jueves, 27 de octubre de 2016

El príncipe destronado



El otro día, me abordó por la calle una señora de cierta edad para decirme. «Oye, Carmen, a ver cuándo escribes algo sobre el niñocentrismo. Vaya plaga».
—¿Niñocentrismo? —repetí, porque nunca hasta ahora había oído el palabro.
Y ella continuó: «Sí, ya sabes a qué me refiero, a esa epidemia de papás babicaídos que creen que los niños son el ombligo del mundo. En mis tiempos, los adultos ni te miraban a la cara hasta cumplir lo menos catorce años y aún entonces tenías que hacer virguerías para ganarte su interés».
La expresión «en mis tiempos» siempre me ha dado un poco de yuyu. No soy de los que piensan que todo tiempo pasado fue mejor, pero, aun así, aquella señora me dejó cavilando. No es que el tema de cómo es en nuestros tiempos la relación entre niños y adultos sea nuevo para mí, de hecho creo que ya he escrito bastante sobre ello. Recuerdo sobre todo un artículo llamado Niñitis aguda, en el que hablaba de que, de un tiempo a esta parte, padres y madres se han convertido en una mezcla de Mary Poppins y gallina clueca. que el niño no se aburra, que el niño no se frustre, que sea siempre el rey de la casa. Y eso está muy bien, pero siempre que no se sobreactúe, como me parece que está pasando últimamente. ¿Se han dado cuenta, por ejemplo, de que, cuando hay un niño presente, todo el mundo, para demostrar que es una persona sensible y enrollada, propicia que la conversación gire en torno a la criatura (no importa la edad) hasta el punto de que solo habla ella y el resto la escucha en éxtasis como si fuera la reencarnación de Demóstenes?
¿Cuándo empezamos a poner a los niños en el centro del universo? ¿En qué momento pasamos del «cuando seas padre comerás huevos» a «mi hijo es mi mejor amigo»?
Personalmente tengo una teoría al respecto. Creo que todo viene, por un lado, de un efecto péndulo que hace que los padres de hoy quieran ser la antítesis de lo que fueron los suyos, tan autoritarios. Y, por otro, del poder amplificador de memeces y topicazos que tienen las revistas del cuore. Todos los que salen en este tipo de publicaciones dicen siempre las mismas obviedades lelas, y el hit parade de las frases más usadas es más o menos este: «Lo más importante para mí es la familia» (vaya novedad). «Mis hijos son lo primero» (como si no lo fueran para todo quisque). Y luego está la inefable frasecita «he encontrado al hombre/mujer de mi vida», que, por cierto, se repite cada vez con más frecuencia y con distinto partenaire, porque los amores eternos de ahora son más cortos que las mangas de un chaleco.
Pero volviendo al tema de los niños, es muy curioso ver cómo, a pesar de haber convertido a los menores en el centro del universo, no parece que estén mejor educados y tampoco que sean más felices que los de antes. En lo que se refiere a la educación, esos padres gagás parecen prestar mucha atención a ciertas cosas y muy poca a otras. Por ejemplo, la agenda extraescolar de los niños de hoy es más apretada que la de un ministro. Los lunes, kárate; los martes, chino; los miércoles, inglés; los jueves, informática; y así hasta agotar la semana y por supuesto el bolsillo de los abnegados padres, que se privan de mucho para dar la mejor formación a sus criaturas. En cambio, esos mismos heroicos progenitores no se toman la molestia de adiestrar a sus hijos en saberes mucho más baratos, pero también importantes, como lo que antes se llamaba una buena educación: respetar a los mayores, saludar, saber comer, decir gracias y por favor. Sí, todas estas antiguallas que antes nos enseñaban y tan trasnochadas parecen. Y, sin embargo, tenían su razón de ser. No solo porque la vida es más agradable cuando la gente piensa en el prójimo, sino porque no creerse el centro del universo y con derecho a todo desde la cuna es algo muy útil. Esos niños que están acostumbrados a ser el ombligo del mundo descubrirán un día que no lo son, y entonces solo les espera la frustración. Es el viejo síndrome del príncipe destronado, una auténtica fuente de infelicidad, por cierto.

miércoles, 5 de octubre de 2016

La crispación de los EE. UU.



Hace algo más de cincuenta años, el poeta W. H. Auden consiguió algo que envidian todos los escritores: profetizar algo que se haga realidad. En su extensa obra titulada For the Time Being (Por el momento), Herodes reflexiona sobre la desagradable tarea de masacrar Inocentes. No quiere hacerlo, porque en el fondo es un progresista. No obstante, predice, si dejamos escapar a ese Niño, «La Revelación reemplazará a la Razón. En lugar del Gobierno de la Razón, verdades objetivas visibles para cualquiera que se haya sometido a la necesaria disciplina intelectual, el Conocimiento degenerará en un alboroto de visiones subjetivas… Se crearán cosmogonías enteras a partir de olvidados resentimientos personales, epopeyas completas escritas en idiomas privados, pintarrajos de colegiales que se alinean por encima de las más grandes obras maestras. El Materialismo reemplazará al Idealismo. La vida después de la muerte será un eterno banquete en el que todos los invitados tendrán veinte años de edad. La Piedad reemplazará a la Justicia como la virtud humana fundamental, y todo el miedo al castigo divino se desvanecerá. La Nueva Aristocracia se compondrá exclusivamente de ermitaños, vagabundos e inválidos permanentes. El diamante en bruto, la prostituta tísica, el bandido que es bueno con su madre, la muchacha epiléptica que tiene buena mano con los animales, serán los héroes y las heroínas de la Nueva Era, en la que el general, el estadista y el filósofo se habrán convertido en objeto de sátiras y comedias».


