martes, 23 de diciembre de 2008

El futuro de nuestra Sanidad



La descentralización centrífuga que padecemos ha provocado la aparición de 17 sistemas sanitarios diferentes sin coordinación alguna entre sí, con un desequilibrio total entre la oferta y la demanda que no permite la completa cobertura de algunas especialidades. Con la excusa de «acercar la Administración al ciudadano», estamos permitiendo la creación de unos reinos de taifas pésimamente gestionados, en los que se dan casos esperpénticos como el de Cataluña, donde se prefiere contratar a traductores que acompañen a los médicos antes que cometer el sacrilegio de utilizar el castellano en las consultas y partes médicos (una cosa es que se exija conocer la lengua cooficial en la comunidad, y otra muy diferente dar más importancia al idioma que al servicio sanitario).



El caso más despiadado es el de Madrid, famosa por no proporcionar datos al Ministerio de Sanidad sobre sus listas de espera, aduciendo que no las hay; por su acumulación de irregularidades y malas prácticas; por sus colapsados ambulatorios, con colas que salen del edificio porque es imposible pedir una cita de atención primaria por teléfono, lo cual también origina la congestión de las urgencias, donde muchos se ven obligados a acudir directamente para no tener que esperar una semana como mínimo (y hasta seis meses) a que les atienda su médico de cabecera (que «sólo» tiene 40 consultas al día, con el consiguiente descenso de la calidad asistencial, aumento en las prescripciones y, lógicamente, también de errores clínicos). En esta comunidad, quien quiera pedir cita para una especialidad, haya tenido una rotura y quiera revisarla o acudir a rehabilitación, o desee llevar a cabo las revisiones ginecológicas periódicas (como recomiendan las propias campañas sanitarias para prevenir los cánceres de mama o de cuello de útero), que se arme de paciencia o se vaya a la privada, que es al fin y al cabo el objetivo del gobierno de esta autonomía (y el que no se lo pueda costear que se muera, por pobre, por cutre y por ordinario).


Muchos de los nuevos hospitales que se están construyendo en nuestro país son «públicos de gestión privada», también denominados «de financiación mixta» (cuando Esperanza Aguirre, capitán general de los ejércitos privatizadores de tierra, agua —Canal de Isabel II— y hasta de aire —dando prioridad a la construcción de un campo de golf urbano para reducir el Parque de Santander en Chamberí a la mínima expresión— se vanagloria de «su» construcción de ocho nuevos hospitales, está hablando de esta privatización encubierta: aumentan los hospitales, pero se reduce el número de camas públicas, que ya han descendido hasta casi el 50 %). Estos proyectos responden más a la preocupación del sector privado para proteger su margen de beneficios controlando los costes que a las necesidades de los pacientes, que se ven hacinados en habitaciones minúsculas. Para colmo, su coste es cinco veces superior al de un hospital público, y eso teniendo en cuenta sólo el corto plazo, y sin mencionar los intereses que se abonan a las constructoras, que nunca van a perder un duro, pues los contratos incluyen una cláusula de rescate por parte de la Administración si el hospital tiene pérdidas. Y además de la privatización de los nuevos hospitales, también se está privatizando la atención primaria, con plantas y consultas privadas y médicos contratados de manera privada en varios centros de salud.




Si nos remontamos a más largo plazo, no tenemos más que fijarnos en el caso del Reino Unido, nuestro predecesor en semejante aberración (con costes finales un 72 % superiores a los previstos —aquí seguro que lo superamos sin proponérnoslo—), donde ya se ha demostrado lo desastroso de tal «modelo» de gestión (cuyo promotor admite sin ningún problema haberse basado en McDonalds), con el agravante de los casos de corrupción (también fácilmente superables gracias a nuestra gran experiencia en ese campo): médicos de atención primaria inflaban sus listas con hasta dos millones de pacientes inexistentes para obtener más dinero, puesto que se les había encomendado la labor de maximizar sus ingresos para asumir de manera independiente la compra de servicios de cirugía, tratamientos, pruebas diagnósticas o terapéuticas, cuidados de enfermería domiciliaria o atención hospitalaria para pacientes crónicos.




Otros problemas del modelo, aprobado en 1989 y abolido diez años después, consistían en diferencias de trato, rechazos de pacientes nuevos que implicaran costes demasiado altos, enfoque al coste y no a la calidad asistencial, aumentos significativos del número de pacientes por profesional, reducción de gastos de limpieza (privatizada, por supuesto, consiguiendo la tasa de infecciones hospitalarias más alta de la UE), todo ello con el consiguiente deterioro en la calidad de los cuidados (tasas de mortalidad más altas, mayores errores médicos, ocultación de datos sanitarios); es decir: ganan las empresas, pierden los pacientes y trabajadores (lo de siempre). No hay más que ver dónde vienen a operarse actualmente los súbditos británicos; aunque, desde ese punto de vista, puede que todo sea una estratagema para que dejen de venir cuando vean que nos hemos rebajado a su nivel.



Como si no fuera con ellos, en 1997 el PSOE (no sé a qué esperan para dejar de hacer el ridículo y despojarse de la «S» de «Socialista» y la «O» de «Obrero») votó a favor de la Ley de Nuevas Formas de Gestión, que permite la entrada de empresas lucrativas en el sector sanitario.



Una vez abierta la veda, Cataluña y Valencia, de manera totalmente irresponsable, implantaron «el mismo perro con otro collar», es decir, que aplicaron la misma calamidad pero con otros nombres rimbombantes: «Entidades de Base Asociativa» o EBAS, que los acrónimos siempre quedan muy bien (los hospitales pasaban a ser sociedades limitadas, y sus empleados accionistas), «Centros de Salud Gestionados por Entidades Ajenas» (ajenas al bienestar de los ciudadanos, se sobreentiende, puesto que utilizan recursos públicos para prestar —y cobrar— actividades privadas no incluidas en el sistema público, en detrimento de actividades preventivas menos rentables), o «Concesiones Administrativas» (literalmente, cesión de centros de salud y plantillas públicas a hospitales privados lucrativos, con agresivos sistemas de incentivos para reducir pruebas, tratamientos, ingresos hospitalarios desde urgencias, o derivaciones a atención especializada, ya de por sí limitada con respecto a los hospitales públicos, así como aumentar las intervenciones fuera de quirófano o las altas prematuras).



La consecuencia, a modo de ejemplo, es la siguiente: un médico prescribe un servicio de atención especializada, el inspector dirige al paciente a un centro concertado (gestión privada), donde le dicen que ha de esperar varios meses, salvo si pertenece a una mutua, con lo que la espera se reduciría a unas semanas, o si abona el servicio al contado, con lo que se llevaría a cabo en el día. Es decir, ciudadanos de primera, con suficiente poder adquisitivo como para poder costearse el servicio sanitario «a tocateja», ciudadanos de segunda que disfruten de algún seguro privado, y «escoria», auténticos parásitos de la sociedad, chupópteros de nuestra Seguridad Social.



Como remate, tenemos el caso de las «entidades colaboradoras», empresas privadas financiadas con dinero público para que ejercieran como sustitutas del Sistema Nacional de Salud dando asistencia a determinadas empresas. Al desaparecer en 2009 la partida presupuestaria para estas entidades, sindicatos como UGT y CC. OO., desvelando su verdadera faz de burgueses acomodados, se han negado rotundamente a volver a ser atendidos por la Seguridad Social como la vulgar plebe, erigiéndose en adalides del incomprensible afán privatizador de los últimos tiempos. Esta situación me recuerda cada vez más a la mítica película La invasión de los ladrones de cuerpos. Casi puedo oírles exclamando «¡únete a nosotros!» mientras RTVE, BSCH, BBVA y Altadis firmaban la apertura de un concurso para contratar una compañía privada de asistencia sanitaria que les dé cobertura durante dos años por 8,78 millones de euros.


Por este camino, en unos pocos años el Sistema Nacional de Salud será un conglomerado de empresas privadas, funcionando con la menor cantidad de personal y recursos posibles, que dejarán de ofrecer ciertos tratamientos o de realizar algunas intervenciones quirúrgicas si el gasto no les conviene, negando según qué tratamientos a según qué enfermos dependiendo del coste. Es decir, que nos veremos abocados a la catástrofe sanitaria en la que están sumidos los EE. UU., con una nula sanidad pública y cuarenta millones de ciudadanos sin cobertura alguna.





En vista de la situación, no es de extrañar la fuga de talentos. Mientras que en España la profesión médica no es nada respetada, y en algunos casos es hasta despreciada, llegando incluso a la agresión física y verbal, en el extranjero nuestros doctores gozan de mayor consideración (o, simplemente, gozan de alguna consideración), y los pacientes aprecian (y permiten) que se les oriente correctamente.



