jueves, 26 de febrero de 2009

Dude, Where’s My Country? II

(Traducción de un extracto del capítulo La Casa de las Trolas del libro de Michael Moore ¿Tío, Qué Han Hecho Con Mi País?)



¿Cuál es la peor mentira que puede contar un presidente? «No tuve relaciones sexuales con esa mujer, la señorita Lewinsky» o «Tiene armas de destrucción masiva —las armas más mortíferas del mundo— que representan una amenaza directa para los EE. UU., nuestros ciudadanos y nuestros amigos y aliados». Una de esas mentiras sometió a un presidente a una moción de censura. La otra no sólo hizo que el mentiroso consiguiera la guerra que quería, sino que también dio como resultado pingües acuerdos empresariales para sus amigos y le asegura virtualmente una victoria aplastante en las próximas elecciones. (La mayoría de los comentarios del presidente Bush citados en este capítulo están publicados en red en la página oficial de la Casa Blanca: www.whitehouse.gov. ¡Es difícil salirse con la suya con esas mentiras, incluso las pequeñas, cuando se tiene a un maldito secuaz anotando cada palabra y copiándola en internet para que todos la vean!)
Puede que la razón por la que Bush sigue aquí es que demostró ese viejo proverbio que dice que si cuentas una mentira durante el tiempo suficiente y tantas veces como sea necesario, tarde o temprano se convierte en la verdad. A medida que las mentiras que llevaron a la Guerra de Irak comenzaron a desenredarse y desenmascararse, la administración Bush pasó a «modo supervivencia» con una única maniobra defensiva: seguir repitiendo la mentira una y otra vez hasta que el pueblo estadounidense esté tan desgastado que se dé por vencido y termine creyéndolo. Pero nada puede ocultar este hecho irrefutable: no hay peor mentira que la que se cuenta para asustar lo suficiente a madres y padres para que manden a sus hijos a luchar en una guerra innecesaria, porque nunca hubo amenaza alguna; decir falsamente a los ciudadanos de una nación que sus vidas están en peligro para poder saldar sus propias cuentas pendientes («¡Intentó matar a mi papá!») o para hacer aún más ricos a sus amigos ricos.
1. «¡Irak tiene armas nucleares!»
No hay mejor manera de asustar a la población que decirle que hay un loco suelto y que tiene (o está desarrollando) armas nucleares. Armas nucleares que piensa utilizar contra ti. George W. Bush puso las bases para engañarnos con esas amenazas en sus primeros momentos. En su discurso a la ONU en septiembre de 2002, Bush mantuvo la cara completamente seria cuando dijo que «Saddam Hussein sigue desarrollando armas de destrucción masiva. La primera vez que podamos estar completamente seguros de que tiene armas nucleares será cuando, Dios no lo quiera, haga uso de una de ellas». Poco después, el 7 de octubre, Bush dijo al público en Cincinnati, «Si el régimen iraquí es capaz de producir, comprar o robar una cantidad de uranio altamente enriquecido un poco mayor que una sola pelota, podría tener un arma nuclear en menos de un año… Frente a esta clara evidencia de riesgo, no podemos esperar a la prueba final —la prueba concluyente— que podría venir en forma de hongo nuclear». ¿Cómo influir en el público estadounidense contra su inicial reticencia a ir a la guerra con Irak? Sólo di «hongo nuclear» y ¡BOOM! ¡Mira cómo se recuperan las cifras de los sondeos!
Joseph Wilson, un veterano diplomático estadounidense con más de veinte años de experiencia, incluyendo puestos en África e Irak, fue enviado a Níger en 2002 en una misión dirigida por la CIA para investigar las afirmaciones británicas de que Irak había intentado comprar uranio a Níger. La conclusión fue que los alegatos eran falsos. Posteriormente, Wilson dijo: “Basándome en mi experiencia con la administración en los meses que condujeron a la guerra, no me queda otro remedio que concluir que algunos de los informes de inteligencia relacionados con el programa de armas nucleares de Irak se tergiversaron para exagerar la amenaza.” La Casa Blanca ignoró el informe de Wilson y prefirió mantener vivo el engaño.
El 27 de enero de 2003 —el día antes del discurso del Estado de la Unión de Bush— el director del Organismo Internacional de Energía Atómica, Mohamed El-Baradei, dijo al Consejo de Seguridad de la ONU que los dos meses de inspecciones en Irak no habían producido ninguna evidencia de actividades prohibidas en las antiguas localizaciones nucleares iraquíes. Pero el Sr. Bush no dejó que los hechos se interpusieran en el camino de su firme discurso ante más de sesenta millones de telespectadores el 28 de enero de 2003: «Recientemente, Saddam Hussein solicitó a África cantidades considerables de Uranio,» declaró. «Imagínense a esos diecinueve secuestradores con otras armas y otros planes —esta vez armados por Saddam Hussein—. Sólo se necesitaría una ampolla, un bote o una caja introducida en el país para causar un día de pavor como nunca se haya visto. Haremos todo lo que esté en nuestras manos para asegurarnos de que ese día nunca llegue». El 16 de marzo, el «co-presidente» Dick Cheney salió en el programa Meet the Press y dijo a la nación que Hussein «ha estado dedicado a tiempo completo a intentar conseguir armas nucleares. Y creemos que, de hecho, ha reconstituido armas nucleares». Tres días más tarde, comenzó la guerra.
Durante la primavera y el verano de 2003, las críticas a la confianza de la Administración en las mentiras sobre las capacidades nucleares de Irak se acaloraron hasta tal punto que ni siquiera el presidente Bush pudo ignorarlas más. Primero intentó convertir en chivo expiatorio al Director de la CIA, George Tenet. «La CIA aprobó el discurso del Estado de la Unión del presidente antes de pronunciarlo,» se ordenó a Tenet decir en julio. «Yo soy responsable del proceso de aprobación en mi agencia, y el presidente no tenía ninguna razón para creer que el texto que se le había presentado no fuese válido. Esas palabras en relación con el uranio de África nunca deberían haber sido incluidas en el texto escrito para el Presidente». Pero entonces llegaron los memorándum de octubre que mostraban que la CIA de Tenet sí que dijo a la Casa Blanca que no realizara tal falsa afirmación. Aunque al principio la Casa Blanca hizo caso de ese consejo, más adelante hicieron caso omiso en repetidas ocasiones, particularmente en el Estado de la Unión. El siguiente en convertirse en chivo expiatorio fue Stephen Hadley, adjunto de Condoleezza Rice, quien dijo que fue él quien aprobó el texto en el discurso de Bush en enero, lo cual sonó tan bochornoso que finalmente, en una excepcional conferencia de prensa el 30 de julio, Bush tuvo que decir que él y sólo él era responsable de cualquier palabra que saliese de sus labios.
2. «¡Irak tiene armas químicas y biológicas!»
En su discurso del 7 de octubre de 2002 en Cincinnati, George W. Bush ofreció esta patraña recién salida del horno: «Algunos se preguntan por la inminencia de este peligro para los EE. UU. y para el mundo. El peligro ya es considerable, y no deja de empeorar con el tiempo. Si sabemos que Saddam Hussein tiene hoy armas peligrosas —y lo sabemos— ¿qué sentido tiene que el mundo espere a hacerle frente mientras se hace aún más fuerte y desarrolla armas todavía más peligrosas?» Sólo unos meses más tarde, Bush añadió: «Tenemos fuentes que nos dicen que Saddam Hussein ha autorizado recientemente el uso de armas químicas a los comandantes de campo de Irak —exactamente las mismas armas que el dictador nos dice que no tiene—». Entonces, el Ministro de Asuntos Exteriores Colin Powell fue aún más lejos y dijo que los iraquíes no sólo estaban fraguando armas químicas, ¡sino que lo estaban haciendo sobre ruedas! «Uno de los aspectos más inquietantes que surge del espeso expediente de inteligencia que tenemos sobre las armas biológicas iraquíes es la existencia de instalaciones de producción móviles utilizadas para fabricar agentes biológicos,» dijo Powell a la ONU. Pero después de invadir Irak, el ejército de los EE. UU. no pudo encontrar ni uno sólo de estos «laboratorios ambulantes». Tampoco se pudo encontrar ninguna de las armas químicas o biológicas, aunque el 30 de marzo de 2003 el Ministro de Defensa Donald Rumsfeld había dicho en el programa de la ABC This Week que «Sabemos dónde están. Están en la zona alrededor de Tikrit y Bagdad un poco al este, al oeste, al sur y al norte».
