomodaticia moral, donde el juego y las apuestas se consideran pecaminosas, pero no así arriesgar los ahorros de toda una vida (o los de la de otros) con los Lehman Brothers, los mejores trileros al Este del Misisipi.



Invertir en operaciones del sector financiero equivale a exprimir valor de valor ya creado. Puede crear beneficios pero, al contrario que la industria, la agricultura, el comercio o los servicios, no crea un valor nuevo. Las operaciones de inversión son excesivamente volátiles, y los precios de las acciones, obligaciones, etc. pueden divergir totalmente de su valor real, tal como ocurrió con las “puntocom”. De este modo, los beneficios dependen de la oportunidad para aprovecharse de los movimientos de precios y vender a tiempo antes de que la realidad fuerce a corregir a la baja para ajustarse a valores más reales. Los especuladores financieros sólo se guían por los beneficios a corto plazo, no por proyectos a largo plazo, que son los que crean puestos de trabajo y aumentan la riqueza material e intelectual del conjunto de la sociedad.

martes, 2 de junio de 2009

¿Crisis u oportunidad? 1. Los Diez Mandamientos

Estamos inmersos en la mayor crisis de los últimos ochenta años, ya nadie lo niega a estas alturas; pero también tenemos delante de nuestras narices la prueba fehaciente de que el sistema económico que hemos sufrido los últimos años no era viable. Es decir, que tenemos la oportunidad de revertir el proceso de desregulación total de los mercados y su sacralización teológica, lo cual simplemente exigiría que los políticos dejaran de actuar como gestores de los intereses de los poderes fácticos y financieros para ponerse de una vez al servicio de los ciudadanos (y, en el caso de España, además, dejar a un lado su mezquindad y sus maquinaciones y zancadillas: léase «espionajes de la Esperanza», «Bermejos y Garzones de los bosques», y demás).
Independientemente del sistema económico, sería básico que hubiera una mayor transparencia, sobre todo en el mercado financiero, aunque ello suponga mayores regulaciones o incluso trabas a la especulación que, al fin y al cabo, es la que nos ha llevado a esta situación. De todos modos, en este caso «especulación» no es sino un eufemismo de «avaricia», con lo que estaríamos hablando tanto de control como de cambio de mentalidad. Tal ha sido la codicia en los últimos tiempos que hemos matado a la gallina de los huevos de oro y ahora los fanáticos de la secta del neoliberalismo se niegan a aceptar que tan valiosa ave ya no está con nosotros o intentan demostrar por todos los medios que dicho asesinato era el mejor sistema posible, acusando de los peores pecados a quien afirme lo contrario, a quien crea en la inversión en vez de la especulación o se atreva a pronunciar el nombre de John Maynard Keynes en su presencia, algo equivalente a sacar un crucifijo y una ristra de ajos ante un vampiro cebado por la sangre chupada a los ciudadanos.
Y es que para los más recalcitrantes el sistema económico neoliberalista se ha convertido en todo un dogma, incluso con sus mantras ceremoniales («¡No al gasto público!») y sus propios mandamientos, entregados por el dios Mercado a Ronald Reagan en el Monte Rushmore (o «Rushmond», si lo escribe Eugenio Trías en el ABC Cultural) mientras él y su pueblo de republicanos vagaban por Wall Street:


I. Bajarás los impuestos.
Si hay superávit, hay que bajar los impuestos porque no merece la pena llevarse tanto dinero del ciudadano; si hay recesión, hay que bajar los impuestos para reactivar la economía; si nos recuperamos, hay que bajar los impuestos para consolidarlo. Y esto se repite una y otra vez, como el rosario. Bajar o suprimir los impuestos es la panacea. Reagan y Bush I lo hicieron durante 12 años, dejando un gigantesco déficit público que enmendó Clinton, hasta que llegó Bush II y se las ingenió para duplicar la deuda de EE. UU. en ocho años. Como dijo Albert Einstein, «la definición de locura es repetir lo mismo esperando resultados diferentes». Y lo mismo parafraseó Barack Obama en su discurso de la Convención Nacional Demócrata el 28 de agosto de 2008: «la mayor tontería que podemos cometer es volver a aplicar la misma vieja política con los mismos viejos jugadores y esperar un resultado diferente».