Lo que estaba viendo Herodes con esa funesta expresión de la «Nueva Era» eran los EE. UU. de los últimos años ochenta y los primeros noventa. Una sociedad obsesionada con las terapias y llena de la desconfianza hacia la política oficial, escéptica de la autoridad y presa de las supersticiones, con un lenguaje político carcomido por la falsa compasión y los eufemismos. Una nación como la Roma de los últimos días, con su gran magnitud imperial, la corrupción y verborrea de sus senadores, su confianza en los gansos sagrados (plumados antepasados de nuestros actuales encuestadores y asesores políticos) y su sumisión a emperadores seniles y deificados controlados por astrólogos y esposas extravagantes. Una cultura que, para amansar a las masas, ha sustituido los combates de gladiadores por guerras de alta tecnología retransmitidas por televisión que, pese a provocar enormes matanzas, mantienen a los sátrapas mesopotámicos con el control total sobre sus desdichados súbditos.


Las mujeres son las principales opositoras, puesto que los hombres, debido al predominio de sus misteriosas religiones, están en el bosque, olisqueándose las axilas para reafirmar su masculinidad y escuchando cómo poetas de tercera categoría despotrican del sátiro húmedo y peludo que vive dentro cada uno de ellos. Mientras tanto, los artistas vacilan entre una expresividad en gran parte excesiva y una politización fundamentalmente impotente, y el combate entre la educación y la televisión —entre la razón y la persuasión por medio del espectáculo— lo ha ganado ésta, un medio hoy en día más devaluado que nunca en los EE. UU. y más miserablemente autocensurado en Europa que en ningún otro lugar del mundo.


El carácter fundamental de los EE. UU. tiende hacia un ideal existencial que probablemente sea inalcanzable, pero que nunca se puede desechar: igualdad de derechos para la pluralidad, para construir tu vida como te parezca, para escoger a tus compañeros de viaje. Siempre ha sido un país heterogéneo y su cohesión, cualquiera que sea, sólo puede basarse en el respeto mutuo. Nunca ha habido un núcleo de los EE. UU. en el que todo el mundo tenga el mismo aspecto, hable la misma lengua, rece a los mismos dioses y tenga las mismas creencias.


Los EE. UU. son un concepto mental que no tiene nada que ver con la raza, ni con una clase heredada ni con un territorio ancestral. Es un credo nacido de la inmigración, del empuje de montones de tribus que se convirtieron en estadounidenses en tanto en cuanto fueron capaces de negociar acuerdos las unas con las otras. Estas negociaciones triunfaron de manera desigual y a menudo fracasaron: sólo hay que echar un vistazo a la historia de las relaciones raciales para darse cuenta. El crisol de culturas nunca llegó a fundirse. Pero el equilibrio de los EE. UU. se basa en la aceptación de las diferencias. A pesar de todo, los EE. UU. son un acto colectivo de la imaginación en continuo desarrollo y, una vez se rompa ese sentimiento de colectividad y mutuo respecto, las posibilidades de crear una nacionalidad estadounidense comienzan a desvanecerse.


La crispación actual se debe, por lo menos en parte, al predominio de demagogos que intentan reivindicar que sólo hay un camino hacia una nacionalidad estadounidense virtuosa: paleoconservadores como Jesse Helms y Pat Robertson que creen que este país tiene una sola ética; neoconservadores que claman contra un hombre del saco denominado multiculturalismo (¡como si esta cultura no fuera otra cosa sino «multi»!) y buscapleitos de la corrección política a quienes les encantaría elevar el agravio a la categoría de santidad.


LA CULPA LA TIENE PAPÁ.
Los estadounidenses están obsesionados con el reconocimiento, la alabanza y, cuando se hace necesario, con la fabricación de víctimas, con la única característica común de habérseles negado la igualdad con esa bestia parda de la imaginación sentimental, el hombre blanco heterosexual de clase media. La gama de víctimas disponible hace diez años (negros, chicanos, indios, mujeres, homosexuales) se ha ampliado para incluir toda permutación del tullido, el ciego y el enano o, para expresarlo de manera adecuada, «persona de altura inferior a la media».


Hace cuarenta años comenzó a desarrollarse en los EE. UU. uno de los procesos épicos en la afirmación de los derechos humanos: el Movimiento por los Derechos Civiles. Hoy, sin embargo, después de más de una década de gobiernos que han hecho todo lo posible por ignorar los problemas raciales (si es que no han intentado desmontar todos los logros alcanzados en los años sesenta), la habitual respuesta estadounidense a la desigualdad es la ambigüedad, con la esperanza de que desaparezca simplemente al cambiarla de nombre. Queremos crear una especie de santuario de Lourdes lingüístico, donde el mal y la desgracia se desvanezcan gracias a una inmersión en las aguas del eufemismo. ¿Acaso el lisiado se va a levantar de su silla de ruedas, o se va a sentir mejor por estar atrapado en ella, simplemente porque a alguien en los primeros días de la Administración de Reagan se le ocurriera que, a efectos oficiales, es una «persona con capacidades diferentes»?


