lunes, 30 de marzo de 2009

Dude, Where’s My Country? III



(Traducción de un extracto del capítulo Un futuro de lo más «crudo» del libro de Michael Moore Tío, ¿qué han hecho con mi país?)
El otro día soñé que estaba en el futuro, en el año 2054; era mi centésimo cumpleaños y mi bisnieta me hacía una visita sorpresa. Me decía que estaba haciendo un trabajo para su clase de Historia de sexto curso y quería hacerme unas preguntas. Lo curioso es que no había luz ni ordenador, y el agua que bebíamos no estaba embotellada.
A: ¡Hola, bisabuelo! Te he traído una vela. Por alguna razón hemos recibido una de más dentro de nuestro racionamiento mensual. Pensé que podría no haber suficiente luz para la entrevista.
M: Gracias, Annie. Cuando terminemos, ¿podrías dejarme ese lapicero que estás usando? Así podría añadirlo a la leña para mantenerme caliente.
A: Lo siento, bisabuelo, pero si te lo diera ya no tendría nada con que escribir para el resto del año. ¿Es cierto que en tus tiempos utilizabais otras cosas para escribir?
M: Sí, teníamos bolígrafos y ordenadores, e incluso pequeños aparatos que transcribían por escrito mientras tú hablabas.
A: ¿Y qué pasó?
M: Ya sabes, cariño, estaban hechos de plástico.
A: Ah, sí, plástico. A todo el mundo le encantaba el plástico en esa época, ¿verdad?
M: Era algo mágico, pero se hacía con petróleo.
A: Ya veo. Entonces, desde que se agotó el petróleo, hemos tenido que utilizar lapiceros.
M: Exactamente. Se echa de menos el petróleo, ¿eh?
A: Cuando eras joven, ¿la gente era tan estúpida como para pensar que el petróleo duraría para siempre, o es que no os importaban las generaciones futuras?
M: Por supuesto que nos importaban, pero en mis tiempos nuestros gobernantes juraban por Dios que había abundancia de petróleo y, por supuesto, nosotros queríamos creerles porque nos estábamos divirtiendo muchísimo.
A: Entonces, ¿qué hicisteis cuando el petróleo comenzó a acabarse y sabíais que el fin estaba cerca?
M: Intentamos mantener el asunto bajo control manteniendo bajo nuestro control las partes del mundo donde se encontraba la mayor parte del petróleo y el gas natural. Se libraron muchas guerras. Para las primeras, en Kuwait e Irak, nuestros líderes encontraron excusas como «este hombre malo tiene armas peligrosas» o «hay que liberar a estas buenas personas». Nos gustaba esa palabra… «liberar». Pero la lucha nunca era realmente por ninguna de esas razones. Siempre era por el petróleo. Lo que pasa es que en aquellos días no se decía claramente.