II. Controlarás militarmente las reservas energéticas.
Así se ha hecho siempre (véase África), así se está haciendo (Irak) y así se hará (extracción de petróleo y rutas comerciales por el Ártico); y, si la cosa se pone fea, lo mismo ocurrirá con el litio de Chile, Bolivia y China (básico para la fabricación de baterías), el coltán del Congo (por ahora están dejando hacer a los señores de la guerra locales), los alimentos, el agua y el aire.
Además, el negocio armamentístico es de los más lucrativos que hay hoy en día; ofrece la posibilidad de pingües beneficios a través de la inversión en la fabricación de muertos. Veamos una lista de los bancos que operan en España y su participación en empresas que fabrican productos militares u ofrecen servicios a este sector.

ENTIDAD PARTICIPACIÓN PRODUCTOS O SERVICIOS
BSCH 13 % a 43 % Bombas de racimo, espoletas, explosivos, créditos
Caja Madrid 13 % Sistemas de tiro, fragatas, aviones, submarinos
Barclays 6,15 % Sistemas de tiro, fragatas, aviones, submarinos
BBVA 66 % Comunicaciones militares, fragatas
Caja Castilla La Mancha 20 % a 48 % Adiestramiento militar, fuselajes, partes de helicópteros
BBK 21,9 % Modernización de carros de combate y blindados
Caja San Fernando 2 % Componentes de aviones, ensamblajes
IberCaja 13 % a 43 % Electrónica militar
Banesto 6,4 % Créditos para la exportación de armas
Banco Sabadell 3,4 % Créditos para la exportación de armas
Banco Pastor 1 % Créditos para la exportación de armas
Deutsche Bank 1 % Créditos para la exportación de armas

Lo ético sería desmantelar las industrias militares, que sólo sirven para someter a países enteros a los intereses de las multinacionales, y destinar el dinero resultante al desarrollo.

III. Desregularás los mercados y liberalizarás todo o casi todo (con condicionantes).
A través de la trinidad formada por la Organización Mundial del Comercio, el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, se «fomentan» —eufemismo de «imponen»— medidas de liberalización en el Tercer Mundo, mientras se defienden y se mantienen medidas proteccionistas con los productos agrarios de los países ricos. Es decir, que la estrategia consiste en exportar el liberalismo económico a los países menos desarrollados mientras Occidente rechaza aplicarse a sí mismo las reglas del libre comercio y se protege de los indeseados efectos de la economía de mercado con legislaciones laborales intervencionistas o medidas arancelarias sobre la agricultura. Se ahoga a los países pobres, destruyendo su economía al obligarlos a aceptar nuestros productos sin aranceles, mientras nosotros bloqueamos los suyos. La utopía de la economía internacional autorregulada por el mercado nunca ha sido un sistema deseable para quienes lo proclaman, sino algo destinado a ser impuesto a países incapaces de defenderse del mercado por sí mismos. Las políticas neoliberales de privatización, desregulación y liberalización, que no lograron relanzar el crecimiento económico en los países en desarrollo, sobre todo en América Latina, ya han quedado del todo desacreditadas.



Lo más curioso es que los que siempre han profesado esta fe hasta el paroxismo son ahora los que reniegan de la autorregulación y no cejan en su letanía al Gobierno, exigiéndole que tome medidas para salir de la crisis (por supuesto, sin hacer ellos propuesta alguna, y en cuanto se toma una medida apresurándose a asegurar que eso ya lo habían propuesto ellos hacía tiempo). Pero claro, como buenos amigos de los banqueros, a lo que se refieren cuando piden la intervención estatal es a la socialización de las pérdidas, mientras las ganancias acumuladas tras años de pillaje se quedan en bolsillos privados.
La máxima «El Estado es el problema y no la solución», acuñada por la revolución conservadora de Margaret Thatcher y Ronald Reagan, ha saltado en pedazos en cuanto se han acumulado las dificultades; pero sus idólatras se han limitado a hacerse los locos y seguir aplicándola, sólo que de manera más selectiva, asumiéndola cuando sirve a intereses especiales y descartándola cuando no es así. Sin complejos, el presidente de la patronal española ha exigido «un paréntesis en la economía de mercado», es decir, ha pedido sacar del ostracismo a las ideas keynesianas, tan menospreciadas en el último cuarto de siglo, para sacar a la economía de la camisa de fuerza de la desregulación.