Como las artes enfrentan al ciudadano sensible con la diferencia entre los buenos artistas, los mediocres y zoquetes totales, y puesto que siempre hay más de los dos últimos que de los primeros, también se hace necesario politizar el arte; así, improvisamos sistemas estratégicos para demostrar que, aunque sabemos lo que queremos decir cuando hablamos de la calidad del medioambiente, la idea de calidad como experiencia estética es poco más que una ficción paternalista diseñada para hacer la vida más dura para los artistas negros, de sexo femenino y homosexuales.


Puesto que nuestra recién adquirida sensibilidad decreta que para ser un héroe primero hay que ser una víctima, el varón blanco estadounidense también empieza a reclamar a voces su condición de víctima. De ahí el aumento de las sectas terapéuticas que enseñan que todos somos víctimas de nuestros padres, que cualquier disparate, corrupción o descarada canallada que podamos cometer, en realidad no es culpa nuestra, ya que provenimos de «familias disfuncionales». Las ondas están abarrotadas de programas de telerrealidad tipo «confesionario» en los que los ciudadanos y sus modelos de conducta, desde LaToya Jackson a Roseanne Arnold, desfilan para denunciar los pecados de sus padres. El culto al niño interno maltratado tiene una utilidad muy importante en los EE. UU. de hoy en día: le dice a uno que no tiene la culpa de nada, que la reivindicación personal está por encima de cualquier declaración política.


La reivindicación del victimismo, que todo lo invade, corona la tan preciada cultura terapéutica de los EE. UU. Así, creamos una cultura juvenil de la queja en la que la culpa la tiene siempre papá y el aumento de los derechos sigue adelante dejando atrás la otra mitad del concepto de ciudadanía: la adhesión a los deberes y obligaciones. Estamos presenciando un retroceso público de la política formal, del ejercicio de la ciudadanía activo y razonado. Esto es lo que pasa cuando ya no nos fiamos de nadie. Es parte de la depresión provocada en los años ochenta: Las estafas de Wall Street, el escándalo de la crisis de ahorros y préstamos, el pillaje al por mayor de la economía, toda una orgía desencadenada por la «Reaganomía» que se extendió durante años sin que en el Congreso dijeran ni pío; sucesos con cifras tan astronómicas que escapan a la compresión del común de los mortales.


Las políticas monotemáticas eran necesarias cuando llegaron, ya que forzaron a Washington a ocuparse de, o al menos echar un vistazo a, los grandes asuntos que preocupaban a la ciudadanía y a los que había prestado escasa atención: primero el Movimiento por los Derechos Civiles y después el medioambiente, los derechos reproductivos de la mujer, la legislación sanitaria o la crisis educativa. Pero ahora esos asuntos también se están debilitando debido a la trivialización del sentido de responsabilidad cívica. ¿Cuál es su política? Yo soy antitabaco. ¿Y la suya? Pues yo estoy poniendo en marcha un comité de acción para llevar a cabo el desdoblamiento del género gramatical en todas las palabras de todos los libros de la Biblioteca Nacional. ¿Y la suya, caballero? Yo he recibido el mensaje divino de encadenarme a los leones del Congreso hasta que nombren juez del Tribunal Supremo a un feto.


En los últimos quince años, la derecha estadounidense ha triunfado por completo y casi sin oposición en su objetivo de tachar como izquierdistas programas y deseos normales y corrientes que, en un sistema político más sensato, se considerarían como ideológicamente neutros o una mera ampliación de los derechos implícitos de la Constitución. El feminismo estadounidense tiene grandes flecos represivos, caricaturescos y a menudo terriblemente triviales, como por ejemplo esa policía académica del pensamiento que hace poco consiguió retirar una reproducción de la Maja Desnuda de Goya de un aula en la Universidad de Pennsylvania State; o esas piradas que consideran que cualquier relación sexual con un hombre, consentida o no, es una forma politizada de violación. ¿Pero acaso esto devalúa de alguna manera devalúa el inmenso deseo compartido por millones de mujeres estadounidenses de reivindicar la igualdad de derechos con los hombres, de liberarse del acoso sexual en el trabajo, de que se les reconozcan los derechos reproductivos como mujeres antes que madres?


Con los años ochenta llegó la retirada y la completa desaparición de la izquierda estadounidense como fuerza política, que no cultural. Volvió al monasterio —es decir, al mundo académico— y también se extrusionó en el mundo del arte, donde sigue siendo aún más marginal e impotente. Mientras tanto, surgió una industria considerable y muy bien subvencionada, dedicada a la caza del intelectual o artista de izquierdas en retirada. La política de ataque republicana se centró en la Cultura y, de repente, tanto el mundo académico como el del Arte estaban llenos de Willie Hortons en potencia. La versión populachera de todo esto fue la ira de figuras como el senador Helms y el reverendo Donald Wildmon contra las subvenciones de la Fundación Nacional dedicadas a muestras de arte que consideraban blasfemas y obscenas, o los bramidos de gente como David Horowitz sobre cómo deberíamos aplastar la cadena de televisión PBS por ser unos rojos burócratas progresistas antisionistas.