Finalmente, el 5 de junio de 2003, George W. Bush declaró: «Recientemente hemos encontrado dos instalaciones móviles de armas biológicas capaces de producir agentes biológicos. Este es el hombre que se ha pasado décadas escondiendo herramientas de masacre. Sabía que los inspectores las estaban buscando». Esa trola duró más o menos un día. Una investigación oficial británica sobre los dos remolques encontrados al norte de Irak concluyeron que «no son laboratorios móviles de guerra bacteriológica,» como afirmaban Tony Blair y George Bush, «sino de producción de hidrógeno para rellenar globos de artillería, tal como habían estado insistiendo los iraquíes».
Esto fue bastante embarazoso para los comandantes estadounidenses en combate. El teniente general James Conway, comandante de la Primera Fuerza Expedicionaria de Infantería en Irak, dijo: «Ha sido una sorpresa para mí —y todavía lo es— que no hayamos descubierto armas, como ustedes dicen, en algunas de las zonas de dispersión remitidas… Créanme, hemos hecho todo lo posible… Hemos estado prácticamente en todos los puntos de suministro de munición entre la frontera kuwaití y Bagdad, pero sencillamente no hay nada».
Nunca hubo ningún arma química o biológica, aparte de las que los propios EE. UU. proporcionaron a Saddam en los ochenta, las que utilizó contra los kurdos y las que utilizó contra los iraníes después de que los EE. UU. le proporcionaran fotos de satélite con las que ubicar los movimientos de tropas. Se sabía por qué quería esas fotos y, menos de un año después de que la ONU denunciara el gaseado de los iraníes, se restituyeron las plenas relaciones diplomáticas con el régimen de Saddam.
Véase esta lista de un informe de 1994 del Senado de los EE. UU. sobre los agentes químicos que se permitió vender a Saddam Hussein entre 1985 y 1990 por parte de las corporaciones estadounidenses:
• Bacillus Anthracis (Ántrax): agente infeccioso mortal; comienza bruscamente con fiebre alta, dificultad para respirar y dolor en el pecho. Finalmente, la enfermedad provoca septicemia, provocando una alta tasa de mortalidad.
• Clostridium Botulinum: fuente bacteriana de la toxina botulínica; causa vómitos, estreñimiento, sed, debilidad general, dolor de cabeza, fiebre, mareos, diplopía, dilatación de las pupilas y parálisis de los músculos que ayudan a tragar. Frecuentemente es mortal.
• Histoplasma Capsulatum: causa una enfermedad parecida a la tuberculosis a primera vista; puede causar neumonía, inflamación del hígado y del bazo, anemia, una enfermedad parecida a la gripe y una enfermedad inflamatoria de la piel caracterizada por dolorosos nódulos rojos, normalmente en las espinillas. La reactivación de la infección suele afectar a pulmones, cerebro, membranas espinales, corazón, peritoneo y glándulas adrenales.
• Brucella Melitensis: bacteria que puede provocar fatiga crónica, pérdida de apetito, sudoración copiosa en reposo, dolor en músculos y articulaciones, insomnio, náuseas y daños en los órganos principales.
• Clostridium Perfringens: bacteria sumamente tóxica; causa gangrena, produciendo toxinas que se mueven a lo largo de los haces de músculos en el cuerpo, matando células y fabricando tejido necrótico que favorece un aún mayor crecimiento de las bacterias. Finalmente, estas toxinas y bacterias penetran en el flujo sanguíneo y provocan una enfermedad sistémica.
Todo lo mencionado llegó desde empresas estadounidenses (American Type Culture Collection, Alcolac International, Matrix-Churchill Corp., Sullaire Corp., Pure Aire, Gorman-Rupp) y fue enviado con el permiso del Gobierno de los EE. UU. durante los años de Reagan y Bush I.
También hay empresas estadounidenses responsables de haber entregado a Irak tecnologías de «doble uso», como ordenadores de gran potencia, láseres y otros artículos que contribuyen decisivamente a la fabricación de armas nucleares y sus componentes. Como informó L. A. Weekly en 2003, las vistas del Senado y los registros gubernamentales revelan que entre estas empresas se encuentran:
• Hewlett-Packard: trabajó con Irak desde 1985 hasta 1990, suministrando ordenadores para una división del gobierno iraquí que trabajaba en los programas nucleares y del misil scud. HP también envió ordenadores a dos agencias gubernamentales que supervisaban los programas de armas nucleares y químicas. Otras ventas incluyeron componentes de radar y equipos criptográficos.
• AT&T: se les contrató en el año 2000 para optimizar los productos de otra empresa, Huawei. Entre 2000 y 2001, Irak estuvo pagando a Huawei para mejorar sus sistemas de defensa aérea.
• Bechtel: estuvo ayudando a los iraquíes a construir una gigantesca planta petrolífera desde 1988 a 1990, trabajando conjuntamente con una empresa iraquí conocida por sus vínculos militares.
• Caterpillar : ayudó a Irak a construir su programa nuclear en los ochenta por medio de la venta de tractores por valor de diez millones de dólares.
Para conocer otras actividades humanitarias llevadas a cabo por Caterpillar en la actualidad, puede visitarse www.waronwant.org/download.php?id=289, www.catdestroyshomes.org o www.caterkiller.com (N. del T.)
• DuPont: en 1989 vendió petróleo especialmente preparado a Irak por valor de 30 000 dólares, el cual se utilizó en su programa nuclear.
• Kodak: en 1989 vendió equipamiento por valor de 172 000 dólares, que se utilizó en los programas de misiles iraquíes.
• Hughes Helicopter: vendieron sesenta helicópteros a Irak en 1983, los cuales fueron modificados para uso militar.
Pero los EE. UU. estaban haciendo mucho más que simplemente entregar a Saddam Hussein los medios para obtener armas químicas, biológicas y nucleares. La Casa Blanca de Reagan y Bush también estuvo trabajando duro para garantizar aún más poder militar para el dictador iraquí. En agosto de 2002, oficiales militares veteranos revelaron al New York Times una visión aún más amplia sobre la ayuda estadounidense. Nuestros chicos de Washington pensaron que sería una gran idea proporcionar a los iraquíes información de inteligencia y asesoramiento sobre estrategia en la guerra contra Irán, sabiendo a ciencia cierta que Irak había usado y continuaría usando armas químicas en esa guerra. La Administración había tomado la decisión de que Irak no podía perder la guerra contra Irán, y que harían todo lo que estuviera en sus manos para asegurarse de que el loco de Saddam Hussein saliese victorioso. En una declaración jurada en 1995, Howard Teicher, coautor de esa directiva y miembro del Consejo de Seguridad Nacional de Reagan, reveló que los EE. UU. apoyaron activamente los esfuerzos de guerra iraquíes suministrándoles billones de dólares en créditos, así como asesoramiento de la inteligencia militar estadounidense y controlando las ventas de armas de países del tercer mundo a Irak para asegurarse de que disponía del armamento militar necesario. Uno de esos países del tercer mundo vendedores de armas revestía un interés particular: los saudíes trasladaron a Irak trescientas bombas MK-84 de una tonelada, fabricadas en los EE. UU.
Incluso después de que Saddam utilizara sus armas de destrucción masiva para gasear a su propio pueblo —un acontecimiento que ahora horroriza a Bush y sus amigotes, una década y media demasiado tarde— la Administración Reagan se quedó como si nada. El Congreso de los EE. UU. intentó imponer sanciones económicas al país de Saddam, pero la Casa Blanca rechazó la idea. ¿Sus razones? Según unos documentos desclasificados del Ministerio de Asuntos Exteriores, esas sanciones económicas podrían dañar las opciones estadounidenses para obtener contratos para «enormes reconstrucciones de posguerra» una vez que la guerra Irán-Irak finalmente hubiera llegado a su fin.
¿Armas de destrucción masiva? Ah, sí, las tuvieron una vez. Todo lo que había que hacer era comprobar los recibos y contar los beneficios que llegaban a raudales a las cuentas de los que apoyaron las campañas de Reagan y Bush.
3. «¡Irak tiene lazos con Osama Bin Laden y al Qaeda!»