John Kenneth Galbraith, un destacado economista del siglo xx, de la corriente keynesiana, sostenía que el Estado debe intervenir en el mercado con el fin de regularlo y evitar grandes inequidades e injusticias, puesto que la economía distribuye la riqueza con gran desigualdad, de manera contraria a los intereses sociales y de forma perjudicial para la propia economía desde el punto de vista práctico.
Como ejemplo, el 1 % de las familias más ricas de Norteamérica es propietario del 40 % de la riqueza, mientras que el 20 % de la población con menos ingresos posee sólo el 5 %.
¿Merece el multimillonario seguir cosechando riqueza a costa del resto de la sociedad? Es decir, ¿deben permitir los gobiernos que sigan existiendo inequidades tan grandes como las que se viven en estos tiempos?


IV. Fomentarás los monopolios privados.
Mientras se juega a la farsa de la ortodoxia neoliberal, condenando a la hoguera cualquier tipo de proteccionismo o traba a la libertad económica, se permite una multitud de actividades sometidas a restricciones a la competencia amparadas por una normativa sospechosa de soborno: oficinas de farmacia, precios de los libros y del suelo, convenios colectivos, profesiones colegiadas, sector comercial, distribución de tabaco, alquiler de vehículos, telecomunicaciones, agencias de viaje, cemento, transporte por carretera, energía, etc.

V. Codiciarás los bienes ajenos.
Los gobiernos han hecho la vista gorda ante estos delincuentes financieros durante demasiado tiempo. Ya va siendo hora de darse cuenta de que quienes causan los mayores daños económicos no son los atracadores ni los carteristas, sino respetables caballeros que, desde sus lujosas mansiones y con sus elegantes trajes (pagados por los mismos gobiernos o por medio del soborno de turno) llevan a nuestras empresas a la quiebra, destruyen miles de empleos, roban nuestras pensiones y arruinan nuestras vidas.



VI. Utilizarás las subvenciones públicas para enriquecer aún más a bancos, grandes empresas y multimillonarios.
Agradecidos, utilizarán los planes de rescate para celebrar fiestas extravagantes y repartirse pagas estratosféricas entre directivos obsesionados por el crecimiento bursátil y su enriquecimiento personal, jamás para trasladar esas millonarias inyecciones a los ciudadanos en forma de concesión de créditos.
Recientemente, en un programa de radio de EE. UU., un chico de 14 años le hizo esta pregunta a Lawrence Summers, asesor económico de la oficina del presidente: «¿Por qué el Estado no le presta dinero directamente a la gente y a las empresas en lugar de hacerlo a través de los bancos?» Summers le respondió que el sector privado es más eficiente que el público, a lo cual el chico le preguntó de nuevo: «Si son tan eficientes, ¿por qué han creado el problema que han creado y el Estado tiene ahora que salvarlos?» Summers no supo qué contestarle.
Quizás, además del candor de la pregunta, lo que dejó bloqueado a Summers fueron cifras como 7 (los millones de indemnización que recibió el máximo ejecutivo de la aseguradora rescatada AIG), 34 (los millones que ganó el presidente de Lehman Brothers en 2008, año en el que llevó a su empresa a la quiebra —no sin antes despedir a sus altos cargos para que pudieran cobrar sus indemnizaciones—), 165 (los millones en primas que AIG —«Una corporación que se encontró con el desastre financiero debido a la imprudencia y la codicia», en palabras de Barack Obama—, repartió a sus ejecutivos pese a haber recibido un auxilio económico de 180 000 millones del Tesoro y la Reserva Federal), 200 (los millones de indemnización que se repartieron los tres altos ejecutivos de la financiera rescatada Merrill Lynch), 360 (el factor por el que habría que multiplicar un sueldo medio para equipararlo al de los directivos de las primeras 250 empresas de EE. UU.), 2800 (los millones que se repartieron los directivos de Merrill Lynch antes de que su empresa fuese absorbida por Bank of America para evitar su quiebra) o 400 000 (lo que se gastaron en un fin de semana los exdirectivos de AIG para celebrar que habían sido despedidos).
Se hace vital una reforma completa de la regulación financiera para asegurar que esto no vuelva a ocurrir. No tiene sentido rescatar un sistema financiero que ha demostrado ser injusto por estar hecho a la medida de los excesos especulativos de los multimillonarios y los bancos. Urgen cambios y alternativas económicas reales, no servirse del dinero público de todos para que todo siga igual. Es el sistema lo que está en crisis y reflotarlo no es una buena idea (y tampoco viable).