A: He oído que cuando tú naciste había tanto petróleo que empezasteis a hacer todo con él, y que la mayoría de los objetos eran de usar y tirar. Hace un par de años, papá y mamá consiguieron permisos para rebuscar en el vertedero y nos tocó el gordo, porque encontraron unas cuantas bolsas de plástico que casi no se habían descompuesto. Y dentro tenían cantidad de cosas hechas de plástico. ¡Qué listos fuisteis conservando todas esas cosas tan cuidadosamente en bolsas!
M: Bueno, gracias, pero sólo fue un golpe de suerte. Tienes razón cuando dices que hacíamos todo de petróleo convirtiéndolo en plástico. Tapicerías para muebles, bolsas de supermercado, juguetes, botellas, ropa, medicamentos, e incluso pañales; todo venía del petróleo. La lista de lo que se hacía con el petróleo y sus derivados era interminable: aspirinas, cámaras, bolas de golf, baterías de coche, moquetas, fertilizantes, gafas, champú, pegamento, ordenadores, cosméticos, detergentes, teléfonos, conservantes, balones, insecticidas, maletas, esmaltes de uñas, asientos de inodoro, medias, dentífrico, almohadas, lentes de contacto, neumáticos, bolígrafos, CD, zapatillas…; nombra cualquier objeto y seguro que tenía que ver con el petróleo. Estábamos enganchados. Echábamos un trago de una botella de plástico y la tirábamos. Gastábamos un litro de gasolina para conducir hasta la tienda para comprar un litro de leche (que también venía en una botella de plástico). Cada Navidad, tu abuela recibía regalos hechos de plástico bajo un árbol de Navidad de plástico. Y también es cierto que incluso metíamos nuestra basura en bolsas de plástico y la tirábamos.
A: ¿De dónde se sacó la gente la idea de «quemar» petróleo? ¿Por qué quemar algo tan escaso? ¿También quemaba la gente los diamantes en esa época?
M: No, la gente no quemaba los diamantes. Se consideraban muy valiosos. El petróleo también se consideraba muy valioso, pero a nadie le importaba. ¡Simplemente lo convertíamos en gasolina, encendíamos una bujía y quemábamos esa mierda sin pensar en las consecuencias!
A: ¿Cómo era cuando no podíais respirar a causa de la suciedad del aire provocada por quemar eso que llamabais gasolina? ¿No os hizo daros cuenta de que no se debía quemar nada proveniente del petróleo? Puede que ese olor era el modo que tenía la Naturaleza de intentar deciros, «¡No me quemes!»
M: ¡Oh, ese olor! Era la manera que tenía la Naturaleza de decirnos que algo iba mal. ¿En qué estaríamos pensando?
A: Pero os estabais envenenando, así que ¿qué hicisteis?
M: A la gente no le quedaba otra que aspirarlo, lo cual causaba el sufrimiento y la muerte de millones de personas. Nadie quería decir que las dificultades para respirar se debían a la contaminación del aire provocada por la quema de combustibles fósiles, así que los médicos decían que teníamos asma o alergia.
A: Lo que no entiendo es lo siguiente: si os lo estabais pasando tan bien, conduciendo por ahí y todo eso, gastando todo nuestro petróleo, ¿por qué no planeasteis cambiar a otro combustible, antes de agotarlo, para poder seguir pasándolo bien?
M: El pueblo estadounidense era la clase de gente que se acostumbraba a hacer las cosas de una manera y era imposible hacerles cambiar.
A: ¿Qué quiere decir «estadounidense»?
M: Mejor cambiamos de tema.
A: Y luego se acabó la comida.
M: En aquella época parecía una buena idea utilizar petróleo para cultivar comida. Los fertilizantes, pesticidas y herbicidas artificiales, por no hablar de todos los tractores y utillaje de agricultura, dependían de los combustibles fósiles. Cuando la producción de petróleo llegó a su cima, los precios de los alimentos aumentaron a la par de los de los combustibles fósiles. Los primeros en morir de hambre fueron los pobres del mundo. Sin embargo, en cuanto la gente se dio cuenta de lo que estaba ocurriendo, atacaron tiendas y almacenes, con lo que ser rico no garantizaba tener suficiente para comer. Para colmo de desgracias, cuando comenzó la extinción, la gente no podía permitirse llegar al trabajo, calentar sus hogares o comprar electricidad. Algunos expertos predijeron que la producción mundial de petróleo llegaría a su cima alrededor del 2015, y se rieron de ellos, pero tenían razón. Los precios de los combustibles comenzaron a subir aún más vertiginosamente, pero era demasiado tarde para planear una transformación suave hacia un modo diferente de obtener energía. La catástrofe ya había llegado.
A: Tengo una teoría sobre lo que ocurrió. He oído que a vuestra generación le encantaba el sol y se pasaban el día tomándolo, tumbados y dormidos. Creo que esa es la razón por la cual gastasteis todo el petróleo barato, para poder calentar la Tierra, deshaceros del invierno, y que todo el mundo pudiera lucir buenos bronceados y tener un aspecto molón.
M: No, la verdad es que el sol nos daba un miedo mortal. La mayoría de nosotros trabajaba en edificios con las ventanas totalmente selladas, con máquinas para filtrar y limpiar nuestro aire y nuestra agua.
En las ocasiones en que nos aventurábamos a salir al exterior, solíamos embadurnarnos de filtro solar y llevábamos oscuras gafas de sol y sombreros para protegernos la cabeza. Pero por mucho que odiáramos el sol, todavía odiábamos aún más el frío. Todo el mundo se trasladaba a los Estados más cálidos, donde casi nunca nevaba, para pasar sus días en casas y oficinas con aire acondicionado y conducir por ahí en automóviles con aire acondicionado. Por supuesto, esto consumía aún más gasolina, lo cual hacía que el mundo se calentara aún más, por lo que la gente subía aún más el aire acondicionado.