Entre 2002 y 2006, casi mil profesionales (el 20 por ciento de los que habían completado su formación) tuvieron que emigrar a otros países, y en la actualidad casi diez mil de nuestros doctores se encuentran en el extranjero. Es absurdo y ridículo destinar gran cantidad de medios y esfuerzos a la formación para que finalmente los profesionales tengan que marcharse. Y lo que es aún más sangrante: debido a la deficiente gestión del sistema, unos especialistas hacen las maletas mientras que en otros campos es preciso traer a extranjeros que, a su vez, al disfrutar de un visado de estudiante que caduca al acabar el MIR, deben regresar a su país si no obtienen un contrato al terminarlo. Más medios y esfuerzos desperdiciados.

jueves, 11 de diciembre de 2008

Lo que se nos avecina


Según un artículo de D. Carlos Manuel Sánchez en XL Semanal (2 de noviembre), Islandia ha pasado en pocos meses de ser un país modélico por su nivel de vida a ser reos de la ley antiterrorista británica por su insolvencia bancaria. Más adelante, intenta tranquilizarnos con algunos datos, como la Bolsa (la islandesa se desplomó un 77 por ciento en un solo día, mientras que el Ibex español perdió un 9 por ciento en su peor jornada) o la inflación (14 por ciento en Islandia contra un 4,5 en España), y afirmando que el caso español es muy distinto puesto que nuestros depósitos están garantizados y el Banco de España tiene reservas suficientes para dar liquidez.
Sin embargo, se olvida de otros datos, que sí señala Eduardo Punset en una de sus columnas unos días más tarde: la tasa de paro (la española es la mayor de los países europeos), la competitividad (cada día menor), la dependencia energética o la parálisis del sector inmobiliario.
Por otra parte, según ese mismo reportaje, en Islandia «se trabaja duro», cosa que no es tan común en España (me refiero trabajar, no a calentar la silla o pasar a formar parte del mobiliario junto con la máquina de café). Además, por seguir con las comparaciones entre ambas sociedades, el nivel de delincuencia en España no permitiría que los padres dejaran a sus bebés solos en los carricoches sin miedo a que les ocurriera algo malo, ni que la policía no llevase armas. España no es un país demasiado culto, y no creo que nadie discuta el hecho de que tampoco es nada limpio ni tranquilo.
Aunque sí tenemos algunas cosas en común (con Islandia y con la mayoría del mundo occidental): aquí también dejamos los grifos abiertos y las luces encendidas (con la salvedad de que los 320 000 islandeses tienen agua para abastecer a 600 millones y les sobra la electricidad, cosa que no ocurre en España), el aburguesamiento de la sociedad (el último chiste que circula por la Universidad de Reikiavik —«La economía va fatal. Lo mismo tenemos que vender el tercer coche»— también sería tristemente aplicable en nuestro país), el nivel de endeudamiento (España está mucho peor situada que el promedio europeo en este contexto), la avaricia, la superficialidad, el consumismo y la absurda obsesión por aparentar y por equipararnos con el vecino.
Me quedo con las declaraciones de Johanna Hardard Hlesey: «Quizá salga algo bueno de todo esto. Quizá el materialismo tenga sus días contados y nos centremos en las pequeñas cosas de la vida, las que realmente importan.»

miércoles, 26 de noviembre de 2008

El palo y la zanahoria


Según una nueva ordenanza del Ayuntamiento de Madrid, la sanción máxima por no recoger los excrementos de una mascota en los espacios públicos se eleva de 90 a 1500 euros ya que, según ha subrayado Ana Botella, delegada de Medio Ambiente del Ayuntamiento de Madrid, esta actitud «perjudica la imagen de la ciudad y supone un riesgo enorme para la salud de las personas, especialmente la de los niños que juegan en las zonas verdes. Tener una mascota es una responsabilidad, aún mayor cuando se vive en una ciudad y se comparte el espacio con tantas personas».
Los Servicios de Limpieza del Ayuntamiento de Madrid recogieron el año pasado más de 240 toneladas de residuos caninos cuyos responsables no habían cumplido con su obligación, pese a la existencia de 2.546 «sanecanes» con 47 millones de bolsas gratuitas disponibles en las 147 áreas caninas existentes en los parques de Madrid. Teniendo en cuenta que en Madrid hay censados 255 000 canes, y que alrededor del ochenta por ciento de sus dueños sí cumplen con sus obligaciones cívicas, obtenemos una cifra asombrosa: cada uno de esos marranos irresponsables (me refiero a los amos) ha dejado casi cinco kilos de mugre en las calles de nuestra capital.
Pero hay algo más grave en todo esto: la porquería puede limpiarse, ¿pero qué hacemos con la actitud estúpida de la que cada vez hacemos más gala? ¿Por qué esa pueril necesidad de ser tratados con el palo y la zanahoria? Hasta que no ha habido «palos», no ha habido manera de que se reduzcan los accidentes de tráfico (mal que le pese a ese expresidente partidario de conducir bajo los efectos del alcohol); hasta que no ha habido «palos», nadie se ha puesto manos a la obra para regular la actividad de los porteros de discoteca; y, visto que a miles de propietarios de perros en todo el país no les da la gana asumir su responsabilidad, nos vemos obligados a volver a sacar el «palo» para evitar que el resto nos ensuciemos los zapatos (o nuestros niños se contagien de enfermedades) con la inmundicia que van dejando tras de sí.

miércoles, 19 de noviembre de 2008

Mi día como adicto


Suena el despertador, me levanto y el cuerpo ya me pide el primer traguito del día; la verdad es que me sienta fatal y estoy a punto de vomitar, pero es que si no, no me pongo en marcha. Voy al trabajo y, aunque ahora está prohibido beber en el lugar de trabajo (el caso es tratarnos como a niños), yo me llevo mi petaca, así puedo salir a la calle cada hora con los compañeros a meternos unos tragos entre pecho y espalda. Perdemos mucho tiempo entre que salimos y volvemos a entrar, y en invierno nos helamos de frío en la calle, pero merece la pena por el placer de beber en compañía (y es que no es sólo un vicio, sino también un acto social); otros compañeros dicen que nuestra actitud es discriminatoria, porque ellos no salen a beber, sino que trabajan durante toda la jornada (el caso es intentar coartar nuestras libertades).
En la comida, entre plato y plato, un chupito, sin olvidarnos del de después de comer que, como suele decirse, es «el segundo mejor posible». Otros comensales nos miran mal, nos espetan que esta mesa es de «no bebedores», y alguno argumenta que con el efecto del alcohol no disfrutamos de los sabores de la comida (¡es que hay algunos que saben de todo, oye!)
Al salir del trabajo se me ha vaciado la petaca entera (estoy dejándolo, y cada día bebo un poco menos, pero es que hoy he tenido un mal día y estoy muy nervioso), así que voy corriendo a la licorería a comprarme una botella. ¡Maldición, he llegado tarde y han cerrado! ¿Y ahora, qué hago? ¡No tengo nada en casa y así no puedo estar hasta mañana! De camino a casa, abordo a auténticos desconocidos preguntándoles si pueden ofrecerme un trago y me recorro todos los bares para ver si puedo rellenar la petaca; menos mal que finalmente me encuentro a un amigo que suele llevar reservas y me saca del apuro. «¡Mañana sin falta te lo devuelvo!»
La verdad es que digo que lo estoy dejando, pero es para que me dejen en paz; no lo dejo porque no me da la gana, me gusta y no me hace ningún mal: es todo propaganda de este gobierno que está obsesionado con meterse en nuestras vidas. En la empresa nos ofrecen un tratamiento gratuito para dejar de beber, y a muchos compañeros que se han apuntado se les ve mucho mejor (por no hablar del dinero que dicen que se ahorran), pero yo estoy bien como estoy, y no tengo la suficiente fuerza de voluntad para dejarlo.

Me hago cargo de que esta comparación entre un adicto al tabaco y un adicto al alcohol va a levantar ampollas. Por supuesto que no es lo mismo, pero veamos algunas similitudes: ambos provocan muertes, tanto a sí mismos como a los que los rodean (cánceres en fumadores pasivos, víctimas de accidentes de tráfico, etc.), ambos generan gastos sanitarios extraordinarios sufragados por todos los ciudadanos, adictos y no adictos. Como diferencias, aparte de la evidente mayor gravedad del alcoholismo, por lo menos a corto plazo, reseñar la suciedad, mal olor, irritación de ojos y mucosas, etc. que genera el tabaco.
Visto esto, preguntémonos sobre el porqué de nuestra permisividad con los fumadores (algunos de los cuales se lamentan de no poder fumar en algunos espacios públicos, o bien obvian totalmente cualquier tipo de prohibición, y no tienen ningún tipo de consideración hacia los no fumadores en aquellos espacios donde lo tienen permitido), mientras que probablemente no toleraríamos o miraríamos mal a quien se le ocurriera andar por ahí dando tragos a una petaca de vez en cuando.

miércoles, 12 de noviembre de 2008

Derecho a la intimidad


Últimamente hemos asistido a la solicitud que Telma Ortiz, hermana de la Princesa de Asturias, ha presentado para que los medios de comunicación «se abstengan de captar, publicar, distribuir, difundir, emitir o reproducir imágenes o instantáneas suyas o de su pareja», así como para que se lleve a cabo la adopción de medidas cautelares por vulneración del derecho a la propia imagen. Sin embargo, ha sido desestimada por considerarse que «quien entra voluntariamente en la escena pública no puede pretender ser una persona con derecho al anonimato».
Aunque no recuerdo cuándo esta señora entró «voluntariamente» en la escena pública, una cosa es ser un personaje público y tener que resignarse a que se hable de uno en los medios de comunicación, conceder entrevistas, ser fotografiado en actos públicos, etc. y otra muy diferente ser perseguido a todas horas del día por individuos agazapados a la puerta del domicilio o siguiéndote dondequiera que vayas con preguntas impertinentes y sobre tu vida privada, o incluso lanzando especulaciones morbosas o inventando acusaciones provocadoras. Por mucho que se trate de un personaje público, sigue teniendo derecho a su intimidad, y los medios de comunicación deben limitarse a informar sobre el ámbito público o profesional, salvo que el interesado considere apropiado comentar o desvelar algún aspecto de su vida privada.
El problema en este país es que, de hecho aunque no derecho, por encima de la Constitución y de cualquier ley, está el sacrosanto derecho de la prensa «del corazón» a lo que ellos llaman «derecho a informar» y «la gente necesita o quiere saber», sin tener en cuenta que su derecho termina en el mismo lugar donde comienza el de la intimidad de las personas. La «prensa rosa» afirma que cualquier medida que les impida asediar a quien no lo desee supondría «un acto de censura previa» que, efectivamente, está expresamente prohibido por la Constitución; lo que no está prohibido en ningún lado, por otra parte, es el sentido común, es decir, que sean ellos mismos los que ejerzan un acto de autocensura previa basado en la responsabilidad, el respeto y un adecuado filtrado de noticias que impida que la basura llegue a emitirse, en vez de llegar a las manos entre fotógrafos por conseguir una imagen de la familia merendando (¡apasionante!), crear plataformas en contra de Telma Ortiz o, con modos poco menos que mafiosos, recomendarla que «abandone España si se siente acosada» (Ágata Ruiz de la Prada).
Según el director de la publicación US Weekly, «si cobras veinte millones por una película tienes que aceptar el hecho de que eres un bien público». No sé si con este extraño razonamiento se referirá a que el hecho de ganar enormes cantidades de dinero (imagino que porque el rédito al que lo pague será aún mayor —nadie da duros a pesetas—) da derecho a la prensa sensacionalista a disparar la alarma de incendios en un restaurante donde se encuentra un personaje famoso para obligarle a salir corriendo y poder fotografiarle, o chocar adrede con el coche de una actriz para obligarla a bajarse y tener la oportunidad de interrogarla.