Al igual que la obsesión del PP en España es relacionar a los terroristas del 11M con ETA (o incluso con el PSOE), la de Bush-Cheney-Rumsfeld-Wolfowitz-Rice- … (PNAC) era relacionar a Osama con Saddam (aunque, irónicamente, cuando presidía Halliburton, Cheney abogaba por levantar el embargo contra el Irak de Hussein; ¡poderoso caballero es don dinero!) En ambos casos se ha conseguido parcialmente, puesto que buena parte de la opinión pública se traga lo que les echen (Intereconomía, Telemadrid …) La diferencia es que aquí el PP ya no está en el poder, con lo que pese a la inestimable y pertinaz (por no decir obsesiva) ayuda de algunos medios de comunicación (El Mundo …) todavía no han podido manipular al público lo suficiente como para convertirlo en la versión oficial, cosa que los «neo-cons» estadounidenses sí han conseguido (N.ádel T.)
Como si no fuese suficiente con tener la bomba atómica, el gas nervioso y la peste bubónica en una botella, ¡de repente Saddam Hussein estaba conchabado con el padre de todos los terroristas en persona, Osama Bin Laden!
Sólo unas horas después de los ataques del 11 de septiembre, el ministro de Defensa Donald Rumsfeld ya había decidido a quién quería castigar. Según CBS News, Rumsfeld quería tanta información sobre los atentados como fuera posible, por lo que le dijo a su equipo de investigación de inteligencia que se encargaran de Saddam Hussein, no sólo de Osama Bin Laden. El general retirado Wesley Clark afirmó haber recibido llamadas telefónicas de miembros de grupos de estrategia y de personal de la Casa Blanca, el 11 de septiembre y las semanas siguientes, diciéndole que utilizara su posición como experto de la CNN para «relacionar» el 11 de septiembre con Saddam Hussein. Él dijo que lo haría si alguien podía mostrarle la prueba. Nadie pudo. Durante la propaganda para la guerra en el otoño de 2002, Bush y algunos miembros de su Administración siguieron repitiendo la afirmación, inoculando las mentes de los estadounidenses con la falsa conexión Saddam-Osama. Bush continuó martilleándolo en su discurso del Estado de la Unión el 28 de enero de 2003: «Las pruebas de las fuentes de inteligencia, las comunicaciones secretas y las declaraciones de personas detenidas ponen de manifiesto que Saddam Hussein ayuda y protege a terroristas, incluyendo miembros de al Qaeda». Inmediatamente después del discurso, un sondeo en línea de la CBS demostró que el apoyo a la acción militar en Irak había aumentado. Una semana después, el 5 de febrero, el ministro de Asuntos Exteriores Colin Powell se hizo eco de las afirmaciones de Bush en un largo discurso al Consejo de Seguridad de la ONU. Después de detallar lo que según Powell eran los numerosos fracasos de Irak para cumplir con las inspecciones de armas, pasó a la conexión Saddam-Osama: «Lo que hoy quiero poner de relieve es el lazo, potencialmente mucho más siniestro, entre Irak y la red de al Qaeda, un vínculo que combina las organizaciones terroristas clásicas con modernos métodos de asesinato».
Sin embargo, las «pruebas» de la Administración ya habían empezado a pudrirse. Durante esa misma primera semana de febrero, un informe de la Inteligencia Británica filtrado a la BBC dijo que no había lazos entre Saddam y Osama. Los dos malvados habían intentado establecer una amistad en el pasado, pero había terminado como un gran episodio de Cita a Ciegas: se odiaban mutuamente. Según el informe, «los objetivos de Bin Laden suponen un conflicto ideológico con el Irak de hoy en día». Para colmo, la fábrica de venenos y explosivos de al Qaeda que Bush y su equipo afirmaban que Saddam estaba escondiendo estaba situada en el norte de Irak, una zona controlada por los kurdos y patrullada por aviones de combate estadounidenses y británicos desde principios de los noventa. El norte de Irak estaba fuera del alcance de Saddam, pero dentro del de los EE. UU. En realidad, la base pertenecía a Ansar al Isalam, un grupo fundamentalista beligerante cuyo líder ha calificado a Saddam Hussein como «enemigo». —Curiosa coincidencia: así llama George W. Bush a su gran amigo José M.ª Aznar: Ánsar (ganso) (N. del T.)— Una visita a la base por parte de un nutrido grupo de periodistas internacionales puso enseguida de manifiesto que no se estaban fabricando armas en el lugar.
Pero nada de eso importaba. El presidente lo había dicho ¡y tenía que ser cierto! Funcionó tan bien que, en los meses previos a la guerra en Irak, las encuestas mostraban que la mitad de los estadounidenses creía que Saddam Hussein tenía lazos con la red de Osama Bin Laden. Incluso antes de que Bush hubiese dado su discurso del Estado de la Unión en 2003 y de que Powell hubiese presentado las «pruebas» de Saddam-Osama en la ONU, un sondeo demostró que la mitad de los encuestados ya tenían la concepción errónea de que al menos uno de los secuestradores del 11S tenía nacionalidad iraquí. Ni siquiera hizo falta que lo dijera Bush. Una vez que la gente se hubo tragado la idea de que Saddam había intervenido en el asesinato en masa de casi tres mil personas en suelo estadounidense, incluso cuando la trola de las falsas armas de destrucción masiva no se sostenía, ya era suficiente para comenzar a agitar las banderas y para que las tropas hicieran el petate.
El problema de esta trola (aparte del hecho de que fuese una falsificación cínica y premeditada) es que Osama Bin Laden considera a Saddam un infiel. Hussein cometió el pecado de crear un Irak secular en vez de un estado musulmán dirigido por fanáticos clérigos musulmanes. Bajo Saddam, Bagdad tenía iglesias, mezquitas e incluso una sinagoga. Hussein había perseguido y asesinado a miles de chiítas en Irak debido a la amenaza que suponían para su gobierno laico. De hecho, la mayor razón por la que Saddam no le caía bien a Osama es la misma por la que no les caía bien a los Bush: la invasión de Kuwait. Bush y compañía estaban cabreados porque Saddam estaba amenazando la seguridad del petróleo estadounidense en el Golfo y Osama estaba cabreado porque por su culpa se establecieron tropas estadounidenses en Arabia Saudí y los lugares sagrados del Islam. Ese es el mayor problema que Bin Laden tiene con nosotros ¡y es todo por culpa de Saddam!
Saddam y Osama eran enemigos acérrimos y no pudieron poner su odio mutuo a un lado, ni siquiera para unir sus fuerzas para derrotar a los EE. UU.
4. «¡Saddam Hussein es el hombre más malvado del mundo!»
De acuerdo, era malo. Malísimo. Gaseó a los kurdos, gaseó a los iraníes, torturó a los chiítas, torturó a los sunitas, torturó a muchos otros y, durante las sanciones contra Irak, dejó que su pueblo se muriera de hambre y sufriese todo tipo de privaciones mientras él atesoraba dinero y mantenía sus muchos palacios bien surtidos de provisiones (y un pequeño zoo para los chalados de sus hijos). Todo esto es espantoso, y el mundo tenía razón al condenarlo y apoyar cualquier esfuerzo del pueblo iraquí para destituirlo. Pero a los EE. UU. nunca le importó un pimiento lo mal que Saddam el Dictador trataba a su propio pueblo. Nunca se preocupan de ese tipo de asuntos. ¡De hecho les gustan los dictadores! Los dictadores les ayudan a conseguir lo que quieren y hacen un gran trabajo manteniendo a sus naciones sumisas a sus galopantes intereses corporativos globales. Los EE. UU. tienen un largo y orgulloso historial respaldando a lunáticos y sus regímenes siempre y cuando los ayuden a gobernar el mundo. Obviamente, están sus viejos amigos los Sauditas, y está Saddam, y también hay lugares donde metieron el hocico con orgullo:
• Camboya: tras ampliar secretamente la Guerra de Vietnam a Camboya a finales de los sesenta para después observar cómo el país, ya diezmado, caía bajo el control de Pol Pot y los Jemeres Rojos, los EE. UU. decidieron apoyar a ese lunático simplemente porque se oponía a los comunistas vietnamitas, quienes acababan de luchar contra los todopoderosos EE. UU. hasta derrotarlos. Así que Pol Pot tomó el control y aniquiló a millones de sus compatriotas.
• Congo/Zaire: la CIA se alió con Mobutu Sese-Seku desde el principio, desencadenando años de horrenda violencia que aún hoy continúa. Temerosos del cabecilla nacionalista Patrice Lumumba, los EE. UU. auparon a Mobutu al poder, supervisaron el asesinato de Lumumba y después ayudaron a aplastar los consiguientes alzamientos. Mobutu tomó el control dictatorial, ilegalizó cualquier actividad política, asesinó gente y dominó el país hasta 1990 con la continua ayuda de los EE. UU. (sí, y también de la cobarde y traidora Francia). Con la aquiescencia de los sucesivos gobiernos estadounidenses, extendió su influencia por las crisis de los países africanos vecinos.