A: Bisabuelo, ¿cómo sobreviviste?
M: Tu bisabuela y yo estábamos viajando por el extranjero cuando comenzó la gran extinción. Pudimos sobrevivir gracias a que, en algún lugar en la Región del Petróleo, encontramos una cueva con gran cantidad de comida y teléfonos móviles, así como un buzón de correos. Nunca habría creído que alguien pudiera sobrevivir en una cueva tanto tiempo sin ser descubierto, pero lo hicimos, al igual que quien sea que la utilizara antes que nosotros. Lo más raro de todo era que también había un aparato de diálisis, y yo no dejaba de pensar… «no, no puede ser».

martes, 17 de marzo de 2009

Por la lectura (José Luis Sampedro)

Cuando yo era un muchacho, en la España de 1931, vivía en Aranjuez un Maestro Nacional llamado D. Justo G. Escudero Lezamit. A punto de jubilarse, acudía a la escuela incluso los sábados por la mañana aunque no tenía clases porque allí, en un despachito que le habían cedido, atendía su biblioteca circulante. Era suya porque la había creado él solo, con libros donados por amigos, instituciones y padres de alumnos. Sus «clientes» éramos jóvenes y adultos, hombres y mujeres a quienes sólo cobraba cincuenta céntimos al mes por prestar a cada cual un libro a la semana. Allí descubrí a Dickens y a Baroja, leí a Salgari y a Karl May.



Muchos años después hice una visita a un bibliotequita de un pueblo madrileño. No parecía haber sido muy frecuentada, pero se había hecho cargo recientemente una joven titulada quien había ideado crear un rincón exclusivo para los niños con un trozo de moqueta para sentarlos. Al principio las madres acogieron la idea con simpatía porque les servía de guardería. Tras recoger a sus hijos en el colegio los dejaban allí un rato mientras terminaban de hacer sus compras, pero cuando regresaban a por ellos, no era raro que los niños, intrigados por el final, pidieran quedarse un ratito más hasta terminar el cuento que estaban leyendo. Durante la espera, las madres curioseaban, cogían algún libro, lo hojeaban y veces también ellas quedaban prendadas. Tiempo después me enteré de que la experiencia había dado sus frutos: algunas lectoras eran mujeres que nunca habían leído antes de que una simple moqueta en manos de una joven bibliotecaria les descubriera otros mundos.


Y aún más años después descubrí otro prodigio en un gran hospital de Valencia. La biblioteca de atención al paciente, con la que mitigan las largas esperas y angustias tanto de familiares como de los propios enfermos, fue creada por iniciativa y voluntarismo de una empleada. Con un carrito del supermercado cargado de libros donados, paseándose por las distintas plantas, con largas peregrinaciones y luchas con la administración intentando convencer a burócratas y médicos, no siempre abiertos a otras consideraciones, de que el conocimiento y el placer que proporciona la lectura puede contribuir a la curación, al cabo de los años ha logrado dotar al hospital y sus usuarios de una biblioteca con un servicio de préstamos y unas actividades que le han valido, además del prestigio y admiración de cuantos hemos pasado por ahí, un premio del gremio de libreros en reconocimiento a su labor en favor del libro.
Evoco ahora estos tres de entre los muchos ejemplos de tesón bibliotecario, al enterarme de que resurge la amenaza del préstamo de pago. Se pretende obligar a las bibliotecas a pagar 20 céntimos por cada libro prestado en concepto de canon para resarcir —eso dicen— a los autores del desgaste del préstamo. Me quedo confuso y no entiendo nada.