VII. Eliminarás el estado del bienestar.
Por medio de la eliminación paulatina de impuestos a grandes fortunas y corporaciones (que, por otra parte, tampoco necesitan tal merced, puesto que ya se encargan ellos mismos de evadir sus responsabilidades gracias a la «contabilidad creativa» y a los paraísos fiscales), se provoca una merma en la capacidad de los Estados para mantener sus programas sociales, educativos y sanitarios.
En EE. UU. se ha denegado una ayuda de 6000 millones de dólares para proporcionar cobertura sanitaria a los nueve millones de niños (de entre un total de cuarenta millones de personas) que carecen de ella. No hay dinero para proteger la salud, pero se tira la casa por la ventana para ayudar al sector financiero. Tampoco lo hay para colaborar con los organismos de cooperación y ayuda internacional, ni para perdonar un duro de la deuda externa del Tercer Mundo, pero nunca se escatima a la hora de tapar los agujeros de especuladores y canallas que juegan a la ruleta rusa con las cabezas de los demás, derrochando generosidad con Fannie Mae y Freddie Mac, cuyo dispendio representa cuatro veces la deuda pública de todos los países en vías de desarrollo.
Es decir: socialismo para los bancos y neoliberalismo conservador para la gente en un país donde la mitad de sus trabajadores, casi sesenta millones de personas, no tienen cubiertos los días de enfermedad, lo cual acarrea los consabidos problemas debidos a la presencia de personas enfermas o con mermas significativas de sus facultades en los lugares de trabajo. Con tantas desigualdades, es un escándalo que sólo suenen las alarmas cuando los afectados son los sectores más opulentos. Se socializan las pérdidas mientras se refuerzan los privilegios de las élites.
En Europa, los bancos centrales ponen miles de millones a disposición de las entidades financieras, con una generosidad de la que carecen cuando los afectados por las crisis son los más desfavorecidos del planeta.
Una vez convencida la ciudadanía de que la única manera de defender sus propios intereses es olvidarse de ellos para defender los del mercado, lo mejor que puede hacer la clase obrera es apretarse el cinturón a favor del patrón. Así, los sindicatos se han convertido en los órganos a través de los cuales los obreros proponen a la patronal trabajar más y más barato intentando así impedir que las empresas se deslocalicen en busca de países con mano de obra más barata y los dejen en el paro.



El chantaje funciona como un círculo vicioso: si una empresa paga salarios justos a sus empleados, ésta se hunde y aumenta el paro; pero si el desempleo se reduce sube el valor de la mano de obra y los empresarios no pueden pagarla, con lo que sus negocios se hunden y vuelve a aumentar el paro. De la misma manera, si se obliga a las empresas a no destruir el medioambiente, se encarece la producción y han de bajar los salarios, despedir a trabajadores o declararse en quiebra. En las mismas estamos si se las obliga a pagar todos los impuestos (de los que muchas de ellas quedan eximidas «por el bien de la economía»), si se implantan medidas eficaces de ahorro energético (menos beneficios para las empresas del ramo, lo cual pagan sus trabajadores), si se inventa una vacuna contra el SIDA y se pone a la venta a un precio justo (grave perjuicio para las farmacéuticas, que tendrían que ajustar sus plantillas), o si se racionaliza la producción, centrándola en satisfacer las necesidades primarias de todo el planeta en vez de los caprichos de la burguesía de los países ricos, con lo que se agravaría la crisis económica.