LAS BATALLAS EN EL CAMPUS.
Para el sector de la población de cultura media o alta, el asalto adopta la forma de la histeria reinante con la corrección política, cuyo objetivo es crear la creencia o ilusión de que un nuevo y siniestro macartismo, esta vez desde la izquierda, ha tomado el control de las universidades estadounidenses para poner fin al libre pensamiento, lo cual es rotundamente absurdo. Sólo aquellos que no saben (o no quieren recordar) lo que ese senador de Wisconsin y sus compinches hicieron realmente al mundo académico en los años cincuenta pueden atreverse a hacer esa comparación con el macartismo. Los despidos de catedráticos en el ecuador de sus carreras, las prácticas inquisitoriales del Comité de Actividades Antiestadounidenses sobre el contenido de bibliotecas y cursos, los juramentos de lealtad en los campus, toda una sórdida atmósfera de persecución, traición y paranoia. Por el contrario, el número de académicos conservadores despedidos por la policía del pensamiento izquierdista es cero. Ha habido protestas. Ha habido infundadas acusaciones de racismo. Y desde luego no hay escasez de fanatismo, autoritarismo y confusión por parte de aquéllos que ven la corrección política como un astuto movimiento en sus carreras o como la válvula de escape de sus propias frustraciones.


En lo que concierne a la Cultura, hace mucho que ha dejado de ser creíble la existencia de una izquierda y una derecha. Ambas han sido sustituidas por algo más parecido a dos sectas puritanas, una que se hace pasar por conservadora y otra que aparenta ser revolucionaria, pero utiliza la protesta académica para evitar comprometerse con el mundo real. La primera secta toma prestadas las técnicas de la política de ataque republicana para demostrar que, si la segunda secta se sale con la suya, dejaremos de estudiar a Milton y a Tiziano para sustituirlos por programas de adoctrinamiento sobre las obras de oscuros autores tercermundistas y muralistas de metro chicanos de la costa oeste, provocando el inmediato derrumbe de los pilares del aprendizaje. Mientras tanto, la segunda secta tiene el modo protesta tan arraigado que es incapaz de organizar una defensa satisfactoria, puesto que ha quemado la mayoría de sus naves a la mayor gloria de la Cultura en general.


A finales de los ochenta, mientras los académicos estadounidenses teorizaban vacuamente sobre la muerte del lenguaje y el sujeto pensante, los anhelos de libertad y la Cultura humanística demolían las tiranías europeas. Por supuesto, si los estudiantes chinos hubieran leído a Foucault, habrían sabido que la represión está grabada en toda lengua, incluida la suya propia, de tal manera que se podrían haber ahorrado la molestia de enfrentarse a los tanques en la Plaza de Tiananmén. ¿Pero acaso Václav Havel y sus compañeros dramaturgos liberaron Checoslovaquia con citas de Derrida o Lyotard sobre lo inescrutable de los textos? Definitivamente no: lo hicieron poniendo su fe en la energía transformadora del pensamiento, arrimando el hombro a la inmensa rueda de la palabra. El mundo está cambiando con la mayor profundidad, amplitud y apasionamiento desde 1917, quizás desde 1848; mientras tanto, la izquierda académica estadounidense sigue preocupada por la visión falocéntrica de la descripción dickensiana de la pequeña Nell en La tienda de antigüedades.


El sujeto obsesivo de nuestra cada vez más estéril confrontación entre los dos tipos de corrección —política y patriótica— es lo que chapuceramente denominamos «multiculturalismo». EE. UU. es un lugar lleno de diversidad, historias sin resolver, imágenes que afectan las unas a las otras y que engendran formas inesperadas. Su polifonía de voces, su constante torbellino de reivindicaciones de identidad, es una de las cosas que conforman la personalidad de los EE. UU. Una república multirracial, híbrida y dividida que recibe cada año gran parte de la emigración mundial, legal o ilegal.


Por explicar el argumento a favor del multiculturalismo en términos básicamente prácticos y egoístas, se puede afirmar que, si bien las élites nunca se van a marchar, su composición no es necesariamente estática. El futuro de los EE. UU, en una economía globalizada que ha dejado atrás la guerra fría, dependerá de aquéllos que, bien informados, puedan pensar y actuar con elegancia entre las líneas étnicas, culturales y lingüísticas. Y el primer paso para convertirse en ese tipo de persona consiste en aceptar que no somos una gran familia mundial, ni es probable que lo vayamos a ser en un futuro próximo; que las diferencias entre razas, naciones, culturas y sus variadas historias son por lo menos tan profundas y duraderas como sus semejanzas; que estas diferencias no son desviaciones de un patrón europeo, sino estructuras sumamente dignas de comprender por su propio bien. En el mundo venidero, quienes no puedan navegar entre las diferencias están acabados.


Si el multiculturalismo consiste en ver a través de las fronteras, uno puede estar completamente a favor. Sin embargo, no hace falta escuchar los argumentos durante demasiado rato para darse cuenta de que, en las mentes de bastantes personas, el multiculturalismo es algo más. Su versión significa separatismo cultural dentro del todo superior de los EE. UU. Quieren balcanizar la Cultura.