En la vida corriente el que paga una suma es porque:
a) obtiene algo a cambio,
b) es objeto de una sanción.
Y yo me pregunto: ¿qué obtiene una biblioteca pública, una vez pagada la adquisición del libro para prestarlo? ¿O es que debe ser multada por cumplir con su misión, que es precisamente ésa, la de prestar libros y fomentar la lectura?


Por otro lado, ¿qué se les desgasta a los autores en la operación? ¿Acaso dejaron de cobrar por el libro vendido? ¿Se les leerá menos por ser lecturas prestadas? ¿Venderán menos o les servirá de publicidad el préstamo como cuando una fábrica regala muestras de sus productos?
Pero, sobre todo: ¿Se quiere fomentar la lectura? ¿Europa prefiere autores más ricos pero menos leídos? No entiendo a esa Europa mercantil.
Personalmente prefiero que me lean y soy yo quien se siente deudor con la labor bibliotecaria en la difusión de mi obra. Sépanlo quienes, sin preguntarme, pretenden defender mis intereses de autor cargándose a las bibliotecas. He firmado en contra de esa medida en diferentes ocasiones y me uno nuevamente a la campaña.

miércoles, 11 de marzo de 2009

Ansia de protagonismo

Cinco años después de la terrible masacre de Atocha, se constata la falta de escrúpulos y de principios de la clase política de este país, capaces de aprovechar la mayor de las tragedias para llevarla a su terreno con demagógicos discursos, olvidándose por completo del sufrimiento de las víctimas, salvo para manipularlas con los fines más variopintos, sin perjuicio de lo alejados que se encuentren del recuerdo a los 191 fallecidos y el consuelo a sus parientes, a los 2867 heridos, a las 90 personas que aún reciben cuidados médicos o a la mujer que todavía no ha salido del coma.



Se ha podido ver en los actos del quinto aniversario del ataque terrorista del 11 de marzo de 2004: mientras nuestros políticos ponían en escena su propia farsa en el interior de la estación (organizada deprisa y corriendo a última hora, y sólo por la insistencia de la Asociación 11-M), a los familiares de las víctimas de la tragedia se les denegaba el acceso a la ceremonia, por lo que tuvieron que conformarse con compartir una conmemoración paralela en el exterior junto con los sindicatos y la Unión de Actores.
Mientras tanto, metafórica e irónicamente, el monumento a las víctimas (para el que sepa lo que es, ya que nada lo indica), dos años después de su inauguración, ya está ennegrecido por la contaminación y el plástico se funde, deformando las inscripciones. El Ayuntamiento y la Comunidad de Madrid, responsables de su mantenimiento, están más atentos a las intrigas palaciegas de su partido.



Horas más tarde tenía lugar otro homenaje, presidido por Esperanza Aguirre, con el plante del PSM como protesta por el cierre de la comisión parlamentaria de investigación sobre la trama de espionaje a políticos en la Comunidad de Madrid (plante calificado posteriormente de «mezquino» por María Dolores de Cospedal, aprovechando la oportunidad para marcarse un tanto). Por supuesto, nada de espontaneidad: todo orquestado desde las altas instancias del PSOE, lo cual dice muy poco a favor de la democracia parlamentaria.
La guinda habría sido que, ante la solicitud de Bono en el Congreso de guardar un respetuoso minuto de silencio en memoria de los fallecidos en el peor atentado terrorista de la Historia de España, éste no hubiese sido seguido por los opositores al Gobierno o por aquellos que tengan ojeriza al presidente de la Cámara Baja por algún otro tema sin conexión alguna con el 11-M, tal como la placa en recuerdo de Santa Maravillas de Jesús (o lo que se les ocurra, con tal de llamar la atención).

lunes, 2 de marzo de 2009

Cuando las barbas de tu vecino veas pelar...