En el primer semestre de 2008, las 176 mayores empresas de España ganaron un 1,5 % menos, pero elevaron un 20 %, hasta 12 000 millones de euros, los dividendos repartidos entre sus accionistas. Y estamos hablando de España, el único país de la OCDE cuyos salarios han perdido poder adquisitivo entre 1999 y 2006 (un período en el que, sin embargo, los beneficios empresariales aumentaron un 73 %), en parte gracias al mayor uso de la contratación temporal y del trabajo irregular. No es de extrañar que, en 2005, mientras los empresarios obtenían sus mayores beneficios (muchos de los cuales hoy capean la crisis entre brindis al sol y salarios de altos vuelos), un 20 % de la población española viviera ya bajo el umbral de la pobreza.
El gran profeta de la abolición del estado del bienestar fue el Premio Nobel de Economía, Friedrich von Hayek (1899-1992) quien proponía a cambio el «estado de la desigualdad», puesto que «La libertad sólo puede alcanzarse en el mercado anónimo e impersonal que da a cada uno lo suyo». Lo malo es cuando uno se da cuenta de que, sin comerlo ni beberlo, «lo suyo» es un puesto de trabajo sin horarios, ni protección, ni seguridad ni derechos, mientras que para el empresario que lo contrata, «lo suyo» es producir cantidades excesivas de productos a costa del medioambiente.
Y su fe en estas ideas era tan radical que, ante la propuesta de proporcionar ayuda a los miles de africanos que perecían cada año de inanición a causa de las sequías, no le tembló la voz para afirmar: «Me opongo absolutamente, no tenemos porqué asumir tareas que no nos corresponden; debe operar la regulación natural. Cualquier intervención humanitaria atenta contra la libertad soberana del mercado, que no puede tener en cuenta lo que cada persona necesita o se merece». En otras palabras, quien no pueda sostenerse a sí mismo debe ser purgado; de esta manera, el neoliberalismo se deshace de los elementos improductivos de la sociedad, a modo de solución final o «sálvese quien pueda» colectivo en el que ya no hay personas, sino «mercancías cuya remuneración debe corresponderse con la utilidad que reporten al resto de miembros de la sociedad».
Si Hayek hubiese vivido unos años más, se habría sentido muy orgulloso de cómo hemos aplicado sus disparatadas teorías en nuestro país, donde el gasto social por habitante es el segundo más bajo de toda la UE-15, sólo detrás de Portugal. Mientras que nuestro PIB es el 93 % del promedio de esos 15 países con desarrollo económico equivalente al nuestro, el gasto público per cápita es sólo del 70 %.
Lo curioso es que este subdesarrollo del estado del bienestar no tenga una mayor visibilidad política y mediática. Será que los poderes fácticos y los grupos de presión, con su enorme poder político y mediático y constituidos por individuos que pertenecen al 30 % de la población con renta superior del país, no tienen que sufrir las graves insuficiencias de nuestros servicios públicos y no son conscientes de nuestro retraso social: envían a sus hijos a escuelas privadas, son atendidos en clínicas privadas (o reciben trato preferencial en las públicas), etc.

VIII. Darás falso testimonio y mentirás.
Ya lo dijo Adam Smith en La riqueza de las naciones: «Cualquier nueva ley o regulación del comercio que provenga de los beneficiarios directos de los negocios ha de ser asumida sólo tras larga y cuidadosa comprobación, pues provienen de un tipo de personas cuyo interés nunca es el de la comunidad, y que más bien pretende defraudar sus esperanzas y seguir oprimiéndola, como ha demostrado la experiencia en muchas ocasiones».
Se comente el error de pasar por alto que las decisiones económicas fundamentales dentro de este sistema se toman en función de la tasa de ganancia y no de lo que es correcto para la sociedad o para la humanidad.
Merced a la desregulación financiera, las inversiones en los mercados son opacas y de estructura piramidal, de modo que el tenedor final de un título no sabe a qué operación responde lo que está comprando o tratando de vender, todo ello en el marco de las nuevas tecnologías, que permiten llevar todo a cabo de manera vertiginosa y anónima.