• Brasil: el presidente izquierdista, democráticamente elegido, Joaõ Goulart no era lo que Washington tenía en mente para el país más grande de Sudamérica. A pesar de expresar su solidaridad con los EE. UU. durante la crisis de los misiles cubanos, los días de Goulart estaban contados. Demostrando su preferencia por los gobiernos autoritarios amistosos antes que por las democracias, los EE. UU. promovieron un golpe de Estado en Brasil que dio como resultado 15 años de terror, torturas y asesinatos.
• Indonesia: este Estado es uno de los aliados favoritos de los EE. UU., además del escenario de otro régimen represivo. También es el país musulmán más poblado del mundo. En 1965, otro presidente elegido democráticamente fue derrocado con la ayuda del Gobierno de los EE. UU. para instalar en su lugar otra dictadura militar. El general Suharto encabezó un gobierno radical que manejó el país durante tres décadas. Alrededor de medio millón de personas fueron asesinadas en los años siguientes a la llegada al poder de Suharto, lo cual no impidió que los EE. UU. aprobaran la anexión ilegal de Timor Oriental a Indonesia en los setenta. Unas 200 000 personas más murieron allí.
Hay muchos, muchos más ejemplos, desde financiación de dictadores hasta gobiernos elegidos democráticamente y después arrojados al caos o eliminados por completo (Guatemala e Irán en los cincuenta y Chile en los setenta son otros ejemplos de cómo los EE. UU. demuestran su amor a la libertad ayudando a derrocar jefes de gobierno elegidos por sus propios ciudadanos).
Estos días, China es su dictadura favorita. Su Gobierno impone rigurosos límites a los medios de comunicación, Internet, los derechos de los trabajadores, la libertad religiosa y cualquier intento de librepensamiento. Si a lo anterior le sumamos un sistema judicial corrupto hasta la médula, que ignora completamente cualquier estado de derecho, convierte a China en el lugar perfecto para los negocios de las empresas estadounidenses. Hay más de 800 restaurantes Kentucky Fried Chicken en China, alrededor de 400 McDonald’s y otros 100 Pizza Huts. Kodak se está acercando rápidamente al monopolio en ventas de carretes fotográficos. ¡Si el criterio para invadir otro país es «liberar al pueblo de un régimen opresor», entonces los EE. UU. tendrían que darse prisa e instituir el servicio militar obligatorio para todos los hombres y mujeres mayores de edad, porque doy fe de que van a tener mucho trabajo! Habiendo ya invadido a Irak para «liberar a los iraquíes», ¿por qué no continuar con el resto de países que ya han jodido? Después de eso, igual pueden volver a Afganistán, Myanmar, Perú, Colombia o Sierra Leona, y terminar en algún lugar que por lo menos suene bonito, como Costa de Marfil. Obviamente, a los que eligen esas guerras no les importa demasiado liberar a la gente de regímenes opresores (si les importara, los EE. UU. estarían partiéndose la cara con la mitad del mundo).
Para más información sobre todos los países en el mundo que sufren bajo dictadores o gobiernos autoritarios o sobre los progresos en los derechos humanos de cualquier país dado, puede consultarse el Centro Internacional de Derechos Humanos y Democracia, Human Rights Watch o Amnistía Internacional.
No, ellos hablan de «nuestra seguridad» y, lo que es aún más importante para ellos, «nuestros intereses». Todos sabemos que, dentro de esa categoría de «nuestros intereses», nunca ha estado incluido el bienestar para nadie fuera de los EE. UU. No se comparte la riqueza (ya sea monetaria o ideológica), sino que se cubren las espaldas y aumentan su propio bienestar. Está a la vista de todos y está en todas partes, desde la explotación de mano de obra barata hasta la histórica afición a los dictadores o el rechazo a perdonar la deuda al Tercer Mundo. La liberación suena bien, pero no merece la pena morir por ella, y está claro como el agua que tampoco merece ni un centavo de su dinero. ¿Gasolina barata, ropa barata, televisores baratos? Sí... eso suena mejor.
Cuando no se encontraron armas de destrucción masiva y ni un solo miembro de al Qaeda apareció en la zona de Irak bajo el control de Saddam Hussein, y cuando esa amenaza inminente que Saddam representaba para la seguridad de los EE. UU. no se pudo demostrar, la Administración Bush y sus muchas marionetas de los medios de comunicación intentaron cambiar rápidamente de tercio. «¡No, mire, nosotros no estábamos allí para encontrar armas nucleares, sino para liberar al pueblo de Irak! ¡Sí, esa es la razón por la que bombardeamos el país y enviamos a 150 000 soldados para invadirlo!»
El 14 de julio de 2003 entrevistaron en el programa de televisión Nightline a una mujer iraquí, pro-EE. UU. y profesora de inglés. Dijo que las cosas estaban tal mal desde la invasión de EE. UU. que a veces deseaba que Saddam aún estuviera en el poder. Su opinión parece ser la más extendida. ¡Veinte años viviendo bajo un cruel dictador y, con sólo noventa días viviendo bajo los estadounidenses, ya quieren que vuelva Saddam! Parece que los clérigos chiflados están consiguiendo llenar el vacío dejado por Saddam y en Irak es la hora de «os presento al nuevo jefe, igual de malo o peor que el anterior». La Administración Bush aplaza continuamente la devolución del control del país al pueblo iraquí que han liberado. ¿Y eso por qué? Las mujeres ya viven con miedo por sus vidas si no se «tapan» y aquellos que vendan alcohol o proyecten películas se arriesgan a ser ejecutados. ¡Qué guay! ¡Libertad! ¡Democracia! ¡Liberación!
5. «¡Los franceses no están de nuestro lado e incluso podrían ser nuestros enemigos!»
Todo esto se hizo para distraer al público estadounidense de las verdaderas ratas que tenían en Washington.
Francia había decidido no apoyar ninguna precipitación hacia la guerra en Irak. Intentó convencer a los EE. UU. de que dejaran hacer su trabajo a los inspectores de armas.
Durante la primera Guerra del Golfo, los EE. UU. contaron con el apoyo de una verdadera coalición de poderosos aliados. Pero cuando llegó el momento de la segunda parte, la mayoría de esos países no tenían tantas ganas de apuntarse. Si hubiese habido una seria amenaza de que Saddam Hussein utilizara sus enormes reservas de armas de destrucción masiva, o de que invadiese otra nación, habrían entrado rápidamente en liza más países para detener al loco, sobre todo los países más cercanos a Irak. Mientras tanto, los franceses se convertían en la cabeza de turco. ¡No se desobedece a los EE. UU.! Y, está claro, mucho menos se va diciendo por ahí que mienten, sobre todo cuando de hecho están mintiendo. Bush, sus tecnócratas y todos sus portavoces se ocuparon de atacar a los gabachos. Ahí estaba Colin Powell con su suave voz de diplomático diciendo en el canal PBS que «fue un momento muy complicado cuando llegamos al segundo voto; no parecía que Francia estuviese siendo de gran ayuda». Cuando le preguntaron si Francia se vería afectada por no apoyar la postura de EE. UU. en la guerra, el ministro de Asuntos Exteriores dijo simplemente: «Sí». Sobre la cuestión del presidente francés, Jacques Chirac, Bush dijo lo siguiente a Tom Brokaw de la NBC: «Dudo que vaya a venir a mi rancho próximamente». (Sin duda alguna, a Chirac se le rompía el corazón ante la perspectiva de perderse una visita a Crawford, Texas). Pero fue un empleado anónimo de la Casa Blanca quien administró el castigo más severo de todos, acusando de parecer «francés» al aspirante Demócrata a la presidencia (y veterano condecorado de Vietnam), el Senador John Kerry.
El diputado Jim Saxton, Republicano por Nueva Jersey, propuso una nueva ley en el Congreso que evitara que las empresas francesas recibieran financiación estadounidense para la reconstrucción de Irak. Su colega, la diputada Republicana por Florida Ginny Brown-Waite, tramó una manera aún mejor para regañar de verdad a los franceses e introdujo un proyecto de ley para devolver a los EE. UU. los cuerpos de los soldados de la Segunda Guerra Mundial muertos y enterrados en Francia. «Los restos de nuestros valientes héroes deberían estar enterrados en suelo patriótico,» explicó, «no en un país que nos ha dado la espalda».