Traducción del mensaje de Michael Moore titulado Cómo arreglar el desaguisado de Wall Street (enviado antes de que el Senado de EE. UU. aprobara el «plan de rescate» en octubre de 2008).

Amigos:

Los 400 estadounidenses más ricos (sí, has leído bien, sólo 400 personas) poseen más que los 150 millones de estadounidenses más pobres juntos. ¡400 estadounidenses multimillonarios tienen más dinero escondido que la mitad del país por completo! Todos juntos suman un activo neto de 1,6 billones de dólares. Durante los ocho años de la Administración Bush, su riqueza ha aumentado casi en 700 000 millones (la misma cantidad que ahora exigen que les entreguemos para el plan de rescate). ¿Por qué no se limitan a gastar el dinero que ganaron con Bush para rescatarse a sí mismos? ¡Todavía les quedaría casi un billón de dólares para repartírselo!
Por supuesto, no van a hacerlo; por lo menos no motu proprio. George W. Bush recibió un superávit de 127 000 millones de dólares cuando Bill Clinton dejó el cargo. Como ese dinero era nuestro y no suyo, hizo lo que les gusta a los ricos: gastarlo y no mirar atrás. Ahora tenemos una deuda de 9,5 billones de dólares. ¿Por qué demonios deberíamos dar algo más de lo que es nuestro a estos magnates del robo?



Me gustaría proponer mi propio plan de rescate. Mis sugerencias, enumeradas más abajo, están basadas en la simple creencia que los ricos deben salir ellos mismos de sus propios pozos dorados. Lo siento, tíos, pero es lo que nos habéis inculcado vosotros día tras día: no hay nada gratis en esta vida. ¡Y gracias por alentarnos a odiar a la gente que recibe asistencia social! Así que nada de limosnas para vosotros. Esta noche, el Senado va a intentar votar a la carrera su versión del proyecto de ley para el rescate. Hay que detenerlos. Lo hicimos el lunes con el Congreso y podemos hacerlo hoy otra vez con el Senado.
Sin embargo, está claro que no podemos limitarnos simplemente a protestar sin exponer exactamente lo que pensamos que debería hacer el Congreso. Entonces, después de consultar a varias personas más inteligentes que Phil Gramm, aquí está mi propuesta, ahora conocida como «El plan de rescate de Mike». Se compone de estos diez puntos simples y claros:

1. Nombrar a un fiscal especial para acusar a todos los de Wall Street que hayan contribuido a sabiendas a este colapso. Antes de gastar un duro, el Congreso debe comprometerse por medio de una resolución a procesar a cualquiera que haya tenido algo que ver con el intento de saqueo de nuestra economía. Es decir, que cualquiera que haya abusado de información privilegiada, estafado o llevado a cabo cualquier otro accto que haya contribuido a causar este colapso, debe ir a la cárcel. El Congreso debe convocar a un fiscal especial que persiga enérgicamente a cualquiera que haya provocado este desastre o que intente timar a la gente en el futuro.
2. Los ricos deben pagar su propio plan de rescate. Puede que tengan que vivir en cinco casas en vez de en siete. O quedarse con nueve coches en vez de con trece. O recolocar al chef de sus terriers. Pero, después de reducir las rentas familiares en más de 2000 dólares durante la era Bush, de ninguna manera las clases medias y bajas van a aflojar un céntimo para ayudar a la compra de otro yate.
Bueno, si realmente necesitan los 700 000 millones que dicen, hay una manera en la que pueden recaudarlos:
a) Cada pareja que gane más de un millón de dólares al año (o cada individuo que gane más de medio millón) pagará un 10 % de recargo en sus impuestos durante cinco años (este es el plan del Senador Sanders, que es como el Coronel Sanders con la diferencia de que se dedica a freír a otros pollos). De esta manera, los ricos pagarían menos impuesto sobre la renta que cuando Carter era presidente, y se recaudarían 300 000 millones de dólares.
b) Como la mayoría de las democracias, cobrar un 0,25 % a cada transacción bursátil. De esta manera se recaudarían 200 000 millones de dólares al año.
c) Como cada accionista es un patriota estadounidense, no les importará renunciar a recibir su paga de dividendos durante tres meses y que ese dinero vaya destinado al Tesoro para ayudar a pagar el plan de rescate.
d) En la actualidad, el 25 % de las mayores empresas de EE. UU. no pagan impuesto de sociedades. Hoy en día, los ingresos por el impuesto de sociedades suponen el 1,7 % del PIB, comparado con el 5 % en los años cincuenta. Si elevamos el impuesto de sociedades a los niveles de los años cincuenta, tendremos 500 000 millones de dólares más.
Una combinación de lo anterior debería ser suficiente para terminar con esta calamidad. Los ricos conseguirán quedarse con sus mansiones y sus criados, y el Gobierno de los EE. UU. dispondrá de algún remanente para reparar algunas carreteras, puentes y colegios (¡El país es lo primero!) Lema de la campaña de John McCain (N. del T.)
3. Rescatar a la gente que está perdiendo sus hogares, no a los que van a construirse su octava residencia. Ahora mismo hay 1,3 millones de aperturas de embargos hipotecarios. Ese es el cogollo de este problema. Así que, en vez de regalar el dinero a los bancos, descontemos 100 000 dólares de cada una de esas hipotecas. Obliguemos a los bancos a renegociar la hipoteca para que los propietarios puedan pagar sobre el valor real de sus casas. Para asegurarnos de que esta ayuda no vaya a los especuladores ni a los que han intentado ganar dinero con la compraventa inmobiliaria, esta ayuda sería sólo para la primera vivienda. A cambio del pago de 100 000 dólares para la hipoteca, el Gobierno se queda con una parte del resto para poder recuperar algo de dinero. De esta manera, el coste inicial total para arreglar la crisis hipotecaria de raíz (en vez de con los codiciosos prestamistas) es de 150 000 dólares, no 700 000.