IX. Venerarás el crecimiento económico sobre todas las cosas.
Es la vieja y desacreditada filosofía de dar cada vez más a aquellos que tienen más esperando que la prosperidad se derrame sobre los demás, lo que Thatcher denominaba «capitalismo popular» y que, traducido al mundo real, significa «apáñatelas como puedas». ¿Te quedas sin trabajo? Mala suerte. ¿No tienes seguro sanitario? El mercado lo arreglará. ¿Has nacido en la pobreza? No te queda otra que valerte por ti mismo.
El problema de nuestro sistema es que la economía siempre tiene que seguir creciendo. Sin embargo, la economía mundial no puede seguir creciendo de la misma manera porque la capacidad de la Tierra para absorber recursos contaminantes está al límite; sin embargo, una parada o decrecimiento repentino llevaría a la miseria a cientos de millones de personas más. Es decir, que no es posible cambiar de manera inmediata de la actual economía insostenible a otra sostenible, pero hay que hacerlo cuanto antes; es como ir en bicicleta hacia un barranco a toda velocidad y sin frenos: dejar de pedalear supone caerse y hacerse mucho daño (si dejamos de consumir, el sistema se derrumba inmediatamente), pero seguir pedaleando implica caerse por el barranco, lo que es aún peor.

X. Producirás más.
El capitalismo es un sistema en el que se produce más con un solo objetivo: producir más. Se acumula capital para acumular más capital. Los capitalistas son como ratones en una rueda que corren más deprisa con el único objetivo de correr aún más deprisa. Cada empresa se esfuerza por imponerse a la competencia aumentando su ritmo de producción, haciendo trabajar más deprisa a sus trabajadores. Todo el mundo produce más para no perder mercado, resistir la competencia y poder seguir produciendo más y más indefinidamente. El sistema es tan absurdo que su mayor problema acaba siendo la sobreproducción. El capitalismo vive continuamente bajo la amenaza de la crisis económica, pero no porque falten productos, sino porque sobran. Una situación contradictoria: ¿desde cuándo es un problema un exceso de riqueza? Pues bajo el capitalismo lo es, y muy grave, como en la crisis de los ochenta, cuando hubo que alimentar a las vacas gallegas con mantequilla. Parece absurdo, porque la mantequilla proviene de las vacas y cuesta mucho esfuerzo producirla. Sin embargo, cuando las empresas capitalistas han producido más mantequilla de la que es posible vender, regalarla sería como tirar piedras contra su propio tejado, porque cuanta más mantequilla tenga la gente, menos aún la comprará (las vacas, al contrario que los millones de personas que mueren de hambre a diario, no son clientes potenciales). Además, así engordaban rápidamente y producían mucha más leche con la que fabricar más y más mantequilla. Lo mismo ocurre en la agricultura en general. Casi todos los años asistimos, algunos espantados y otros impávidos, al espectáculo de toneladas de tomates, plátanos, patatas, uvas, etc. desperdiciados, o de miles de litros de leche derramada.



Pero esa no es la única paradoja del régimen capitalista: el progreso tecnológico no acorta la jornada laboral, sino que la alarga y la precariza; la guerra, la peor de las calamidades para el ser humano, es el mejor estimulante económico, y la producción de armamento, la más pesada carga para los hombres, el mejor negocio para la economía; a la dilapidación sistemática de recursos y riqueza se la llama «consumo» y «estimulación de la demanda», y a la destrucción del planeta «crecimiento». Es decir, que todo aquello que para los seres humanos es un problema, para la economía es una solución (y viceversa).
La visión dominante en las sociedades opulentas está basada en la fe en que el crecimiento económico es la panacea que resuelve todos los males. Sin embargo, el crecimiento económico no genera cohesión social, provoca agresiones medioambientales, propicia el agotamiento de recursos escasos y permite el triunfo de un modo de vida esclavo que invita a pensar que seremos más felices cuantas más horas trabajemos, más dinero ganemos y más bienes consumamos.