miércoles, 5 de noviembre de 2008

Un ecologista sensato y moderado


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Desde mi guarida secreta, donde me escondo por haber sido declarado «enemigo de la libertad y de la democracia» por D. José María Aznar, me pongo en contacto con ustedes para hablarles de Planeta azul (no verde), un ensayo de Václav Klaus, presidente de la República Checa, que denuncia el «alarmismo climático» que nos invade estos días, y que ha sido presentado en España por FAES, con Elvira Rodríguez (exministra de Medio Ambiente del PP, quien durante su mandato defendió lo grave del problema del calentamiento global) y Ana Botella (concejal de Medio Ambiente de Madrid, que tiene un plan contra las emisiones) aplaudiendo en primera fila.
¿Por qué me compara nuestro expresidente del Gobierno con los Stalin, Mao y Pol Pot, y dice que en otros tiempos me habrían enviado a la hoguera? Porque estoy en contra de seguir contaminando nuestro Planeta de la manera en la que lo estamos haciendo, porque no disfruto derrochando recursos y energía, porque me gusta reciclar, porque prefiero utilizar mi coche lo menos posible (y no conducir un tanque acorazado, ni comprar uno nuevo cada poco tiempo), porque me gusta la Naturaleza y respirar aire limpio, porque no creo en el desarrollo y crecimiento salvajes a costa de todo y de todos.
Claro está, estas consignas «son una simple tapadera; en realidad se trata del poder de la supremacía de los elegidos sobre el resto de nosotros, de la implantación de una única ideología correcta,» ya que «quienes defienden que el cambio climático supone una grave amenaza buscan ahogar la democracia.»
Según tan insignes caballeros, no existe tal calentamiento global y, «en todo caso, es un problema que tendrán nuestros tataranietos, no nosotros». Además, poco tenemos que ver los hombres y nuestras emisiones a la atmósfera, aunque las de CO2 hayan aumentado un 70 % en los últimos 35 años y el IPCC (más de 3000 científicos reunidos por la ONU), haya concluido que el calentamiento es inequívoco y está siendo acelerado por emisiones de origen humano. Además, «los Estados no deben hacer mucho caso de los que andan por ahí machacando con el cambio climático, porque el efecto de las medidas que proponen será demoledor para las economías nacionales.»
Pues eso, que lo primero es lo primero, es decir, la economía, aunque otros ya se encarguen de hundirla sin necesidad de aplicar ninguna medida ecologista. No hay problema, podemos seguir contaminando; de lo contrario, estaríamos «poniendo al hombre por debajo de la Tierra» (como si cuidar una casa vieja para que el techo no nos aplaste significase dar más importancia al edificio que a sus habitantes).
De todos modos, pese a contradecirse a sí mismo (firmó el Protocolo de Kioto para luchar contra el cambio climático) y a la actual ejecutiva de su partido, no me extrañan estas declaraciones viniendo de alguien que en las últimas elecciones de EE. UU. ha apoyado a una mujer aficionada a cazar osos polares (los que no se hayan ahogado ya al derretirse su hábitat natural) y a destruir el ecosistema del Estado que gobierna; aunque, afortunadamente, no haya ido más allá de hacer el ridículo junto con «Joe el fontanero» (sin licencia) y acercar el fin de su absurda carrera política.

domingo, 7 de septiembre de 2008

Detención salvaje y racista en EE. UU.

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El pasado mes de junio, en Conway (Arkansas), Luis Miguel Domínguez, un autor de series sobre naturaleza, fue acusado de usurpar la identidad de un policía y encarcelado e incomunicado durante 26 horas en una celda de 16 metros cuadrados compartida con otras nueve personas (como es habitual en las prisiones de EE. UU., todos de raza negra menos un mexicano), una de las cuales intentó atacarlo durante la noche. Según sus propias palabras, fue víctima de un «sistema policial arcaico y racista» en una situación de «indefensión absoluta, con un sistema jurídico y policial medieval que te puede cambiar la vida de la noche a la mañana; las necesidades se hacían en la propia celda y dormíamos en el suelo encadenados, esposados y sin estarnos permitido taparnos con una manta pese al frío aterrador».
Domínguez había viajado a EE. UU. con sus padres para visitar a su hijo, estudiante de Periodismo en la Universidad Central de Arkansas, quien ya había comentado sus problemas con un vecino obsesivo y empeñado en inmiscuirse en su vida privada (quien, tal cómo se ha descubierto más adelante, tiene la desdicha de padecer de esquizofrenia). A altas horas de la noche del 26 de junio, completamente drogado, ese ciudadano aporreó la puerta de la casa acusándoles de hacer mucho ruido y, al constatar lo infundado de su improperio, procedió a simular una caída por las escaleras y a culparles de haberle empujado.



Pese a que el vecino no había conseguido autolesionarse como consecuencia de su espectáculo circense, fue el propio Domínguez quien avisó a la policía, con lo que nuestro personaje cambió la acusación: ya no hacían ruido ni le habían empujado por las escaleras, sino que se había hecho pasar por policía. De una manera nada habitual en cualquier país desarrollado, los agentes, que entraron en la casa «encañonándonos y obligándome a sentarme en el suelo y mantener la boca cerrada sin ni siquiera pedir la documentación a nadie,» procedieron a detenerlo y a esposarlo basándose en una estrella de sheriff de juguete que encontraron en la cocina, tratando a toda la familia como auténticos delincuentes y obviando la presunción de inocencia, «todo ello delante de mi madre, que no podía evitar llorar». No pudo ver a un abogado hasta que pasaron esas 26 horas de detención, en el transcurso de las cuales fue conminado a declararse culpable en repetidas ocasiones.
Gracias a la colaboración de la diplomacia española, y tras pagar una fianza, pudo salir en libertad con cargos, lo cual quiere decir que deberá volver a EE. UU. para ser juzgado por usurpación de autoridad, penada con 6 años de cárcel y 10 000 dólares de multa, en un expediente judicial en el que el acusado aparece descrito como «de raza hispana», y la «víctima» como «de raza no hispana» (no es de extrañar, teniendo en cuenta que proviene del mismo sistema que prefirió creer la versión de los hechos de una persona claramente inestable, un «caza-indemnizaciones», sólo porque se contraponía a la de un extranjero, para más INRI de una raza no anglosajona).



Nadie en sus cabales puede entender cómo un asunto de tal simpleza, que cualquier grupo de personas civilizadas resolverían sin recurrir a la violencia, ni a la arbitrariedad ni al abuso de poder, pudo devenir en una escena de Arde Mississippi o El expreso de medianoche («no olvido a los policías riéndose mientras, tras desnudarme, me metían los dedos por el culo para ver si llevaba droga»). Como contraste, es destacable el comportamiento de la Universidad Central de Arkansas, en la cual cursa sus estudios el hijo de Luis Miguel y conocedora de todo el episodio, que ha proporcionado una casa a toda su familia de forma totalmente gratuita para que la utilicen hasta que se aclare todo el asunto, si es que la autoridades policiales y judiciales consideran apropiado que se aclare.

viernes, 22 de agosto de 2008

Prensa sensacionalista



En fechas previas a los Juegos Olímpicos de Beijing, la selección española de baloncesto realizó un anuncio publicitario para una conocida empresa de mensajería, en el cual los jugadores aparecían estirando sus párpados para hacer sus ojos más almendrados, imitando las facciones de las etnias mayoritarias en China.



Una vez hubieron derrotado, no sin dificultades, a la selección del gran Yao Ming, y cuando se acercaba el enfrentamiento con el «Redeem Team», el diario británico The Guardian abrió la veda de la manipulación mediática del anuncio, acusando a los baloncestistas españoles y a su patrocinador de racistas. No se hicieron esperar los tejemanejes de otros periódicos como New York Times, New York Post, The Nation, Los Angeles Times, etc., donde incluso iban más allá, acusando de xenófobo al país entero basándose en ejemplos como los desafortunados, y también malentendidos, comentarios de Luis Aragonés sobre Thierry Henry o los estúpidos exabruptos de una minoría de indocumentados al piloto Lewis Hamilton. Por no hablar de los maniqueos comentarios de varios lectores en las ediciones de internet de dichos diarios, así como en páginas como The Spoiler, donde parece haberse reunido una caterva de incompetentes de la peor calaña para vomitar sus prejuicios más rastreros. Yo pensaba que eran publicaciones serias, e incluso estaba suscrito a algunas de ellas, pero he podido comprobar que a la mínima oportunidad se suben al carro de la prensa sensacionalista barata, lo que ellos llaman «tabloid».