Y dejemos las cosas claras. La gente que no ha pagado los plazos de sus hipotecas no son «un riesgo». Son nuestros compatriotas, y lo que querían es lo que tenemos la mayoría: un hogar de su propiedad. Sin embargo, durante la era Bush, millones de ellos perdieron sus trabajos. Seis millones cayeron en la pobreza. Siete millones perdieron su seguro sanitario. Y cada uno de ellos vio cómo su salario se reducía en 2000 dólares. Debería darles vergüenza a los que se atreven a mirar por encima del hombro a estos estadounidenses que han sufrido golpe tras otro. Cuando todos los ciudadanos pueden permitirse vivir en una casa de su propiedad nos convertimos en una sociedad mejor, más fuerte, más segura y más feliz.
4. Si tu banco o tu empresa recibe nuestro dinero en un «plan de rescate», entonces eres de nuestra propiedad. Lo siento, pero así es como se hace. Si el banco me da dinero para que me pueda comprar una casa, el banco es «propietario» de esa casa hasta que lo devuelva todo con intereses, ¿no?. Pues el mismo trato para Wall Street. Si necesitas dinero para mantenerte a flote y nuestro Gobierno lo considera un riesgo aceptable (y necesario para el bien del país), entonces puedes recibir un préstamo, pero serás de nuestra propiedad. Si no pagas los plazos, te venderemos. Esto es lo que hizo el Gobierno sueco, y funcionó.
5. Deben restablecerse todas las regulaciones. La revolución de Reagan ha muerto. Esta catástrofe ha ocurrido porque le dejamos al zorro las llaves del gallinero. En 1999, Phil Gramm redactó un proyecto de ley para suprimir todas las normativas que regulaban Wall Street y nuestro sistema bancario. El proyecto fue aprobado y Clinton lo firmó. Esto es lo que el Senador Phil Gramm, consejero jefe de economía de McCain, dijo cuando se firmó el proyecto de ley: «En los años treinta, se creía que el Gobierno era la respuesta. Se creía que la estabilidad y el crecimiento se conseguían por medio de la anulación del funcionamiento del libre mercado por parte del Gobierno. Hoy estamos aquí para revocarlo, porque hemos aprendido que el Gobierno no es la respuesta. Hemos aprendido que la libertad y la competitividad son las respuestas. Hemos aprendido que por medio de la competitividad y la libertad se promueven el crecimiento económico y la estabilidad. Estoy orgulloso de estar aquí porque este es un importante proyecto de ley; es un proyecto de ley desregulador. Creo que esa es la ola del futuro y estoy tremendamente orgulloso de haber tomado parte para hacerlo realidad».
Hay que revocar esta ley. Bill Clinton puede ayudar encabezando el esfuerzo para la anulación de la ley Gramm y la restitución de regulaciones aún más severas para nuestras instituciones financieras. Y cuando hayan terminado con eso, pueden restablecer las regulaciones para las líneas aéreas, los controles de calidad de nuestra comida, la industria petrolífera, la OSHA (Administración de Seguridad y Salud) y cualquier otra entidad que afecte a nuestro día a día. Cualquier provisión supervisada para cualquier «rescate» debe llevar consigo dinero para su ejecución y multas para todos los infractores.
6. Si es «demasiado grande para caer», entonces quiere decir que es demasiado grande para existir. Permitir la creación de estas megafusiones y no hacer respetar las leyes antimonopolio ha permitido que una serie de instituciones financieras y sociedades anónimas se hayan hecho tan grandes que la mera idea de su quiebra implica una ruina aún mayor a lo largo de toda la economía. Ninguna empresa debería tener este tipo de poder individualmente. El denominado «Pearl Harbor económico» no puede suceder si hay cientos o miles de instituciones donde la gente tiene su dinero. Si hay una docena de empresas automovilísticas y una se va al traste, no nos enfrentamos con un desastre nacional. Si en tu ciudad hay tres diarios con diferentes propietarios, entonces una empresa de comunicación no puede llevar la voz cantante (ya lo sé… ¿En qué estaba pensando? ¿Quién lee el periódico hoy en día? ¡Debería alegrarme de que todas esas fusiones y adquisiciones nos hayan proporcionado una prensa fuerte y libre!)
Deben promulgarse leyes para impedir que las empresas sean tan grandes y dominantes que tales gigantes puedan ser derribados y muertos con una pedrada en el ojo. Y a ninguna institución debería estarle permitido establecer sistemas monetarios que nadie entiende. Si no lo puedes explicar en dos palabras, no deberías coger el dinero de nadie.
7. Ningún ejecutivo debería cobrar más de cuarenta veces el sueldo del empleado medio, ni recibir ningún tipo de cláusula de blindaje además del muy generoso salario que percibirá mientras trabaje para la empresa. En 1980, el director general medio en EE. UU. cobraba 45 veces más que sus empleados. Para 2003, estaban percibiendo 253 veces más que sus trabajadores. Después de ocho años con Bush, ahora ganan 400 veces más que sus empleados medios. Es irracional que esto pueda ocurrir en empresas sustentadas con fondos públicos. En Gran Bretaña, un director general medio gana 28 veces más que su empleado medio. En Japón, ¡sólo 17 veces más! La última vez que supe de él, el director general de Toyota estaba dándose la gran vida en Tokio. ¿Cómo lo hace con tan poco dinero? En serio, esto es un escándalo. Nos hemos metido en este lío por permitir que la gente de ahí arriba se hinche de millones de dólares de una manera increíble.