Se derramó vino francés por las calles, e incluso por el inodoro en un restaurante de Nueva Jersey; se rehuían los restaurantes franceses; los veraneantes cancelaban sus planes de viaje a Francia; el comedor del Congreso sustituyó las «French fries» (patatas fritas) por «freedom fries» («patatas de la libertad») en su menú. Como explicaba el presidente de la cadena de restaurantes Fuddruckers, «Cada comensal que se acerca al mostrador de su Fuddruckers local y dice, “¡Deme freedom fries!” muestra su verdadero apoyo a aquellos que protegen nuestras libertades más importantes, especialmente la libertad contra el miedo». (Por no mencionar la libertad contra los hechos: las «French» fries, o patatas fritas, son originarias de Bélgica).
Una sucursal de French Cleaners, una cadena de tiendas del Valle de San Joaquín en California, propiedad de un libanés, amaneció pintarrajeada con mensajes antifrancia y otra fue incendiada. El Hotel Sofitel en Manhattan, de capital francés, reemplazó la bandera francesa que ondeaba en el exterior por la de los EE. UU. Fromage.com, un distribuidor de queso francés, recibió cientos de mensajes electrónicos hostiles. En Las Vegas, se utilizó un carro blindado equipado con dos ametralladoras y un cañón de 76 milímetros para aplastar yogur francés, pan francés, botellas de vino francés, de agua Perrier y de vodka Grey Goose, fotos de Chirac, una guía de París y, lo mejor de todo, fotocopias de la bandera francesa. Los fabricantes de la mostaza French’s Mustard, de capital británico, no esperaron a las reacciones violentas; emitieron un comunicado de prensa explicando que «¡lo único francés de French’s Mustard es el nombre!» A lo largo y ancho de los EE. UU., los programas que emparejaban estudiantes franceses de intercambio con familias estadounidenses fueron incapaces de encontrar suficientes anfitriones por primera vez en años.
Sólo el repostero de la Casa Blanca, un hombre a quien, a pesar de ser francés, se le había encomendado la preparación de la comida del Presidente, escapó a esta cólera. Mofarse de tus aliados de toda la vida poniendo nuevos nombres a la comida y desperdiciando un montón de valioso vino puede parecer muy bonito, pero George W. Bush todavía necesita su «pain au chocolat» (napolitana de chocolate), que le da fortaleza, o más bien «fortaleza para la libertad».
Y los noticiarios por cable, ¿para qué gastar un tiempo inestimable de reportajes investigando si realmente Irak tenía armas de destrucción masiva, pudiendo hacer una historia sobre lo corruptos que son los franceses?
Con todo, después de que las mentiras comenzaran a desenmarañarse, poca gente comenzó a reconsiderar lo que les habían dicho sobre los franceses y lo que éstos realmente habían hecho «a» los EE. UU. Resulta que se trataba más bien de lo que los franceses habían hecho «por» los EE. UU. La mayoría de los estadounidenses apenas se acuerda de quién ganó la Super Bowl del año anterior, y menos todavía la verdadera historia de cómo se fundó su país. Les gusta olvidar que nunca habrían podido ganar la Guerra de Independencia sin los franceses. Fue la guerra entre Francia y Gran Bretaña por Canadá lo que llevó a los colonizadores al límite. Tenían que pagar impuestos sobre los sellos y sobre el té para ayudar a la corona a pagar una guerra en la que las colonias no se habían metido. Cuando la ira y frustración colonial alcanzó su momento crítico y las colonias decidieron separarse, sabían perfectamente que no podrían hacerlo solas. Acudieron a los franceses quienes, jubilosos, aceptaron contribuir a la humillación de los británicos. Enviaron tropas, barcos, el 90 % de la pólvora utilizada y decenas de millones de dólares. La flota francesa acorraló a los casacas rojas y, en el día final, había más tropas francesas que coloniales en las filas.
Aun así, se afirmaba que los franceses se oponían a la guerra sólo para obtener beneficios económicos del Irak de Saddam Hussein. De hecho, eran los estadounidenses los que estaban haciendo su agosto. En 2001, los EE. UU. eran el principal socio comercial de Irak, consumiendo más del 40 % de sus exportaciones de crudo, lo cual representaba 6000 millones de dólares de negocio con el dictador iraquí. Por el contrario, sólo el 8 % de las exportaciones de crudo de Irak fueron a Francia ese mismo año. El noticiario del canal de televisión Fox encabezó la estrategia de identificar a Chirac con Saddam Hussein, emitiendo viejas secuencias de los dos hombres juntos. No importaba que la reunión hubiera tenido lugar en los setenta. Los medios de comunicación no se molestaron en emitir las imágenes de cuando a Saddam se le hizo entrega de la llave de la ciudad de Detroit, o la secuencia de principios de los ochenta, cuando Donald Rumsfeld fue a visitar a Saddam en Bagdad para hablar del progreso de la guerra Irán-Irak. Por lo visto, no merecía la pena enseñar esos videos de Rumsfeld abrazando a Saddam. De acuerdo, puede que una vez sí, en el programa de Oprah Winfrey: cuando mostró a Rumsfeld tan cariñoso con Saddam, hubo un grito ahogado de asombro entre el público en el estudio. Ese día, los estadounidenses de a pie se escandalizaron al ver que «el demonio era» realmente «su demonio». Gracias, Oprah. Qué pronto se nos olvidó que fueron los franceses quienes, el día después del 11 de septiembre, encabezaron el Consejo de Seguridad de la ONU para condenar los ataques y reclamar justicia para las víctimas. Jacques Chirac fue el primer mandatario extranjero que viajó a los EE. UU. después de los ataques para ofrecer su apoyo y dar el pésame.
6. «No son sólo los EE. UU. los que van a Irak. ¡Es la coalición de la voluntad!»
Bush afirmó que «Muchas naciones tienen la resolución y fortaleza para actuar contra las amenazas a la paz, y una extensa coalición está reuniéndose ahora para imponer las demandas del mundo. El Consejo de Seguridad de la ONU no ha estado a la altura de sus responsabilidades, así que nos levantaremos para cumplir con las nuestras». Sólo había un problema: casi nadie quería unirse a esa «coalición de la voluntad». Entonces, ¿quiénes conformaban esa variopinta pandilla de bichos raros que se apuntaron a la locura de Bush? Echemos un vistazo a la lista. Comienza con... Afganistán. He pedido al Ministerio de Asuntos Exteriores que me proporcione una lista de las contribuciones que hizo la nación de Afganistán al esfuerzo bélico y hasta el momento nadie ha respondido. El siguiente bateador de la «coalición de la voluntad» es otra estrella: Albania. Continuemos... Australia. Las encuestas en Australia antes de la guerra mostraron que sus ciudadanos se oponían a ella por un margen del 70 %. Entonces, ¿cómo se metieron en la lista? George W. Bush tentó a su primer ministro John Howard con la perspectiva de un acuerdo de libre comercio. Si no puedes unirte a ellos, o si ellos no quieren unirse a ti, sobórnales. Mientras tanto, los vecinos de Australia, Nueva Zelanda, que rehusaron unirse a la coalición, ¡sorpresa! quedaron excluidos de las negociaciones comerciales. De vuelta a los «voluntarios»: Azerbaiyán (eran los siguientes en la lista para robarles el petróleo, así que no les quedaba otra), Bulgaria, Colombia, República Checa, Dinamarca, El Salvador (que para algo fueron anexionados), Eritrea, Estonia, Etiopía, Georgia, Hungría, Italia (el 69 % se opuso a la guerra), Japón (el 70 % se opuso a la guerra), Corea del Sur, Letonia, Lituania, Macedonia, Holanda, Nicaragua, Filipinas (aunque quizás deberían emplear su tiempo en derrotar a sus propios miembros de al Qaeda), Polonia, Palau (un grupo de islas de 20 000 habitantes en el Pacífico Norte, apenas suficientes para llenar el Madison Square Garden; tienen una tapioca de rechupete y suculentos cocos pero, desafortunadamente, carecen de tropas. Por supuesto, el hecho de no tener ejército no es un impedimento para pertenecer a la «coalición de la voluntad»). Otros miembros sin ejército son Islandia, Costa Rica, las Islas Marshall, las Islas Solomon y Micronesia. Polonia se ofreció a enviar doscientos militares. Eso nos deja Rumanía, Eslovaquia, España (sólo un 13 % a favor de la guerra, y eso suponiendo que se tratara de una invasión apoyada por la ONU) y Turquía. Los políticos turcos rechazaron 26 millones de dólares a cambio del privilegio del establecimiento de tropas estadounidenses en su territorio. Puede que estuviesen prestando atención a los sondeos que demostraban que el 95 % de los turcos se oponían a la invasión de Irak. Cerrando la marcha tenemos al Reino Unido y Uzbekistán. En el Reino Unido, sólo el 9 % apoyaba una acción militar contra Irak en el caso de que fuese llevada a cabo sólo junto a los EE. UU. Los británicos estaban divididos a partes iguales en la cuestión de quién era «la mayor amenaza para la paz mundial», con Bush y Hussein acumulando el 45 % de los votos cada uno.
La mayoría de los ciudadanos de los miembros de la coalición estaban en contra de la guerra en Irak, lo cual les convertía en la «coalición de los coaccionados, sobornados e intimidados». Para que conste, aquí está una lista con algunos de los muchos países que no quisieron saber nada de este fiasco, la «coalición de los Renuentes»: Alemania, Argelia, Argentina, Austria, Bélgica, Brasil, Canadá, Chile, China, Cuba, Egipto, Finlandia, Francia, Grecia, India, Indonesia, Irán, Irlanda, Israel, Jordania, México, Nueva Zelanda, Nigeria, Noruega, Pakistán, Rusia, Sudáfrica, Suecia, Suiza, Siria, Tailandia, Emiratos Árabes Unidos, Venezuela, Vietnam, Yemen, Zambia, Zimbabue y otros 103 países. ¡Oye! ¿Quién los necesita? ¡Gallinas! ¡Perdedores!
7. «Estamos haciendo todo lo posible para que no haya bajas entre la población civil».