Varios corresponsales y diplomáticos chinos ya se han pronunciado al respecto, indicando que de ningún modo consideran ofensivo el gesto de nuestros baloncestistas, así como que la controversia sólo ha tenido lugar en EE. UU. e Inglaterra, sin repercusión alguna en China. También hay quien sospecha que detrás de tan absurdas acusaciones pudiera haber un intento de inventar una conexión España-racismo por parte de medios posicionados a favor de Chicago y en contra de Madrid para la celebración de los Juegos Olímpicos de 2016. En mi opinión, son simplemente apreciaciones demagógicas provenientes de periodistas poco serios en países con grandes tensiones raciales, mucho más minoritarias en nuestro país, a pesar de contar también por aquí con un gran número de imbéciles, como los que van a los estadios de fútbol a increpar a los jugadores negros con chillidos de mono, o los que son incapaces de cruzarse con una persona de otra etnia sin sentir una irremediable necesidad de agredirla.



Cuando España ganó el Mundial de Baloncesto de Japón de 2006, mientras los jugadores de la NBA, ganadores del bronce, realizaban un saludo militar que nadie acaba de entender, los nuestros se pusieron cintas en la cabeza con símbolos japoneses; ¿alguien fue tan zoquete como para ofenderse por eso? Hay que ser muy necio para ser racista, y también hay que ser muy racista para encontrar algo ofensivo en la fotografía de los Gasol y compañía. Sólo a alguien que considere que hay algo malo en pertenecer a alguna raza oriental, o que considere inferiores a los miembros de esas etnias, puede repugnarle un gesto simpático y cariñoso como el de nuestros deportistas; gesto similar, por otra parte, al que muchos viajeros por China relatan haber recibido de sus habitantes, quienes, al encontrarse con personas con diferentes rasgos faciales, estiran sus párpados hacia arriba y hacia abajo para imitarlos. ¿Habría que considerar entonces racistas a esas personas por imitar los rasgos occidentales de los turistas que los visitan? Si hay algo peor que un racista, es un racista que intenta demostrar al mundo por todos los medios posibles que no lo es y acusa de xenofobia a quienes no piensan y actúan como él, a quienes no necesitan utilizar eufemismos para referirse a las diferentes razas, por no considerarlos términos peyorativos. Son estos individuos los que insisten hasta la saciedad en que deberían disculparse por el anuncio; si esa disculpa va a hacer felices a unos pocos durante un par de horas (porque esta ridícula controversia no va a dar para más), por mí que lo hagan, aunque creo que sería disculparse por nada, o más bien disculparse por el hecho de que haya un grupito de personajes incapaces de entender nociones básicas de convivencia y de adaptarse a un mundo multicultural y multirracial.

Mon - Thurs 11p / 10c
Special Olympics Update - Controversies
http://www.thedailyshow.com/
Daily Show
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Political HumorHealthcare Protests

sábado, 9 de agosto de 2008

Las Olimpiadas de la vergüenza


Desde hace unos meses, a medida que se acercaba el día de la ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos, aumentaban los reportajes y comentarios sobre la situación en China: la alarmante contaminación, la lamentable situación de la población rural, la aún más lamentable si cabe situación de los trabajadores en las fábricas, produciendo lo más barato posible para satisfacer las insaciables fauces del consumismo occidental, la ocupación del Tíbet, la sistemática y homicida falta de respeto por los más básicos derechos humanos, la falta de libertad de expresión, la hipocresía, la inmoralidad. Sólo uno de esos factores ya sería suficiente para convertir a estas olimpiadas en las más vergonzosas desde Berlín 1936, pero eso no parece preocuparnos demasiado, y mucho menos al corrupto Comité Olímpico Internacional, pese a que la situación en China se salta a la torera la Carta Olímpica. ¿Cómo es posible que Beijing llegara a ser candidata a sede olímpica, siendo como es la capital de una dictadura salvaje y asesina? ¿Por qué fue finalmente elegida? ¿Por dinero? ¿Cuál será la próxima sede olímpica? ¿Pyongyang, Teherán, Yangón? Mientras haya dinero o petróleo de por medio, cualquier cosa es posible.

viernes, 1 de agosto de 2008

¿Es el PIB el verdadero indicador del nivel de vida?


Si nos atenemos al Producto Interior Bruto, España estaría entre las diez potencias económicas mundiales o, como dijo Zapatero, en la “Champion Lí” de las economías mundiales. Sin embargo, si aplicamos el Índice de Desarrollo Humano, que cubre todas las dimensiones del bienestar humano (vida larga y saludable, educación, y nivel de vida digno en cuanto a la paridad del poder adquisitivo según el coste de la vida), el papel de España, con muchos deberes pendientes en lo que concierne a productividad, I+D, humildad y constancia, no es tan brillante.
Aparte de estar a la cola en cuanto a fracaso escolar entre los países de la OCDE y demasiado abajo en la lista de países menos corruptos (puesto 23, con un índice de confianza de sólo 6,3; por no hablar del Ayuntamiento de Burgos, a la cola en un reciente estudio de transparencia), cuando la corrupción no es sino una forma de robar al Estado y a todos los ciudadanos, arruina el libre comercio y ahuyenta la inversión extranjera; el crecimiento de los últimos años no ha estado bien distribuido (mientras que el número de ricos ha crecido un 8,7 %, el número de pobres se ha mantenido, con uno de los índices más altos de pobreza infantil de la UE).
Un ejemplo sobre la diferencia entre el PIB y el IDH sería el caso de Burkina Faso y Tayikistán. En 2003 registraron ingresos similares (en torno a los 1100-1200 dólares per cápita); sin embargo, mientras que Burkina Faso creció un 1,2 % en el periodo 1975-2003, por una desaceleración del -8,1 % por parte de Tayikistán, su clasificación en el IDH es de 0,317 y 0,652, respectivamente. Pese a que el crecimiento del PIB fue muy superior en Burkina Faso, con niveles de renta similares, su progreso social quedó muy por debajo del de Tayikistán. De la misma manera, hay países con una posición próxima en la clasificación del IDH e ingresos muy dispares: Uruguay y los Emiratos Árabes Unidos tienen ambos una clasificación en torno al 0,84, cuando sus ingresos per cápita oscilan entre los 8280 y 22420 dólares, respectivamente. Dos personas con un ingreso medio similar puedan tener accesos muy desiguales a sistemas de protección social pública.
En estos días de crisis es incesante el martilleo por parte de políticos y medios de comunicación sobre el peligro que corremos de entrar en recesión, cuando quizás deberían preocuparse más por mejorar el nivel de vida real de los ciudadanos. Puede que el venerado PIB realmente signifique algo para los grandes bancos, las multinacionales y los especuladores financieros; sin embargo, el ciudadano de a pie necesita menos números y más hechos, más inversión y menos especulación, más sentido común y menos demagogia.

martes, 15 de julio de 2008

La honradez de los españoles


El programa de La Sexta “Caiga Quien Caiga” llevó a cabo recientemente un heterodoxo estudio con el que pretendían medir la integridad de los españoles.
Primero, varias personas que se acercaban a un quiosco recibían dinero de más con sus vueltas; nadie “protestó” por el error, ni mucho menos devolvió la cantidad sobrante.
Después dejaron un teléfono móvil abandonado en un banco de un parque; de entre aquéllos que lo recogieron, nadie lo hizo con intención de colaborar en que su dueño lo recuperara.
Por último, depositaron una mochila llena de objetos de valor en una oficina de objetos perdidos; en este caso, por el contrario, nada había desaparecido de su interior.
Hay quien dice que este ensayo supone incitar al delito. Si así se les queda la conciencia tranquila, allá ellos. Sin embargo, creo que es una prueba fehaciente más que viene a corroborar lo que todos sabemos y no nos decidimos a admitir: España es un país C-O-R-R-U-P-TO. Y no estoy hablando sólo de las instituciones, sino sobre todo del ciudadano de a pie (que, al fin y al cabo, es el que integra el personal de dichas instituciones).
Podría llenar páginas y páginas enumerando los casos de inmoralidad que se ven cada día por doquier, pero intentaré ser breve (sin ánimo de ofender a las excepciones): médicos que inflan la lista de espera para que los pacientes vayan a sus consultas privadas, dinero negro refugiado en la construcción (un tercio del precio de la vivienda suele pagarse con dinero opaco, con lo que las pérdidas para Hacienda son cuantiosas), autónomos que contabilizan como gastos facturas que no corresponden a su actividad profesional, empleados que causan baja voluntaria en su empresa pero acuerdan un despido pactado para cobrar el subsidio por desempleo, empresas que establecen sus domicilios en paraísos fiscales para no pagar impuestos, fraudes con las ayudas al alquiler o con las viviendas de protección oficial, etc.
En el caso de CQC, pudiera ser que hubiesen grabado a más ciudadanos respetables y no los hubiesen incluido en el reportaje, pero los casos anteriores no hace falta que salgan por la televisión, pues son por todos conocidos.

jueves, 3 de julio de 2008

¿Debería seguir Luis Aragonés?


