miércoles, 30 de abril de 2008

Educación vial


Alguien dijo que el grado de civilización de un país puede medirse fijándose en la manera de conducir de sus ciudadanos. Si esto es cierto, el grado de desarrollo de nuestro país es ínfimo, y tercermundista el de nuestra ciudad en particular.
Aparte del síndrome de Dr. Jekyll y Mr. Hyde que muchos sufren cuando se sientan al volante y de las velocidades disparatadas, lo que más se aprecia es una gran falta de respeto: por los demás, por uno mismo, por la vida y por la salud. Desde quienes aparcan en doble fila, en pasos de cebra o incluso en estacionamientos reservados para discapacitados, hasta aquellos que reclaman su derecho a que todos se aparten del carril izquierdo para que puedan sacar todo el partido a la millonada que les ha costado su coche, pasando por los que desprecian la integridad de los peatones en los pasos de cebra (o los peatones que desdeñan la suya propia cruzando por zonas indebidas y desafiando con la mirada a quien ose recriminárselo), tenemos un sinfín de actitudes crónicas, propias de auténticos psicópatas, que convierten el tránsito por nuestras ciudades en una actividad peligrosa y desagradable, tanto conduciendo como caminando o pedaleando.
Es palpable que las nuevas medidas de la DGT han tenido un efecto positivo en el número de accidentes de tráfico, e innegable que los españolitos funcionamos mejor con el sistema del palo y la zanahoria. Sin embargo, creo que es también evidente que estas medidas funcionarían mejor si dejaran de lado los fines recaudatorios y se centraran en la seguridad: los radares no suelen estar colocados en las zonas más peligrosas, sino en las más «golosas», del mismo modo que es posible ser multado por estacionar sin respetar la distancia mínima con los vehículos de al lado, pero muy improbable por no respetar la distancia de seguridad mientras se conduce, causa de infinidad de colisiones por alcance.
Mejorar es tarea de todos: conductores, peatones, ciclistas, autoridades y fuerzas de seguridad; y no creo que sea cuestión de leyes o de multas, sino de cultura y de actitud.

martes, 29 de abril de 2008

Un país de chiste


Acabo de recibir una de esas presentaciones que circulan por correo electrónico. No sé si quienes las reenvían despreocupadamente son conscientes del peligro que ello supone para su intimidad y la de sus destinatarios, pero no es eso de lo que quiero hablar.
Esta presentación contiene un chiste titulado «las tres ofertas»: un alcalde pide presupuesto para pintar la fachada del ayuntamiento y recibe ofertas de un marroquí (tres millones), un colombiano (seis millones) y un español (nueve millones). Ante tales diferencias, se reúne con cada uno para que justifiquen sus presupuestos. El marroquí comenta que necesita un millón para dar dos capas de pintura acrílica para exteriores, otro para materiales (brochas, andamios, etc.) y otro para sueldos. El colombiano explica que, aparte de ser pintor profesional, necesita tres millones para dar sendas capas de pintura de poliuretano, dos para materiales y otro para sueldos. Finalmente, el español asegura que su presupuesto es el más justificado: «Alcalde, tres millones para ti, tres para mí y tres para que el moro pinte la fachada». ¿Adivinan qué presupuesto fue escogido? Evidentemente, el del español.
Y es que la corrupción está tan institucionalizada en nuestro país que ya hasta nos parece graciosa, salvo cuando alcanza dimensiones tales que nos escandaliza (o bien despierta nuestra envidia, no estoy seguro), o cuando creemos que afecta a nuestro propio bolsillo. Incluso he llegado a oír, quizás como intento de mantener la conciencia tranquila, que nuestra economía está tan basada en estos movimientos «sumergidos» que, si se controlasen con mayor firmeza, sería una catástrofe para nuestro país.
El problema es que no nos damos cuenta de que cualquier tipo de corrupción afecta a nuestro bolsillo: cuando el empresario contabiliza como gasto la factura del restaurante donde ha cenado con sus amigos, el Estado que financia nuestra Sanidad y nuestra Educación está recaudando menos impuestos por los beneficios de su empresa, luego este señor nos está defraudando a todos; cuando el empleado que causa baja voluntaria en la empresa acuerda un despido pactado, el subsidio por desempleo que va a cobrar ilícitamente sale de las arcas del Estado que se ocupa de la Seguridad y la Justicia; cuando las empresas españolas establecen sus domicilios en paraísos fiscales para no pagar impuestos, se están riendo del resto de los ciudadanos que pagan religiosamente unos tributos cada vez más regresivos.
Y así sucesivamente hasta llenar páginas y páginas: fraudes con las ayudas al alquiler (yo alquilo mi piso a tu hijo y tú alquilas tu piso a mi hijo; o yo te alquilo mi apartamento, pero la ayuda me la das a mí), con las viviendas de protección oficial (yo te la adjudico, pero tú me pagas para compensar los menores beneficios que suponen estas construcciones; o yo ya tengo una vivienda, pero aún así me las apaño para que adjudiquen otra y, para más INRI, la subarriendo para lucrarme en detrimento de quienes realmente la necesitan), etc. ¡Qué risa!