En los noventa aprendimos mucho sobre cómo tomar parte en una guerra y mantener al mínimo las bajas yanquis. Clinton cerró bases, redujo el número de tropas y destinó dinero para investigar maneras de bombardear gente desde lejos. Lockheed Martin, la mayor compañía armamentística del mundo, construyó cohetes que transportaban al espacio los nuevos satélites especiales que guiaban los misiles disparados hacia Bagdad. Cuando Bush desencadenó la tormenta de fuego en la capital de Irak (con una población civil de cinco millones) durante la II Guerra del Golfo, no habría sido posible sin esos cohetes-guía de Lockheed, certeros casi al milímetro y coordinados desde el mando central del ejército en Tampa, Florida. Los mismos satélites se utilizaron para bombardear Afganistán después del 11 de septiembre. Además, entre estas dos campañas de bombardeos, según algunos cálculos, 9 000 civiles fueron asesinados. Tres veces más de los que murieron el 11 de septiembre.
El Pentágono se jacta de lo perfectos que son sus sistemas de guía en la actualidad y de que sólo apuntan a instalaciones militares, sin necesidad de que mueran civiles. Que se lo digan a la familia de Razek al-Kazem al-Khafaji, que perdió a su mujer, a sus seis hijos, a su padre, a su madre y a dos hermanos en un ataque. «Que Dios lleve nuestra venganza a los EE. UU.,» dijo gimiendo a los reporteros entre los escombros y los restos humanos. ¡Anda, menudo ingrato! Luego se dio el caso del muchacho que perdió a sus padres y los dos brazos cuando un misil estadounidense alcanzó su casa. Mientras las lágrimas le resbalaban por las mejillas, rogaba a los reporteros que le ayudaran a encontrar sus brazos. O la madre que comenzó a sollozar incontrolablemente y después se desmayó al ver cómo recuperaban de un cráter humeante el torso de una joven, y después una cabeza arrancada (la de su hija). Ese cráter lo habían formado cuatro bombas estadounidenses dirigidas a un restaurante en el que Saddam Hussein «podría haber estado». En vez de eso, las bombas destruyeron tres hogares, matando a catorce personas, entre ellas siete niños y la hija de esa mujer. Cualquier civil es considerado como un asesino en potencia. Así, muchos iraquíes inocentes han sido asesinados a tiros por nuestros soldados. Como las diez mujeres y niños asesinados por soldados estadounidenses cuando no pudieron detener su furgoneta en un punto de control.
8. «¡Estamos aquí para proteger los campos petrolíferos de Irak!»
Bueno, esta es cierta.
9. «¡Los medios de comunicación estadounidenses os han proporcionado la verdad sobre Irak!»
Tantas historias estilo Íntimo y personal sobre las miserias y peligros a los que se enfrentan nuestros militares y prácticamente ninguna examina por qué enviamos a estos buenos mozos por el camino del mal. Y se dijo aún menos sobre lo que le estaba ocurriendo a la gente de Irak. Nos lavaron tanto el cerebro que los sondeos mostraban que la mitad de los estadounidenses tenían la errónea concepción de que los aviones del 11 de septiembre habían sido secuestrados por iraquíes y, en un momento dado, casi la mitad creían que los EE. UU. habían encontrado armas de destrucción masiva en Irak, cuando no se había hecho tal descubrimiento. Una cuarta parte de los encuestados creía que Saddam había desencadenado un ataque químico o biológico contra las fuerzas de la «coalición», lo cual tampoco había ocurrido. Era casi imposible oír la perspectiva de alguien que cuestionara o se opusiera a los fundamentos de la Administración Bush para precipitarse hacia la guerra.
El grupo FAIR, que se ocupa de proteger los intereses de los medios de comunicación, estudió los noticieros de seis cadenas de televisión de EE. UU. durante tres semanas, a partir del 20 de marzo de 2003, el día después de que comenzaran los bombardeos de EE. UU. en Irak. El estudio investigó las filiaciones y opiniones de más de 1 600 fuentes de historias sobre Irak que aparecieron en directo. Los resultados no fueron nada sorprendentes:
• La probabilidad de que los telespectadores vieran una fuente a favor de la guerra eran 25 veces superiores a que el punto de vista fuera contrario a la guerra.
• Las fuentes militares aparecían con el doble de frecuencia que las civiles.
• Sólo el 4 % de las fuentes mostradas durante esas tres semanas estaban relacionadas con universidades, grupos de expertos u organizaciones no gubernamentales.
• De un total de 840 fuentes que eran o habían sido funcionarios del gobierno o del ejército, sólo se identificó a cuatro que se opusieran a la guerra.
• Las pocas apariciones de personas con puntos de vista opuestos a la guerra se limitaban sistemáticamente a citas de una sola frase, normalmente provenientes de participantes no identificados en entrevistas a pie de calle. Ni uno solo de los programas analizados llevó a cabo una entrevista reposada con alguien que estuviera en contra de la guerra.
El 26 de abril de 2003, ABC informó de que «a 210 kilómetros al noroeste de Bagdad, el ejército de EE. UU. ha encontrado un arsenal de armas que en un principio parece contener agentes químicos. Entre los materiales que se encuentran allí hay catorce bidones de 240 litros de capacidad, al menos una docena de misiles y 150 máscaras antigás». Al final resultó que no había armas químicas en el lugar y que los informes anteriores eran completamente erróneos. ABC no ofreció ninguna corrección ni se retractó.
El Washington Post nos trajo la fascinante historia de la soldado Jessica Lynch, la joven militar que fue rescatada de un hospital iraquí después de haber resultado gravemente herida durante una batalla en el desierto iraquí: según un oficial, «la soldado Jessica Lynch, rescatada el martes de un hospital iraquí, luchó encarnizadamente y disparó a varios soldados enemigos… Lynch, una intendente de 19 años, siguió disparando a los iraquíes hasta que sufrió múltiples heridas de bala y vio cómo muchos otros soldados de su unidad morían a su alrededor en el combate del 23 de marzo. Estaba luchando contra la muerte. No quería que la cogieran viva». El New York Times proporcionó detalles más dramáticos del heroico rescate: los Seals, las fuerzas de operaciones especiales de la marina, rescataron a la soldado Lynch bajo fuego enemigo al entrar y al volver a salir. Lynch fue el primer prisionero de guerra de los EE. UU. salvado de las manos del enemigo desde la II Guerra Mundial, y fue la primera vez que una mujer era rescatada. Llevó algo de tiempo, pero pronto la historia se hizo algo más complicada, como informó el New York Times dos meses más tarde: «Parece que la valerosa joven soldado no luchó como Rambo cuando su unidad de intendencia se dirigió por error hacia una emboscada iraquí. Puede que no la dispararan ni la apuñalaran en ese combate, el cual puede que ni siquiera tuviera lugar, y ahora incluso parece probable que no fuera maltratada en un hospital iraquí. Sus heroicos rescatadores no batallaron hacia el interior del hospital; de hecho, parece que el personal del hospital estaba impaciente por entregarla. En efecto, Lynch recibió cuidado médico especial por parte del personal del hospital iraquí a causa de sus heridas, ninguna de las cuales había sido causada por combate alguno. Una enfermera iraquí le cantaba nanas por la noche, e incluso recibía ración extra de zumo y galletas. El personal del hospital ya había intentado entregarla a las autoridades estadounidenses y, de hecho, estaban esperando a que llegaran». Mientras Lynch se recuperaba en un hospital estadounidense, las cadenas de televisión se peleaban por conseguir la exclusiva de su historia. La CBS incluso le ofreció un acuerdo global que incluía la posibilidad de un libro, un concierto y un telefilme por medio de CBS News, CBS Entertainment, MTV y Simon & Schuster, todos ellos bajo la cobertura corporativa del gigante Viacom Corp. Me da pena por ella, una joven que se ofreció voluntaria para arriesgar su vida defendiendo a los EE. UU. para terminar manipulada de esa manera.
10. «No hemos mentido. Y no vamos a mentir ahora para encubrir las mentiras que os hemos dicho anteriormente».
Una vez que unos pocos medios de comunicación comenzaron a hacer su trabajo y desenmascarar las mentiras de la Administración Bush, que Bush luchara por encontrar a alguien (a cualquiera) para culpar por todas las mentiras, y que la mayor parte de la opinión pública estadounidense dijera que creían que no les habían dicho toda la verdad sobre Irak, Bush y compañía se imaginaron que lo mejor sería dar un paso adelante y poner fin a esa crisis de una vez por todas. Esta estrategia se llama el efecto de acumulamiento: si te pillan diciendo una mentira, simplemente sigue negándolo y mintiendo pase lo que pase.
En febrero, Colin Powell declaró: «Estimados colegas, todas las afirmaciones que hago hoy aquí están respaldadas por fuentes sólidas. No se trata de aseveraciones. Lo que les estamos dando aquí son hechos y conclusiones basadas en sólidos informes de inteligencia». Pocos días después, parece que Powell ya no estaba tan seguro. Durante una reunión de agentes de la CIA para revisar las pruebas contra Saddam Hussein, Powell lanzó los papeles por el aire y declaró: «No voy a leer esto, son sandeces». Y tenía buenas razones para desconfiar de la «inteligencia». Una buena parte de la información de fondo de Powell se había copiado directamente de fuentes fácilmente localizables en internet, incluyendo un artículo de un estudiante de posgrado basado en documentos con doce años de antigüedad (de la I Guerra del Golfo). Algunas secciones se habían plagiado en su totalidad, hasta tal punto que ni siquiera se habían corregido algunas erratas.