Uno de los principales temas de conversación en la calle y en los foros de internet estos días es si Luis Aragonés debería echarse atrás en su intención de entrenar en Turquía y continuar como seleccionador, por lo menos hasta el mundial de 2010.
Si fuera él, me marcharía tranquilo a un equipo y un país donde le valoren de verdad, lejos de esta tierra de veletas sin personalidad que cacarean lo que los comentaristas deportivos les han ordenado que piensen y opinen.
El sabio de Hortaleza siempre ha sido un gran entrenador, carismático y con una gran personalidad, pero ha tenido la mala suerte de trabajar rodeado de indocumentados que no entienden que un proyecto deportivo coherente y duradero nunca va a dar resultados a corto plazo, sino normalmente a largo o muy largo.
España ha tenido la fortuna de tener a Aragonés como seleccionador de fútbol, quien nos ha regalado un inmejorable resultado a medio plazo. La mayoría de los que antes le denostaban y deseaban su marcha, ahora dan muestras de su gran personalidad, alabándole y pidiendo que se quede, salvo algunos cabezones que siguen repitiendo la cantinela de que «hay que llevar a Raúl» (ya han visto que no era necesario ningún jugador en particular, sino un equipo, pero son demasiado testarudos para razonar con la cabeza lo que ven con sus ojos).
Enhorabuena y buena suerte en tu nueva andadura, Luis; espero que encuentres mejores aficionados y medios de comunicación de los que has tenido que sufrir aquí.
Enhorabuena, selección; espero que sigáis siendo un equipo y nos traigáis más alegrías.
Enhorabuena, periodistas deportivos; espero que esta buena noticia os haga reflexionar y dejéis de tratar el deporte de manera sensacionalista: cada día veo menos diferencia entre la sección de deportes de los telediarios y el «Tomate».
Enhorabuena, aficionados al fútbol; espero que hayáis entendido la moraleja de este cuento de hadas hecho realidad y en adelante no os dejéis manipular.

lunes, 23 de junio de 2008

¿Qué pasa con “Sicko”?

El documental Sicko, del director norteamericano Michael Moore, fue presentado en el festival de Cannes de 2007, estrenado en EE. UU. hace un año y ya ha sido mostrado en la mayoría de países europeos. Sin embargo, en España todavía no hay fecha prevista para el estreno de esta película, que muestra las consecuencias de tener un sistema sanitario financiado y gestionado por compañías privadas, tal como existe en EE. UU. Sería interesante que se estrenara cuanto antes, puesto que algunos partidos políticos están promoviendo un sistema semejante de financiación y gestión privada para nuestro país. Como saben que es un asunto espinoso, intentan engañar a la opinión pública afirmando que sus gobiernos «están abriendo nuevos hospitales», pero no dicen que se trata de centros de gestión privada, propiedad de empresas constructoras, que encima reciben un dineral del erario en concepto de alquiler (es decir, que se dejan timar con el dinero del ciudadano). Alguna, no acostumbrada a que nadie le rechiste, incluso acorrala y se encara de manera chulesca con quienes osen blandir pancartas reclamando una Sanidad pública (es lo malo de las nuevas tecnologías, que muchas veces se adelantan a la censura y al final lo ve más gente que si no se hubiese intentado ocultar).


En EE. UU., las personas sin seguro médico retrasan sus visitas al médico por no poder permitírselas, incluso cuando saben que son impostergables, hasta que se ven obligados a acudir a urgencias, lo cual no es un buen sustituto de las revisiones o visitas periódicas, que pueden identificar y tratar los problemas de salud antes de que se agudicen. En el caso de las urgencias, disponer de seguro médico no es prerrequisito para ser atendido, ya que los hospitales tratan a todos los que lleguen a urgencias con un problema grave, lo cual no excluye que después facturen al paciente por el tratamiento. De ahí que, por temor a dicha factura, muchas personas sin seguro se lo piensen dos veces antes de acudir incluso a urgencias, del mismo modo que muchas víctimas del Huracán Katrina se negaban a ser rescatados por los helicópteros por miedo a que les cobraran dicho «servicio» (aunque quizá no venga al caso, es otra muestra de cómo el mundo de deshumaniza cuando los servicios básicos se privatizan y el dinero sustituye a la humanidad en el primer plano de importancia).


¿Es este el futuro que queremos para la Sanidad en nuestro país? Algunos políticos ya han demostrado que sí, y muchas empresas privadas se están afilando los colmillos pero, ideologías a un lado, no creo que sea lo mejor para las personas.

jueves, 19 de junio de 2008

Paso de cebra peligroso


Esta semana me he enterado de que circular a 110 kilómetros por hora en una vía urbana ya se considera un delito penal, castigado con prisión y retirada del permiso de conducir. Esto quizá no quiera decir mucho, viendo el estado de los radares utilizados para medir este tipo de infracciones, que registran inverosímiles velocidades de 750 kilómetros por hora (aunque eso no es lo peor: ¿está todo tan automatizado? ¿Nadie se dio cuenta del error antes de emitir la correspondiente multa?)
Podrían evitarse numerosos accidentes dando buen uso tanto a la nueva norma como a los radares, si estos se colocaran en zonas en las cuales el exceso de velocidad suponga un mayor peligro. Desafortunadamente, lo habitual es situarlos en puntos en los que los excesos de velocidad son habituales, con el peligro que ello conlleva, pero no tan evidente o probado como en otras zonas. Por poner un ejemplo entre miles, voy a hablar del paso de cebra que se encuentra a la altura de la Fábrica de papel de la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre en Burgos, señalizado en ambos sentidos tanto en vertical (señal de tráfico y semáforo en ámbar intermitente) como en horizontal.
Me hago cargo de que el criterio actual para situar radares, ahora que el ayuntamiento anda corto de fondos, es buscar los puntos más «jugosos». Sin embargo, los ciudadanos no tenemos la culpa de la mala gestión de nuestro dinero por parte de la corporación municipal, y en este caso se trata de un punto muy peligroso, ya que es un paso de peatones utilizado por ciento setenta personas para llegar a su centro de trabajo y por varios viandantes de la zona, entre los que destacan los alumnos de un colegio cercano. Por otra parte, teniendo en cuenta que los vehículos que circulan por la zona no sólo cometen la infracción de no detenerse en el paso de peatones, sino que además sus velocidades duplican o incluso triplican la máxima permitida para esta vía (es decir, incurriendo en un delito penal), estaríamos hablando de un punto bastante provechoso para el ansia recaudatoria de nuestro concejo. Sin embargo, jamás he visto que un vehículo con radar controle este paso, y mucho menos que un guardia urbano se acerque hasta la zona para vigilar el cumplimiento de la Ley, mientras que sí que he visto agentes colocados a unos metros en dirección centro, en un punto mucho menos peligroso pero más atractivo para «cazar», puesto que el puente del ferrocarril ayuda a ocultar el coche policial.

El 66% de los conductores no para cuando un peatón va a cruzar un paso de cebra.

jueves, 12 de junio de 2008

Más que crisis o recesión... cura de humildad


La reciente y decepcionante huelga de los transportistas (quienes a priori pedían eliminar intermediarios, lo cual habría favorecido a todo el país, y luego han hecho lo que todos y lo de siempre: poner el cazo —y encima saltándose a la torera los derechos de los «no alineados» e incluso pasando a alguno por la hoguera, literalmente, creyéndose legitimados por ser multitud—) ha conseguido que hasta los más recalcitrantes se resignen a utilizar la palabra «crisis». Seguramente no haya hecho más que empezar y va a ser muy dura y difícil para casi todos (como siempre, pagan justos por pecadores).
Aunque globalmente sí que sea una crisis, en nuestro caso es también un reajuste. España solía ser un país de clase media-baja, con cultura media-baja y una economía basada en el sector servicios. Eso hasta hace unos años, cuando debido a varios factores, sobresaliendo entre ellos la codicia y la corrupción, pasó a estar basada en la construcción y especulación inmobiliarias. La oferta de trabajo aumentó considerablemente (algunos puestos de trabajo ni siquiera se cubrían), y con ello la cantidad de dinero en circulación. Así, en pocos años, nos convertimos en un país de nuevos ricos, pero con cultura más baja aún, a imagen y semejanza de los «Granujas de medio pelo» de Woody Allen. No tardaron en proliferar las empresas de «créditos en 24 horas» y de «agrupación de deudas» para aquellos incautos que se empeñaban en gastar el dinero que no tenían (no vaya a ser que, aunque realmente no podamos permitírnoslo, no tengamos unas vacaciones o un coche iguales o mejores que el vecino). De repente invertía en bolsa y en inmuebles hasta el gato (algunos hasta hablaban diariamente con su broker), poniendo los ahorros de toda una vida en manos de promotores y otros elementos sin escrúpulos tipo Gescartera o Afinsa, especialistas en el timo de la estampita a gran escala, aprovechándose de su avaricia e insensatez.
Aunque muchos trataran de engañarse a sí mismos y a los demás, este boom tenía un límite, el cual ya hemos alcanzado, y los que se han forrado no son precisamente los que lo van a pagar, sino los de abajo. La única esperanza que nos queda para evitar que esto vuelva a ocurrir es no dejarnos engañar una vez más por la ambición, apostatar de nuestra fe ciega en el liberalismo y el crecimiento económico a costa de todo y de todos y dejar de escurrir el bulto echando la culpa a la clase política, cuando los mayores responsables de todo esto somos los irresponsables, corruptos y deshonestos ciudadanos, drogados con el fútbol, los reality shows y tomates varios, insensibilizados e indolentes a todas las tragedias que tenemos a nuestro alrededor.

miércoles, 4 de junio de 2008

Dude, Where’s My Country? I

(Traducción de un extracto del capítulo preliminar del libro de Michael Moore ¿Tío, Qué Han Hecho Con Mi País?)