LA AUTORIDAD DEL PASADO.
Esto refleja el sentimiento de decepción y frustración con la política oficial, que ha hecho que mucha gente desvíe su mirada hacia las Artes como campo de poder, ya que no tienen poder en ninguna otra parte. De este modo, las Artes se convierten en la palestra para las reclamaciones sobre derechos. El resultado es una noción profundamente distorsionada de la capacidad política de las Artes, justo en un momento en el que, debido a la ubicuidad de los medios de comunicación, han alcanzado su punto más bajo de efectividad política verdadera.


Un ejemplo es el poco concluyente debate sobre «el canon», esa tiránica vaca sagrada cuya mordaza acecha las almenas de la civilización occidental contra los negros, los homosexuales y las mujeres. El canon, se nos dice, es una lista de libros de autores europeos muertos —Shakespeare, Dante, Tolstoi, Stendhal, John Donne, T. S. Eliot…—, es decir, de hombres blancos patriarcales. Los que se quejan del canon opinan que crea lectores que nunca leerán nada más. Lo que no están dispuestos a admitir, al menos no en público, es que la mayoría de los estudiantes estadounidenses no leen demasiado de todos modos, e incluso algunos, si se les abandona a su suerte, jamás leerán nada en absoluto. Su aborregante niñera nacional, la televisión, ya se ocupa de llenar ese espacio. No queda mucho para que llegue el momento en el que los estadounidenses recuerden la época perdida, tal como vemos ahora la de los bordadores rurales de colchas del siglo XIX, cuando la gente se sentaba en su casa y leía libros por amor al arte, razonando los textos e incluso en ocasiones leyendo en voz alta los unos a los otros.


El desacuerdo sobre el canon refleja la tenaz asunción de que las obras de arte son terapéuticas, o al menos deberían serlo. Empápese de La República o Fedón en su juventud y se convertirá en un tipo de persona; estudie Jane Eyre o La señora Dalloway y será otra diferente. Porque en el juego literario de suma cero de la palabrería del canon, si uno lee A quiere decir que no lee B. Es una suposición sencilla.


Lo mismo ocurre con la desconfianza hacia los muertos, como en «varón blanco muerto». Algunos libros son más profundos, más amplios, más completos que otros, y más necesarios para entendernos a nosotros mismos y nuestra Cultura. De esa manera, perviven mucho después de que mueran sus autores. Los que cotorrean lemas como «varón blanco muerto» no se dan cuenta de que, en la escritura, la muerte es relativa: Lord Rochester está tan muerto como Safo, pero no tan moribundo como Bret Easton Ellis o Andrea Dworkin. Estadísticamente, la mayoría de los autores están muertos, pero algunos continúan hablándonos con una viveza y una urgencia con la que pocos de los aún vivos pueden rivalizar. Y cuanto más leemos, encontramos más escritores que leen a su vez, razón por la cual el canon no es una fortaleza, sino una membrana permeable.


El sentido de la calidad, del estilo, de la medida, no es una imposición que se cierna sobre la literatura desde la esfera de la clase, la raza o el género. Todos los escritores o artistas tienen en mente un tribunal invisible compuesto por muertos, colocados ahí no por medio de una intimidante respuesta a una cierta noción de autoridad, sino por efecto de la imaginación. Este tribunal está presente en el juicio sobre su trabajo. De él extraen sus valores. Su veredicto no admite súplica. Ningún truco contemporáneo, ni el fetichismo personal, ni la tentativa de mover lo estético hacia lo político, ni las agotadas ficciones del vanguardismo, lo harán desaparecer. Si el tribunal no estuviera allí, cada primer borrador se convertiría en un manuscrito definitivo. No se puede engañar a la Madre Cultura.


Esa es la razón del rechazo hacia el renovado intento de juzgar la escritura en términos de sus supuestas virtudes sociales. A través de él, nos adentramos en un país marxista de nunca jamás donde campan los fantasmas más retrógrados de la Literatura como herramienta de red social. Así, la Historia de la novela estadounidense de Columbia proclama que Harriet Beecher Stowe es mejor novelista que Herman Melville porque ella era «socialmente constructiva» y porque La cabaña del tío Tom ayudó a los estadounidenses a levantarse contra la esclavitud, mientras que el capitán del Pequod era un símbolo del liberalismo capitalista con una mala disposición hacia las ballenas.


Blandiendo el mismo argumento, se puede sostener que un artista como William Gropper, que dibujó esas estimulantes viñetas de capitalistas gordos con sombreros de copa para The New Masses hace sesenta años, puede estar por encima de un artista como Edward Hopper, a quien la sociedad no le importaba un pimiento y se dedicaba a pintar personas en habitaciones solitarias, haciéndole a uno dudar de si se trataba de una crítica del aislamiento o de un alegato a favor de las virtudes de la soledad.