miércoles, 25 de febrero de 2009

Rouco me quiere tutelar

Estoy de acuerdo con el punto de vista que sostiene Carmen Posadas en su columna Ateos sobre ruedas, indicando el infantilismo de un lema como «Probablemente Dios no existe. Deja de preocuparte y disfruta de la vida», aparecido en varios autobuses de Londres, Birmingham, Manchester, Edimburgo, Barcelona y Madrid, así como en Washington D. C., en este caso con un mensaje ligeramente diferente («¿Por qué creer en un dios? Sé bueno sólo porque sí.»)



Sin embargo, independientemente de que pueda o no herir sensibilidades (no entiendo por qué nadie podría sentirse ofendido por el hecho de que otros expresen una opinión diferente a la suya), así como del posible mal uso del tiempo verbal (¿no sería mejor «probablemente Dios no “exista”», en subjuntivo?), no creo que tal consigna implique necesariamente que se elimine un código de conducta religioso sin sustituirlo por su equivalente laico; intentar relajarse y disfrutar no tiene por qué ser lo mismo que abandonar toda ética y moral —son cosas compatibles, siempre que el individuo tenga un mínimo de inteligencia para considerar las posibles consecuencias de sus actos y decisiones—.



Sí que me llama la atención el hecho de que ser ateo se haya convertido en una religión, igual de excluyente y con el mismo anhelo de proselitismo que cualquier otra. Si no, no entiendo su afán por publicitar y propagar a los cuatro vientos su dogma (es decir, intentar “venderlo”). Es irónico que reivindiquen su actitud reclamando el mismo respeto que los creyentes a la hora de anunciar sus convicciones, cuando están demostrando que lo son del mismo modo, aunque la doctrina sea diferente. También profesan una fe: el ateísmo. Como decía Miguel de Unamuno, “Hasta un ateo necesita a Dios para negarlo”.



Muchos han puesto el grito en el cielo (nunca mejor dicho) contra el mensaje ateo, calificándolo de «laicismo extremo» (José María Pérez-Roldán) y cargando las culpas contra Zapatero, ya que «intentan boicotear las creencias de los demás hablando mal de Dios, y hace muy pocos años no había ningún problema de este tipo» (¿qué problema?, me pregunto yo). El arzobispo Rouco, olvidando del artículo 20.1.a de nuestra Constitución , aboga por una escalofriante “libertad de expresión tutelada”: «no es justo obligarnos a soportar mensajes que hieren nuestro sentimiento religioso». (Se conoce que los anuncios de trata de blancas que aparecen en periódicos financiados por la Iglesia Católica no le parecen tan hirientes). Completamente opuesto, por poner un ejemplo, a la Reverenda Jenny Ellis, de la Iglesia Metodista de Inglaterra, quien afirma que están «agradecidos por este interés en Dios y por animar a la gente a meditar sobre estas cuestiones; esta campaña será algo bueno si consigue que los ciudadanos se comprometan con las preguntas más profundas de la vida».


FIRMA POR LA SEPARACIÓN IGLESIAS - ESTADO

En el otro lado, otros se quejan también del mensaje «Dios existe, disfruta de la vida en Cristo», contratado por una iglesia protestante de Fuenlabrada. Es inquietante el poco apego que se tiene a la libertad de expresión en este país, olvidándonos de que cualquiera es libre de divulgar el “producto” que quiera siempre que el anuncio sea acorde con la Ley. De todos modos, en lo que me concierne, ni siquiera me fijo en ningún tipo de campaña (tomen nota, señores publicistas), tanto en la televisión como en la radio (siempre cambio de canal o emisora), en prensa o en la calle (incluidos los reclamos a favor de su “equis” en la declaración de la renta por parte de la Iglesia), del mismo modo que en mi infancia ignoraba los crucifijos que pregonaban el catolicismo en el colegio donde estudiaba. No creo que nadie tenga la autoridad moral de imponer a los demás si deben creer en algo o deben no creer en algo.


Por lo menos, estos predicadores del ateísmo incluyen el “probablemente”, algo que omiten otras religiones. Como dijo Bertrand Russell, «Gran parte de las dificultades por las que atraviesa el mundo se deben a que los ignorantes están completamente seguros y los inteligentes llenos de dudas».

lunes, 23 de febrero de 2009

¿Dónde demonios está Matt?

Letra (en Bengalí): Gitanjali, de Rabindranath Tagore.
Voz: Palbasha Siddique.
Música: Garry Schyman.

Bhulbona ar shohojete
Shei praan e mon uthbe mete
Mrittu majhe dhaka ache
Je ontohin praan
Bojre tomar baje bashi
She ki shohoj gaan
Shei shurete jagbo ami
Bojre tomar baje bashi
She ki shohoj gaan
dao more shei gaan
Shei jhor jeno shoi anonde
Chittobinar taare
Shotto-shundu dosh digonto
Nachao je jhonkare!
Bojre tomar baje bashi
She ki shohoj gaan
Shei shurete jagbo ami
Bojre tomar baje bashi
She ki shohoj gaan
Shei shurete jagbo ami
Bojre tomar baje bashi
She ki shohoj gaan
dao more shei gaan




Traducción aproximada:
La misma corriente de vida
Que pasa por mis venas noche y día
Recorre el mundo
Y baila rítmicamente
Es la misma vida que inyecta alegría
A través del polvo de la Tierra
Con innumerables briznas de hierba
Y rompe en tumultuosas olas
De hojas y flores
Es la misma vida que se mece
En la cuna del nacimiento del océano
Y de su muerte con las mareas
Siento mis gloriosas extremidades
Con el toque de este mundo de vida
Y mi orgullo viene del palpitar de la vida
De las eras bailando ahora en mi sangre

martes, 10 de febrero de 2009

¿En qué se parecen un banquero y una pizza?

Es el último chiste que corre por la City, el centro financiero de Londres: «¿En qué se diferencian un banquero y una pizza familiar? En que la pizza puede alimentar a cuatro personas». Como dijo Mark Twain, «un banquero es un señor que nos presta el paraguas cuando hace sol y nos lo exige cuando empieza a llover».


Con toda la desfachatez, nuestros amigos los banqueros, en boca de Miguel Martín, presidente de la Asociación Española de la Banca, nos hacen partícipes de la gran paradoja de nuestro tiempo: mientras que en el resto del mundo los bancos tienen la culpa del deterioro de la Economía, en España es al contrario; aquí, es el estado de la Economía, descalabrada por culpa del gobierno y los ciudadanos, lo que pone en peligro a unos virtuosos e inmaculados bancos, que sostienen a todo el país gracias a su esfuerzo y su solidez. Es decir, que quieren hacernos creer que la financiación de la burbuja inmobiliaria española ha sido un fenómeno completamente distinto al de otros países, cuando la única diferencia es que aquí ha sido más grave aún.