jueves, 17 de abril de 2008

¿Calentamiento global o cambio climático?


Nuestro Planeta está en peligro. Esta afirmación es la mayor muestra del antropocentrismo de la especie humana: la Tierra (que no es, ni muchos menos, nuestra) ha pasado por muchos otros calentamientos y enfriamientos antes de que nosotros llegáramos aquí; las especies han aparecido y se han extinguido. No es el Planeta el que va a desaparecer, sino las especies animales y vegetales que lo habitan, el hombre entre ellas.
¿Podemos hacer algo para evitarlo? Probablemente no. Lo que sí podemos es intentar atenuarlo. Es innegable que la acción del hombre, con nuestra irresponsabilidad en relación con el consumo y la contaminación ambiental, está acelerando el proceso de calentamiento, por mucho que les pese a muchos negligentes que se empeñan en demostrar lo contrario para mantener su conciencia tranquila. Hay infinidad de cosas que podemos hacer para paliar el calentamiento global; la gran mayoría de ellas son tremendamente sencillas y no suponen ninguna molestia adicional a nuestro irracional modo de vida. Sobre todo, hay que centrarse en reducir las emisiones de gases tóxicos, contaminantes y provocadores de efecto invernadero, así como llevar a cabo un consumo más responsable y menos centrado en el beneficio personal (esto no va a disminuir el bienestar ni la calidad de vida, más bien al contrario, ya que supone ahorros económicos significativos): al consumir, estamos gastando recursos no renovables, por lo que primero hay que plantearse la necesidad real de adquirir un producto y después reutilizarlo o reciclarlo.
Hay muchos medios de ahorrar agua (arreglar los grifos que goteen, introducir botellas en la cisterna del inodoro o instalar sistemas de doble pulsador, incorporar reductores de caudales a los grifos y cabezales de ducha, etc.), energía (bombillas de bajo consumo, apagar completamente los aparatos eléctricos —no dejarlos en stand-by, pilas recargables, electrodomésticos eficientes, etc.) o productos perecederos (comprar a peso evitando las bandejas de poliestireno en general, rechazar los embalajes excesivos, reutilizar las bolsas de plástico o prescindir de ellas para hacer la compra, evitar las bebidas y alimentos y enlatados el envase vale más que su contenido, etc.), así como de reducir la polución (usar la calefacción y el aire acondicionado con sentido común, no utilizar el coche para trayectos cortos y no conducir a velocidades absurdas, adquirir vehículos con bajos consumos de combustible y emisiones de CO2, no comprar atomizadores que contengan CFC, etc.). En general, basta con actuar con cordura y sensatez en nuestro día a día.