Esto tiene que parar. No es sólo que se deba impedir que ningún ejecutivo que reciba ayuda por este lío se aproveche de ello, sino que cualquiera que haya sido responsable de hacer estrellar a su empresa debería ser despedido antes de que ésta reciba ayuda alguna.
8. Fortalecer el FDIC (Corporación Federal de Seguro de Depósitos) y convertirlo en un modelo para proteger no sólo los ahorros de la gente, sino también sus pensiones y sus hogares. Tenía razón Obama cuando propuso ampliar la protección del FDIC para los ahorros bancarios de la gente hasta 250 000 dólares. Pero este mismo tipo de seguro gubernamental debe aplicarse a los planes de pensiones de nuestra nación. La gente no debería tener que preocuparse nunca sobre si el dinero que han ahorrado para su vejez va a seguir ahí. Esto implicará una estricta supervisión por parte del gobierno a las empresas que gestionan los fondos de sus empleados (o puede que implique que las empresas deberán entregar dichos fondos y su gestión al gobierno). Los planes de pensiones privados también deberían protegerse, aunque puede que ya sea hora de ir pensando en no jugarnos nuestra jubilación en ese casino conocido como el mercado bursátil. Nuestro gobierno debería tener el solemne deber de garantizar que nadie que envejezca en este país tenga que preocuparse por acabar en la miseria.
9. Todos debemos respirar hondo, calmarnos y no permitir que el miedo se adueñe de nuestras vidas. ¡Apaga la televisión! No estamos en la Segunda Gran Depresión. El cielo no se está cayendo. Los expertos y los políticos nos están mintiendo tanto que es difícil no verse afectado por toda su promoción del miedo. Incluso yo os escribí repitiendo lo que había oído en las noticias, que el índice Dow Jones había sufrido la mayor caída en un solo día de su historia: es cierto desde el punto de vista de los puntos, pero esa caída del 7 % no le llega ni a la suela del zapato a la del Lunes Negro de 1987, cuando la bolsa perdió el 23 % de su valor en un solo día; en los ochenta cerraron 3000 bancos, pero los EE. UU. no quebraron; estas instituciones siempre han tenido sus subidas y sus bajadas, y al final siempre se arregla. ¡Tiene que ser así, porque a los millonarios no les gusta que su riqueza se vea alterada! Tienen un interés personal en que las cosas se calmen para poder volver a su jacuzzi.
Con lo mal que está todo ahora, decenas de miles de personas suscribieron un préstamo para la compra de un coche esta semana. Miles fueron al banco y consiguieron una hipoteca para comprar una casa. Los estudiantes que acababan de volver a la universidad encontraron a unos bancos más que felices de empeñarlos durante los próximos quince años con un préstamo de estudios. La vida sigue. Ni una sola persona ha perdido nada de su dinero si estaba en el banco, en pagarés del Tesoro, etc. Y lo más asombroso es que el público estadounidense no se ha tragado la campaña del miedo. Sin pestañear, los ciudadanos le dijeron al Congreso que se metiera el plan de rescate por el culo. Impresionante. ¿Por qué no sucumbió la población a los terroríficos avisos de su presidente y sus compinches? Parece que sólo se puede decir «Saddam tiene la bomba» un número determinado de veces antes de que la gente se dé cuenta de que eres un mentiroso de mierda. Después de ocho largos años, la nación está agotada y simplemente no puede aguantarlo más.
10. Crear un banco nacional, un «banco del pueblo». Si realmente estamos deseando imprimir un billón de dólares, ¿Por qué no nos los quedamos nosotros en vez de dárselos a unos pocos millonarios? Ahora que somos los dueños de Freddie y Fannie, ¿por qué no establecemos un banco del pueblo? Un banco que pueda proporcionar préstamos a bajo interés para todo tipo de personas que quieran tener su propia casa, abrir un pequeño negocio, ir a la escuela, descubrir la cura contra el cáncer o crear el próximo gran invento. Y ahora que somos los dueños de AIG, la compañía aseguradora más grande del país, demos el siguiente paso y proporcionemos un seguro médico universal. Seguridad social para todos. Nos ahorrará mucho dinero a largo plazo. Y dejaremos de ser los duodécimos en esperanza de vida. Podremos tener una vida más larga, disfrutando de nuestra pensión protegida por el gobierno, mientras vemos cómo los criminales corporativos que provocaron tanta miseria salen de la cárcel para que podamos ayudarlos a reaclimatarse a la vida civil, una vida con un buen hogar y un coche eléctrico inventado con la ayuda del Banco del Pueblo.