REESCRIBIR LA HISTORIA.
Donde la corrección política ha marcado más tantos, es en el campo de la Historia. La interpretación de la Historia es variable; todavía no se ha escrito la última palabra. ¿Y alguien duda de que todavía hay muchos aspectos que revisar en la historia de la conquista europea de América del Norte y del Sur que heredaron los historiadores? Su esquema básico era imperial: el épico avance de la civilización contra la barbarie, el conquistador que trae la cruz y la espada, el piel roja que recula ante la caballería y el ferrocarril. El destino manifiesto. La noción de que todos los historiadores propagaron sin sentido crítico este mito triunfalista es absolutamente falsa; no hay más que leer a Parkman o a Prescott para darse cuenta. Pero después de que pasara a la historia y se enraizara en la cultura popular, se convirtió en un potente mito de justificación para el pillaje, el asesinato y la esclavización.


Así que ahora, como reacción, llega la fabricación del mito opuesto. El hombre europeo, hasta ahora el héroe de la conquista de Las Américas, se convierte en su demonio; y las víctimas, que no pueden resucitarse, se santifican. A ambos lados de la línea divisoria entre europeos e indígenas, los historiadores están preparados para sacrificar a la víctima propiciatoria y, en lugar de los antiguos estereotipos retorcidos, tenemos un juego completo de otros nuevos igualmente engañosos. Nuestros antecesores consideraron un héroe a Cristóbal Colón. En 1892, para los europeos y los estadounidenses blancos, Colón era el destino manifiesto con calzas, mientras que un libro contemporáneo más diplomático como «La conquista del paraíso», de Kirkpatrick Sale, lo pinta más bien como una especie de Hitler en carabela que atraca como un virus entre los inocentes pueblos del Nuevo Mundo.


Tenemos tan arraigada la necesidad de identificar a los buenos y a los malos de la película que convertimos la Historia en un folletín propagandístico y privamos a los muertos de su naturaleza humana, sus pecados, sus virtudes y sus faltas. Preservar la complejidad, sin arrasarla bajo el peso de moralinas anacrónicas, forma parte del deber de un historiador.


No se puede rehacer el pasado en el nombre de la discriminación positiva. Pero se pueden encontrar narrativas que aún no se han escrito, historias de pueblos y grupos que se han distorsionado o ignorado, e introducirlas para revitalizar la Historia. Esa es la razón por la cual, en los últimos veinticinco años, gran parte de la fuerza vital de la historia escrita ha llegado desde la izquierda. Al leer el trabajo del historiador negro caribeño C. L. R. James, se ve cómo una parte del mundo rompe su largo silencio: un silencio no de su propia elección, sino impuesto por los escritores imperialistas anteriores. No hace falta ser marxista para apreciar la verdad en la afirmación de Eric Hobsbawm de que el logro más ampliamente reconocido de la historia radical «ha sido conseguir un espacio para la historia de la gente corriente, de los hombres y las mujeres de a pie». En los EE. UU., esta labor abarca forzosamente las historias de sus minorías, más allá de las complacientes interpretaciones nacionalistas del pasado estadounidense.


Del mismo modo, ha habido grandes cambios en las versiones de la Historia de los EE. UU. que se enseña en los colegios. En los últimos diez años se han conseguido con mucho esfuerzo enormes mejoras de exactitud, proporcionalidad y sensibilidad en el tratamiento de las minorías estadounidenses en los libros de texto, ya sean éstas asiáticas, nativas, negras o hispanas. Pero eso no es suficiente para algunos extremistas, cuyo punto de vista es que la historia de la esclavitud sólo la pueden escribir los negros, la de la América precolombina sólo los indios, etc.


Ese es el propósito de un estrafalario documento denominado «Ensayos de referencia afroamericana de Portland» (Portland African-American Baseline Essays), nunca publicado como libro pero que, distribuido fotocopiado, está cambiando radicalmente los planes de estudio de los sistemas educativos por todo el país. Escrito por un mediocre grupo de investigadores, estos ensayos sobre Historia, Ciencias Sociales, Matemáticas, Lengua y Artes y Ciencias están destinados a convertirse en los estatutos de la Historia afrocentrista para los jóvenes negros estadounidenses. La prensa mayoritaria no se ha hecho demasiado eco de ellos. No obstante, son muy populares entre burócratas como Thomas Sobol, comisionado de educación del Estado de Nueva York, gente a la que le preocupa distanciarse de los votantes negros o incapaz de hacer frente a matones como el profesor del City College Leonard Jeffries. Las consecuencias para la Educación en los EE. UU. son importantes y, en su mayor parte, negativas.


¿ERA CLEOPATRA NEGRA?
La reivindicación afrocentrista se puede resumir fácilmente. Afirma que la historia de las relaciones culturales entre África y Europa es una patraña, un decorado para sostener la ficción de la supremacía blanca europea. Los paleohistoriadores coinciden en que la vida humana inteligente comenzó en el valle del Rift en África. Los afrocentristas van aún más lejos: el hombre africano fue el padre cultural de todos nosotros; la cultura europea proviene de Egipto y Egipto forma parte de África, ligado a su corazón por la arteria del Nilo; la civilización egipcia comienza en el África subsahariana, en Etiopía y Sudán.