Aprovechándose del dolor de los ciudadanos, y de su miedo a que pudiera ocurrir otra vez, un presidente utiliza los muertos del 11S para provocar dos guerras —y la tercera o incluso la cuarta no parecen demasiado improbables—.
Al principio parecía que un avión de pequeño tamaño se había estrellado por accidente contra la torre norte del World Trade Center. Eran las 8.46 de la mañana del 11 de septiembre de 2001. Diecisiete minutos más tarde, llegaron informes de que un segundo avión había chocado contra el WTC.
La Administración Bush y los congresistas republicanos se opusieron a la formación de una comisión especial de investigación del 11S. Finalmente lo aprobaron a regañadientes —pero siempre intentando bloquear el trabajo de los investigadores, negándose a proporcionar las pruebas que solicitaban—.
¿Por qué no querría el equipo de Bush descubrir la verdad? ¿De qué tenían miedo? ¿De que el pueblo estadounidense se enterase de que la habían cagado, de que se habían quedado dormidos al volante en lo que concierne a amenazas terroristas, de que ignoraron las advertencias de los funcionarios salientes de Clinton sobre Osama Bin Laden sólo porque le odian (¡sexo = pecado!)?
Se sabe que unas dos docenas de miembros de la familia bin Laden afincados en los EE. UU., la mayoría de ellos alumnos de facultades y colegios privados, estacan en los EE. UU. cuando ocurrieron los ataques. Fueron rápidamente reunidos por funcionarios de la Embajada Saudí, por miedo a que se convirtieran en víctimas de represalias. Con el visto bueno del FBI, según un funcionario Saudí, los bin Laden cogieron un avión privado de Los Ángeles a Orlando, de ahí a Washington, y finalmente a Boston. Una vez que la Administración Federal de Aviación hubo permitido los vuelos al extranjero, el avión salió hacia Europa. Por lo visto, al embajador Saudí en Washington, el Príncipe Bandar bin Sultan, no le costó demasiado convencer a los funcionarios de EE. UU. de que no había testigos entre la familia bin Laden. Así que, con el visto bueno del FBI y la ayuda del gobierno Saudí (aunque quince de los diecinueve secuestradores eran ciudadanos saudíes), a los parientes del sospechoso número uno de los ataques terroristas no sólo les fue permitido abandonar el país, ¡sino que fueron ayudados por las autoridades! Según el London Times, «La salida de tantos saudíes preocupó a los investigadores estadounidenses, que temieron que algunos pudieran tener información sobre los secuestros. Los agentes del FBI insistieron en comprobar los pasaportes, incluyendo los de los miembros de la familia real.» ¿Eso es todo lo que pudo hacer el FBI? ¿Comprobar unos pasaportes y hacer un par de breves preguntas, como «¿Hizo usted mismo las maletas?» o «¿Han estado siempre en su posesión desde entonces?» Para después despachar a estos testigos potenciales con un bon voyage y un beso de despedida. Como escribió Jane Mayer en The New Yorker: «Cuando pregunté a un oficial superior de inteligencia de EE. UU. si a alguien se le había ocurrido retener a los miembros de la familia, éste respondió “A eso se le llama tomar rehenes. Nosotros no hacemos eso.”»
Los bin Laden han tenido relaciones comerciales con George W. Bush y su familia durante los últimos 25 años.
Sr. Bush, en 1977, cuando su padre le dijo que ya era hora de que se buscara un trabajo de verdad, le puso al mando de su primera compañía petrolífera, a la que usted bautizó como «Arbusto» («bush» en castellano). Un año más tarde, recibió financiación de un hombre llamado James A. Bath, que había sido contratado por Salem bin Laden (hermano de Osama) para invertir el dinero de los bin Laden en varias empresas texanas. El Sr. Bath aportó unos 50.000 dólares (el 5 % de Arbusto).
Usted y su padre conocen a los bin Laden desde hace mucho. Salem bin Laden vino por primera vez a Texas en 1973, y más adelante compró un terreno, construyó una casa y fundó la Bin Laden Aviation en el campo de aviación de San Antonio.
Los bin Laden son una de las familias más ricas de Arabia Saudí; su constructora ha construido prácticamente todo el país, desde las carreteras a las centrales eléctricas, de los rascacielos a los edificios gubernamentales. Construyeron algunas de las pistas de aterrizaje que EE. UU. utilizó en la Guerra del Golfo de su padre y restauraron los lugares sagrados en la Meca y en Medina. Se hicieron «milmillonarios» y pronto comenzaron a invertir en otras empresas por todo el mundo, incluyendo los EE. UU. Tienen importantes relaciones comerciales con Citigroup, General Electric, Merrill Lynch, Goldman Sachs y Fremont Group —una rama del gigante energético Bechtel—. Según The New Yorker, la familia bin Laden también es propietaria de parte de Microsoft y del gigante de la aeronáutica y la defensa Boeing. Han donado dos millones de dólares a su alma mater, la Universidad de Harvard, 300.000 dólares más a la Universidad Tufts, y decenas de miles más al Consejo de Política para el Medio Oriente, un gabinete de estrategia dirigido por Charles Freeman, antiguo embajador en Arabia Saudí. Además de los terrenos que poseen en Texas, también tienen propiedades en Florida y Massachussets. En resumen, que tienen a los EE. UU. cogidos por las pelotas.
Salem bin Laden murió en un accidente de aviación en Texas en 1988. Los hermanos de Salem – tiene unos cincuenta, incluyendo a Osama – continuaron con las empresas y las inversiones familiares.
Después de dejar el cargo de Presidente, su padre se convirtió en un consultor muy bien pagado por una empresa conocida como el Grupo Carlyle. Uno de los inversores del Grupo Carlyle, con dos millones de dólares, no era otro que la familia bin Laden. Hasta 1994, usted lideró una empresa llamada Cater Air, propiedad del Grupo Carlyle, año en el que la dejó al borde de la quiebra para convertirse en gobernador, puesto desde el cual rápidamente supervisó la inversión de diez millones de dólares de la Universidad de Texas —una institución estatal— en el Grupo Carlyle. La familia bin Laden también se había sumado en 1994 al chollo Carlyle, uno de los mayores contratistas en defensa de los EE. UU., entre sus muchas líneas de trabajo. Realmente no son ellos mismos quienes fabrican las armas, sino que acaparan empresas de defensa en dificultades, las recuperan convirtiéndolas en rentables, y después las venden por grandes cantidades de dinero. La lista de los que han estado al cargo del Grupo Carlyle incluye desde el Secretario de Defensa de Ronald Reagan, Frank Carlucci, hasta el Secretario de Estado de su padre, James Baker, o el ex primer ministro británico John Major. Además, se da la coincidencia de que Carlucci, director de Carlyle, también forma parte de la junta directiva del Consejo de Política para el Medio Oriente junto con un representante de los negocios familiares de los bin Laden.
Después del 11S, tanto el Washington Post como el Wall Street Journal publicaron sendos artículos señalando esta extraña coincidencia. Su respuesta, Sr. Bush, fue que «no podemos medir a estos bin Laden con el mismo rasero que a Osama. ¡Han repudiado a Osama! ¡No tienen nada que ver con él! ¡Odian y desprecian lo que ha hecho! Estos son los bin Laden buenos.» Y entonces las imágenes salieron a la luz, mostrando a varios de esos «buenos» bin Laden —incluyendo la madre, hermana y dos hermanos de Osama— con éste en la boda de su hijo sólo seis meses y medio antes del 11S, celebrando el ataque al portaaviones USS Cole. The New Yorker ha informado que no sólo es que la familia no haya cortado sus lazos con Osama, sino que ha continuado financiándole, como llevaban haciendo durante años. No era ningún secreto para la CIA que Osama bin Laden tenía acceso a la fortuna familiar (su porción se estima en al menos treinta millones de dólares), y los bin Laden, al igual que otros Saudíes, mantenían bien financiado a Osama y a su grupo, al Qaeda.
Sr. Bush, aún semanas después de los ataques en Nueva York y en el Pentágono, su padre y sus amigos del Grupo Carlyle siguieron manteniendo su apoyo al imperio bin Laden. Casi dos meses después de los ataques, cuando cada vez más gente cuestionaba la decencia de que la familia Bush compartiera lecho con los bin Laden, finalmente su padre y el Grupo Carlyle recibieron presiones para devolver sus millones a los bin Laden y pedirles que abandonasen la empresa como inversores. ¿Por qué se tardó tanto? ¿Qué «relación especial» hay entre los Bush y la familia real Saudí?
Sr. Bush, los bin Laden no son los únicos Saudíes con quienes usted y su familia tienen una estrecha relación personal. Toda la familia real parece estar en deuda con usted —¿o es al revés?— El proveedor de petróleo número uno a los EE. UU. es Arabia Saudí, dueño de las mayores reservas de crudo conocidas en el mundo.
Cuando Saddam Hussein invadió Kuwait en 1990, quienes realmente se sintieron amenazados fueron sus vecinos saudíes, y fue su padre, George Bush I, quien acudió al su rescate. Los saudíes nunca olvidaron esto y, según un artículo de marzo de 2003 en The New Yorker, algunos miembros de la familia real consideran a su familia como parte de su parentela. Haifa, esposa del Príncipe Bandar, el embajador saudí en los EE. UU., dice que su madre y su padre «son como mi madre y mi padre. Sé que si alguna vez necesito algo, puedo acudir a ellos.» Y como Robert Baer —oficial de la Dirección de Operaciones de la CIA desde 1967 hasta 1997— revela en su libro Durmiendo con el Diablo[1], su padre tiene incluso un nombre especial para el príncipe saudí: «Bandar Bush.» En el transcurso de sus periodos en la CIA, y después como vicepresidente y presidente, su padre aprendió que siempre que fuese necesario un trabajo sucio, los EE. UU. siempre podían contar con Arabia Saudí. Cuando el ayudante de la Casa Blanca Oliver North necesitó dinero para comprar armas para Irán en el asunto de Irán-Contra, fueron los saudíes quienes proporcionaron los treinta millones de dólares en dinero negro en efectivo. Cuando la CIA necesitó fondos para ayudar a destruir el Partido Comunista Italiano en 1985 y financiar a sus adversarios en las elecciones, fueron sus buenos amigos saudíes quienes sin ningún problema ingresaron diez millones de dólares en un banco italiano. Esto ocurrió durante la vicepresidencia de su padre, quien recibía para almorzar al embajador saudí con bastante frecuencia.