«Flaco favor le haríamos a la Economía si aumentáramos el crédito de manera irresponsable», decía también Emilio Botín, olvidándose de explicar por qué no han aplicado ese mismo principio de responsabilidad estos últimos años de bonanza. Dicen que no han cerrado el grifo de los créditos, sino que, si están concediendo menos, es por la falta de solvencia de los solicitantes. Sin embargo, hay infinidad de casos de empresas y autónomos perfectamente solventes a quienes se les están denegando préstamos con menoscabo de sus negocios, que pueden verse abocados al cierre, así como de sus empleados y de la economía española en general.
Los bancos ponen la buchaca para hacerse con el dinero que les da el Estado (dinero de todos los contribuyentes, es decir, de cualquiera menos de ellos), pero luego se lo apropian para poder vanagloriarse a continuación de los enormes beneficios que siguen consiguiendo un año más, mientras el resto del país tiene que apretarse el cinturón o incluso pierde su empleo. ¡Menuda mafia! De todos modos, nada puede reprochárseles cuando lo único que están haciendo es seguir al pie de la letra los principios que gobiernan nuestro sistema económico: maximizar su beneficio individual. Otra cosa es que decidamos de una vez coger el toro por los cuernos y darnos cuenta de que los intereses generales no pueden supeditarse a ese insaciable afán de lucro.


Hipócritamente, hablan de una necesidad de que se reduzca el endeudamiento, lo cual es en realidad absolutamente perentorio; pero es chocante que esta afirmación venga acompañada de otra en la que admiten que viven justamente de eso, de conceder créditos, es decir, del endeudamiento del ciudadano.
Además, cuentan con el apoyo incondicional e irresponsable, con sus argumentos manipulados y demagógicos, de una caterva de títeres como Intereconomía o Freemarket International Consulting. Desde este grupo de presión, Lorenzo Bernaldo de Quirós niega que Paul Krugman haya recibido el Nobel de Economía y mete la pata al intentar parecer culto calificando de injusto y ridículo que los políticos conviertan a los banqueros en los Shylocks de El mercader de Venecia (si se hubiera enterado de algo, o si hubiera leído la obra de Shakespeare, habría notado que no versa tanto de usureros y sus víctimas como de judíos y cristianos, algo que nos habría librado de esta crisis si siguiéramos siéndolo hoy en día, puesto que según la Biblia es un pecado cargar interés en los préstamos).


Mientras, en EE. UU. se suben por las paredes porque Obama quiere fijar un tope salarial de medio millón de dólares (es decir, lo que gana un mileurista en veinticinco años) a los directivos de empresas que reciban fondos públicos. ¡Pobrecitos! Por supuesto, ya se han apresurado a afirmar que la medida será contraproducente, pues «podría desatar un éxodo de talentos de las grandes firmas financieras». Y es que hay que tener mucho talento para cargarte una empresa, como por ejemplo AIG, poniendo en peligro los empleos de miles de personas, y luego gastarte 440 000 dólares celebrando el plan de rescate.
Es decir, que a la larga esta medida de Obama va a favorecer a España, pues esas privilegiadas y preclaras mentes sin duda vendrán a parar al país de la barra libre del pillaje y la especulación. Por otra parte, qué van a exigir aquí los políticos a nadie cuando ellos se dedican a comprar sillas de 2 000 euros, ventanales de 170 000 o coches de 480 000 —150.000 más que el Cadillac de Obama— (Emilio Pérez Touriño), despachos de 300 000 (Juan Carlos Rodríguez Ibarra), excursiones a La Habana de 2 millones (Anxela Bugallo), tuneado de coches de 9 000 (Ernest Benach), blogs de 262 000 y webs de 1,6 millones (Jordi Hereu), inauguraciones de 1,2 millones (Esperanza Aguirre) o mudanzas de 400 millones (Alberto Ruiz-Gallardón).

miércoles, 4 de febrero de 2009

Unos siembran los vientos para que otros recojan las tempestades


Pongamos el caso de dos primos, Ismael e Isaac. Ambos compartían un terreno, propiedad del Sr. Adriano, hasta que Isaac se enfrentó con él y fue expulsado. Tras años de éxodo por todo el mundo, un tal Adolfo, psicópata de profesión, intentó exterminar a toda la familia de Isaac, con lo que los dirigentes de todos los países decidieron que ya era hora de que le fuera permitido volver a su tierra. Pese a las reticencias de algunos miembros de la familia de Ismael, finalmente los descendientes de Isaac volvieron a instalarse. Lo que nadie esperaba es que, poco a poco, fueran ocupando cada vez más terreno y quedándose con las mejores porciones de tierra, cerrando el paso a los ríos y otras fuentes de riqueza y materias primas, e incluso construyendo un muro para marginar a sus familiares, actitud sin duda aprendida de Adolfo.
Lo que al principio fueron reservas ante el establecimiento de sus primos, se convirtió en un rechazo generalizado de su colonialismo, formándose una camarilla violenta con cada vez más apoyos entre la familia de Ismael. El resto de países condenaba tal violencia, pero consideraba que la familia de Isaac debía devolver todo el terreno ocupado ilegalmente. Ilusamente, los invadidos intentaron contraatacar lanzando piedras al otro lado del muro, rompiendo las ventanas del palacio de Isaac e incluso causando alguna baja. Todos esperaban una reacción, pero nadie habría vaticinado la vengativa campaña de destrucción y exterminio llevada a cabo por los conquistadores, utilizando armas mucho más modernas que las artesanales de su enemigo.
A D. Gregorio Herrero (XL Semanal 1109) le parece mal que se hable de una «masacre» en Gaza y que se critique al gobierno de Israel, alegando que «Hamás está recogiendo la tempestad que ha sembrado». En mi humilde opinión, se olvida de dos hechos: uno, la tempestad no la ha sembrado sólo Hamás, sino también la política sionista de asfixia y destrucción del pueblo Palestino; dos, la tempestad no la recoge sólo Hamás, sino el millón y medio de habitantes de la franja, donde la situación hace que el fanatismo cada vez tenga más apoyos.
Ya no sé si este drama tiene solución, salvo la ideada por los «halcones», que no es otra sino la aniquilación total del pueblo Palestino. Afortunadamente, me queda la esperanza de que tal extremismo vaya perdiendo adeptos. Por ejemplo, el escritor Jean-Moïse Braitberg, nieto de una víctima del Holocausto (el de los nazis contra los judíos, no el de los nacional-sionistas contra los palestinos) ha escrito una carta a Shimon Peres solicitándole la retirada del nombre de los miembros de su familia del Memorial de Yad Vashem, dedicado a las víctimas judías del nazismo, alegando que «la suerte dada al pueblo árabe de Palestina desde hace sesenta años descalifica a mis ojos a Israel como centro de la memoria del mal hecho a los judíos y, por lo tanto, a toda la humanidad».

martes, 3 de febrero de 2009

Ahorrar cien litros de agua al día en casa



Aunque algunos irresponsables se nieguen a admitirlo («Es difícil conseguir que un hombre entienda algo si su forma de vida depende de no entenderlo», dijo Upton Sinclair), no hace falta ser muy observador para darse cuenta de que el clima está extremándose y el ciclo de lluvias desajustándose, todo ello provocado por la excesiva emisión de CO2, entre otras muchas causas que contribuyen al aumento de unas décimas en las temperaturas, lo cual dispara el consumo de agua.
Es fácil ahorrar agua; aquellos que no toman medidas en este sentido esgrimen razones como que son caras o complicadas, o que reducen su comodidad. Nada más lejos de la realidad:
1. Beber: guardar botellas de agua en el frigorífico en vez de dejar el grifo abierto para que salga agua fresca (para llenar un vaso de un cuarto de litro puede llegarse a derrochar hasta un litro). Ahorro diario: ocho litros.
2. Cocinar: no lavar la fruta y la verdura bajo el chorro de agua, sino en un cuenco; y evitar que los grifos goteen (en un solo día se podría llenar una bañera pequeña). Ahorro diario: diez litros.
3. Baño: si no se dispone de una cisterna de bajo consumo (descargan siete litros en vez de diez), colocar un tetrabrik o una botella en su interior para reducir el agua desalojada. Ahorro diario: veinte litros.
4. Aseo: cerrar el grifo al afeitarse o lavarse los dientes (supone un ahorro de diez litros cada vez). Ahorro diario: entre treinta y cuarenta litros.
5. Colada: las lavadoras con programas de bajo consumo, selector de carga, controlador de nivel de agua y categoría energética A+ ahorran hasta 135 litros por colada.
6. Fregar: lavar los platos con el tapón puesto, no con el grifo abierto (ahorro de 115 litros cada vez) y usar ciclos cortos en el lavavajillas (ahorro de cincuenta litros cada vez).
7. Bañera: ducharse en lugar de bañarse y cambiar las «alcachofas» de ducha por las de flujo reducido (reducen el gasto a la mitad). Ahorro diario: ochenta litros.
8. Jardín (los que tengan): regar con manguera es más pesado y derrochador que por goteo —instalarlo si no se dispone de ello—; regar al atardecer o al amanecer —evita que se evapore el veinte por ciento del agua empleada—. Ahorro diario: de veinte a cincuenta litros.