Por lo tanto, según el difunto escritor senegalés Cheikh Anta Diop, padre fundador de la historia afrocentrista, todo lo egipcio es africano, parte de las perdidas conquistas negras; Imhotep, el genio que inventó la pirámide como técnica monumental en el III milenio a. C., era negro, al igual que Cleopatra y Euclides de Alejandría 28 dinastías más adelante. En Egipto, los negros inventaron los jeroglíficos, la escultura monumental en piedra, los templos sobre pilares y el culto al Rey Sol faraónico. La costumbre de los historiadores europeos y estadounidenses de considerar a los antiguos egipcios como de una raza diferente de la negra es una conspiración racista para encubrir los logros del África negra.


Si bien el racismo de los historiadores tradicionales al ocuparse de las culturas africanas es indudable, no hay ninguna evidencia plausible para esas reivindicaciones de la negritud egipcia. La mayoría de ellos rechazaban el mero concepto de que las sociedades africanas tuvieran una Historia digna de mención. Veamos como ejemplo este texto del Estudio de la Historia de Arnold J. Toynbee: «Si clasificamos a la humanidad por colores, la única raza entre las primarias que no ha hecho ni una sola contribución creativa a ninguna de nuestras 21 civilizaciones es la raza negra».


Ninguna persona negra —ciertamente, ningún historiador moderno de cualquier raza— podría leer tan desabridas afirmaciones sin sentir náuseas. La pregunta es: ¿cómo poner las cosas en su lugar? La única manera es mejorar el conocimiento. Toynbee publicó sus escritos hace más de cincuenta años, pero en los últimos veinte se han dado grandes pasos en los estudios históricos, tanto de África como de la América negra. Sin embargo, el afloramiento de la investigación, el desarrollo de los planes de estudios sobre la Cultura negra y todo lo que conlleva la tan necesaria expansión de ese campo, parecen estar condenados a la plaga del afrocentrismo, del mismo modo que siempre hay conspiranoicos cotorreando sobre los platillos volantes en la arqueología mesoamericana.


Abrirse paso entre la literatura afrocentrista implica adentrarse en un mundo de reivindicaciones sobre la innovación tecnológica tan absurdas que van más allá de la sátira, semejantes a las que se hicieron en su día sobre la ciencia soviética en la época de Stalin. Tarde o temprano, los afrocentristas terminan afirmando que los egipcios, alias africanos, inventaron la batería húmeda tras observar las anguilas eléctricas del Nilo y que se aficionaron al vuelo sin motor a finales del primer milenio a. C. (Esta noticia no está basada en el descubrimiento de un aeroplano en una tumba egipcia, sino en una escultura votiva de madera de la silueta del dios Horus, un halcón, que un hombre de negocios inglés de paso por ahí hace algunas décadas confundió con una maqueta de un avión). Algunos también afirman que hace 1500 años los tanzanos ya fundían acero con tecnología de semiconductores. No hay ningún hecho que pueda probar estas historias… ni que las pueda refutar: la situación frecuente al enfrentarse a cosas que nunca han ocurrido.


EL VERDADERO MULTICULTURALISMO.
Si hay un lugar donde las debilidades y la naturaleza propagandística del afrocentrismo se hacen más evidentes, es en su versión de la historia de la esclavitud. El deseo de los afrocentristas es la invención de una suerte de «historia correctiva» en la que toda la culpa por la creación y la práctica de la esclavitud de la raza negra quede en manos de los europeos. Un concepto totalmente inexacto, pero que se está quedando grabado en la conciencia popular merced a los nuevos planes de estudios.


Es cierto que en los fundamentos del mundo clásico estaba comprendida la esclavitud. La Atenas de Pericles fue un Estado esclavista, al igual que la Roma de Augusto. La mayoría de sus esclavos eran de raza blanca. La palabra «esclavo» designaba a una persona de origen eslavo. En el siglo XIII la esclavitud se extendió a otros pueblos de raza blanca. Sin embargo, el tráfico de esclavos como tal, la trata negrera, fue una creación árabe desarrollada por comerciantes con la colaboración entusiasta de los africanos de raza negra del gremio, institucionalizada con la brutalidad más despiadada siglos antes de que el hombre blanco apareciera en el continente africano, y que continuó mucho después de que el mercado de esclavos en los EE. UU. fuera finalmente doblegado.


Naturalmente, esto supone un problema para los afrocentristas, particularmente si tenemos en cuenta la reciente herencia de ideas del mundo negro musulmán que muchos de ellos han adoptado. No hay nada en los escritos del Profeta que prohíba la esclavitud, de ahí que se convirtiera en un negocio dominado por los árabes. Y la trata de esclavos no habría podido existir sin la cooperación incondicional de estados tribales africanos fundados sobre el suministro de prisioneros obtenidos en sus incesantes guerras. La imagen proclamada por relatos históricos populares como Raíces —esclavistas blancos irrumpiendo machete y mosquete en mano en las acomodadas vidas de pacíficas aldeas africanas— está muy lejos de la verdad histórica. Durante siglos se puso en práctica un sistema propagandístico controlado por africanos. Y siguió existiendo después de la Abolición. Los mercados de esclavos, que abastecían a los emiratos árabes, estaban todavía en funcionamiento en Yibuti en los años cincuenta del siglo XX, y el tráfico de esclavos ha prosperado en Mauritania y Sudán desde 1960. Aún hoy se conocen casos de cautiverio en Níger, Ruanda y el norte de Nigeria.