Los saudíes se gastaron más de ciento setenta mil millones de dólares en armamento en los años noventa, y una cantidad considerable del negocio se tramitó a través del Grupo Carlyle. Su padre se ha reunido con la realeza saudí en muchas ocasiones, y desde que salió del poder ha viajado al menos en dos ocasiones a la Península Arábiga, donde se ha alojado en los palacios reales de la Casa de Saud —las dos veces en representación del Grupo Carlyle—. El Príncipe Bandar también es un inversor del Grupo Carlyle. Ha sido una relación muy fructífera en todos los sentidos. Una gran parte de la economía estadounidense se basa en el dinero saudí: tienen un billón de dólares invertido en el mercado bursátil y otro billón ingresado en los bancos del país. Si un buen día repentinamente decidieran llevarse todo ese dinero, las corporaciones e instituciones financieras entrarían en barrena, provocando una crisis económica como nunca antes se haya visto. Esa amenaza se vislumbra todos los días y es algo de lo que nadie quiere hablar; si se añade el hecho de que un millón y medio de los barriles de petróleo que se necesitan diariamente de los saudíes también podrían desaparecer por un mero capricho de la realeza, es fácil ver cómo no sólo usted, sino todos los EE. UU., dependen de la casa de Saud.
¿Por qué decidieron usted y su padre ponerse del lado de un país encuadrado dentro de las peores y más brutales dictaduras del mundo por la mayoría de grupos pro derechos humanos del mundo? ¿Quién atacó a los EE. UU. el 11S, un tipo desde su máquina de diálisis en una cueva de Afganistán o sus amigos de Arabia Saudí?
Los titulares resonaron el primer día y siguen resonando hoy, años después: «Terroristas atacan a los EE. UU.» Terroristas. Llevo un tiempo pensando en esta palabra, así que, George, deje que le haga una pregunta: si quince de los diecinueve secuestradores que asesinaron a tres mil personas hubiesen sido norcoreanos, no cree que los titulares del día siguiente habrían sido «Corea del Norte nos ataca»? Sin embargo, cuando se trata del 11S, ¿ha visto alguna vez el titular, ha oído alguna vez a un locutor, alguno de sus funcionarios ha pronunciado alguna vez las palabras «Arabia Saudí atacó a los EE. UU.»? ¿Por qué no? ¿Por qué, cuando el Congreso da a conocer su propia investigación sobre el 11S, usted, Sr. Bush, censura veintiocho páginas que se ocupan del papel de los saudíes en el ataque? ¿Qué hay detrás de su aparente rechazo a fijarse en el principal país que parece estar forjando los terroristas que han asesinado a nuestros conciudadanos?
Como a Pakistán, a Arabia Saudí le gustaría dejar a bin Laden en Afganistán. Su arresto y procesamiento en EE. UU. podría ser muy comprometido, dejando al descubierto su continuada relación con solidarizados miembros de las élites dirigentes y los servicios de inteligencia de ambos países.
Casi todos los secuestradores eran Saudíes y pudieron entrar legalmente en EE. UU. gracias en parte al acuerdo especial establecido entre el Departamento de Estado y el gobierno Saudí, que permitía a los saudíes conseguir visas rápidamente sin pasar por el proceso de investigación normal. ¿Por qué se recibió a los saudíes con esa alfombra roja? ¿Por qué ha bloqueado usted los intentos de investigar más a fondo las conexiones saudíes? ¿Por qué rechaza decir «Arabia Saudí atacó a los EE. UU.»? Bush, ¿tiene esto algo que ver con la estrecha relación personal de su familia con la reinante de Arabia Saudí? Después de no conseguir encontrar a Osama, ¿por qué intentó convencernos de que Saddam Hussein tenía algo que ver con el 11S y al Qaeda, cuando su personal de inteligencia le había dicho expresamente que no había ninguna conexión? ¿Por qué está tan ocupado protegiendo a los saudíes cuando debería estar protegiendo a su propio pueblo? ¿Por qué permitió que un avión privado saudí volara por los EE. UU. en los días siguientes al 11S y recogiera a miembros de la familia bin Laden para después sacarles del país sin una adecuada investigación del FBI?
Todos los vuelos estuvieron prohibidos en los días después del ataque. Sin embargo, a los miembros de la familia bin Laden se les permitió volar en aviones privados por todos los EE. UU., preparándose para abandonar el país: bajo la supervisión del gobierno saudí —y con la aprobación del de EE. UU.— recogieron a veinticuatro miembros de la familia bin Laden y los llevaron a un «punto secreto de reunión en Texas.» De ahí volaron a Washington, D.C. y después a Boston. Por último, el 18 de septiembre, todos ellos fueron transportados a París, fuera del alcance de cualquier oficial de los EE. UU. No tuvieron que pasar por ningún interrogatorio de importancia, salvo unas pocas preguntas que les hizo el FBI y una solicitud para comprobar sus pasaportes antes de que se marcharan. Un agente comentaba que el FBI estaba «furioso» por no habérseles permitido retener a los bin Laden en el país y llevar a cabo una investigación de verdad —del tipo que a la policía le gusta cuando están intentando seguir el rastro a un asesino: hablar con los familiares del sospechoso para enterarse de qué saben, a quién conocen o cómo pueden ayudar a capturar al fugitivo—.
Aquí tiene usted a dos docenas de bin Ladens en suelo estadounidense, Sr. Bush, y se le ocurre la triste excusa de que estaba preocupado por «su seguridad». ¿Podría ser posible que al menos uno de los veinticuatro bin Ladens supiera algo? ¿O quizás podría haberse convencido a uno de ellos para que ayudara a seguir el rastro de Osama? Así que miles de personas estaban atascados y no podían coger sus vuelos, ¡a no ser que pudieran probar que eran parientes cercanos del mayor asesino de masas en la historia de los EE. UU. para conseguir un viaje gratis! Por supuesto, los bin Laden han sido sus socios comerciales.
¿Por qué está protegiendo los «derechos de la segunda enmienda» de potenciales terroristas? En los días después del 11S, el FBI comenzó a dirigir una comprobación para ver si alguno de los 186 «sospechosos» que los federales habían reunido en los primeros cinco días después del ataque habían comprado algún arma en los meses previos al 11S. Haciendo uso del fichero instantáneo de comprobación de antecedentes de compras de armas creado en virtud de la Ley Brady, el FBI inmediatamente descubrió que dos de los sospechosos efectivamente habían comprado armas. Cuando su fiscal general del Estado, John Ashcroft, se enteró de esto, clausuró la investigación inmediatamente. Dijo al FBI que los ficheros de comprobación de antecedentes no podían utilizarse para tal investigación. Así que Ashcroft prohibió al FBI cualquier otra investigación sobre si los detenidos —por tener posibles vínculos con los secuestradores— habían obtenido algún arma en los noventa días anteriores al fatídico día. ¿Por qué? Porque, aunque se les había privado del resto de sus derechos, su Administración insistió en que todavía tenían un derecho constitucional que usted estaba dispuesto a proteger: su sacrosanto derecho, en virtud de la segunda enmienda, a llevar armas sin necesidad de que lo sepa el gobierno. Sr. Bush, ¡no puede ir en serio! ¿Tan chiflada por las armas está su Administración, y tan metida en el bolsillo de la Asociación Nacional del Rifle, que no se plantean ni por un nanosegundo el proteger los derechos de cualquier árabe estadounidense arrestado, detenido y acosado en los últimos años pero, en lo que concierne a sus derechos sobre armas, de repente se convierten en los mayores defensores de los derechos constitucionales y las libertades civiles que se haya visto en la nación? Me imagino que nada de esto debería sorprendernos, teniendo en cuenta a lo que se dedicaba el Sr. Ashcroft en el verano de 2001. En vez de proteger al país de acontecimientos como el que iba a tener lugar, el fiscal general estaba ocupado intentando desmantelar el sistema nacional de comprobación instantánea de antecedentes penales. ¡Decía que el gobierno no debería mantener una base de datos con los propietarios de armas y quería cambiar la ley para que los archivos se mantuvieran sólo durante veinticuatro horas!
En una audiencia del Senado, el Sr. Ashcroft mostró algo por él descrito como un manual de entrenamiento de al Qaeda. «En este manual,» advirtió, «se explica a los terroristas de al Qaeda cómo utilizar la libertad de EE. UU. como un arma contra nosotros.» Una de las libertades que parece gustar mucho a al Qaeda es nuestra segunda enmienda. Otro folleto de al Qaeda originariamente encontrado en pisos francos en Afganistán colma de elogios a los EE. UU. Obviamente, Ashcroft no entendió la belleza de la ironía. Usted puede privarles de su protección de la cuarta enmienda contra registros o embargos ilegales, de sus derechos de la sexta enmienda a un juicio público con un jurado compuesto por sus iguales y con abogado, y de sus derechos de la primera enmienda de expresión, asamblea, disidencia y religión. Usted cree tener derecho a tirar a la basura todos estos derechos pero, en lo que concierne al derecho de la Segunda Enmienda de poseer un AK-47, ¡oh, no! Ese derecho sí que pueden tenerlo; y se defenderá este derecho, incluso después de que hayan estrellado un avión contra un edificio matando a un montón de gente.
Pero en julio de 2002 la verdad salió a la luz y la oficina general de cuentas dio a conocer la verdadera opinión sobre la cuestión del Departamento de Justicia, con fecha 1 de octubre de 2001 (un informe aparentemente ocultado por el fiscal general). ¿Qué contenía? Que los asesores legales del Departamento de Justicia habían dictaminado que no había nada malo en utilizar los archivos de antecedentes de armas para comprobar si un sospechoso terrorista había comprado una pistola. La oficina general de cuentas también informó de que el 97 % de las armas compradas ilegalmente, autorizadas inicialmente y después retiradas al descubrirse el error, no habrían sido detectadas si los registros de comprobación de armas hubiesen sido destruidos en veinticuatro horas en vez de en noventa días.
¿Fue usted consciente de que, siendo gobernador de Texas, los talibanes viajaron allí para reunirse con sus amigos de las empresas petrolíferas y del gas? Los talibanes, como usted sabe, fueron invitados a venir a Texas cuando usted era gobernador del Estado. Según la BBC, los Talibanes fueron allí para reunirse con Unocal, el gigante petrolífero y energético, y analizar su deseo de construir un gasoducto desde Turkmenistán hasta Pakistán pasando por Afganistán, controlado por los talibanes.
Según el Telegraph Online de Londres, sus amigos de la compañía petrolífera sacaron la alfombra roja para recibir a algunos de los matones homicidas con peor fama, a quienes obsequiaron con una excelente estancia en Texas. Primero, los cabecillas talibanes pasaron unos días en Sugarland, Texas, disfrutando de los placeres occidentales. Los petroleros alojaron a esos crueles hijos de puta en un hotel de cinco estrellas, los llevaron al zoo y, por supuesto, al centro espacial de la NASA. ¿Cuál es exactamente la razón por la cual estos brutales dictadores fueran agasajados en su estado, mientras que parece que usted esté totalmente en contra de dictadores brutales?
Por supuesto, estaba Dick Cheney, por aquél entonces director general de la enorme compañía de servicios petrolíferos Halliburton. Cuando no estaba construyendo cárceles en la Bahía de Guantánamo o ignorando enormes violaciones de derechos humanos para hacer negocios con Myanmar y cerrar tratos con Libia, Irán y el Irak de Saddam Hussein (lo cual Halliburton hizo alegremente en los noventa), Halliburton construía (y aún construye) oleoductos y gasoductos.
Sí, sin duda alguna había negocio en Afganistán. Después de que guerreros muyahidines apoyados por EE. UU. (como Osama bin Laden) rechazaran la ocupación soviética, los EE. UU. se olvidaron rápidamente de Afganistán y dejaron que reinara el caos. El país se sumió en una guerra civil. Cuando los talibanes subieron al poder a mediados de los noventa, se los recibió con gran regocijo en Washington.
Al principio se pensaba que los talibanes seguían el modelo de buen gobierno saudí aprobado por los EE. UU. —fuerte opresión, dando a Occidente lo que necesite— lo cual les convertía en un buen país con el que hacer negocios. Sin embargo, sus homicidas comportamientos salieron rápidamente a la luz y los principales políticos estadounidenses comenzaron a echarse atrás. Pero no las compañías petrolíferas. Unocal aguantó y se zambulló en su acuerdo del gasoducto con los talibanes, asociándose con la saudí Delta Oil, dirigida por un hombre llamado Mohammed Hussein Al-Amoudi, que ha sido investigado por sus lazos con Osama bin Laden. No pareció molestar a ninguna de las partes que Osama bin Laden hubiese establecido su residencia en Afganistán en 1996 con la bendición de los talibanes —el mismo año en el que comenzó a promulgar su llamada a la «Guerra Santa» contra los EE. UU.
Pero entonces Osama voló dos embajadas estadounidenses en África, lo cual fue suficiente para hacer que el Presidente Clinton decidiera que ya no quería tener nada que ver con Afganistán. Respondió a bin Laden lanzando misiles contra una fábrica de aspirinas en Sudán y un campo de entrenamiento desierto en Afganistán. Dos días después, Unocal suspendió su relación con los talibanes para construir el gasoducto en Afganistán, retirándose completamente del acuerdo tres meses después. De repente, los talibanes habían perdido miles de millones de dólares, dinero que necesitaban desesperadamente para financiar su régimen y proteger a bin Laden.
Los talibanes y Osama bin Laden realmente fastidiaron sus negocios con estos dos actos terroristas y Clinton clausuró el trato. Así que, mientras los talibanes estuvieran por medio y dieran cobijo a Osama, el gasoducto nunca se construiría. ¿Cuál sería la solución? Un nuevo presidente no haría daño a nadie. Así que Enron se convirtió en uno de los mayores colaboradores de su campaña para derrocar al eje Clinton/Gore. Cheney escogió a un puñado de los amigos de su padre para los otros puestos importantes y usted dijo que de acuerdo. Después fue nombrado presidente por el Tribunal Supremo.
No llevaba ni un mes en su cargo cuando los talibanes llamaron a su puerta. Todavía querían esos miles de millones del trato del gasoducto. Seis días después de que Cheney estableciera su secreta «Energy Task Force», el London Times informó de que los talibanes se ofrecían a resolver un trato con la nueva Administración que habría implicado echar a Osama de Afganistán, lo cual ya le habían comunicado.
Representantes de su Administración se reunieron con los talibanes o les enviaron mensajes durante el verano de 2001. Como un ex agente de la CIA sugirió al Washington Post, usted y su Administración dieron al traste con una oportunidad de detener a bin Laden. Las conversaciones continuaron hasta sólo unos días antes del 11S. No habría gasoducto. Los talibanes se habían quedado sin su botín y las empresas que le apoyaban a usted habían perdido los millones que habían invertido en toda la preparación necesaria para ese lucrativo gasoducto. ¿Qué iba a pasar entonces? Dos aviones derribaron el WTC y usted decidió proteger la libertad quitando a los ciudadanos algunas de sus libertades. Entonces tuvo lugar la redada en Afganistán que hizo que los Talibanes y sus compadres de al Qaeda salieran corriendo —lo cual era mucho más fácil que atraparlos—. La mayoría de los peces gordos se escaparon. ¡Ah! Y entregamos Unocal a Afganistán. ¿El nuevo embajador de EE. UU. en Afganistán? El asesor de Unocal y miembro del consejo de seguridad nacional Zalmay Khalilzad. ¿Y el nuevo presidente de Afganistán instaurado por EE. UU.? El exempleado de Unocal Hamid Karzai. El 27 de diciembre de 2001, Turkmenistán, Afganistán y Pakistán firmaron un acuerdo para la construcción de un gasoducto. Finalmente, el gas fluiría desde la región del Mar Caspio y todos sus amigos estarían contentos.
¿Qué quería decir exactamente esa mirada en aquella aula en Florida la mañana del 11S cuando su jefe de gabinete le dijo que «estaban atacando a los EE. UU.»? Usted voló a Florida el 10 de septiembre por la tarde. El 11S por la mañana, fue a la escuela de primaria Booker para leer a los niños pequeños entre las ocho y media y las nueve menos veinte de la mañana, unos diez o veinte minutos después de que la administración federal de aviación supiera que habían secuestrado unos aviones en el aire. Nadie se molestó en decírselo. Usted llegó a la escuela después de que el primer avión se hubiera estrellado contra la torre norte en la ciudad de Nueva York.
Tres meses después, usted le dijo a un alumno de tercer curso en un pleno en Orlando que usted estaba «sentado fuera del aula esperando para entrar y vi un avión chocar contra la torre; obviamente, el televisor estaba encendido, y yo he sido piloto, así que me dije: ¡vaya piloto más torpe! Me dije: debe de haber sido un accidente horroroso. Pero me sacaron en volandas de allí y no tuve demasiado tiempo para pensar en ello...» Usted repitió esa misma historia un mes después en otro pleno en California. El único problema con esa historia es que usted no vio al primer avión chocar contra la primera torre —nadie lo vio en directo en la televisión, puesto que la grabación no se emitió hasta el día siguiente—.
Usted entró en el aula sobre las nueve de la mañana, y el segundo avión se estrelló contra la torre sur a las nueve y tres minutos. Sólo unos pocos minutos después, mientras usted estaba sentado enfrente de la clase con los niños, escuchándolos leer, su jefe de gabinete, Andrew Card, entró en el aula y le susurró algo al oído. Por lo visto, Card le estaba informando sobre el segundo avión y el asunto de que los EE. UU. estaban «siendo atacados.» Y fue en ese preciso instante cuando esa mirada distante apareció en su rostro, no exactamente una mirada en blanco, sino que parecía parcialmente paralizado. Sin mostrar ninguna emoción. Y entonces... simplemente se quedó ahí sentado, durante otros siete minutos más o menos, sin hacer nada. Simplemente se quedó en su silla de niño pequeño y escuchó tranquilamente cómo leían los niños durante seis o siete minutos. No parecía preocupado, ni se disculpó para ausentarse, ni sus consejeros o el servicio secreto le sacaron del aula en volandas.
¿Estaba pensando que debería haber tomado más en serio los informes que la CIA le había dado el mes anterior? Se le había dicho que al Qaeda estaba planeando ataques en los EE. UU. y que posiblemente utilizarían aviones. Había informes de inteligencia previos que versaban sobre el interés del al Qaeda en atacar el Pentágono.
Según un artículo de New Yorker escrito por Elsa Walsh, dos noches después usted salió al balcón Truman de la Casa Blanca para relajarse y fumar un puro. Le pidió a un amigo íntimo que le acompañara. Le dijo que «si no podemos conseguir que [cualquier agente de al Qaeda que pueda haber estado involucrado en el ataque] cooperen, os los entregaremos.» Una oferta que seguro que agradeció. Después de todo, se trataba de su buen amigo «Bandar Bush», el príncipe de Arabia Saudí.
[1] Robert Baer, Sleeping with the Devil, Crown, 2003.