No obstante, aquí topamos con una de las reglas cardinales de la corrección política con respecto a los estudios relativos a la opresión: será cuestionable cualquier afirmación de un historiador o testigo europeo varón; las afirmaciones de personas o grupos oprimidos, por poco significativas que sean, merecerán crédito inmediato. Las reivindicaciones de las víctimas han de ser oídas, pues podrían arrojar nueva luz sobre la Historia, pero deben pasar exactamente los mismos filtros que las de cualquier otro, o se corre el riesgo de que el debate fracase y la verdad sufra. La tapadera políticamente correcta para este argumento es la idea de que todas las afirmaciones sobre Historia son expresiones de poder: la Historia la escriben sólo los ganadores y la verdad es pura e inescrutable ideología.


El término «autoestima» se ha convertido en uno de los santo y seña obstruccionistas de la educación. ¿Por qué necesitan los niños de raza negra una educación afrocentrista? Según sus promotores, porque les generará «autoestima». Los niños viven en un mundo de medios de comunicación e instituciones cuyas imágenes y valores han sido creados principalmente por blancos. Tradicionalmente, los blancos menosprecian a los negros. Por lo tanto, los negros deben tener modelos que les demuestren que son importantes. ¿Quiere que sus hijos tengan «autoestima»? Pues cambie el plan de estudios. Lléneles la cabeza de los disparates racistas de Leonard Jeffries, de cómo la inteligencia está relacionada con la cantidad de melanina de la piel y de cómo los africanos eran el «pueblo del sol», abiertos y cooperativos, mientras que los europeos eran el «pueblo del hielo», pálidos y escondidos en cuevas.


No es difícil discernir por qué estas reivindicaciones de una historia estrictamente correctiva se están agudizando hoy en día. Es algo simbólico. El nacionalismo siempre necesita mitos en los que apoyarse; y cuanto más nuevo el nacionalismo, más antiguas sus reivindicaciones. La invención de la tradición, como ha demostrado detalladamente Eric Hobsbawm, fue una de las industrias culturales del siglo XIX en Europa. Pero la necesidad de autoestima no es excusa para mentir, exagerar y tergiversar la evidencia como terapia para aliviarla. El separatismo que fomenta convierte lo que debería ser un reconocimiento de la diversidad cultural (el verdadero multiculturalismo, tolerante con ambos bandos) en un dañino programa simbólico. El separatismo es lo opuesto a la diversidad.


La idea de que la cultura europea es opresiva en sí y por sí misma es una falacia que sólo puede existir entre fanáticos e ignorantes. La convicción moral e intelectual que inspiró a Toussaint-Louverture a dirigir la rabia de los esclavos haitianos y conducirlos a la libertad en 1791 llegó de sus lecturas de Rousseau y Mirabeau. Cuando miles de trabajadores desposeídos y sin derecho a voto a lo largo y a lo ancho de Inglaterra formaban grupos de lectura en los años veinte del siglo XIX para debatir ideas republicanas y desentrañar el significado del Julio César de Shakespeare, lo que ambicionaban era unirse para recuperar los motivos de una cultura dominante cuyos guardianes no estaban a la altura.


Los estadounidenses todavía estamos a tiempo de armarnos de valor a partir de su ejemplo. Dentro de esta república, el separatismo cultural no es tanto una propuesta seria como una moda pasajera; es poco probable que perdure. Si lo hiciera, sería un desastre para aquellos a quienes afirma ayudar: los jóvenes, los pobres y los negros. La autoestima se consigue haciendo bien las cosas, sabiendo diferenciar la mentira de la verdad y aprendiendo qué es lo que nos une y qué es lo que nos separa. Como guía para estas cuestiones, tan buena es la pose políticamente correcta como las opiniones de Simon Legree.

lunes, 25 de enero de 2016

No, gracias


Reproduzco la carta de D. Andrés Sus Mayayo, publicada en XL Semanal el 10 de enero de 2016, que me ha recordado a entradas anteriores de esta bitácora como «La honradez de los españoles» «Corrupción institucionalizada» o «Un país de chiste».

La semana pasada fui a hacerle la revisión al coche y, mientras esperaba para pagar, escuché la conversación entre el cliente que estaba delante de mí y la chica del mostrador. Los dos criticaban con vehemencia la corrupción de nuestros políticos, hablaban de cuánto nos robaban los unos o los otros, de cómo vivían al margen de la realidad y de cómo habría que meterlos a todos en la cárcel. Proferían insultos a diestro y siniestro, escupían palabras como «guillotina», «gentuza» o «sinvergüenzas» y, según lo hacían, se preguntaban por qué teníamos semejante clase política, qué habíamos hecho para merecerlo y cuándo tendríamos por fin políticos limpios que estuvieran a la altura, como en otros países de nuestro entorno. Su indignación crecía cuando hablaban de los recortes, de la Sanidad, de la Educación y de las pensiones, y no entendían cómo se podía despilfarrar y robar tanto dinero que era de todos. Fue entonces cuando la chica le preguntó al cliente si quería factura, a lo que este contestó con toda naturalidad: «No, gracias». Ella asintió y sonrió con complicidad.